El Rincón de Francisca y Raimundo:ESTE AMOR SE MERECE UN YACIMIENTO (TUNDA TUNDA) Gracias María y Ramon
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08/06/2011 23:44
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#7201
14/06/2012 22:35
Muaajajjaja y que lo digas Naryak la Ruth se ha marcado un comentario que tela, beso incluido y todo!
Bueno niñas os dejo un trocito de mi aburrida historia, es lo que hace el aburrimiento en clase de plástica 
Raimundo llegó a la puerta de la Casa de Comidas al tiempo que se le crispaban los nervios solo de ver al capataz de los Montenegro sentado en la puerta. ¿Qué querría ahora aquella mujer de él o de Tristán? Se acercó sin más preámbulos mientras Mauricio se ponía en pie.
-¿Qué haces aquí? Sabes que ni tú ni la cacique sois bien recibidos.
-Tranquilo tabernero, hoy no vengo a pelear. Doña Francisca me dio un mensaje para ti, así que yo te lo doy y me voy- El capataz le dio el sobre y se fue.
-¡Mauricio!- El hombre se giró sorprendido de que Raimundo le llamara- ¿Doña Francisca ya está mejor?
-Ulloa sabes bien que no es así, deja de hacer preguntas estúpidas y de chancearte de su situación porque te las verás conmigo. Ahora lee la carta, que otros tenemos trabajo para hacer.
Mauricio se alejaba mientras Raimundo se quedaba clavado en el suelo. ¿Tan mal estaba Francisca para que aquel animal estuviera tan preocupado?
Cuando entró, Tristán se acercó a él rápidamente.
-Padre ¿Ha visto a Mauricio? ¿Le ha dado el sobre? ¿Qué quiere mi madre ahora? Si quiere voy a…- Su hijo hablaba sin parar a la vez que gesticulaba ostentosamente.
-Tristán… ¡Tristán!- Raimundo tuvo que gritarle para que se calmara, de esta forma el soldado cerró la boca.
-Tranquilo chico, voy a mi habitación a por el delantal para servir mesas, leo la carta y te cuento todo lo que ha pasado, tranquilízate.
El soldado dejó pasar a su padre con un movimiento de brazo y Raimundo subió a su habitación. Allí se sentó sobre su colchón después de dejar la chaqueta que llevaba sobre una de las sillas. Estaba impaciente por ver que quería aquella mujer dándole ese sobre amarillento. Recordó sus pensamientos cuando estaba mirando la tierra… Demonios, cada vez que la intentaba olvidar aparecía de nuevo, aunque fuera con un simple objeto. Abrió hábilmente el sobre y leyó su contenido:
Querido Raimundo:
Te resultará extraño que después de treinta años te vuelva a decir querido, pero te aseguro que te podría decir otras muchas más cosas que he estado guardando durante todo este tiempo, cariño, mi vida, mi alma, mi amor… Si Raimundo Ulloa, te sigo amando, te sigo idolatrando como el primer día. Qué irónico ¿cierto? Tantos años para contarte esto y lo digo justamente ahora. Desde que me dejaste he pasado todo el tiempo intentando hacerte la vida imposible para intentar eliminar esos sentimientos que me torturan el alma, pero ellos siguen ahí, quemándome y ahora ya es tarde. Comprendo que ahora tu cara sea de espanto mientras lees estas líneas, la vieja, maldita, testaruda y tozuda cacique de Puente Viejo declarándote su amor como una jovenzuela, pero ese es el problema mi amor, que cuando este sentimiento se clava tan al fondo nada ni nadie puede sacarlo. En fin, te dedico estas últimas palabras a ti mi vida y te pido por favor que cuides de Tristán, dile que tendrá su herencia como él quería, nunca he podido negarle nada Raimundo, me recuerda demasiado a ti. Vigila también a Soledad te lo suplico, ya le he hecho demasiado daño en esta vida, no dejes que se convierta en una vieja amargada por su orgullo como alguien que yo conozco…
Esta es mi despedida amado Raimundo, hoy llevo todo el día fuera de la Casona y lo último que te pido es que seas tú quién encuentre mi cuerpo. ¿Te acuerdas de aquel claro en el que leíamos los dos juntos recostados en los árboles? Dónde merendábamos manzanas. A las once de la noche acude a por mi cuerpo te lo ruego, no quiero que lo encuentre ningún campesino ni mucho menos uno de mis hijos, no quiero causar más dolor y escándalos después de mi muerte.
Recuérdalo Raimundo, siempre has estado, siempre estás y siempre estarás en mi mente y en mi corazón.
Te ama y será siempre tuya, Francisca.
A Raimundo se le llenaron los ojos de lágrimas mientras un fuerte temblor se apoderaba de sus manos. Ella le amaba, su Francisca le seguía queriendo e incluso quería a sus hijos. Aún tenía corazón, aunque estuviera escondido entre muros de hierro continuaba en su interior. De repente el tabernero calló en la cuenta de lo leído. ¡Francisca se iba a suicidar a las 11 y además en el claro donde compartieron tantas cosas en su juventud! Eran las 10:30 y aunque aquella mujer era el ser más malvado de los alrededores también había sido la única persona que le había hecho sentir completo, seguro. No iba a permitir que se quitara la vida.
Bajó las escaleras como un vendaval ajeno a las preguntas de Tristán y Alfonso y salió corriendo.
Francisca se había descalzado y había deshecho lo que quedaba de su trenza. Ya había terminado el día, el sol se había escondido hacía tiempo, eran las 10:45. El viento mecía sus cabellos y las lágrimas surcaban su rostro. No se arrepentía de lo que iba a hacer, pero no podía evitar sentir que su vida había sido un fraude, una burda mentira a partir de un momento determinado. Por fin después de muchos años buscaba sentirse liberada, y la mejor forma de hacerlo era esa. Aquellos días encerrada em su habitación le habían servido para pensar y para tomar los últimos momentos de su vida con resignación, con alegre y tranquila resignación. Le agradaba que nadie la hubiera descubierto en toda la mañana, y ahora, con la luna llena brillando entre los árboles del claro pensaba que no podía haber elegido mejor momento que este. Eran las once menos cinco, llegó el momento, cuando llegara Raimundo encontraría su cuerpo ya desangrado. Miró el cielo plagado de estrellas, cogió el abrecartas que había afilado días atrás en su habitación y lo colocó sobre una de sus muñecas.
-Te quiero Raimundo Ulloa- Fue lo único que atinó a decir en un susurro mientras hundía aquel cuchillito en una de sus venas.
-¡Francisca para!
Raimundo apareció corriendo desesperado. Al verlo allí Francisca soltó el abrecartas de la impresión, pero ya se había hecho un ligero corte. Raimundo se tiró de rodillas a su lado.
-Lo siento condenado tabernero, nadie me da órdenes- Acertó a pronunciar la cacique mientras esbozaba una sonrisa y cerraba los ojos debido a la pérdida de sangre.
Bueno niñas os dejo un trocito de mi aburrida historia, es lo que hace el aburrimiento en clase de plástica 
Raimundo llegó a la puerta de la Casa de Comidas al tiempo que se le crispaban los nervios solo de ver al capataz de los Montenegro sentado en la puerta. ¿Qué querría ahora aquella mujer de él o de Tristán? Se acercó sin más preámbulos mientras Mauricio se ponía en pie.
-¿Qué haces aquí? Sabes que ni tú ni la cacique sois bien recibidos.
-Tranquilo tabernero, hoy no vengo a pelear. Doña Francisca me dio un mensaje para ti, así que yo te lo doy y me voy- El capataz le dio el sobre y se fue.
-¡Mauricio!- El hombre se giró sorprendido de que Raimundo le llamara- ¿Doña Francisca ya está mejor?
-Ulloa sabes bien que no es así, deja de hacer preguntas estúpidas y de chancearte de su situación porque te las verás conmigo. Ahora lee la carta, que otros tenemos trabajo para hacer.
Mauricio se alejaba mientras Raimundo se quedaba clavado en el suelo. ¿Tan mal estaba Francisca para que aquel animal estuviera tan preocupado?
Cuando entró, Tristán se acercó a él rápidamente.
-Padre ¿Ha visto a Mauricio? ¿Le ha dado el sobre? ¿Qué quiere mi madre ahora? Si quiere voy a…- Su hijo hablaba sin parar a la vez que gesticulaba ostentosamente.
-Tristán… ¡Tristán!- Raimundo tuvo que gritarle para que se calmara, de esta forma el soldado cerró la boca.
-Tranquilo chico, voy a mi habitación a por el delantal para servir mesas, leo la carta y te cuento todo lo que ha pasado, tranquilízate.
El soldado dejó pasar a su padre con un movimiento de brazo y Raimundo subió a su habitación. Allí se sentó sobre su colchón después de dejar la chaqueta que llevaba sobre una de las sillas. Estaba impaciente por ver que quería aquella mujer dándole ese sobre amarillento. Recordó sus pensamientos cuando estaba mirando la tierra… Demonios, cada vez que la intentaba olvidar aparecía de nuevo, aunque fuera con un simple objeto. Abrió hábilmente el sobre y leyó su contenido:
Querido Raimundo:
Te resultará extraño que después de treinta años te vuelva a decir querido, pero te aseguro que te podría decir otras muchas más cosas que he estado guardando durante todo este tiempo, cariño, mi vida, mi alma, mi amor… Si Raimundo Ulloa, te sigo amando, te sigo idolatrando como el primer día. Qué irónico ¿cierto? Tantos años para contarte esto y lo digo justamente ahora. Desde que me dejaste he pasado todo el tiempo intentando hacerte la vida imposible para intentar eliminar esos sentimientos que me torturan el alma, pero ellos siguen ahí, quemándome y ahora ya es tarde. Comprendo que ahora tu cara sea de espanto mientras lees estas líneas, la vieja, maldita, testaruda y tozuda cacique de Puente Viejo declarándote su amor como una jovenzuela, pero ese es el problema mi amor, que cuando este sentimiento se clava tan al fondo nada ni nadie puede sacarlo. En fin, te dedico estas últimas palabras a ti mi vida y te pido por favor que cuides de Tristán, dile que tendrá su herencia como él quería, nunca he podido negarle nada Raimundo, me recuerda demasiado a ti. Vigila también a Soledad te lo suplico, ya le he hecho demasiado daño en esta vida, no dejes que se convierta en una vieja amargada por su orgullo como alguien que yo conozco…
Esta es mi despedida amado Raimundo, hoy llevo todo el día fuera de la Casona y lo último que te pido es que seas tú quién encuentre mi cuerpo. ¿Te acuerdas de aquel claro en el que leíamos los dos juntos recostados en los árboles? Dónde merendábamos manzanas. A las once de la noche acude a por mi cuerpo te lo ruego, no quiero que lo encuentre ningún campesino ni mucho menos uno de mis hijos, no quiero causar más dolor y escándalos después de mi muerte.
Recuérdalo Raimundo, siempre has estado, siempre estás y siempre estarás en mi mente y en mi corazón.
Te ama y será siempre tuya, Francisca.
A Raimundo se le llenaron los ojos de lágrimas mientras un fuerte temblor se apoderaba de sus manos. Ella le amaba, su Francisca le seguía queriendo e incluso quería a sus hijos. Aún tenía corazón, aunque estuviera escondido entre muros de hierro continuaba en su interior. De repente el tabernero calló en la cuenta de lo leído. ¡Francisca se iba a suicidar a las 11 y además en el claro donde compartieron tantas cosas en su juventud! Eran las 10:30 y aunque aquella mujer era el ser más malvado de los alrededores también había sido la única persona que le había hecho sentir completo, seguro. No iba a permitir que se quitara la vida.
Bajó las escaleras como un vendaval ajeno a las preguntas de Tristán y Alfonso y salió corriendo.
Francisca se había descalzado y había deshecho lo que quedaba de su trenza. Ya había terminado el día, el sol se había escondido hacía tiempo, eran las 10:45. El viento mecía sus cabellos y las lágrimas surcaban su rostro. No se arrepentía de lo que iba a hacer, pero no podía evitar sentir que su vida había sido un fraude, una burda mentira a partir de un momento determinado. Por fin después de muchos años buscaba sentirse liberada, y la mejor forma de hacerlo era esa. Aquellos días encerrada em su habitación le habían servido para pensar y para tomar los últimos momentos de su vida con resignación, con alegre y tranquila resignación. Le agradaba que nadie la hubiera descubierto en toda la mañana, y ahora, con la luna llena brillando entre los árboles del claro pensaba que no podía haber elegido mejor momento que este. Eran las once menos cinco, llegó el momento, cuando llegara Raimundo encontraría su cuerpo ya desangrado. Miró el cielo plagado de estrellas, cogió el abrecartas que había afilado días atrás en su habitación y lo colocó sobre una de sus muñecas.
-Te quiero Raimundo Ulloa- Fue lo único que atinó a decir en un susurro mientras hundía aquel cuchillito en una de sus venas.
-¡Francisca para!
Raimundo apareció corriendo desesperado. Al verlo allí Francisca soltó el abrecartas de la impresión, pero ya se había hecho un ligero corte. Raimundo se tiró de rodillas a su lado.
-Lo siento condenado tabernero, nadie me da órdenes- Acertó a pronunciar la cacique mientras esbozaba una sonrisa y cerraba los ojos debido a la pérdida de sangre.
#7202
14/06/2012 22:55
Hola chicas!!
me ha encantado el VE de Ramón, lo que me he reído con el momento culito-culito.y ese levantamiento de ceja dedicado a Miri y a Ruth,enhorabuena chicas!!!.Nadia,Ruth seguid con vuestros relatos en cuanto podáis que me tenéis enganchada.Un beso enorme a todas.
me ha encantado el VE de Ramón, lo que me he reído con el momento culito-culito.y ese levantamiento de ceja dedicado a Miri y a Ruth,enhorabuena chicas!!!.Nadia,Ruth seguid con vuestros relatos en cuanto podáis que me tenéis enganchada.Un beso enorme a todas.
#7203
14/06/2012 23:10
Hola chicas! genial el VE de Ramon, lo que me he reído jajaja adoro a este hombre! la escena de hoy...bueno, la verdad que no tan mal como los últimos días pero yo no me quedo satisfecha y como hoy en el instituto me aburría pues ha salido esto, a ver que tal:
Te amo, sí, has leído bien, te amo más que a mí, necesito tu respiración más que a la mía. Me protejo insultandote, enseñándote ésta maldita coraza que he tenido que construir para no decirte toda mi verdad. No te odio, te amo. No te repudio, te necesito. No te guardo rencor, hace mucho que te perdoné. 30 años. Amándote en silencio. Anhelando tu voz, tu aroma. Perdóname, amor, tu eres mi único anhelo, eres mi vida. Sé que algún día, no se si en esta vida o en la siguiente, volveremos a ser uno porque así debe ser y así será.
Desde siempre y para siempre.
Eternamente tuya,
Francisca.
no soy una gran escritora pero se hace lo que se puede jeje
Ahhh y continuad con los relatos que me tenéis enganchada!!
Te amo, sí, has leído bien, te amo más que a mí, necesito tu respiración más que a la mía. Me protejo insultandote, enseñándote ésta maldita coraza que he tenido que construir para no decirte toda mi verdad. No te odio, te amo. No te repudio, te necesito. No te guardo rencor, hace mucho que te perdoné. 30 años. Amándote en silencio. Anhelando tu voz, tu aroma. Perdóname, amor, tu eres mi único anhelo, eres mi vida. Sé que algún día, no se si en esta vida o en la siguiente, volveremos a ser uno porque así debe ser y así será.
Desde siempre y para siempre.
Eternamente tuya,
Francisca.
no soy una gran escritora pero se hace lo que se puede jeje
Ahhh y continuad con los relatos que me tenéis enganchada!!
#7204
15/06/2012 12:40
Para disfrutarlo de nuevo
. VE subido al canal Raipaquista
Culo-culito ^^
Esta, me permitís que sea mi parte prefe jajaja
P.D. Fantástico VE, Ibarra. Divertido y con algunas perlitas destacables que ya han comentado mis compañeras (conocimiento de Tristán de que esa relación entre Rai y Paca, no está acabada; el hecho de que Raimundo nunca haya dejado de estar enamorado, que ya lo sabíamos jejeje; y ese momento culo-culito que nos dedicará cuando lo mueva para ir a por Paquita jajaja qué grande!)
¡Y qué bien conocemos a los personajes jajaja!
Gracias por el saludo a las RaiPaquistas.
Y finalmente, por la parte que me toca, a ver si el Valladolid sube a Primera, que aunque yo no soy mucho de fútbol, cuando el Athletic (por cierto, el equipo de mi familia...) venga por aquí, pues te vienes tu también a hacerme una visita jajaja
. VE subido al canal RaipaquistaCulo-culito ^^
Esta, me permitís que sea mi parte prefe jajaja
P.D. Fantástico VE, Ibarra. Divertido y con algunas perlitas destacables que ya han comentado mis compañeras (conocimiento de Tristán de que esa relación entre Rai y Paca, no está acabada; el hecho de que Raimundo nunca haya dejado de estar enamorado, que ya lo sabíamos jejeje; y ese momento culo-culito que nos dedicará cuando lo mueva para ir a por Paquita jajaja qué grande!)
¡Y qué bien conocemos a los personajes jajaja!
Gracias por el saludo a las RaiPaquistas.Y finalmente, por la parte que me toca, a ver si el Valladolid sube a Primera, que aunque yo no soy mucho de fútbol, cuando el Athletic (por cierto, el equipo de mi familia...) venga por aquí, pues te vienes tu también a hacerme una visita jajaja
#7205
15/06/2012 19:59
Ramón gracias por el Ve de ayer. Ya nos dejaste claro que tendremos bebe bicho germen (Tris-. dra caca) y el Tris- pepa. Que cruz tener que aguantar a leonor Martín (la peor actriz del reparto con diferencia y falta de tablas) por el tema de ser una fisiquimiquera más-. Una pena que los buenos actores como tú y maría tengáis menos tramas que las fisiquimiqueras de turno.
Por lo menos hay esperanzas en la trama Rai paquista con ese no está todo roto, con ese raimundo nunca ha dejado de amarla.
Sobre la escena de ayer yo ya les di a ruth y miri mi visión. es cierto que el dignísimo señor Ulloa va en plan a tocarle las narices a la Paca pero yo en ese tocar las narices veo que le nescesita verla, necesita saber de ella. Y si necesita saber de ella es porque le importa ella
Por lo menos hay esperanzas en la trama Rai paquista con ese no está todo roto, con ese raimundo nunca ha dejado de amarla.
Sobre la escena de ayer yo ya les di a ruth y miri mi visión. es cierto que el dignísimo señor Ulloa va en plan a tocarle las narices a la Paca pero yo en ese tocar las narices veo que le nescesita verla, necesita saber de ella. Y si necesita saber de ella es porque le importa ella
#7206
15/06/2012 20:03
Y algo que se e había pasado: Gracias por llevar los relatos, gracias por nombrar a una de mis niñas: a Ruth, por hacer caso a la petición de Miri. no sabes cuanto las alegraste con esos pequeños detalles. Y yo me quedé en shock al ver uno de mis montajes creo que en la carta.. sigo en babia y mi madre sigue babeando
#7207
16/06/2012 00:08
Esta relación tiene más futuro que Tristan- pepa. Raimundo nunca ha sucumbido ni sucumbirá ni se acostará con otra mujer a no ser que esté casado. no es un promiscuo como su hijo que se acuesta con una se acuesta con otra y tan contento se queda. Que pena tener que volver a agunatar a Leonor Martín que sólo sirve para tirarse al protagonista.
Tanto criticar a Francisca por sus acciones pero su hijo: Es un mentiroso, ha utilizado a dos mujeres para estar biuen cachondo. A una se la ha llevado al catre y la planta en el altar tras haberse divertido 3 meses jugando con sus sentimientos, poniéndose cachondo día sí día también. Que aprenda un poco de su madre que si sabe donde mete la cabeza y el no sabe donde mete la pilinga. Su madre nunca ha utilizado a ningún hombre para entretenerse pasando un buen rato. y al menos de francisca sus acciones pueden llegar a entenderse pero tristan habla de sinceridad cuando no sabe ni lo que es, y encima habla de defender su patrimonio, patrimonio que nunca ha gestionado y nunca ha dado un palo al agua pues ha preferido estar jugando a los besuqueos, arrumacos y a acostarse y preñar a Gregoria antes que trabajar. Su madre si ha sudado y si ha dado el do de pecho por esas tierras no como el chaval que no sabe lo que es dar un palo al agua que hasta su esposa le tiene que conseguir trabajo. A este en el campo me gustaría ver, no duraría no dos días. demasiado señorito es el chaval
Ramón gracias por dar esperanzas y ser tan buena persona
Tanto criticar a Francisca por sus acciones pero su hijo: Es un mentiroso, ha utilizado a dos mujeres para estar biuen cachondo. A una se la ha llevado al catre y la planta en el altar tras haberse divertido 3 meses jugando con sus sentimientos, poniéndose cachondo día sí día también. Que aprenda un poco de su madre que si sabe donde mete la cabeza y el no sabe donde mete la pilinga. Su madre nunca ha utilizado a ningún hombre para entretenerse pasando un buen rato. y al menos de francisca sus acciones pueden llegar a entenderse pero tristan habla de sinceridad cuando no sabe ni lo que es, y encima habla de defender su patrimonio, patrimonio que nunca ha gestionado y nunca ha dado un palo al agua pues ha preferido estar jugando a los besuqueos, arrumacos y a acostarse y preñar a Gregoria antes que trabajar. Su madre si ha sudado y si ha dado el do de pecho por esas tierras no como el chaval que no sabe lo que es dar un palo al agua que hasta su esposa le tiene que conseguir trabajo. A este en el campo me gustaría ver, no duraría no dos días. demasiado señorito es el chaval
Ramón gracias por dar esperanzas y ser tan buena persona
#7208
16/06/2012 15:19
RUHT : Gracias por subir el VE ( que hariamos sin ti guapa)
UN BESITO
UN BESITO
#7209
16/06/2012 19:12
¡Buenas!
Aquí sigo en mi nube jajaja Gracias de nuevo Ramón, eres un sol. No hay nada que pueda decir que no te haya dicho ya. Un besazo ¡Guapo!
María, otro para ti
Sigo con un trocito mas de mi relato. Intentaré acabarlo mañana (será lo más seguro, además estoy de vacaciones hasta julio!! Dos semanitas de NO HACER NADA jejeje )
Pocos segundos pasaron antes de que notara que los párpados le pesaban demasiado. Ha llegado mi hora, pensó con infinita tristeza al tiempo que se dejaba caer sobre el respaldo de la butaca. Ni siquiera se había molestado en llegar hasta la cama. Si iba a morir, poco importaba el lugar en el que encontrasen su cuerpo.
Empezó a notarse los músculos cada vez más y más pesados. El frasco, que aún conservaba entre sus manos, fue escurriéndose de las mismas hasta que tocó el suelo. Partiéndose por la mitad. Igual que su vida, que de nuevo se había roto. Y esta vez, ya no serviría intentar componer los pedazos, como ya intentó una vez. Muchos de ellos se habían perdido por el camino a lo largo de los años, hasta llegar a lo que se había convertido. Una mujer amargada y sola, a quien nadie deseaba tener cerca.
Al final, su amargura y resentimiento habían terminado por pasarle factura. Cerró los ojos lentamente. Pensando en que nadie se había molestado en rascar bajo esa dura capa de la que se había recubierto para no sufrir. No le importaba a nadie. Nunca le había importado a nadie realmente.
Tristán la odiaba. Raimundo la despreciaba. Sus dos amores. No tenía ningún sentido para ella seguir en este mundo. Tragó saliva una vez más, y todo se volvió oscuro.
…………………………………………
Soledad llegó hasta la puerta de la alcoba de su madre. Aún no estaba segura de las razones que le habían impulsado a presentarse ante la mujer que más daño le había hecho en este mundo. Pero también es la que te acogió de nuevo cuando Juan te traicionó, le habló su conciencia. Sin hacer preguntas. Sin ningún reproche.
La quería. No sabía con certeza el porqué de ese cariño, pero era real. Estaba ahí y siempre lo había estado. Por eso, cuando Rosario le hizo saber de la visita de Raimundo y de la posterior tristeza que había visto en los ojos de Francisca, ella no se lo pensó dos veces y subió las escaleras que conducían a su habitación.
Las últimas semanas habían supuesto un duro golpe para su madre. El verse en boca de todos y despreciada por el hombre del que estaba segura que todavía amaba, habían minado esa fortaleza de la que Francisca siempre había hecho gala. Y lo que más irónico resultaba de todo esto, es que podía entenderla.
Golpeó la puerta, abriéndola inmediatamente después. Sin esperar a que su madre le diera permiso para ello. Suspiró cuando la vio de espaldas, sentada en la butaca junto a su tocador.
- Madre, solo quería saber cómo se encuentra… -.
Supuso que su estado de ánimo debía estar por los suelos cuando no obtuvo ninguna respuesta. Ni siquiera un leve movimiento en su posición. Dio un par de pasos más hacía ella. Aquello no era normal y estaba empezando a preocuparse en serio. Por eso, avanzó hasta situarse a su lado.
- Madre -. La llamó angustiada al verla totalmente inerte y con los ojos cerrados. – Madre, responda, ¿qué le ocurre? -. Zarandeó su brazo sin obtener ningún tipo de respuesta.
Asustada corrió hacia la puerta.
- ¡Rosario! ¡Rosario! -.
La mujer llegó corriendo hasta el dormitorio alertada por los gritos de la joven, que había vuelto junto a Francisca, pero ahora la sostenía en parte entre sus brazos.
- ¡Santo Dios! ¿Qué le ha ocurrido? -.
Según avanzaba hacia ellas, tropezó con el frasco caído sobre la alfombra. Extrañada, se agachó a recogerlo y comprobó con horror que se trataba de la medicina que recibió Pepa en su momento cuando Martín murió. Prefirió no hacer partícipe a Soledad de aquel descubrimiento, pues la joven ya estaba demasiado alterada con lo acontecido a su madre.
- Hay que avisar inmediatamente a la doctora Casas. Le pediré a Mauricio que vaya a buscarla -.
Corrió hacia la puerta, aferrando en su mano el frasco que había guardado en el bolsillo de su delantal, sintiendo cómo su corazón oprimido le hacía saber que Francisca había intentado quitarse la vida.
………………………………………
- Ahora solo queda esperar. Nada más puedo hacer aquí -. Gregoria guardaba los utensilios en su maletín, tratando a su vez de poner en orden su cabeza. Aquello era muy raro, Francisca no podía haber perdido el conocimiento así como así, sin que existiera una razón para ello. Quizá podían ser reminiscencias de sus problemas de columna, que casi le cuestan la vida. Pero todo estaba marchando tan bien… Cerró de golpe el maletín, volviendo entonces su mirada hacia Soledad, que permanecía sentada en la cama, junto a su madre. – He conseguido estabilizarla, pero sigue sin despertar y está muy débil. Cualquier cambio en su estado, hacedmelo saber, por favor -.
- No se preocupe doctora, no me moveré de su lado en toda la noche -. Estaba realmente preocupada por su madre. - ¿Qué puede haber ocurrido? -. Lanzó la pregunta al aire, sin obtener ninguna respuesta.
Nadie sabía qué es lo que podía haberle pasado.
Gregoria salió de la habitación, tropezándose casi con Rosario, que se había mantenido en un discreto segundo plano. Se apiadó de ella al percibir su preocupación en el rostro. A pesar de pertenecer a distintas clases sociales, y de tener una relación un tanto peculiar, Rosario y Francisca sentían un sincero y profundo afecto la una por la otra. Aunque la Montenegro no era muy dada a mostrar sus verdaderos sentimientos.
- Se recuperará pronto -, mintió al tiempo que pasaba la mano por su brazo en un intento de tranquilizarla. – Doña Francisca… -.
- Ha intentado quitarse la vida -. Interrumpió Rosario. – Ella está sufriendo demasiado, igual que la otra vez… Es demasiada carga para ella, ¡la conozco! -.
Aquí sigo en mi nube jajaja Gracias de nuevo Ramón, eres un sol. No hay nada que pueda decir que no te haya dicho ya. Un besazo ¡Guapo!
María, otro para ti

Sigo con un trocito mas de mi relato. Intentaré acabarlo mañana (será lo más seguro, además estoy de vacaciones hasta julio!! Dos semanitas de NO HACER NADA jejeje )
VENCIENDO A LA MUERTE (PARTE 2)
[/b]Pocos segundos pasaron antes de que notara que los párpados le pesaban demasiado. Ha llegado mi hora, pensó con infinita tristeza al tiempo que se dejaba caer sobre el respaldo de la butaca. Ni siquiera se había molestado en llegar hasta la cama. Si iba a morir, poco importaba el lugar en el que encontrasen su cuerpo.
Empezó a notarse los músculos cada vez más y más pesados. El frasco, que aún conservaba entre sus manos, fue escurriéndose de las mismas hasta que tocó el suelo. Partiéndose por la mitad. Igual que su vida, que de nuevo se había roto. Y esta vez, ya no serviría intentar componer los pedazos, como ya intentó una vez. Muchos de ellos se habían perdido por el camino a lo largo de los años, hasta llegar a lo que se había convertido. Una mujer amargada y sola, a quien nadie deseaba tener cerca.
Al final, su amargura y resentimiento habían terminado por pasarle factura. Cerró los ojos lentamente. Pensando en que nadie se había molestado en rascar bajo esa dura capa de la que se había recubierto para no sufrir. No le importaba a nadie. Nunca le había importado a nadie realmente.
Tristán la odiaba. Raimundo la despreciaba. Sus dos amores. No tenía ningún sentido para ella seguir en este mundo. Tragó saliva una vez más, y todo se volvió oscuro.
…………………………………………
Soledad llegó hasta la puerta de la alcoba de su madre. Aún no estaba segura de las razones que le habían impulsado a presentarse ante la mujer que más daño le había hecho en este mundo. Pero también es la que te acogió de nuevo cuando Juan te traicionó, le habló su conciencia. Sin hacer preguntas. Sin ningún reproche.
La quería. No sabía con certeza el porqué de ese cariño, pero era real. Estaba ahí y siempre lo había estado. Por eso, cuando Rosario le hizo saber de la visita de Raimundo y de la posterior tristeza que había visto en los ojos de Francisca, ella no se lo pensó dos veces y subió las escaleras que conducían a su habitación.
Las últimas semanas habían supuesto un duro golpe para su madre. El verse en boca de todos y despreciada por el hombre del que estaba segura que todavía amaba, habían minado esa fortaleza de la que Francisca siempre había hecho gala. Y lo que más irónico resultaba de todo esto, es que podía entenderla.
Golpeó la puerta, abriéndola inmediatamente después. Sin esperar a que su madre le diera permiso para ello. Suspiró cuando la vio de espaldas, sentada en la butaca junto a su tocador.
- Madre, solo quería saber cómo se encuentra… -.
Supuso que su estado de ánimo debía estar por los suelos cuando no obtuvo ninguna respuesta. Ni siquiera un leve movimiento en su posición. Dio un par de pasos más hacía ella. Aquello no era normal y estaba empezando a preocuparse en serio. Por eso, avanzó hasta situarse a su lado.
- Madre -. La llamó angustiada al verla totalmente inerte y con los ojos cerrados. – Madre, responda, ¿qué le ocurre? -. Zarandeó su brazo sin obtener ningún tipo de respuesta.
Asustada corrió hacia la puerta.
- ¡Rosario! ¡Rosario! -.
La mujer llegó corriendo hasta el dormitorio alertada por los gritos de la joven, que había vuelto junto a Francisca, pero ahora la sostenía en parte entre sus brazos.
- ¡Santo Dios! ¿Qué le ha ocurrido? -.
Según avanzaba hacia ellas, tropezó con el frasco caído sobre la alfombra. Extrañada, se agachó a recogerlo y comprobó con horror que se trataba de la medicina que recibió Pepa en su momento cuando Martín murió. Prefirió no hacer partícipe a Soledad de aquel descubrimiento, pues la joven ya estaba demasiado alterada con lo acontecido a su madre.
- Hay que avisar inmediatamente a la doctora Casas. Le pediré a Mauricio que vaya a buscarla -.
Corrió hacia la puerta, aferrando en su mano el frasco que había guardado en el bolsillo de su delantal, sintiendo cómo su corazón oprimido le hacía saber que Francisca había intentado quitarse la vida.
………………………………………
- Ahora solo queda esperar. Nada más puedo hacer aquí -. Gregoria guardaba los utensilios en su maletín, tratando a su vez de poner en orden su cabeza. Aquello era muy raro, Francisca no podía haber perdido el conocimiento así como así, sin que existiera una razón para ello. Quizá podían ser reminiscencias de sus problemas de columna, que casi le cuestan la vida. Pero todo estaba marchando tan bien… Cerró de golpe el maletín, volviendo entonces su mirada hacia Soledad, que permanecía sentada en la cama, junto a su madre. – He conseguido estabilizarla, pero sigue sin despertar y está muy débil. Cualquier cambio en su estado, hacedmelo saber, por favor -.
- No se preocupe doctora, no me moveré de su lado en toda la noche -. Estaba realmente preocupada por su madre. - ¿Qué puede haber ocurrido? -. Lanzó la pregunta al aire, sin obtener ninguna respuesta.
Nadie sabía qué es lo que podía haberle pasado.
Gregoria salió de la habitación, tropezándose casi con Rosario, que se había mantenido en un discreto segundo plano. Se apiadó de ella al percibir su preocupación en el rostro. A pesar de pertenecer a distintas clases sociales, y de tener una relación un tanto peculiar, Rosario y Francisca sentían un sincero y profundo afecto la una por la otra. Aunque la Montenegro no era muy dada a mostrar sus verdaderos sentimientos.
- Se recuperará pronto -, mintió al tiempo que pasaba la mano por su brazo en un intento de tranquilizarla. – Doña Francisca… -.
- Ha intentado quitarse la vida -. Interrumpió Rosario. – Ella está sufriendo demasiado, igual que la otra vez… Es demasiada carga para ella, ¡la conozco! -.
#7210
16/06/2012 19:12
- Rosario, espera un momento -. Gregoria dejó el maletín en el suelo y tomó a Rosario por los brazos. - ¿Qué has querido decir con que ha intentado quitarse la vida? -.
Rosario, con lágrimas en los ojos, sacó el frasco que escondía en su bolso y pasó a relatarle lo sucedido con Raimundo unas horas antes. En realidad, lo que le llevaba ocurriendo desde hacía demasiados años
- Dios mío… -. Gregoria frunció el ceño visiblemente preocupada. - ¡Ha sido una inconsciente! -. Intentó pensar con rapidez y llegó a la conclusión de que tal vez encontraría la solución en alguno de los libros que conservaba en el consultorio. – Todo se solucionará, Rosario. Ahora he de irme. El tiempo juega en nuestra contra -.
……………………………………………..
Tristán había salido a la puerta de la posada para tomar un poco al aire tras la cena. Aún le costaba creer que en cuestión de apenas unos días, su vida había cambiado por completo. De nuevo volvía a tener a Pepa entre sus brazos y planeaban juntos un futuro compartido. Había descubierto que Raimundo era en realidad su verdadero padre y no ese desgraciado de Salvador. Y su madre… ella le había engañado durante todos estos años, además de haber hecho lo imposible por mantenerle alejado de la mujer que amaba.
Jamás podría perdonárselo. Y a pesar de todo, se sentía terriblemente mal con aquella situación. Era su madre. La que había cuidado de él cuando era niño, antes de convertirse en la mujer pérfida y cruel que era ahora. Y él la quería. Lo hacía a pesar de todo. El estar alejado física y emocionalmente de su madre, impedía que su felicidad fuera completa.
Salió de aquella especie de trance cuando escuchó movimiento por la plaza. Extrañado por lo avanzada de la noche, levantó la vista y descubrió que Gregoria se acercaba hasta su consultorio.
Suspiró apenado. Otro de sus peores errores. Se había portado de manera terrible con aquella mujer. Advirtió en ella la preocupación y unas profundas ojeras surcando su rostro, y se maldijo a sí mismo por creerse el causante de aquel mal.
- ¡Gregoria! -. La llamó. No sabía muy bien qué decirle salvo disculparse nuevamente con ella por su terrible comportamiento.
Ella se giró al escucharle. – Tristán…no…no te había visto -.
- No te inquites -, le respondió él extrañado. Algo grave debía pasarle pues la notaba demasiado rara. – ¿Ha ocurrido algo? ¿Te…? ¿Te encuentras mal? -.
Gregoria decidió aparcar el resentimiento que sentía por él. Ante todo, estaba su profesionalidad y era su deber informarle de la situación de su madre.
- Se trata de tu madre, Tristán -. Quedó en silencio unos instantes antes de proseguir. – Intentó quitarse la vida -.
…………………………………..
Raimundo terminaba de recoger los restos de la cena cuando Tristán entró en la taberna. Con el rostro desencajado.
- ¿Qué ocurre Tristán? ¿Te encuentras bien? –
El joven se dejó caer en una de las sillas. Raimundo se sentó frente a él.
– Vamos, habla muchacho, ¿Qué es lo que ha pasado? -.
- Es mi madre… ella… ella… -.
- Ella ¿qué? -, le miró expectante. - ¿No me digas que ha vuelto a importunarte para que caigas de nuevo en sus garras? -. Apoyó la espalda en el respaldo de la silla. – Ten cuidado con ella, hijo. No descansará hasta que no te tenga de vuelta en la Casona y separado de Pepa. La conozco demasiado bien… -.
Tristán alzó la mirada hasta cruzarla con la de su padre. – Ha querido quitarse la vida -.
Raimundo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Francisca había…? No, aquello no era posible. Seguramente se trataría de otra de sus estratagemas para atraer a Tristán a su red.
- Tristán estoy seguro de que no es más que un montaje orquestado por Francisca para hacerte recapacitar sobre tu boda con Pepa -. Le costaba creer que una mujer fuerte como ella, hubiera traspasado aquellos límites.
- Me temo que no se trata de eso, padre. Gregoria acaba de comunicármelo en la plaza -. Al escuchar aquello, Raimundo se incorporó en su posición, apoyando los brazos sobre la mesa y tensando la espalda. – Ella no… no responde. Permanece inconsciente y muy débil -. Miró a su padre. - ¿Ocurrió algo entre ustedes dos esta tarde? -.
Raimundo mudó el rostro, recordando el encuentro con Francisca en el despacho. Había sido especialmente duro con ella, pero no podía evitarlo. ¡Tantos años perdidos a su lado, siendo infelices ambos por culpa de su maldito orgullo!
Se levantó de golpe, haciendo que la silla cayera al suelo ocasionando un fuerte estruendo. Y sin pronunciar una palabra más, salió por la puerta para dirigirse hasta la Casona. Francisca no podía morir.
Rosario, con lágrimas en los ojos, sacó el frasco que escondía en su bolso y pasó a relatarle lo sucedido con Raimundo unas horas antes. En realidad, lo que le llevaba ocurriendo desde hacía demasiados años
- Dios mío… -. Gregoria frunció el ceño visiblemente preocupada. - ¡Ha sido una inconsciente! -. Intentó pensar con rapidez y llegó a la conclusión de que tal vez encontraría la solución en alguno de los libros que conservaba en el consultorio. – Todo se solucionará, Rosario. Ahora he de irme. El tiempo juega en nuestra contra -.
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Tristán había salido a la puerta de la posada para tomar un poco al aire tras la cena. Aún le costaba creer que en cuestión de apenas unos días, su vida había cambiado por completo. De nuevo volvía a tener a Pepa entre sus brazos y planeaban juntos un futuro compartido. Había descubierto que Raimundo era en realidad su verdadero padre y no ese desgraciado de Salvador. Y su madre… ella le había engañado durante todos estos años, además de haber hecho lo imposible por mantenerle alejado de la mujer que amaba.
Jamás podría perdonárselo. Y a pesar de todo, se sentía terriblemente mal con aquella situación. Era su madre. La que había cuidado de él cuando era niño, antes de convertirse en la mujer pérfida y cruel que era ahora. Y él la quería. Lo hacía a pesar de todo. El estar alejado física y emocionalmente de su madre, impedía que su felicidad fuera completa.
Salió de aquella especie de trance cuando escuchó movimiento por la plaza. Extrañado por lo avanzada de la noche, levantó la vista y descubrió que Gregoria se acercaba hasta su consultorio.
Suspiró apenado. Otro de sus peores errores. Se había portado de manera terrible con aquella mujer. Advirtió en ella la preocupación y unas profundas ojeras surcando su rostro, y se maldijo a sí mismo por creerse el causante de aquel mal.
- ¡Gregoria! -. La llamó. No sabía muy bien qué decirle salvo disculparse nuevamente con ella por su terrible comportamiento.
Ella se giró al escucharle. – Tristán…no…no te había visto -.
- No te inquites -, le respondió él extrañado. Algo grave debía pasarle pues la notaba demasiado rara. – ¿Ha ocurrido algo? ¿Te…? ¿Te encuentras mal? -.
Gregoria decidió aparcar el resentimiento que sentía por él. Ante todo, estaba su profesionalidad y era su deber informarle de la situación de su madre.
- Se trata de tu madre, Tristán -. Quedó en silencio unos instantes antes de proseguir. – Intentó quitarse la vida -.
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Raimundo terminaba de recoger los restos de la cena cuando Tristán entró en la taberna. Con el rostro desencajado.
- ¿Qué ocurre Tristán? ¿Te encuentras bien? –
El joven se dejó caer en una de las sillas. Raimundo se sentó frente a él.
– Vamos, habla muchacho, ¿Qué es lo que ha pasado? -.
- Es mi madre… ella… ella… -.
- Ella ¿qué? -, le miró expectante. - ¿No me digas que ha vuelto a importunarte para que caigas de nuevo en sus garras? -. Apoyó la espalda en el respaldo de la silla. – Ten cuidado con ella, hijo. No descansará hasta que no te tenga de vuelta en la Casona y separado de Pepa. La conozco demasiado bien… -.
Tristán alzó la mirada hasta cruzarla con la de su padre. – Ha querido quitarse la vida -.
Raimundo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Francisca había…? No, aquello no era posible. Seguramente se trataría de otra de sus estratagemas para atraer a Tristán a su red.
- Tristán estoy seguro de que no es más que un montaje orquestado por Francisca para hacerte recapacitar sobre tu boda con Pepa -. Le costaba creer que una mujer fuerte como ella, hubiera traspasado aquellos límites.
- Me temo que no se trata de eso, padre. Gregoria acaba de comunicármelo en la plaza -. Al escuchar aquello, Raimundo se incorporó en su posición, apoyando los brazos sobre la mesa y tensando la espalda. – Ella no… no responde. Permanece inconsciente y muy débil -. Miró a su padre. - ¿Ocurrió algo entre ustedes dos esta tarde? -.
Raimundo mudó el rostro, recordando el encuentro con Francisca en el despacho. Había sido especialmente duro con ella, pero no podía evitarlo. ¡Tantos años perdidos a su lado, siendo infelices ambos por culpa de su maldito orgullo!
Se levantó de golpe, haciendo que la silla cayera al suelo ocasionando un fuerte estruendo. Y sin pronunciar una palabra más, salió por la puerta para dirigirse hasta la Casona. Francisca no podía morir.
#7211
17/06/2012 01:13
Os dejo una foto que nos han dejado por el foro de Noe.. ramón y María en maquillaje.. por fin foto rai paquista..
ramón y María se os quiere
ramón y María se os quiere
#7212
17/06/2012 10:47
¡Muerta me hallo! ¡Qué foto más genial! Jajajaja
Ya tenía yo ganas de una foto de este estilo después de las que telenovela nos había negado.
¡Gracias por nada! Esta es muchísimo mejor, me encanta!
María está maravillosa con esas gafas cisne jajaja pero lo mejor es su sonrisa
Y el Ibarra... ¡ay RIRI qué morritos! Qué cierto eso que dices siamesa. Este hombre sale guapísimo siempre en las fotos
¡Amo esta foto!
Ya tenía yo ganas de una foto de este estilo después de las que telenovela nos había negado.
¡Gracias por nada! Esta es muchísimo mejor, me encanta!
María está maravillosa con esas gafas cisne jajaja pero lo mejor es su sonrisa
Y el Ibarra... ¡ay RIRI qué morritos! Qué cierto eso que dices siamesa. Este hombre sale guapísimo siempre en las fotos
¡Amo esta foto!
#7213
17/06/2012 12:27
Sabía que os iba a gustar tanto como a una servidora que desde que la vio esta la mar de feliz, y con una sonrisota
#7214
17/06/2012 18:25
por el face de Ernesto tenéis una de María ¿va de luto ?
#7215
17/06/2012 19:40
VENCIENDO A LA MUERTE (PARTE 3)
[/b]¿Cómo podían haber llegado a aquello? ¿Cómo había sido ella capaz de…? Ni siquiera le salían las palabras precisas. Se negaba a pensarlas y mucho menos a pronunciarlas. ¿Por qué había dudado del dolor que ella estaba padeciendo? ¿Es que acaso no la conocía tan bien como acababa de presumir delante de su hijo?
Estaba tan cegado por su propio dolor que se convirtió en un egoísta incapaz de pensar en ella. Nada más la culpaba de nuevo por todas sus desgracias. Cargando sobre ella el peso de todo lo acontecido. Por haberlos abocado a una vida infeliz y desgraciada. Teniendo que vivir separados sin disfrutar plenamente de su amor, nada más por orgullo.
¿Podría ser capaz de seguir viviendo si Francisca se iba? ¡Por todos los demonios, moriría sin ella! ¿Tanto le costaba reconocerlo? No podría soportarlo. El dolor por la pérdida sería mucho más insoportable que el que estaba padeciendo en la actualidad. Y eso era una verdad tan grande y tan evidente, que no podía negar.
Y mucho más por tratarse de un desenlace que ella misma había buscado. Pensó en el estado de angustia y desesperación que la habían empujado a tomar aquella horrible decisión, y se sintió terriblemente culpable, por haberse producido esta, justo después de que él la hubiera acusado nuevamente de destrozarles la vida.
Ojalá no te hubiera conocido nunca, le espetó con crueldad a la cara. ¡Para nada sentía aquello! Pero estaba tan furioso con ella, con él, con el destino que había jugado cruelmente con ellos, que no fue consciente del alcance que sus palabras podían tener en ella.
Divisó la Casona a lo lejos, y apuró el paso para recorrer los últimos metros que le separaban de ella. ¿Cómo explicaría su presencia allí? Desechó aquella absurda pregunta casi al instante de haberla pensado. Era el padre de Tristán y… y amaba a Francisca más que a su propia vida. Ni el mismísimo demonio le arrancaría de su lado.
Llamó a la puerta con manos temblorosas. Fue Rosario quien lo recibió. Sin preguntas, sin pronunciar ni una sola palabra. Una mirada entre ellos fue suficiente. La mujer advirtió la angustia y el dolor por la incertidumbre del estado de Francisca. Ni siquiera le preguntó por cómo se había enterado de la noticia. Aquello era lo de menos ahora mismo.
- Está arriba, ¿no es cierto? -, le preguntó mientras su mirada se perdía hacia la parte superior de las escaleras. - Ella… mi niña… -.
Rosario, con los ojos humedecidos, se apartó permitiéndole el paso. Raimundo, al ver el camino despejado, subió raudo las escaleras sin perder ni un solo segundo más.
Llegó hasta la puerta del dormitorio de Francisca con el corazón palpitándole en la boca. En cuanto la tuviera delante, pensaba recriminarle su actitud. El hecho de haberle causado aquel susto tan tremendo, y después, iba a besarla hasta que les dolieran los labios. Para no separarse nunca más de ella.
Abrió la puerta con decisión. La alcoba estaba iluminada de manera tenue gracias a la luz que desprendía un pequeño quinqué que había sobre la mesita junto a la cama. Francisca descansaba plácidamente mientras Soledad, que estaba junto a ella, le miró sorprendida.
- Yo… -, se quedó en silencio, perdido en su rostro. En la placidez que reflejaba. En la belleza que irradiaba y que llegó hasta su corazón traspasándolo por completo. - ¿Cómo está? -, preguntó finalmente.
- Don Raimundo… -, se levantó la joven acercándose hasta él, y echándose en sus brazos llorando desconsolada. - Mi madre se muere… Ella no reacciona y la doctora no sabe qué hacer para lograr que despierte -.
Él abrió los ojos como platos. Cayendo de pronto en la cruel realidad. Durante todo el camino había pensado que Francisca no podía estar tan grave como Tristán le había dicho. Que a estas alturas ella habría despertado. Pero no era así. No solo no lo había hecho, sino que las esperanzas de que lo hiciera se desvanecían con cada segundo que pasaba.
Apesadumbrado y destrozado por la verdad, se abrazó a Soledad, dejando que unas solitarias lágrimas descendieran sin remedio por sus mejillas. Estaba viviendo la peor pesadilla de su vida.
#7216
17/06/2012 19:40
- ¿Por qué no bajas y le dices a Rosario que te prepare una tisana? -, le dijo a duras penas, rozando su mejilla con la mano en una caricia. - Yo me quedaré con ella… por favor… -, le suplicó con la voz rota.
Soledad comprendió inmediatamente su deseo de permanecer junto a su madre, fruto del amor que aquel hombre sentía todavía por ella. El que siempre había estado ahí, latente entre ellos y que había terminado por salir a la superficie, aunque quizá demasiado tarde.
Un nudo le oprimió la garganta a raíz de aquel pensamiento, haciendo que el dolor fuera mucho mayor. Debía darle a Raimundo la oportunidad de despedirse de su madre si es que esta, al final, no conseguía abrir los ojos. Lo miró comprensiva y besó en un impulso su mejilla, antes de dejarle a solas con ella. No sin antes de dedicar una última mirada a la mujer que reposaba en la cama.
Raimundo cerró la puerta apenas sin fuerzas. Volviéndose después hacia ella y caminando lentamente hasta la cama. Cayendo de rodillas en el suelo, a su lado.
Deslizó la mirada por su cuerpo, igual que si fuera una caricia de las muchas que reservaba solo para ella. Embriagándose de ella antes de tomar una de sus manos entre las suyas.
- ¿Por qué, pequeña? ¿Por qué lo has hecho…? -, preguntó mientras los ojos comenzaban a picarle por las lágrimas que pugnaban por salir. - ¡Maldita testaruda! No voy a consentir que esta vez te salgas con la tuya, ¿me oyes? -, llevó sus manos unidas hasta los labios, rozándola levemente con ellos. - ¡No lo voy a permitir! -. Gritó con la voz rota por la emoción, rompiendo en llanto instantes después. Apoyando su cabeza al borde de la cama y sin dejar de aferrarla.
Pasaron unos minutos hasta que la miró de nuevo.
- No me dejes, amor mío… -, se fue acercando lentamente hasta su rostro, colocando su brazo alrededor de su cabeza. - No me dejes… -.
Aquello fue lo último que pronunció antes de besar sus labios con dulzura. Con rabia y desesperación. Como un intento de insuflarle su aliento para arrancarle de las mismas garras de la muerte.
………………………………………
Habría pasado cerca de un cuarto de hora cuando la doctora irrumpió en la habitación de Francisca. Se sorprendió al encontrar a Raimundo sentado en la cama junto a ella, pero al mirar sus ojos comprendió la única verdad existente.
- Raimundo, lo siento pero ahora ha de salir de la habitación -, dejó el maletín sobre el tocador y sacó un frasquito de su interior. - He de suministrarle inmediatamente unas gotas de este preparado y ha de ser inmediatamente si queremos que ella sobreviva -.
Raimundo se acercó a ella, mirando el frasco que ella portaba.
- ¿Servirá? ¿Se… se salvará? -.
Gregoria tomó aire para después soltarlo lentamente.
- Esperemos que así sea. Es una mujer fuerte y logrará salir de esta. A pesar de todo lo que está viviendo… -. Le miró de reojo, viendo como dejaba caer los hombros derrotado.
- Haga lo que tenga que hacer, doctora… -, musitó acercándose hasta la puerta. - Pero sálvela, se lo suplico. No puedo vivir sin ella… -.
Después, abrió la puerta y se marchó.
………………………………………….
- ¿Por qué no reacciona, Gregoria? -, preguntó Tristán, que hacía unos minutos que se había presentado en la Casona acompañado de Pepa. - ¿Será que todo ha sido en vano? -.
Sintió que las palabras le desgarraban el pecho en su camino por salir al exterior. Dirigiendo a continuación la mirada hasta su padre, que permanecía apoyado en la columna de la habitación, con los brazos cruzados y la mirada gacha.
Había visto a Raimundo destrozado por el estado de su madre. Él mismo también lo estaba. Ambos la adoraban mucho más de lo que se atrevían a reconocer. Tenía que ocurrir aquella desgracia para hacer brotar esos sentimientos, haciéndolos salir al exterior.
Gregoria le miró con el ceño fruncido.
- El remedio ha sido el adecuado Tristán, estoy completamente segura. Pero… -.
- Pero ¿qué? -, preguntó Raimundo, que había abandonado su inicial posición para acercarse hasta la cama con las manos en los bolsillos. Mirando con sumo dolor a Francisca.
- Pero ella no desea vivir, Raimundo -. Soltó de sopetón Gregoria. - Todo depende de ella, y parece que ha tirado definitivamente la toalla… -.
P.D: Trataré de subiros el final esta noche. Pero si no lo hago, ¡no me odieis!
Soledad comprendió inmediatamente su deseo de permanecer junto a su madre, fruto del amor que aquel hombre sentía todavía por ella. El que siempre había estado ahí, latente entre ellos y que había terminado por salir a la superficie, aunque quizá demasiado tarde.
Un nudo le oprimió la garganta a raíz de aquel pensamiento, haciendo que el dolor fuera mucho mayor. Debía darle a Raimundo la oportunidad de despedirse de su madre si es que esta, al final, no conseguía abrir los ojos. Lo miró comprensiva y besó en un impulso su mejilla, antes de dejarle a solas con ella. No sin antes de dedicar una última mirada a la mujer que reposaba en la cama.
Raimundo cerró la puerta apenas sin fuerzas. Volviéndose después hacia ella y caminando lentamente hasta la cama. Cayendo de rodillas en el suelo, a su lado.
Deslizó la mirada por su cuerpo, igual que si fuera una caricia de las muchas que reservaba solo para ella. Embriagándose de ella antes de tomar una de sus manos entre las suyas.
- ¿Por qué, pequeña? ¿Por qué lo has hecho…? -, preguntó mientras los ojos comenzaban a picarle por las lágrimas que pugnaban por salir. - ¡Maldita testaruda! No voy a consentir que esta vez te salgas con la tuya, ¿me oyes? -, llevó sus manos unidas hasta los labios, rozándola levemente con ellos. - ¡No lo voy a permitir! -. Gritó con la voz rota por la emoción, rompiendo en llanto instantes después. Apoyando su cabeza al borde de la cama y sin dejar de aferrarla.
Pasaron unos minutos hasta que la miró de nuevo.
- No me dejes, amor mío… -, se fue acercando lentamente hasta su rostro, colocando su brazo alrededor de su cabeza. - No me dejes… -.
Aquello fue lo último que pronunció antes de besar sus labios con dulzura. Con rabia y desesperación. Como un intento de insuflarle su aliento para arrancarle de las mismas garras de la muerte.
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Habría pasado cerca de un cuarto de hora cuando la doctora irrumpió en la habitación de Francisca. Se sorprendió al encontrar a Raimundo sentado en la cama junto a ella, pero al mirar sus ojos comprendió la única verdad existente.
- Raimundo, lo siento pero ahora ha de salir de la habitación -, dejó el maletín sobre el tocador y sacó un frasquito de su interior. - He de suministrarle inmediatamente unas gotas de este preparado y ha de ser inmediatamente si queremos que ella sobreviva -.
Raimundo se acercó a ella, mirando el frasco que ella portaba.
- ¿Servirá? ¿Se… se salvará? -.
Gregoria tomó aire para después soltarlo lentamente.
- Esperemos que así sea. Es una mujer fuerte y logrará salir de esta. A pesar de todo lo que está viviendo… -. Le miró de reojo, viendo como dejaba caer los hombros derrotado.
- Haga lo que tenga que hacer, doctora… -, musitó acercándose hasta la puerta. - Pero sálvela, se lo suplico. No puedo vivir sin ella… -.
Después, abrió la puerta y se marchó.
………………………………………….
- ¿Por qué no reacciona, Gregoria? -, preguntó Tristán, que hacía unos minutos que se había presentado en la Casona acompañado de Pepa. - ¿Será que todo ha sido en vano? -.
Sintió que las palabras le desgarraban el pecho en su camino por salir al exterior. Dirigiendo a continuación la mirada hasta su padre, que permanecía apoyado en la columna de la habitación, con los brazos cruzados y la mirada gacha.
Había visto a Raimundo destrozado por el estado de su madre. Él mismo también lo estaba. Ambos la adoraban mucho más de lo que se atrevían a reconocer. Tenía que ocurrir aquella desgracia para hacer brotar esos sentimientos, haciéndolos salir al exterior.
Gregoria le miró con el ceño fruncido.
- El remedio ha sido el adecuado Tristán, estoy completamente segura. Pero… -.
- Pero ¿qué? -, preguntó Raimundo, que había abandonado su inicial posición para acercarse hasta la cama con las manos en los bolsillos. Mirando con sumo dolor a Francisca.
- Pero ella no desea vivir, Raimundo -. Soltó de sopetón Gregoria. - Todo depende de ella, y parece que ha tirado definitivamente la toalla… -.
P.D: Trataré de subiros el final esta noche. Pero si no lo hago, ¡no me odieis!
#7217
17/06/2012 20:11
Bueno, voy a empezar por esa pedazo foto! Pero qué fotaza!! Entre los morritos y esa mano en la cintura de la Paca…!! no me digáis que no son lo más, jajajaja!!! Qué alegría que se lo pasen bien y que nosotras lo podamos ver!
Lo de las gafas cisne negro mhhh, tendrá algo que ver con la Teoría del Cisne Negro? Vendrá algo altamente impactante??? Se avecina algo histórico? O son mis ganas? Creo que se me fue la pinza, para variar! Bueno, por algo nos llamarán locas!!
Laura, gracias por ponernosla aquí.
Yo he de decir que gracias a esta semana y con tantas cosas, también estoy más animada! Me encantó el VE y sobre todo lo que contestó a la pregunta de mi Ro. Qué ganas que pase eso curioso que haga ver a Tris que entre sus padres la cosa no está acabada!! Qué intriga! Qué será??
Ruuuuuuth!! Estás bien? Qué alegría poder leerte, pensé que te podía haber dado un pallá con tanta ración Ibarra, y bueno claro, estos morritos ya es ya de quedarse kaputt.
Gracias por seguir con el relato,
, pensaba ya que me iba a dar algo, pero resulta que ahora estoy como una magdalena.
Cómo que tratarás de subirlo esta noche? TIENES que seguir ya! Te lo suplico!
Nadia!! Yuhu, hay que seguir, que tienes a la otra pobre, más desangrada……
Miri, Ro, a vosotras dos gracias por esos momentos raipaquísticos del relato conjunto! Me chifla! Desde aquí y aunque un poco tarde, mi enhorabuena por las cien páginas!!!
Siamesas, ahora sí que ya casi no se os distingue! Habrá que pedir momento ceja con camisa de otro color. Vaya lío!
Bicos a todas!
Lo de las gafas cisne negro mhhh, tendrá algo que ver con la Teoría del Cisne Negro? Vendrá algo altamente impactante??? Se avecina algo histórico? O son mis ganas? Creo que se me fue la pinza, para variar! Bueno, por algo nos llamarán locas!!
Laura, gracias por ponernosla aquí.
Yo he de decir que gracias a esta semana y con tantas cosas, también estoy más animada! Me encantó el VE y sobre todo lo que contestó a la pregunta de mi Ro. Qué ganas que pase eso curioso que haga ver a Tris que entre sus padres la cosa no está acabada!! Qué intriga! Qué será??
Ruuuuuuth!! Estás bien? Qué alegría poder leerte, pensé que te podía haber dado un pallá con tanta ración Ibarra, y bueno claro, estos morritos ya es ya de quedarse kaputt.
Gracias por seguir con el relato,
, pensaba ya que me iba a dar algo, pero resulta que ahora estoy como una magdalena.
Cómo que tratarás de subirlo esta noche? TIENES que seguir ya! Te lo suplico!
Nadia!! Yuhu, hay que seguir, que tienes a la otra pobre, más desangrada……
Miri, Ro, a vosotras dos gracias por esos momentos raipaquísticos del relato conjunto! Me chifla! Desde aquí y aunque un poco tarde, mi enhorabuena por las cien páginas!!!
Siamesas, ahora sí que ya casi no se os distingue! Habrá que pedir momento ceja con camisa de otro color. Vaya lío!
Bicos a todas!
#7218
17/06/2012 21:46
¿Pero se puede ser más encantadores? jajaja Veo que no. Que grandes son. ¡Que geniales! Esos morritos del Ibarra. Esas gafas de María, con esa deslumbrante sonrisa. Y cómo no, la mano de Ramón colocada ahí donde deberíamos verla de lunes a viernes en cosa así de las 17.30 a las 18.30 aproximadamente...
En fin. Menos mal que están ellos que sino... la llevaríamos clara.
Yo, por mi parte ya casi terminé los exámenes. Solo me queda uno de literatura y hasta octubre rien de rien
Por otro lado, no sé si os acordáis de ese mini que empecé a escribir hará cosa de dos semanas y se quedó colgado por que no tenía tiempo material para seguir
Os lo dejo entero para hacer memoria. Que he visto que hay por ahí 2 más muy parecidos y muy buenos también:D
SI NO ESTUVIERAS
La mirada de Rosario vagaba por el reflejo del rostro de Francisca frente al espejo en un intento de descubrir sus sentimientos. Pero poco tenía que descifrar. La conocía bien y sabía perfectamente en el estado en el que la mujer se encontraba.
Trataba de ocultar sus sentimientos bajo el orgullo al que siempre había apelado. El mismo por el que se veía en aquella situación. Sola. Sí, sola. Tristán la había repudiado, Soledad a cada vez que se la cruzaba apenas parecía querer hablarla y Raimundo también había dicho odiarla. Los demás… poco le importaban los demás, pero bien era cierto que todo aquel que podía no perdía la oportunidad de dedicarle una mala palabra o una ignorante mofa.
-Señora, ¿gusta en que la peine o desea peinarse usted misma?- le preguntó Rosario, una vez hubo terminado de deshacer el moño. Normalmente Francisca prefería cepillar ella misma sus cabellos, y más desde su invalidez. En la cual era una de las pocas cosas en las que podía valerse por sí misma. Pero Rosario no obtuvo respuesta mayor que el semblante triste y cansado de la Montenegro, por tanto agarró el cepillo y comenzó a peinarla.
-Déjalo así.- pronunció cuando la criada terminó y fue a soltó el cepillo. Para coger después el lazo que usaban para anudar su acostumbrada trenza de dormir. No quería soportar por más tiempo la presencia de nadie a su lado.
-Como quiera.- contestó Rosario. Dejó el lazo en la peinadora y llevó la silla de ruedas hacia la cama. Destapó el lecho, deponiéndolo todo para acostar a Francisca.
Ésta seguía con la misma expresión rota en el rostro. Cansada. Dolida. Triste… Cerró los ojos.
-Venga, voy a pasarla a la cama y en nada podrá descansar.- le dijo Rosario. En un intento de alentarla de sus pensamientos. En un intento de hacer que Francisca reaccionase. Pero sus labios no se movieron y se dejó hacer sin impedimento. Con algo de esfuerzo, Rosario aupó a Francisca y la sentó sobre la cama. Agarró después la silla y la llevó hacia un rincón de la habitación. Dejándola allí aparcada. Cuando lo hizo, volvió a acercarse a la cama. – ¿Está segura de que no desea cenar? Mire que en un momento se la traigo y…
-No.- contestó Francisca a su ofrecimiento –Ya puedes marchar.- añadió.
La mujer suspiró y se acercó aún más a la cama dispuesta a ayudarla a tumbarse.
-Vete y que nadie me moleste.- dijo. Y al contrario de lo que parecía, su voz no sonaba imperativa. Poderosa y orgullosa. Quizás por ello, Rosario dio más importancia a su petición. Mas, fueron sus ojos, cargados de pena y dolor los que la echaron de la habitación.
Francisca observó a la criada marcharse. Y cuando lo hizo, un gemido salió por su garganta. Dejándose caer sobre la cama. Agotada y cansada de la vida. Del asqueroso destino que había jugado sus fichas para impedir su felicidad. Maldiciendo a aquel orgullo que no había servido sino para esclavizar su futuro junto a un hombre cruel y conseguir el desprecio de todos a quienes quería.
Primero Soledad y ese amor de juventud con Juan. Amor que resultó ser patraña, pues aquel infeliz no solo engañó a su hija sino que la privó del don de la fertilidad. El mismo por lo que Olmo la había dejado y humillado. Y por lo que ahora se mostraba distante y arisca con ella. Pero, aunque tarea de madres es, ¿cómo iba a consolar a su hija en su estado? Francisca tomó aire. Incrédula ante la idea de que un abrazo pudiese consolarlas a ambas. Era así, nada más calma como lo hace un tierno gesto. Y es su orgullo la que la impide verlo.
Hacia demasiado tiempo que no recibía un beso, un abrazo, una caricia. Incluso teniendo a sus hijos junto a ella, había olvidado lo que era un “te quiero”. Francisca sonrió tristemente al recordar a un pequeño Tristán diciéndoselo a cada hora. Pero ahora… Lloró. Ahora solo venía a sus oídos las palabras pronunciadas por el joven tras entregarse de la verdadera identidad de su padre.
Secó sus lágrimas sin querer seguir pensando en ello. Intentó cerrar los ojos. Aferrándose a la almohada. Mas, no podía conciliar el sueño. Llevaba días así. Dando vueltas en la cama. Llorando y pensando en cuanto era el odio que le procesaban.
Se irguió paulatinamente. En la mesita de noche había de tener los tranquilizantes que le recetó Gregoria. Confiada en que allí estarían y viendo la jarra de agua sobre una pequeña mesa más allá, se levantó de la cama con cuidado. Sintiendo como sus piernas, aunque ya eran más de una las semanas que llevaba con aquella facultad, se mostraban aún reacias a obedecerla por completo.
Cogió la jarra de agua y un vaso que había a su lado. Llevando hacía su mesita de noche y dejándolo allí mientras se disponía a buscar el frasco de tranquilizantes. Y lo encontró. Pero este estaba vacío. No supo a quién maldecir esta vez. Necesitaba dormir. Dormir y no pensar. Dormir y no soñar. Una lágrima rodó por su mejilla. Mientras, con un golpe dejaba el bote sobre la mesa.
Vagó por la habitación. Sin querer tumbarse en la cama que tan fría la sentía. Se apoyó en su pequeño escritorio. Y se sintió como aquella mesa. Soportando la presión de todos. Todos la habían hecho responsable. Pero ninguno había tratado de comprenderla. Nadie la había querido escuchar.
Menos Raimundo, que aunque se personó en la Casona en busca de explicaciones, terminó espetándole que nunca la perdonaría. ¿Él? Él que la abandonó. Que la dejó a su suerte y embarazada. No. Él no tenía ningún derecho a exigirle nada. Y aún así había tenido la cara de tacharla de egoísta y cobarde. Golpeó la mesa. Arrastrando todo lo que allí había. Dejándolo caer al suelo. Y ella se dejó caer también. Hincando sus rodillas en el suelo. Rompiendo a llorar esta vez sin consuelo. Cayendo rendida minutos después al sueño. Tumbada en el suelo de aquella fría estancia.
En fin. Menos mal que están ellos que sino... la llevaríamos clara.
Yo, por mi parte ya casi terminé los exámenes. Solo me queda uno de literatura y hasta octubre rien de rien
Por otro lado, no sé si os acordáis de ese mini que empecé a escribir hará cosa de dos semanas y se quedó colgado por que no tenía tiempo material para seguir
Os lo dejo entero para hacer memoria. Que he visto que hay por ahí 2 más muy parecidos y muy buenos también:DSI NO ESTUVIERAS
La mirada de Rosario vagaba por el reflejo del rostro de Francisca frente al espejo en un intento de descubrir sus sentimientos. Pero poco tenía que descifrar. La conocía bien y sabía perfectamente en el estado en el que la mujer se encontraba.
Trataba de ocultar sus sentimientos bajo el orgullo al que siempre había apelado. El mismo por el que se veía en aquella situación. Sola. Sí, sola. Tristán la había repudiado, Soledad a cada vez que se la cruzaba apenas parecía querer hablarla y Raimundo también había dicho odiarla. Los demás… poco le importaban los demás, pero bien era cierto que todo aquel que podía no perdía la oportunidad de dedicarle una mala palabra o una ignorante mofa.
-Señora, ¿gusta en que la peine o desea peinarse usted misma?- le preguntó Rosario, una vez hubo terminado de deshacer el moño. Normalmente Francisca prefería cepillar ella misma sus cabellos, y más desde su invalidez. En la cual era una de las pocas cosas en las que podía valerse por sí misma. Pero Rosario no obtuvo respuesta mayor que el semblante triste y cansado de la Montenegro, por tanto agarró el cepillo y comenzó a peinarla.
-Déjalo así.- pronunció cuando la criada terminó y fue a soltó el cepillo. Para coger después el lazo que usaban para anudar su acostumbrada trenza de dormir. No quería soportar por más tiempo la presencia de nadie a su lado.
-Como quiera.- contestó Rosario. Dejó el lazo en la peinadora y llevó la silla de ruedas hacia la cama. Destapó el lecho, deponiéndolo todo para acostar a Francisca.
Ésta seguía con la misma expresión rota en el rostro. Cansada. Dolida. Triste… Cerró los ojos.
-Venga, voy a pasarla a la cama y en nada podrá descansar.- le dijo Rosario. En un intento de alentarla de sus pensamientos. En un intento de hacer que Francisca reaccionase. Pero sus labios no se movieron y se dejó hacer sin impedimento. Con algo de esfuerzo, Rosario aupó a Francisca y la sentó sobre la cama. Agarró después la silla y la llevó hacia un rincón de la habitación. Dejándola allí aparcada. Cuando lo hizo, volvió a acercarse a la cama. – ¿Está segura de que no desea cenar? Mire que en un momento se la traigo y…
-No.- contestó Francisca a su ofrecimiento –Ya puedes marchar.- añadió.
La mujer suspiró y se acercó aún más a la cama dispuesta a ayudarla a tumbarse.
-Vete y que nadie me moleste.- dijo. Y al contrario de lo que parecía, su voz no sonaba imperativa. Poderosa y orgullosa. Quizás por ello, Rosario dio más importancia a su petición. Mas, fueron sus ojos, cargados de pena y dolor los que la echaron de la habitación.
Francisca observó a la criada marcharse. Y cuando lo hizo, un gemido salió por su garganta. Dejándose caer sobre la cama. Agotada y cansada de la vida. Del asqueroso destino que había jugado sus fichas para impedir su felicidad. Maldiciendo a aquel orgullo que no había servido sino para esclavizar su futuro junto a un hombre cruel y conseguir el desprecio de todos a quienes quería.
Primero Soledad y ese amor de juventud con Juan. Amor que resultó ser patraña, pues aquel infeliz no solo engañó a su hija sino que la privó del don de la fertilidad. El mismo por lo que Olmo la había dejado y humillado. Y por lo que ahora se mostraba distante y arisca con ella. Pero, aunque tarea de madres es, ¿cómo iba a consolar a su hija en su estado? Francisca tomó aire. Incrédula ante la idea de que un abrazo pudiese consolarlas a ambas. Era así, nada más calma como lo hace un tierno gesto. Y es su orgullo la que la impide verlo.
Hacia demasiado tiempo que no recibía un beso, un abrazo, una caricia. Incluso teniendo a sus hijos junto a ella, había olvidado lo que era un “te quiero”. Francisca sonrió tristemente al recordar a un pequeño Tristán diciéndoselo a cada hora. Pero ahora… Lloró. Ahora solo venía a sus oídos las palabras pronunciadas por el joven tras entregarse de la verdadera identidad de su padre.
Secó sus lágrimas sin querer seguir pensando en ello. Intentó cerrar los ojos. Aferrándose a la almohada. Mas, no podía conciliar el sueño. Llevaba días así. Dando vueltas en la cama. Llorando y pensando en cuanto era el odio que le procesaban.
Se irguió paulatinamente. En la mesita de noche había de tener los tranquilizantes que le recetó Gregoria. Confiada en que allí estarían y viendo la jarra de agua sobre una pequeña mesa más allá, se levantó de la cama con cuidado. Sintiendo como sus piernas, aunque ya eran más de una las semanas que llevaba con aquella facultad, se mostraban aún reacias a obedecerla por completo.
Cogió la jarra de agua y un vaso que había a su lado. Llevando hacía su mesita de noche y dejándolo allí mientras se disponía a buscar el frasco de tranquilizantes. Y lo encontró. Pero este estaba vacío. No supo a quién maldecir esta vez. Necesitaba dormir. Dormir y no pensar. Dormir y no soñar. Una lágrima rodó por su mejilla. Mientras, con un golpe dejaba el bote sobre la mesa.
Vagó por la habitación. Sin querer tumbarse en la cama que tan fría la sentía. Se apoyó en su pequeño escritorio. Y se sintió como aquella mesa. Soportando la presión de todos. Todos la habían hecho responsable. Pero ninguno había tratado de comprenderla. Nadie la había querido escuchar.
Menos Raimundo, que aunque se personó en la Casona en busca de explicaciones, terminó espetándole que nunca la perdonaría. ¿Él? Él que la abandonó. Que la dejó a su suerte y embarazada. No. Él no tenía ningún derecho a exigirle nada. Y aún así había tenido la cara de tacharla de egoísta y cobarde. Golpeó la mesa. Arrastrando todo lo que allí había. Dejándolo caer al suelo. Y ella se dejó caer también. Hincando sus rodillas en el suelo. Rompiendo a llorar esta vez sin consuelo. Cayendo rendida minutos después al sueño. Tumbada en el suelo de aquella fría estancia.
#7219
17/06/2012 21:47
Abrió el portón del patio, para después hacer lo mismo con la puerta principal de la Casa de Comidas. Esperando como cada día la entrada de los primeros clientes.
Cogió el mandil y se lo ató en un gesto tan monótono como lo habían sido los otros dos.
Se colocó tras la barra, comenzando a organizarlo todo. Aunque poco tenía que hacer pues había quedado bien dispuesto antes de la noche.
-Buenos días, padre.- lo sorprendió una voz. Raimundo levantó la cabeza para ver a un sonriente Tristán entrar por la puerta.
-Buenas, hijo.- respondió al saludo del joven. Aunque no dejando de estar extrañado aun ante el hecho de usar aquellos dos apelativos el uno para el otro. Nunca imaginó a Tristán llamarlo “padre” y tampoco a él llamarlo “hijo” con aquella connotación. -¿Qué se te ofrece?- le preguntó mostrándole una de sus particulares sonrisas.
-Contienda, a poder ser.- respondió el joven, haciendo una pausa antes de sus últimas palabras.
-Pues la charla va a tener que esperar.- pronunció al ver a un par de labriegos entrar en la tasca. –Parece que estos hombres de Dios no pueden vivir sin un…- apagó la frase al ver el semblante de Tristán. -Mucho se te ha cambiado a ti el rostro en un instante.- apuntó. -¿Te ha ocurrido algo?
El joven meneó la cabeza. Tratando de alejar sus pensamientos.
-Nada nuevo.- contestó. Preocupando aún más a Raimundo. El cual le lanzó en ese mismo instante una mirada inquisidora. –No puedo dejar de pensar en las personas que dejé en la Casona.- se liberó.
-¿Tu madre y Soledad?- preguntó Raimundo comprensivo.
-Más bien Soledad y Rosario, que son las que de seguro estarán pagando su mal carácter, -trató de quitarle hierro al asunto. -Pero sí, mi madre es la que me tiene principalmente desalentado.- confesó. Entristeciéndose aún más su rostro ante sus palabras.
-No te miento si te digo que no he pensado en su reacción para con los que la rodean, más de una vez. Pero tu madre sabe perfectamente hasta donde tensar el hilo para que no se rompa, créeme que la conozco bien.- argumentó. Intentando así aliviar al joven que pareció en ese momento suspirar.
-Mejor de lo que nunca me hubiese imaginado.- comentó haciendo referencia a las últimas palabras de su padre. –Jamás hubiese apostado ni una peseta a que usted y mi madre…- dejó la frase en el aire dándola por entendida.
Raimundo suspiró y le esbozó una pequeña sonrisa.
-Pues así fue.- afirmó. Quedando reflexivo un instante al dejar que su mirada vagase hacia un vacío lugar del local.
Tristán lo observó sin querer molestarlo. Y quizás ese mismo silencio en el que Raimundo se había sumido hizo que una curiosidad irrefrenable lo acechara.
-Hábleme de ella. De vosotros.- le pidió. Raimundo miró a su hijo, para dirigir fugazmente su mirada a los parroquianos y comprobar que si allí se quedaban un rato sin vino, no pasaría nada.
Salió tras la barra y junto a Tristán se acercó a la mesa más cercana. Ambos se sentaron en silencio. Uno frente al otro. Uno esperando las palabras de su padre y otro intentado encontrar las palabras adecuadas para resumir en palabras aquellos sentimientos y recuerdos que cada día lo perseguían con más fuerza.
Cruzó sus manos dejándolas sobre la mesa y se inclinó hacia delante.
-Nos conocimos siendo apenas dos críos. Tu madre era un niña de gran desparpajo que gustaba de obtener la atención de todos.- sonrió ante la imagen de aquella pequeña con negras trenzas y sonrisa reluciente, que apenas tenía unos 7 años.
-Si no me equivoco, muy poco tardó en obtener la suya.- apuntó Tristán.
-No erras el tiro, en apenas unos segundos consiguió embelesarme con su temible despreocupación.- meneó la cabeza pues más de una vez había tenido que remendar alguna que otra fresca que Francisca le había soltado a alguien. –Las meriendas, comidas y celebraciones entre nuestras familias se hizo de lo más asiduo, y como dos niños que éramos, Francisca y yo no perdíamos ni un segundo en nuestros juegos. – paró. Con la mirada relampagueante por tan lejano y hermoso recuerdo.
Tristán observaba cada uno de sus movimientos y atendía a sus palabras como nunca antes había hecho.
-Cuando me quise dar cuenta, andaba enamorado de ella hasta el tuétano. Enamorado de su pícara sonrisa, de su desafiante mirada, de su oscuro cabello que al pasar travieso el viento despeinaba. La amaba.- habló en pasado y sintió en presente. Cerró los ojos sin querer mostrar al mundo su mirada. Pero al abrirlos, Tristán vio en ellos más amor del que antes había ocultado. Nunca antes el joven creyó escuchar semejantes palabras referidas a su madre. Jamás imaginó que alguien la hubiese amado con tanta fuerza. Tanta como para que al recordarla alguien mostrase semejante mirada.
Raimundo respiró con fuerza. Abatido, pues nunca había narrado de esa manera su historia con Francisca.
-Mi mayor dicha se cumplió al saber mi sentimiento reciproco.- sonrió al joven. Aplacando con ello la tristeza que sentía ante aquel amor que ya creía lejano, pero aun latente.
-¿Qué acabó con ese amor?- preguntó Tristán. Nada respondió Raimundo para sí. -¿Qué los separó? ¿Fue mi madre?- quiso saber el joven.
-No, ella nada tuvo que ver.- contestó. –Mi padre, al romperse su amistad con los Montenegro, vio en Francisca un mal partido y decidió prometerme con una rica de la capital.
-¿Y usted no se interpuso en esa decisión? Por sus palabras me consta que se amaban tanto como para resistir a todo lo que se les pusiese por delante.- pronunció Tristán. Quien parecía volver a decirle aquello que mil veces había pensado en soledad.
-¡¡Tabernero!!- una voz al otro lado del local los alentó. Raimundo se fue a levantar. Encontrando en ello una excusa para no responder a su pregunta. Pero la mano de Tristán agarró la suya, parándolo.
-Ya me encargo yo, tranquilo.- le dijo. Sabedor de que lo que había supuesto para su padre hablarle de una historia tan hermosa y a la vez tan dolorosa para ambos.
Sin decir más el joven se levantó, encaminándose hacia donde estaban los clientes. Dejando a Raimundo allí. Sentado y reflexionando sobre aquella conversación
Cogió el mandil y se lo ató en un gesto tan monótono como lo habían sido los otros dos.
Se colocó tras la barra, comenzando a organizarlo todo. Aunque poco tenía que hacer pues había quedado bien dispuesto antes de la noche.
-Buenos días, padre.- lo sorprendió una voz. Raimundo levantó la cabeza para ver a un sonriente Tristán entrar por la puerta.
-Buenas, hijo.- respondió al saludo del joven. Aunque no dejando de estar extrañado aun ante el hecho de usar aquellos dos apelativos el uno para el otro. Nunca imaginó a Tristán llamarlo “padre” y tampoco a él llamarlo “hijo” con aquella connotación. -¿Qué se te ofrece?- le preguntó mostrándole una de sus particulares sonrisas.
-Contienda, a poder ser.- respondió el joven, haciendo una pausa antes de sus últimas palabras.
-Pues la charla va a tener que esperar.- pronunció al ver a un par de labriegos entrar en la tasca. –Parece que estos hombres de Dios no pueden vivir sin un…- apagó la frase al ver el semblante de Tristán. -Mucho se te ha cambiado a ti el rostro en un instante.- apuntó. -¿Te ha ocurrido algo?
El joven meneó la cabeza. Tratando de alejar sus pensamientos.
-Nada nuevo.- contestó. Preocupando aún más a Raimundo. El cual le lanzó en ese mismo instante una mirada inquisidora. –No puedo dejar de pensar en las personas que dejé en la Casona.- se liberó.
-¿Tu madre y Soledad?- preguntó Raimundo comprensivo.
-Más bien Soledad y Rosario, que son las que de seguro estarán pagando su mal carácter, -trató de quitarle hierro al asunto. -Pero sí, mi madre es la que me tiene principalmente desalentado.- confesó. Entristeciéndose aún más su rostro ante sus palabras.
-No te miento si te digo que no he pensado en su reacción para con los que la rodean, más de una vez. Pero tu madre sabe perfectamente hasta donde tensar el hilo para que no se rompa, créeme que la conozco bien.- argumentó. Intentando así aliviar al joven que pareció en ese momento suspirar.
-Mejor de lo que nunca me hubiese imaginado.- comentó haciendo referencia a las últimas palabras de su padre. –Jamás hubiese apostado ni una peseta a que usted y mi madre…- dejó la frase en el aire dándola por entendida.
Raimundo suspiró y le esbozó una pequeña sonrisa.
-Pues así fue.- afirmó. Quedando reflexivo un instante al dejar que su mirada vagase hacia un vacío lugar del local.
Tristán lo observó sin querer molestarlo. Y quizás ese mismo silencio en el que Raimundo se había sumido hizo que una curiosidad irrefrenable lo acechara.
-Hábleme de ella. De vosotros.- le pidió. Raimundo miró a su hijo, para dirigir fugazmente su mirada a los parroquianos y comprobar que si allí se quedaban un rato sin vino, no pasaría nada.
Salió tras la barra y junto a Tristán se acercó a la mesa más cercana. Ambos se sentaron en silencio. Uno frente al otro. Uno esperando las palabras de su padre y otro intentado encontrar las palabras adecuadas para resumir en palabras aquellos sentimientos y recuerdos que cada día lo perseguían con más fuerza.
Cruzó sus manos dejándolas sobre la mesa y se inclinó hacia delante.
-Nos conocimos siendo apenas dos críos. Tu madre era un niña de gran desparpajo que gustaba de obtener la atención de todos.- sonrió ante la imagen de aquella pequeña con negras trenzas y sonrisa reluciente, que apenas tenía unos 7 años.
-Si no me equivoco, muy poco tardó en obtener la suya.- apuntó Tristán.
-No erras el tiro, en apenas unos segundos consiguió embelesarme con su temible despreocupación.- meneó la cabeza pues más de una vez había tenido que remendar alguna que otra fresca que Francisca le había soltado a alguien. –Las meriendas, comidas y celebraciones entre nuestras familias se hizo de lo más asiduo, y como dos niños que éramos, Francisca y yo no perdíamos ni un segundo en nuestros juegos. – paró. Con la mirada relampagueante por tan lejano y hermoso recuerdo.
Tristán observaba cada uno de sus movimientos y atendía a sus palabras como nunca antes había hecho.
-Cuando me quise dar cuenta, andaba enamorado de ella hasta el tuétano. Enamorado de su pícara sonrisa, de su desafiante mirada, de su oscuro cabello que al pasar travieso el viento despeinaba. La amaba.- habló en pasado y sintió en presente. Cerró los ojos sin querer mostrar al mundo su mirada. Pero al abrirlos, Tristán vio en ellos más amor del que antes había ocultado. Nunca antes el joven creyó escuchar semejantes palabras referidas a su madre. Jamás imaginó que alguien la hubiese amado con tanta fuerza. Tanta como para que al recordarla alguien mostrase semejante mirada.
Raimundo respiró con fuerza. Abatido, pues nunca había narrado de esa manera su historia con Francisca.
-Mi mayor dicha se cumplió al saber mi sentimiento reciproco.- sonrió al joven. Aplacando con ello la tristeza que sentía ante aquel amor que ya creía lejano, pero aun latente.
-¿Qué acabó con ese amor?- preguntó Tristán. Nada respondió Raimundo para sí. -¿Qué los separó? ¿Fue mi madre?- quiso saber el joven.
-No, ella nada tuvo que ver.- contestó. –Mi padre, al romperse su amistad con los Montenegro, vio en Francisca un mal partido y decidió prometerme con una rica de la capital.
-¿Y usted no se interpuso en esa decisión? Por sus palabras me consta que se amaban tanto como para resistir a todo lo que se les pusiese por delante.- pronunció Tristán. Quien parecía volver a decirle aquello que mil veces había pensado en soledad.
-¡¡Tabernero!!- una voz al otro lado del local los alentó. Raimundo se fue a levantar. Encontrando en ello una excusa para no responder a su pregunta. Pero la mano de Tristán agarró la suya, parándolo.
-Ya me encargo yo, tranquilo.- le dijo. Sabedor de que lo que había supuesto para su padre hablarle de una historia tan hermosa y a la vez tan dolorosa para ambos.
Sin decir más el joven se levantó, encaminándose hacia donde estaban los clientes. Dejando a Raimundo allí. Sentado y reflexionando sobre aquella conversación
#7220
17/06/2012 21:48
Llegó a la Casona casi sin saber el porqué. La charla con Tristán lo había dejado desalentado y no pudo sino pedirle a él y a Alfonso que se quedasen al cuidado de la Casa de Comidas. No se encontraba en disposición de trabajar. Hoy no. Menos tras revivir de aquella manera su amor con Francisca. Amor por el que, aunque parezca doloroso, su corazón seguía latiendo día a día.
Tras alejarse del pueblo había decidió dar un paseo. Por allí, por donde el sonido del riachuelo traía tantos recuerdos. Y, cómo guiado por esos mismos recuerdos, se encontró frente al portón de la Casona.
Titubeó si llamar o no. Prefirió dar la vuelta y volver por donde había venido. No tenía nada que decirle a Francisca. O quizás era lo impronunciable de sus palabras lo que hacía el silencio. Qué decirle a la persona a la que amas más que a tu vida, sino es un te quiero. Qué espetarle al saber de su sangre tu hijo. Qué reprocharle cuando en el fondo él había sido tan cobarde como ella, o más. Él no se había casado con él ser más despreciable de la tierra solo por proteger a su hijo. Pero aunque entendía que ella le hubiese ocultado la verdad, un dolor intenso aparecía en su pecho al pensar en lo felices que pudieron haber sido. Y de igual modo, una punzada intensa lo recorría al ver cuán cambiada estaba Francisca. Al ver que poco quedaba de su pequeña. Pues Raimundo no se daba cuenta que seguía en el mismo sitio. Cubierta, eso sí, por una aparentemente inquebrantable coraza. La misma con la que había tenido que recubrirse a lo largo de los años para no mostrar cuan frágil era.
Raimundo golpeó con sus nudillos la puerta. Siendo solo ese sonido el que le hizo darse cuenta de lo que estaba haciendo. Meneó la cabeza. Dispuesto a irse. No había traído excusa alguna para verla. Y no podría acallar a su orgullo para decirle a Francisca limpiamente que anhelaba su compañía. No, eso no podría decirlo.
Pero ajena a su reflexión interior, Rosario abrió la puerta. Mostrándose algo más decaída que de costumbre. Quizás con un gesto preocupado.
-¡Buenos días, Raimundo!- lo saludó sin mayor énfasis. -¿Qué le trae por aquí?- preguntó al tiempo que el hombre pasaba.
-¡Buenos días, Rosario!- respondió. Dando un par de pasos más allá de la mesa. Girándose al ver las puertas del despacho abiertas de par en par y sin rastro de Francisca. Al igual que en el salón. Suspiró. Algo extraño recorría su cuerpo. Ansiaba verla pero al mismo tiempo se veía incapaz de comenzar ningún tipo de conversación. Dirigió entonces su mirada a la criada. -¿Francisca no está?- preguntó. Esperando que la respuesta fuese negativa. Así sus ganas por ver su rostro se calmarían y la razón ganaría una vez más a sus deseos.
-La Señora está en su alcoba.- contestó escuetamente.
-¿Aún duerme?- quiso saber extrañado. Conocía a Francisca y siendo como eran más de las diez, era cuanto menos preocupante que no estuviera sumida entre las cuentas de la finca o haciendo y deshaciendo a su antojo.
-Raimundo…- musitó Rosario. Mostrando claramente su preocupación. Miró al Ulloa, contagiándolo también de ese mismo sentimiento. La mujer negó con la cabeza sin saber que decir.
-¿Qué ocurre, Rosario? Hable.- la apremió.
-Verá…- cerró los ojos. Sabía que Raimundo era la persona menos indicada a la que contar su desasosiego. Pero también sabía que era el único que podría hacer algo por ella. –Es Francisca.- dijo. –La Señora me tiene preocupada, Raimundo.- agachó la cabeza.
-¿Por qué? ¿Qué ha hecho? ¿Os ha dicho algo que no…?
-No, no ha hecho ni dicho nada.- lo cortó. –O sí…- meneó la cabeza confundida. Raimundo sintió las manos de Rosario temblar. Quizás de miedo. Las agarró entre las suyas. Obligando así a la mujer a hablar. –Está muy mal, Raimundo. Se pasa todo el día encerrada, bien en su despacho o en su habitación. Apenas come nada y…- suspiró. –No es ella. Está como ausente. – apuntó entrecerrando los ojos. –Más parece que haya perdido las ganas de vivir.
El corazón de Raimundo se había paralizado. La preocupación dio paso al temor porque lo que contase fuese cierto. Y bien que sabía que lo era, pues solo hacía falta mirar en los ojos de la buena mujer.
-Y dices que está en su alcoba, ¿verdad?- le preguntó sin querer saber más de lo que antes Rosario le había narrado. Sintiendo el impulso de acudir a verla. Esta vez más fuerte. Resultándole ahora más necesario.
-Así es.- le contestó. Y justo cuando la respuesta llegó a sus oídos. Soltó suavemente las manos de Rosario para dirigir sus pasos hacía las escaleras. –Pero, no es una buena idea, Raimundo.- lo paró. –No querrá verle. Esta mañana cuando fui a llevarle el desayuno ni siquiera contestó. A usted menos que a nadie le abrirá la puerta.- terminó de hablar.
-Pues tendrá que hacerlo.- pronunció sin más. Girándose entonces y subiendo las escaleras.
Tras alejarse del pueblo había decidió dar un paseo. Por allí, por donde el sonido del riachuelo traía tantos recuerdos. Y, cómo guiado por esos mismos recuerdos, se encontró frente al portón de la Casona.
Titubeó si llamar o no. Prefirió dar la vuelta y volver por donde había venido. No tenía nada que decirle a Francisca. O quizás era lo impronunciable de sus palabras lo que hacía el silencio. Qué decirle a la persona a la que amas más que a tu vida, sino es un te quiero. Qué espetarle al saber de su sangre tu hijo. Qué reprocharle cuando en el fondo él había sido tan cobarde como ella, o más. Él no se había casado con él ser más despreciable de la tierra solo por proteger a su hijo. Pero aunque entendía que ella le hubiese ocultado la verdad, un dolor intenso aparecía en su pecho al pensar en lo felices que pudieron haber sido. Y de igual modo, una punzada intensa lo recorría al ver cuán cambiada estaba Francisca. Al ver que poco quedaba de su pequeña. Pues Raimundo no se daba cuenta que seguía en el mismo sitio. Cubierta, eso sí, por una aparentemente inquebrantable coraza. La misma con la que había tenido que recubrirse a lo largo de los años para no mostrar cuan frágil era.
Raimundo golpeó con sus nudillos la puerta. Siendo solo ese sonido el que le hizo darse cuenta de lo que estaba haciendo. Meneó la cabeza. Dispuesto a irse. No había traído excusa alguna para verla. Y no podría acallar a su orgullo para decirle a Francisca limpiamente que anhelaba su compañía. No, eso no podría decirlo.
Pero ajena a su reflexión interior, Rosario abrió la puerta. Mostrándose algo más decaída que de costumbre. Quizás con un gesto preocupado.
-¡Buenos días, Raimundo!- lo saludó sin mayor énfasis. -¿Qué le trae por aquí?- preguntó al tiempo que el hombre pasaba.
-¡Buenos días, Rosario!- respondió. Dando un par de pasos más allá de la mesa. Girándose al ver las puertas del despacho abiertas de par en par y sin rastro de Francisca. Al igual que en el salón. Suspiró. Algo extraño recorría su cuerpo. Ansiaba verla pero al mismo tiempo se veía incapaz de comenzar ningún tipo de conversación. Dirigió entonces su mirada a la criada. -¿Francisca no está?- preguntó. Esperando que la respuesta fuese negativa. Así sus ganas por ver su rostro se calmarían y la razón ganaría una vez más a sus deseos.
-La Señora está en su alcoba.- contestó escuetamente.
-¿Aún duerme?- quiso saber extrañado. Conocía a Francisca y siendo como eran más de las diez, era cuanto menos preocupante que no estuviera sumida entre las cuentas de la finca o haciendo y deshaciendo a su antojo.
-Raimundo…- musitó Rosario. Mostrando claramente su preocupación. Miró al Ulloa, contagiándolo también de ese mismo sentimiento. La mujer negó con la cabeza sin saber que decir.
-¿Qué ocurre, Rosario? Hable.- la apremió.
-Verá…- cerró los ojos. Sabía que Raimundo era la persona menos indicada a la que contar su desasosiego. Pero también sabía que era el único que podría hacer algo por ella. –Es Francisca.- dijo. –La Señora me tiene preocupada, Raimundo.- agachó la cabeza.
-¿Por qué? ¿Qué ha hecho? ¿Os ha dicho algo que no…?
-No, no ha hecho ni dicho nada.- lo cortó. –O sí…- meneó la cabeza confundida. Raimundo sintió las manos de Rosario temblar. Quizás de miedo. Las agarró entre las suyas. Obligando así a la mujer a hablar. –Está muy mal, Raimundo. Se pasa todo el día encerrada, bien en su despacho o en su habitación. Apenas come nada y…- suspiró. –No es ella. Está como ausente. – apuntó entrecerrando los ojos. –Más parece que haya perdido las ganas de vivir.
El corazón de Raimundo se había paralizado. La preocupación dio paso al temor porque lo que contase fuese cierto. Y bien que sabía que lo era, pues solo hacía falta mirar en los ojos de la buena mujer.
-Y dices que está en su alcoba, ¿verdad?- le preguntó sin querer saber más de lo que antes Rosario le había narrado. Sintiendo el impulso de acudir a verla. Esta vez más fuerte. Resultándole ahora más necesario.
-Así es.- le contestó. Y justo cuando la respuesta llegó a sus oídos. Soltó suavemente las manos de Rosario para dirigir sus pasos hacía las escaleras. –Pero, no es una buena idea, Raimundo.- lo paró. –No querrá verle. Esta mañana cuando fui a llevarle el desayuno ni siquiera contestó. A usted menos que a nadie le abrirá la puerta.- terminó de hablar.
-Pues tendrá que hacerlo.- pronunció sin más. Girándose entonces y subiendo las escaleras.