Foro Gran Hotel
Fan-fic de Gran Hotel// Capítulo 13 (FINAL)// La verdad al fin
#0
13/04/2013 18:13
El origen de la ambición
Doña Teresa Aldecoa viuda de Alarcón, dueña del Gran Hotel. Ese nombre es muy conocido en todo el país, ya que por increíble que parezca, es una mujer que ha conseguido eclipsar a muchos empresarios y aristócratas. Su mano de hierro con guante de seda, junto a su ambición que no se detiene ni en la cima de la grandeza han sido lo que la han ayudado a convertir el Gran Hotel de Cantaloa en lo que es desde que falleciera el patriarca de los Alarcón hace ya casi dos años, el mejor hotel de toda España. Pero ¿quién es realmente doña Teresa? O mejor dicho, ¿quién fue y cómo llego a convertirse en la recia mujer que hoy es?
Doña Teresa Aldecoa viuda de Alarcón, dueña del Gran Hotel. Ese nombre es muy conocido en todo el país, ya que por increíble que parezca, es una mujer que ha conseguido eclipsar a muchos empresarios y aristócratas. Su mano de hierro con guante de seda, junto a su ambición que no se detiene ni en la cima de la grandeza han sido lo que la han ayudado a convertir el Gran Hotel de Cantaloa en lo que es desde que falleciera el patriarca de los Alarcón hace ya casi dos años, el mejor hotel de toda España. Pero ¿quién es realmente doña Teresa? O mejor dicho, ¿quién fue y cómo llego a convertirse en la recia mujer que hoy es?
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#21
04/05/2013 23:40
Capítulo 10
Abandono
Alcolea, 15 de abril de 1869
Doña Margarita abrazaba a su hija, que miraba al pozo donde se habían metido dos hombres para descubrir la causa del agua ensangrentada, una causa que todos se esperaban. Impotente, Hugo observa la escena y mira a Henry quien cínico pone una mano sobre el hombro de su prima Teresa en señal de consuelo. Entonces…
-¡NO! –El grito fue aun más dramático porque Hugo nunca se habría imaginado que, doña Margarita, siempre tan entera pudiese proferir semejante sonido.
-¡No! ¡Víctor VÍCTOR! –Y oír a Teresa fue peor.
La joven se separó de su madre que caía al suelo entre llantos y se abalanzó sobre el cuerpo inerte de su hermano, empapado en agua y sangre.
-No, Víctor –dijo entre lágrimas- no por favor no me lo quites por favor Dios, ¡NO!
Doña Margarita estaba llorando desconsolada en el suelo junto a uno de los jornaleros, Teresa sobre el cadáver, y la mirada impotente de Hugo se cruzó con la de Henry quien sonríe un instante, lo suficiente como para que el miedo de Hugo aumente considerablemente.
El día siguiente amaneció nublado, y una multitud enlutada formaba una gran mancha negra sobre el verde de la orilla del lago que refleja el gris del cielo.
La mancha avanza tímidamente, y de ella sale un cura que se posiciona ante todos. Un movimiento de su brazo le basta para que las gentes se separen, como si de Moisés y los mares se tratasen, y un grupo de gentes, entre ellos Teresa y Henry, se acercan cargando un ataúd, pasando entre la multitud que mira hacia abajo, hacia el suelo y los claveles blancos que tienen cada uno en la mano.
-No voy a oficiar un funeral –comenzó el párroco-. Hoy vamos a despedir al alma de un ángel que bajó a sufrir. Un ángel que ahora disfruta a la diestra de Dios.
Teresa se agarra al brazo de su primo y llora en silencio sobre su hombro. Margarita abraza con fuerza a María y con los ojos cerrados recuerda momentos felices junto a su hijo.
-Estoy seguro, estamos seguros –rectificó el cura- de que el señor perdonará el pecado de Víctor, su sufrimiento fue excesivo para un niño. Hoy tenemos a una madre que entierra a su hijo, y eso no es lógico por el orden que rige el mundo, así que por ello debemos aferrarnos al rayo de esperanza que nos queda, a los recuerdos que Víctor nos dejó, su risa limpia; su cariño incondicional y su pureza sin mancha tan solo propia de las más bondadosas almas. Quiero que todos recordemos a Víctor tal y como era antes de su enfermedad.
Se depositó el ataúd en el hoyo y todos lanzaron un puñado de tierra. Cuando por fin se enterró, todos dejaron su clavel bajo la lápida que rezaba:
Víctor Aldecoa de Gormaz
1852 – 1869
Un alma que se rindió porque nunca fue libre
Todos se marcharon, todos excepto una mujer, de rostro cansado y envejecido por el trabajo. La nana Amaltrudis observaba el lago y el reflejo de su triste rostro cuando se dio cuenta de que frente a ella, en lo alto de una de las rocas que sobresalía del lago alguien hacia lo mismo. Bordeó el agua y llegó hasta él, hasta Hugo Rivero.
-No quiero hablar –dijo él.
-Hablar ayuda sabes –respondió ella con ese tono maternal, curtido en años de experiencia.
-Usted es anciana, tiene la experiencia de la vida… Y su conocimiento. Sabe muchas cosas.
-Solo las más mundanas.
-No, -Hugo se giro y se acercó a ella- usted conoce a Teresa, a Henry, a María y conocía a Víctor.
Se miraron en silencio.
-Amaltrudis, ¿qué cree usted que hace que alguien sea malo?
-Solo son malos lo incomprendidos, todo tiene una razón.
La respuesta decepcionó a Hugo.
-¿Y si no la hay? ¿Y si hubiese alguien que hace cosas terribles por placer?
-¿Por qué me preguntas eso? –Dijo la nana adoptando un tono de preocupación.
-Contésteme.
Amaltrudis volvió a su expresión y habitual y contestó con un simple –no creo en el mal.
-Pues debería –dijo Hugo antes de echar a correr y perderse en el bosque.
Corrió hasta llegar a la casa de los Aldecoa e irrumpir en la habitación de Henry.
-¡Sucia rata hijo de perra! ¿Cómo has podido hacerlo?
-Tendrían que haberte lavado la boca de pequeño, pero claro, como tu mamá se murió. ¿Seguro que no la mataron por acostarse con toda la tribu mora del protectorado?
Fue instintivo, Hugo cogió el abrecartas que reposaba junto a un taco de sobres y se abalanzó sobre Henry que sonrió con superioridad.
-Adelante, hazlo y te llevarán al garrote por asesinato.
La mano de Hugo temblaba.
-Pobre primita, enamorada de un perturbado.
Aflojó.
-Ah no –arrancó el abrecartas de un manotazo- si solo es un débil.
-¿Qué es lo que quieres?
-Disfrutar, disfrutar con tu miedo, disfrutar ahogando a mi tía, asfixiando a mi prima y haciendo gemir a tu amorcito.
-Te mataré.
Henry rio.
-Fíjate que malo soy y, lo bueno que parezco.
-Lo contaré todo.
-Jamás te creerán.
Hubo un tenso silencio.
-Escúchame Hugo –le dijo el inglés poniendo sus manos sobre sus hombros- vete, olvídalo todo. Pronto yo volveré a Londres y allí saciaré mis caprichos, de lo contrario seguiré creando dolor a tú alrededor, y ten por seguro que no pararé hasta volverte loco.
-El único loco que hay aquí eres tú.
-Y muy pronto tú también, solo que yo sé disfrutar de mi locura.
Hugo se soltó de Henry con violencia.
-Haz lo que te voy a decir y a cambio te aseguro la vida de Teresa y los suyos.
Rivero lo miró con desconfianza.
-Quiero que escribas una carta en la que ponga… Ya sé, escribe: Teresa, te escribo esta misiva porque me das pena. No quiero que sigas ilusionándote con una historia de amor cuando lo nuestro no ha sido más que un entretenimiento para mí, una forma de saciarme y de obtener placer en vistas a mi próximo matrimonio. Me marcho para casarme y tú deberías de hacer lo mismo ahora que sabes cómo gustar a tu futuro marido.
-Desgraciado –le dijo Hugo entre dientes firmando la carta.
-Pero satisfecho. Entérate Hugo, el mal siempre gana porque no juega limpio ¿o es qué se consigue algo siguiendo las reglas? Ahora ve a tu casa, haz la maleta y quiero que esta misma noche tú y tu padre os marchéis de Alcolea para siempre.
-¿Y si no?
-Y si no ya me encargaré yo de que mañana aparezca en el bosque el cuerpo de Teresa Aldecoa, forzada y apuñalada con un cuchillo de la familia Rivero. Entérate ya Hugo, no tienes alternativa.
Y así, llorando y con todo el dolor de su corazón, Hugo entregó la carta a Henry.
Esa misma noche Hugo y don Francisco partieron en su automóvil hacia Cantaloa, y Teresa recibió la carta. Aquello fue junto a la muerte de su hermano lo que sumió a Teresa en una profunda y breve depresión. La niña había muerto y había nacido la mujer.
#22
05/05/2013 16:56
¿Ya va a acabar? que pronto se acaba lo bueno
#23
05/05/2013 19:35
No habrá ni 2ª temporada ni spin-off.
No voy a decir cuantos capítulos le quedan, pero son pocos ya.
No voy a decir cuantos capítulos le quedan, pero son pocos ya.
#24
05/05/2013 19:35
Capítulo 11
El fantasma del torreón
Gran Hotel, Cantaloa. 19 de febrero de 1907
Alicia releía el capítulo de Otelo junto a Maite en el salón del hotel. Julio estaba trabajando y con motivo ya que debido a la subasta de Mr. Barnes habían llenado el hotel, lo que significaba buenas noticias para los Alarcón.
Aunque ya sabían que el libro poco les iba a ayudar a descubrir el misterio de los Celande, Alicia y Maite leían por pura diversión o, por puro aburrimiento… Ya que hasta que no se hicieran con el joyero no podrían seguir investigando.
Pero ambas oyeron la voz de Lady a sus espaldas, contando una historia a unos niños, Alicia miró a Maite con complicidad y la letrada le contestó con una cabezada. Se levantaron y se reunieron con la anciana.
-La veo muy bien acompañada Lady.
Lady sonrió como solo ella sabe, demostrando el cariño que le tiene a Alicia.
-Les estaba contando a estos pequeños una de las historias más famosas del hotel.
-¿Y cuál es? –Preguntó Alicia.
-La del fantasma del torreón, una de las más viejas.
-Nunca me has hablado de ese fantasma –le dijo Maite a su amiga.
-Nadie sabe de su origen, lo único que se cuenta es que muchas noches se oyen lamentos y ruegos –aseguró Lady.
-Pero eso son cuentos de viejas –aseguró un niño.
-De eso nada –le reprendió Lady enojada- ¿o acaso soy yo una vieja?
-De todas formas Lady, nadie nunca ha vivido en el torreón. Se quiso hacer un cuarto allí pero…
-¿Pero…? –Preguntó Maite intrigada.
-Este hotel lo fundó mi tatarabuelo Alejandro Alarcón en 1801, el día de año nuevo después de casi diez años de construcción y de gastos. En el torreón se instaló el dormitorio del pequeño Gabriel, el hijo de Alejandro y su esposa Donyelle de Hazas.
-Fue listo el fundador, si su esposa no hubiese sido francesa, las tropas de Napoleón habrían destruido el Gran Hotel –intervino Lady.
-Una mañana, el pequeño Gabriel escaló hasta la ventana que había quedado abierta y cayó desde el torreón.
-Pobre criaturita –dijo Lady persignándose.
-Pero dudo que ese sea el fantasma del torreón.
-Claro que no, hubo otra persona que también ocupó aquel lugar.
-¿Quién?
-No lo recuerdo bien, se que fue un joven, y muy apuesto, pero no consigo acordarme de más.
-Bueno yo ya he tenido bastantes fantasmadas por hoy, creo que me acostaré un rato antes de la cena –dijo Alicia mirando a Maite.
Se despidieron de Lady y fueron al cuarto de la abogada al tiempo que un obrero salía de allí.
-Señora he venido a arreglar el teléfono, ha habido errores en la línea.
-Muchas gracias –respondió Maite.
-He encontrado esto tras uno de los tablones de la parte inferior de la pared –añadió mostrándole un sobre.
-No me lo de a mí, déselo a la dueña del hotel –dijo Maite señalando a Alicia.
La joven tomó el sobre y se despidieron del obrero, después entraron en la alcoba y Alicia desdobló rauda la carta que contenía el sobre, Maite leyó:
Gran Hotel, Cantaloa. 20 de mayo de 1869.
Querida siento mucho que vayas a sufrir por mi muerte pero no hay otro remedio. Toda mi vida he sido un pecador y un cobarde, y ahora pago por ello. Pero sin duda mi mayor error fue ayudar a ese asesino, ayudarlo con mi silencio, y sus amenazas no son escusas. Yo sabía lo que hacía y aun así callé, por miedo pero callé.
Resuelvo por ello quitarme la vida para así acallar la pena de mi culpa, mis remordimientos y mi congoja. No sin antes pedirte un último favor, mi última voluntad Lucía. Entrega esta carta a Teresa Aldecoa de Gormaz y dile que la amé de verdad, pero que, su primo Henry, un asesino que me utilizó me tenía amenazado con matarla a ella y a su familia. Entrégasela para que sepa la verdad y pueda perdonarme.
Hugo Azorín
Ambas permanecieron en silencio, mirando la carta y más concretamente una de las frases…
-Entrega esta carta a Teresa Aldecoa de Gormaz y dile que la amé de verdad… –releyó Alicia.
-No me imagino a tu madre enamorada.
-Esta carta es anterior a la llegada de mi madre al Gran Hotel y…
-¿Y?
-Está dirigida a mi tía Lucía.
-¿Y dónde está tu tía?
-La asesinaron hace muchos años, fue una de las víctimas del asesino del cuchillo de oro.
-Lo siento, pero no sé cómo ha podido estar la carta ahí escondida.
-¡Claro! –Dijo Alicia como si hubiese caído en la cuenta de algo- mi antiguo cuarto fue el de mi tía, ese hombre habrá picado o algo para poner el cable y como es la habitación de al lado…
-Pero seguimos sin saber quién es ese… -miró la carta- Hugo Azorín.
-Un antiguo amante de mi madre supongo.
#25
05/05/2013 19:36
-Vamos a preguntarle.
-No –la detuvo Alicia al ver que su amiga iba a salir- mi madre odia que la atosiguen con cosas del pasado.
-¿Entonces?
-Deberemos preguntarle a alguien que lleva aquí más tiempo que ella.
Alicia miró a Maite y viceversa, en la cabeza de ambas solo había una persona…
Quince minutos después apareció Ángela en la habitación de Maite.
-Me dijeron que quería verme señora.
-Así es Ángela –dijo Alicia poniéndose en pie -. Queríamos preguntarte sobre un joven que debió de hospedarse en el hotel hace unos treinta y ocho años, poco antes del compromiso entre mis padres. Su nombre era Hugo Azorín ¿te suena?
-No –respondió Ángela tajante.
Alicia miró a Maite.
-¿Y no recuerda a ningún Hugo que tuviese relación con Lucía Alarcón? –Preguntó la letrada.
-Sí.
-¿Quién? –Preguntaron las dos amigas.
-Se llamaba Hugo Rivero, era el prometido de la señorita Lucía.
-¿Y qué más? –Preguntó Alicia impaciente.
-El joven estuvo unos días en el hotel junto a su padre y la noche en la que se iba a anunciar el compromiso…
-¿Qué pasó? –Preguntó Alicia.
-Se suicidó –respondió Maite.
-Se arrojó desde el torreón –aclaró Ángela mirando con desconfianza a la abogada.
-¿Y no saben por qué lo hizo? –Preguntó Maite.
-Don Fernando, su abuelo –comenzó dirigiéndose a Alicia- decidió no airear el asunto y se dijo que fue un desgraciado accidente de un huésped cualquiera, ya que no se llegó a anunciar el compromiso, pero su tía supo algo más.
-¿El qué?
-Yo era su doncella, así que me contó algo y me ordenó callar, y siempre obedecí. Pude haberlo contado cuando ella murió pero, ¿qué sentido tenía entonces?
-¿Qué supisteis Ángela?
-Su tía encontró una carta de Hugo, la de despedida me figuro y me dijo que se había suicidado porque amaba a otra, y que no dejaría que saliese a la luz una carta en la que ella quedaba por debajo. No sé que hizo con ella.
-¿Eso es todo lo que sabes Ángela?
-Eso es todo lo que sé señora.
-Pero sabe más sobre Hugo Rivero ¿no? ¿Cómo era doña Ángela?
Ángela miró a Maite con recelo.
-Contéstale Ángela.
-Era un muchacho apuesto, callado y de aspecto triste, un alma en pena que parecía ida. Pidió a sus abuelos poder quedarse en el torreón, y Juan, el que fue mi esposo le subía siempre el desayuno, el almuerzo y la cena, decía que era un joven agradable y muy atento con él. Pocas veces bajaba al comedor así que nunca llegué a conocerlo.
-Usted dijo que vino con su padre.
-Así es, don Francisco.
-¿Qué fue de él?
Ángela miró al suelo.
-Ángela –la apremió Alicia.
-Murió…
-¿Cómo?
-A eso mejor que yo podrá responderle otra persona.
-¿Quién?
-El detective don Nicolás de los Arcos. Era un buen amigo de mi difunto esposo y ha venido a verme, me ha dicho que estará con el detective Ayala en el cuartel. Trababa allí por esa época.
Alicia miró a Maite que corrió a buscar sus pantalones al armario.
-Si me permite doña Maite, el señor de los Arcos tiene setenta y cuatro años, no creo que comprenda que una mujer lleve pantalones.
De mala gana, Maite soltó la prenda y ahora fue ella la que miró a Ángela con recelo, mientras que la gobernanta la miraba victoriosa.
-Nadie queda nunca por encima de Ángela –le dijo Alicia a su amiga una vez hubieron subido al coche.
-No –la detuvo Alicia al ver que su amiga iba a salir- mi madre odia que la atosiguen con cosas del pasado.
-¿Entonces?
-Deberemos preguntarle a alguien que lleva aquí más tiempo que ella.
Alicia miró a Maite y viceversa, en la cabeza de ambas solo había una persona…
Quince minutos después apareció Ángela en la habitación de Maite.
-Me dijeron que quería verme señora.
-Así es Ángela –dijo Alicia poniéndose en pie -. Queríamos preguntarte sobre un joven que debió de hospedarse en el hotel hace unos treinta y ocho años, poco antes del compromiso entre mis padres. Su nombre era Hugo Azorín ¿te suena?
-No –respondió Ángela tajante.
Alicia miró a Maite.
-¿Y no recuerda a ningún Hugo que tuviese relación con Lucía Alarcón? –Preguntó la letrada.
-Sí.
-¿Quién? –Preguntaron las dos amigas.
-Se llamaba Hugo Rivero, era el prometido de la señorita Lucía.
-¿Y qué más? –Preguntó Alicia impaciente.
-El joven estuvo unos días en el hotel junto a su padre y la noche en la que se iba a anunciar el compromiso…
-¿Qué pasó? –Preguntó Alicia.
-Se suicidó –respondió Maite.
-Se arrojó desde el torreón –aclaró Ángela mirando con desconfianza a la abogada.
-¿Y no saben por qué lo hizo? –Preguntó Maite.
-Don Fernando, su abuelo –comenzó dirigiéndose a Alicia- decidió no airear el asunto y se dijo que fue un desgraciado accidente de un huésped cualquiera, ya que no se llegó a anunciar el compromiso, pero su tía supo algo más.
-¿El qué?
-Yo era su doncella, así que me contó algo y me ordenó callar, y siempre obedecí. Pude haberlo contado cuando ella murió pero, ¿qué sentido tenía entonces?
-¿Qué supisteis Ángela?
-Su tía encontró una carta de Hugo, la de despedida me figuro y me dijo que se había suicidado porque amaba a otra, y que no dejaría que saliese a la luz una carta en la que ella quedaba por debajo. No sé que hizo con ella.
-¿Eso es todo lo que sabes Ángela?
-Eso es todo lo que sé señora.
-Pero sabe más sobre Hugo Rivero ¿no? ¿Cómo era doña Ángela?
Ángela miró a Maite con recelo.
-Contéstale Ángela.
-Era un muchacho apuesto, callado y de aspecto triste, un alma en pena que parecía ida. Pidió a sus abuelos poder quedarse en el torreón, y Juan, el que fue mi esposo le subía siempre el desayuno, el almuerzo y la cena, decía que era un joven agradable y muy atento con él. Pocas veces bajaba al comedor así que nunca llegué a conocerlo.
-Usted dijo que vino con su padre.
-Así es, don Francisco.
-¿Qué fue de él?
Ángela miró al suelo.
-Ángela –la apremió Alicia.
-Murió…
-¿Cómo?
-A eso mejor que yo podrá responderle otra persona.
-¿Quién?
-El detective don Nicolás de los Arcos. Era un buen amigo de mi difunto esposo y ha venido a verme, me ha dicho que estará con el detective Ayala en el cuartel. Trababa allí por esa época.
Alicia miró a Maite que corrió a buscar sus pantalones al armario.
-Si me permite doña Maite, el señor de los Arcos tiene setenta y cuatro años, no creo que comprenda que una mujer lleve pantalones.
De mala gana, Maite soltó la prenda y ahora fue ella la que miró a Ángela con recelo, mientras que la gobernanta la miraba victoriosa.
-Nadie queda nunca por encima de Ángela –le dijo Alicia a su amiga una vez hubieron subido al coche.
#26
14/05/2013 16:42
Me ENCANTA tu fan-fic. Esta muy bien escrito y la historia esta genial. Deseando que subas el proximo capitulo!! :))
#27
14/05/2013 18:41
Subiré los últimos capítulos en cuanto pueda, es que son semanas muy malas, examenes, trabajos, más examenes, prácticas, más examenes, más trabajos...
#28
14/05/2013 20:18
Me encanta mola mucho =)
#29
17/05/2013 23:51
Perdonad la tardanza pero he tenido (y tengo aun) mucho que estudiar. Os dejo el capítulo 12 y seguramente mañana ponga el 13 y ÚLTIMO capítulo. Tras el una sorpresita que espero que os guste.
Gran Hotel, Cantaloa. 19 de febrero de 1907
Sin detenerse, sin perder un instante, Alicia y Maite entraron atropelladamente en el cuartel, donde un hombre, anciano y encorvado conversaba con Ayala.
-Doña Alicia, letrada –las saludó el detective.
Alicia miró al anciano.
-Oh sí, es el inspector de los Arcos, ha venido a esclarecer un poco los hechos sobre el asesinato de Marta Santos.
-Un placer inspector –dijo Alicia sonriendo con cortesía.
-Usted debe de ser Alicia Alarcón, la viva imagen de su tía Lucía –le dijo él con una voz áspera antes de mirar a Maite.
-Maite Ribelles, abogada.
-Dios santo, una mujer abogada.
-Tempora mutantu inspector –respondió la letrada.
-Inspector tenemos prisa y queríamos hablar con usted.
-Doña Alicia –intervino Ayala- el inspector ya nos ha contado todo lo relativo a Marta Santos.
-No se trata de eso detective. Queríamos preguntarle sobre dos muertes que se produjeron en el hotel hace casi cuarenta años. La de un padre y su hijo.
-Francisco y Hugo Rivero –aclaró Maite.
-Vaya vaya vaya… Jamás pensé que volvería a oír esos nombres.
-¿Recuerda el crimen?
-¿Acaso se puede olvidar el hecho de que un hijo mate a su padre? Bueno padre…
-Supongo que no será indiscreción preguntar el por qué de estas cuestiones –dijo Ayala.
-Hemos encontrado esta carta –Alicia se la mostró a los policías- la carta de despedida de Hugo.
-Y firmada con su verdadero nombre –dijo don Nicolás.
-A mi me parece más sorprendente el hecho de que estuviese enamorado de doña Teresa, fíjese –le dijo Ayala señalando el párrafo.
-Si me pudiese contar algo de esa familia.
-Bueno, Hugo y don Francisco eran dos huéspedes del hotel. Don Francisco ocupó la suite 50 y Hugo se alojó en el torreón. La noche del baile de San Bernardino me llamaron porque habían encontrado un cadáver en el bosque, se trataba de don Francisco acuchillado, al volver al pueblo me dijeron que otro huésped se había caído por una ventana. Siempre se sospechó que Hugo mató a su padre, pero yo estoy convencido.
-¿Por qué?
-Registrando el torreón encontré muchos papeles que pertenecían al joven. Poemas, varias cartas pidiendo disculpas a muchachas y a Dios por sus pecados. Pero lo que más me llamó la atención fue una especie de libro, firmado por Hugo Azorín, como la carta que me acaba de mostrar.
Ante el silencio de Alicia, Maite y Ayala, de los Arcos prosiguió.
-El protagonista del libro se llamaba Hugo Azorín también y vivía con su madre en Vélez. Su madre era esposa de un militar, Eloy Azorín Ballesta. Eloy Azorín fue un militar español, muerto en África en la matanza de Guaditameda. Donde todo un campamento español fue asesinado por los bereberes, o eso se creyó. Porque, el libro revela que un empresario, traficante armas tenía tratos con los moros, y no era otro que don Francisco Rivero, quien sediento de venganza porque su ex-prometida se había casado con otro pagó a los indígenas para que asaltasen el campamento y le entregasen al hijo de la pareja, Hugo. El libro es una especie de autobiografía donde se relatan de forma dura la vida en África, el asalto y el secuestro de don Francisco. Al final hay un epílogo donde el hijo se enfrenta al captor y lo apuñala. Sin embargo esta prueba no fue aceptada y se quedó escondida en el armario del torreón.
-Madre mía inspector.
-Una historia digna de folletín –dijo Ayala- pero no comprendo cómo es que doña Teresa y ese desafortunado joven…
-Solo hay una forma de resolver este misterio –dijo Alicia- y es hablando con mi madre.
-Hágalo señora –le pidió don Nicolás- hágalo y permita a ese pobre chico descansar en paz.
Capítulo 12
A un paso de la verdad
Gran Hotel, Cantaloa. 19 de febrero de 1907
Sin detenerse, sin perder un instante, Alicia y Maite entraron atropelladamente en el cuartel, donde un hombre, anciano y encorvado conversaba con Ayala.
-Doña Alicia, letrada –las saludó el detective.
Alicia miró al anciano.
-Oh sí, es el inspector de los Arcos, ha venido a esclarecer un poco los hechos sobre el asesinato de Marta Santos.
-Un placer inspector –dijo Alicia sonriendo con cortesía.
-Usted debe de ser Alicia Alarcón, la viva imagen de su tía Lucía –le dijo él con una voz áspera antes de mirar a Maite.
-Maite Ribelles, abogada.
-Dios santo, una mujer abogada.
-Tempora mutantu inspector –respondió la letrada.
-Inspector tenemos prisa y queríamos hablar con usted.
-Doña Alicia –intervino Ayala- el inspector ya nos ha contado todo lo relativo a Marta Santos.
-No se trata de eso detective. Queríamos preguntarle sobre dos muertes que se produjeron en el hotel hace casi cuarenta años. La de un padre y su hijo.
-Francisco y Hugo Rivero –aclaró Maite.
-Vaya vaya vaya… Jamás pensé que volvería a oír esos nombres.
-¿Recuerda el crimen?
-¿Acaso se puede olvidar el hecho de que un hijo mate a su padre? Bueno padre…
-Supongo que no será indiscreción preguntar el por qué de estas cuestiones –dijo Ayala.
-Hemos encontrado esta carta –Alicia se la mostró a los policías- la carta de despedida de Hugo.
-Y firmada con su verdadero nombre –dijo don Nicolás.
-A mi me parece más sorprendente el hecho de que estuviese enamorado de doña Teresa, fíjese –le dijo Ayala señalando el párrafo.
-Si me pudiese contar algo de esa familia.
-Bueno, Hugo y don Francisco eran dos huéspedes del hotel. Don Francisco ocupó la suite 50 y Hugo se alojó en el torreón. La noche del baile de San Bernardino me llamaron porque habían encontrado un cadáver en el bosque, se trataba de don Francisco acuchillado, al volver al pueblo me dijeron que otro huésped se había caído por una ventana. Siempre se sospechó que Hugo mató a su padre, pero yo estoy convencido.
-¿Por qué?
-Registrando el torreón encontré muchos papeles que pertenecían al joven. Poemas, varias cartas pidiendo disculpas a muchachas y a Dios por sus pecados. Pero lo que más me llamó la atención fue una especie de libro, firmado por Hugo Azorín, como la carta que me acaba de mostrar.
Ante el silencio de Alicia, Maite y Ayala, de los Arcos prosiguió.
-El protagonista del libro se llamaba Hugo Azorín también y vivía con su madre en Vélez. Su madre era esposa de un militar, Eloy Azorín Ballesta. Eloy Azorín fue un militar español, muerto en África en la matanza de Guaditameda. Donde todo un campamento español fue asesinado por los bereberes, o eso se creyó. Porque, el libro revela que un empresario, traficante armas tenía tratos con los moros, y no era otro que don Francisco Rivero, quien sediento de venganza porque su ex-prometida se había casado con otro pagó a los indígenas para que asaltasen el campamento y le entregasen al hijo de la pareja, Hugo. El libro es una especie de autobiografía donde se relatan de forma dura la vida en África, el asalto y el secuestro de don Francisco. Al final hay un epílogo donde el hijo se enfrenta al captor y lo apuñala. Sin embargo esta prueba no fue aceptada y se quedó escondida en el armario del torreón.
-Madre mía inspector.
-Una historia digna de folletín –dijo Ayala- pero no comprendo cómo es que doña Teresa y ese desafortunado joven…
-Solo hay una forma de resolver este misterio –dijo Alicia- y es hablando con mi madre.
-Hágalo señora –le pidió don Nicolás- hágalo y permita a ese pobre chico descansar en paz.
#30
19/05/2013 19:17
Capítulo 13
La verdad al fin
Gran Hotel, Cantaloa. 19 de febrero de 1907
-Si se cree que me va a ningunear va lista… -murmuraba Javier por el pasillo.
-¡Javier! –Lo llamó su hermana- ¿te ocurre algo? Te veo alterado.
-Madre que sigue queriendo dictar nuestras vidas. Me ha alterado tanto que voy a tener que ir a por un buen whisky.
-Tú con tal de beber té agarras a lo que sea –le dijo Alicia sonriendo.
Javier le guiñó un ojo y Alicia se dirigió a la habitación de su madre, la suite 60, la mejor de todo el hotel. Tomó aire y llamó.
Su madre estaba sentada en el sillón, masajeándose la sien con las yemas de los dedos, con un vestido verde y una blusa blanca de grandes volantes.
-Madre quería hablar con usted.
-Dime querida.
-Se trata de… -Alicia reparó en el objeto que tenía su madre en sus manos. Un álbum de fotos-. ¿Me permite madre?
Doña Teresa se lo cedió, y Alicia comenzó a ojearlo.
-Esa niña que llora ante la cámara soy yo hija.
Alicia sonrió al ver a la pequeña.
-Mi madre el día de la fiesta por el aniversario de la fundación de la banca. Quién nos iba a decir que al final se la vendería a don Baldomero.
Alicia miró la foto de su abuela, era increíblemente parecida a su madre. Siguió pasando las páginas y de pronto…
-¿Quiénes son madre?
Teresa observó la foto, dos jóvenes sostenían unos conejos y sonreían eternamente como fantasmas ante la cámara.
-¿Madre?
-Son mi primo y un vecino de Alcolea.
-¿Su primo? ¿El inglés?
-No tenía otro.
-Nunca lo he conocido.
-Ni lo conocerás.
-¿Por qué?
Una lágrima brotó de los ojos de la señora.
-Porque está muerto.
-Lo siento.
-No, no lo sientas –se levantó y fue hacia la ventana- se lo merecía, era un monstruo.
-¿Por qué dice eso?
-Era un asesino, y… -rompió a llorar- si yo hubiese sabido…
-¿El qué madre?
-Al final no tuve remedio… Y…
-Madre no la entiendo –Alicia ya estaba realmente confundida.
-Se trata de ese vecino.
-Del que está junto a su primo.
-Sí, de Hugo Rivero…
Los recuerdos atravesaron a doña Teresa en un instante, como si viese una película en el cinematógrafo…
Caminaba por un sendero que conducía al río, tarareando y mirando a su alrededor con la esperanza de ver algo interesante, y ese algo le vino de frente. Ambos se miraron de reojo, pero nada más. El chico dejó tras de sí un olor, un olor que Teresa nunca olvidaría…
…
-¡Oye! –Gritó alguien a sus espaldas-. ¡Oye tú!
Teresa se giró y no pudo creer lo que veían sus ojos. Era él, el chico misterioso, aquel llamado Hugo.
-¿Te parecen esas maneras de dirigirte a una dama? –Preguntó Teresa alzando la cabeza con orgullo, no sabía por qué pero él la ponía tan nerviosa que en su presencia estaba siempre a la defensiva…
-Lo conocí poco antes de venir al hotel. Él me conquistó toda y gracias a su amor pude superar la muerte de mi hermano Víctor. Él me hizo conocer el amor pero, pero mi primo se interpuso entre nosotros…
-¿Cómo?
-Mi primo, Henry, era un despiadado asesino que no tuvo reparo en acabar con la vida de medio pueblo y de mi hermano… No tuvo piedad siquiera conmigo…
#31
19/05/2013 19:17
Alcolea, 16 de mayo de 1869.
Teresa había salido a buscar a Henry, doña Margarita necesitaba hablar con él y ella sabía dónde se encontraba su primo. En sus tierras había un pequeño chozo donde desde pequeño reunía todo tipo de tesoros. Entró por la desvencijada puerta y lo llamó.
-¡Henry!
Solo silencio como respuesta.
Entró y observó todos los “tesoros” que su primo había ido almacenando con el tiempo, y entonces vio unas cartas.
-No me digas que te has enamorado primito –dijo con una sonrisa traviesa en los labios.
La tomó y comenzó a leer. Pronto se arrepintió.
Lo siento mucho por lo que vais a sufrir, sé que no os merecéis esto, pero tan solo voy a adelantar lo que era inevitable. Toda mi vida ha sido una tortura…
-Es la carta de suicidio de Víctor.
Observó las otras, también ponía lo mismo solo que la letra iba cambiando, en la primera era la de Henry y en las demás iba mutando hasta ser casi una calca de la de su hermano.
-No puede ser.
-¿El qué no puede ser prima?
Teresa dejó caer las cartas a consecuencia del susto.
-Nada, he venido a buscarte porque mi madre quería hablar contigo.
-Ya, ¿y tú no?
-¿Yo?
-Ahora que conoces mi secreto… Tal vez quieras saber algún detalle.
-¿De qué hablas?
-Me dio tanto placer matarlo, oír sus gritos, sentir como su cuello se rompía y finalmente arrojar su cadáver inútil e inservible a ese pozo.
Teresa se llevó las manos a la boca horrorizada.
-Sí.
-Estás enfermo.
-Tienes razón, y si estoy enfermo no debo vivir, porque seguro que haces algo para que me encierren…
Henry salió corriendo del chozo.
-¡NO HENRY! –Y Teresa lo siguió como pudo.
Corrieron a través del bosque hasta llegar a la Peña del Aire, un barranco.
-¡HENRY! –Gritó Teresa asomándose pensando que su primo había saltado.
Él salió de detrás de un árbol -Siempre fuiste muy fácil de engañar prima, si hubieses sido más despierta no te habría matado –corrió hacia ella y la empujó, pero Teresa consiguió aferrarse a él y ambos cayeron al suelo donde comenzaron a rodar.
-No Henry.
-Te voy a matar –llevó sus manos al cuello y comenzó a asfixiarla- todo el mundo pensará que te has suicidado porque tu amado te ha abandonado y te has quedado embarazada.
-¿Qué dices? –Preguntó ella con cierta dificultad.
-Se que no lo estás, pero para que sea más creíble –apretó.
Teresa no estaba dispuesta a admitir la derrota.
-No… esto… ¡ESTO POR MI HERMANO! –Levantó la rodilla y le propinó un golpe en la entrepierna a su primo que se levantó del dolor.
-Se acabó Teresa –dijo él, y ella sintió más peligro en esa frase que en la más maléfica de las amenazas- se acabó.
Henry se abalanzó sobre Teresa y ambos forcejearon hasta llegar al borde del precipicio cuando entonces sintieron como la tierra se movía bajo sus pies, el barranco se desprendió y justo a tiempo Teresa consiguió aferrarse a un saliente para salvarse y ver como Henry no contaba con esa suerte y caía al vacío…
Teresa había salido a buscar a Henry, doña Margarita necesitaba hablar con él y ella sabía dónde se encontraba su primo. En sus tierras había un pequeño chozo donde desde pequeño reunía todo tipo de tesoros. Entró por la desvencijada puerta y lo llamó.
-¡Henry!
Solo silencio como respuesta.
Entró y observó todos los “tesoros” que su primo había ido almacenando con el tiempo, y entonces vio unas cartas.
-No me digas que te has enamorado primito –dijo con una sonrisa traviesa en los labios.
La tomó y comenzó a leer. Pronto se arrepintió.
Lo siento mucho por lo que vais a sufrir, sé que no os merecéis esto, pero tan solo voy a adelantar lo que era inevitable. Toda mi vida ha sido una tortura…
-Es la carta de suicidio de Víctor.
Observó las otras, también ponía lo mismo solo que la letra iba cambiando, en la primera era la de Henry y en las demás iba mutando hasta ser casi una calca de la de su hermano.
-No puede ser.
-¿El qué no puede ser prima?
Teresa dejó caer las cartas a consecuencia del susto.
-Nada, he venido a buscarte porque mi madre quería hablar contigo.
-Ya, ¿y tú no?
-¿Yo?
-Ahora que conoces mi secreto… Tal vez quieras saber algún detalle.
-¿De qué hablas?
-Me dio tanto placer matarlo, oír sus gritos, sentir como su cuello se rompía y finalmente arrojar su cadáver inútil e inservible a ese pozo.
Teresa se llevó las manos a la boca horrorizada.
-Sí.
-Estás enfermo.
-Tienes razón, y si estoy enfermo no debo vivir, porque seguro que haces algo para que me encierren…
Henry salió corriendo del chozo.
-¡NO HENRY! –Y Teresa lo siguió como pudo.
Corrieron a través del bosque hasta llegar a la Peña del Aire, un barranco.
-¡HENRY! –Gritó Teresa asomándose pensando que su primo había saltado.
Él salió de detrás de un árbol -Siempre fuiste muy fácil de engañar prima, si hubieses sido más despierta no te habría matado –corrió hacia ella y la empujó, pero Teresa consiguió aferrarse a él y ambos cayeron al suelo donde comenzaron a rodar.
-No Henry.
-Te voy a matar –llevó sus manos al cuello y comenzó a asfixiarla- todo el mundo pensará que te has suicidado porque tu amado te ha abandonado y te has quedado embarazada.
-¿Qué dices? –Preguntó ella con cierta dificultad.
-Se que no lo estás, pero para que sea más creíble –apretó.
Teresa no estaba dispuesta a admitir la derrota.
-No… esto… ¡ESTO POR MI HERMANO! –Levantó la rodilla y le propinó un golpe en la entrepierna a su primo que se levantó del dolor.
-Se acabó Teresa –dijo él, y ella sintió más peligro en esa frase que en la más maléfica de las amenazas- se acabó.
Henry se abalanzó sobre Teresa y ambos forcejearon hasta llegar al borde del precipicio cuando entonces sintieron como la tierra se movía bajo sus pies, el barranco se desprendió y justo a tiempo Teresa consiguió aferrarse a un saliente para salvarse y ver como Henry no contaba con esa suerte y caía al vacío…
#32
19/05/2013 19:18
Gran Hotel, Cantaloa. 19 de febrero de 1907
-Así fue como murió Henry. No quise airear el asunto y me limité a decir que estábamos tomando el aire cuando el barranco cayó. Henry y el amado que te he mencionado, Hugo Rivero me hicieron fuerte, y me hicieron dura. Ellos me dieron, cada uno con su traición, este carácter. Ellos dieron origen a mi ambición. Cuando poco después llegué al Gran Hotel yo ya tenía la idea de dejar a Ricardo y casarme con tu padre, que también me hizo más fuerte con su traición.
-Madre, Hugo no la traicionó.
-¿Pero qué dices hija?
-Encontré esto –le dio la carta y Teresa la tomó con desconfianza-. Es la carta que escribió Hugo antes de suicidarse.
De nuevo el llanto hacía mella en Teresa.
-Pero no puede ser, tu padre, tu abuela, nunca me dijeron nada.
-Como el compromiso con mi tía no se anunció se decidió esconder el asunto.
-Él lo sabía, se fue para protegerme… Si yo hubiera sabido… -Abrazó la carta mientras lloraba ante su hija que no sabía qué hacer. Finalmente optó por abrazarla y dejar que ella se desahogara en su hombro.
-¿Se siente mejor madre?
-Hija, nunca podré agradecerte esto…
Aquella noche doña Teresa subió al torreón, aun estaban las sábanas que usó Hugo cubiertas de polvo; y en el armario supo distinguir sus ropas; y en los libros su letra pulcra, estilizada y perfecta. Miró en el tocador, un bote de colonia que ella abrió desprendió un olor atrayente y magnético, el olor inconfundible que Hugo siempre tenía y que tanto gustaba a Teresa. Se echó un poco y tomó el libro que contaba la vida de su amado, se sentó en el alfeizar y contempló la noche. No leyó, solo quería tenerlo en sus brazos e imaginarse cómo habría sido su vida si hubiese descubierto la verdad antes. Por una vez en cuarenta años, Teresa volvía a ser la misma de siempre gracias a un simple recuerdo.
-Ahora que se la verdad Hugo, puedes descansar en paz.
-Así fue como murió Henry. No quise airear el asunto y me limité a decir que estábamos tomando el aire cuando el barranco cayó. Henry y el amado que te he mencionado, Hugo Rivero me hicieron fuerte, y me hicieron dura. Ellos me dieron, cada uno con su traición, este carácter. Ellos dieron origen a mi ambición. Cuando poco después llegué al Gran Hotel yo ya tenía la idea de dejar a Ricardo y casarme con tu padre, que también me hizo más fuerte con su traición.
-Madre, Hugo no la traicionó.
-¿Pero qué dices hija?
-Encontré esto –le dio la carta y Teresa la tomó con desconfianza-. Es la carta que escribió Hugo antes de suicidarse.
De nuevo el llanto hacía mella en Teresa.
-Pero no puede ser, tu padre, tu abuela, nunca me dijeron nada.
-Como el compromiso con mi tía no se anunció se decidió esconder el asunto.
-Él lo sabía, se fue para protegerme… Si yo hubiera sabido… -Abrazó la carta mientras lloraba ante su hija que no sabía qué hacer. Finalmente optó por abrazarla y dejar que ella se desahogara en su hombro.
-¿Se siente mejor madre?
-Hija, nunca podré agradecerte esto…
Aquella noche doña Teresa subió al torreón, aun estaban las sábanas que usó Hugo cubiertas de polvo; y en el armario supo distinguir sus ropas; y en los libros su letra pulcra, estilizada y perfecta. Miró en el tocador, un bote de colonia que ella abrió desprendió un olor atrayente y magnético, el olor inconfundible que Hugo siempre tenía y que tanto gustaba a Teresa. Se echó un poco y tomó el libro que contaba la vida de su amado, se sentó en el alfeizar y contempló la noche. No leyó, solo quería tenerlo en sus brazos e imaginarse cómo habría sido su vida si hubiese descubierto la verdad antes. Por una vez en cuarenta años, Teresa volvía a ser la misma de siempre gracias a un simple recuerdo.
-Ahora que se la verdad Hugo, puedes descansar en paz.