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El Rincón de Francisca y Raimundo:ESTE AMOR SE MERECE UN YACIMIENTO (TUNDA TUNDA) Gracias María y Ramon

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samureta
samureta
08/06/2011 23:44
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No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas.

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#6761
laury93
laury93
02/04/2012 19:15
Hola chiquitas! Tengo qeu deciros algo very important, sabeis o sospechais qeu me encatna ser un "periquito inquieto" (a mi padre le ha hecho tanta gracia que ahora me llama piolin y yo estoy indignadisima porque piolin era un canario) pero bueno, que si, me encanta ser alegre y dinamica y, por qué no, un tanto loca, pero hay algo qeu me gusta todavía mas, y es sorprender a la gente y ser polifacetica, asi que he hecho una apuesta con unas amigas de la uni para ver si aguanto 1 semana comportandome ocmo una niña buena. O sea que hasta el martes que viene, voy a parecer, qe no ser jeje, sensata.
De ahi, de sorprender, volvemos a mi final, solo os digo una cosa, hoy no es el final, pero no penseis demasiado en matarme vale? si me empiezan a pitar los oidos de aqui a un rato ya se por qué

Miri: me encanta el relato, Rai celoson, pero encima ahora con arrebatos de pasion! que fuerte.

Vale, alla vamos, coged aire, pañuelos y nada punzante alrededor...

SUEÑOS DEL PASADO: penúltimo capitulo


Mas… es verdad, ha partido
Para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
De un día en este mundo terrena.
Mas… ahora callad, y aguardad.
Esperad, cual rosa que esperando marchita,
El momento de la despedida.
Que ha de ser el silencio,
De la muerte fiel compañero.


Siempre había odiado aquellos lugares, su aroma a humedad y podredumbre mezclado con el olor de las flores marchitas, su paisaje repleto de frías losas de piedra que contaban una historia, la historia de una vida llena de sueños y esperanza…truncada. Por eso Francisca siempre había odiado los cementerios, le recordaban demasiado la crueldad de la existencia y la pérdida. Y sobre todo, odiaba los funerales, toda aquella masa negra y difusa de gente que se acercaba a despedir a una persona que en ocasiones ni siquiera conocían. Lo odiaba. Odiaba aquel lugar, aquel momento. La voz del párroco se elevaba entre los presentes llenando el ambiente.

- Hoy despedimos a este hombre, despedimos a …

Francisca dejó de escuchar, harta de aquella farsa, de aquel lugar, de aquel discurso, deseando marcharse a casa… sabiendo que él se entregaba al eterno sueño de la nada.

- Madre, ¿se encuentra bien?- Dijo Tristán acercándose a ella
- Sí, todo lo bien que puedo estar hijo- dijo acariciando su rostro que le recordaba tanto a su padre- Es solo que… no sé qué hago aquí, no debería estar aquí
- Sé que es una situación difícil, pero debe estar aquí, es lo correcto, él era…
- Mi marido, lo sé, lo fue. Pero sigo sin entender por qué he de asistir al funeral del… hombre, por no decir otra cosa, que casi mata al amor de mi vida. Debería estar en casa, con tu padre, asegurándome de que no se mueve más de la cuenta.
- Enseguida irá, pero no olvide que Salvador Castro era, mal que le pese, el padre de Soledad y de mi prometida, de Pepa

Ambos permanecieron en silencio hasta que el cura acabó y pudieron marcharse a casa. El tedio del día se había acumulado en su cabeza produciéndole una tremenda jaqueca, pero en aquel momento, al entrar por la puerta de la Casona le dio igual, pues solo podía pensar en correr a la habitación para reencontrarse con Raimundo que seguía recuperándose a duras penas de la herida que estuvo a punto de costarle la vida. Sin llamar si quiera a la puerta, Francisca entró buscando con la mirada a Raimundo, pero no lo encontró en el lugar que debía estar. En vez de a Raimundo reposando en la cama, Francisca se encontró un lecho de pétalos rojos y sobre ellos otra rosa.

- Me he dado cuenta- dijo una voz a sus espaldas- De que todavía no hemos tenido una noche de bodas como Dios manda
- Será porque tú estabas convaleciente- dijo Francisca sintiendo cómo los brazos de Raimundo la rodeaban. Ella se giró para mirarlo a los ojos- ¿Pero qué haces fuera de la cama?
- La doctora me ha dicho que estoy mucho mejor y puedo empezar a caminar y …a ejercitarme
- ¿Eso ha dicho?
- Literalmente “Raimundo ya puede usted comenzar a ejercitarse para no perder la salud” ¿Y no querrás que pierda la salud, no?
- No.
- Pues entonces…
- Entonces…- siguió ella
- Tendremos que estrenar el colchón
- Tendremos que hacerlo…- dijo ella atrayéndolo hacia sí
- Ay, ay, ay—Dijo él llevándose la mano a la herida
- Vaya, ¿pero no estabas en plena forma?
- La cicatriz todavía tira un poco.
- Quejica- se rió ella- Anda ven

Con toda la suavidad que el deseo le permitía, Francisca dirigió a Raimundo hasta la cama derribándolo con un toque, haciendo que cayera al colchón sin dejar de mirarla deslumbrado.

- A ver, ¿dónde te duele?- Dijo ella deshaciéndose el moño
- Aquí- dijo él señalándose la cicatriz como un niño pequeño
Francisca se deslizó entre su cuerpo para depositar un fugaz beso en la herida.
- También aquí, y aquí, y aquí
Raimundo describió una línea que recorría su pecho, su cuello, hasta llegar a sus labios.
- Eres un chico muy malo- Dijo Francisca sonriendo.
- Lo soy- dijo él mientras la volvía a besar- Francisca
- Dime
- ¿Por qué no nos vamos de aquí?
- ¿Dónde quieres ir, truhán, a otra habitación, al chozo, a la cocina…?
- No, aunque puede que sí quiera ir a esos sitios, pero quiero decir que ¿por qué no salimos de este pueblo?
- ¿Irnos de Puente Viejo? ¿Pero por qué, cómo, cuándo?
- Tranquila mujer…¿no te acuerdas de cuando éramos jóvenes y soñábamos con viajar por el mundo?
- Sí, claro que me acuerdo, pero ya estamos mayores y tenemos aquí la familia y…
- Perdona, cariño ¿mayores? Habla por ti, porque yo estoy hecho un zagal
- Ya lo veo ya…
- ¿Entonces qué? ¿Hacemos la luna de miel que tenemos pendiente?
- Vale, lo pendremos en tareas pendientes. Pero antes… acabemos con lo que tenemos entre manos
- ¿Quién es ahora la chica mala?
- No, mala no… perversa, corazón, perversa. Pero tengo una pregunta… si en la luna de miel no vamos a salir de la habitación, porque yo no pienso dejarte salir, ¿qué más nos da la ciudad?
- También es verdad, bueno, eso lo pensaremos luego.
- ¿Luego, cuándo?
- Pues después de la noche de bodas, pequeña, después de varias noches de boda.

Amor es fuego aventado por el aura de un suspiro, fuego que arde y centellea en los ojos del amante, o más bien es torrente desbordado que las lágrimas acrecen, qué más podré decir de él... diré que es LOCURA sabia, hiel que envenena, una dulzura embriagadora…Amor, amor son ellos, somos nosotras, somos todos…Amor es el mundo que nos rodea y el que desearíamos que nos rodease. Perdeos, despistaros, dejad el camino, poco importa, pues nos ha de encontrar, nos encontrará, los encontrará… Los ha encontrado para no volver a dejarlos marchar.

Vale, sed sinceras, os habia asustado verdad? pero no canteis victoria, que nos queda un ultimo capi. Mañana el GRAN DESENLACE
#6762
Franrai
Franrai
02/04/2012 21:56
GOTAS DEL PASADO

Actualidad

Un dulce aroma a vainilla impregnaba sus fosas nasales al tiempo que acariciaba con suma delicadeza a Francisca. Dibujando pequeños círculos con la yema de sus dedos sobre la piel que quedaba desnuda entre la fina sabana que la recubría. Sin dejar de observar como su rostro era aún más hermoso bajo la tenue luz de la luna, notaba como su corazón latía con júbilo al sentirla cerca. Recordando como aquella misma noche, mil y una palabras de amor habían salido por su deliciosa boca.

Francisca se removió en sueños. Buscando también la comodidad en el colchón.

”-Esto no está bien, Raimundo.- advirtió Francisca. –No deberíamos…- intentó resistirse en vano. Pues antes de terminar la frase tomó entre sus manos el rostro de Raimundo. Se acercó a él atrapándo su labio inferior entre los suyos. Y al separarse volvió a ellos con más ímpetu si cabe. Llevó sus manos desde su rostro a la nuca de Raimundo. Bajando hasta llegar a los primeros botones de la camisa. Desabrochándolos. Agarrando la tela para atraerlo más hacia sí.

Raimundo colocó sus manos en la cintura de Francisca. Moviéndolas en lo que para ella fueron unas tortuosas caricias. Bajó sus manos hasta poco más allá de sus caderas. Mientras llevaba sus labios hacia la piel descubierta de su cuello.

-Te quiero, mi pequeña.- pronunció Raimundo sin resuello al tiempo que se perdía en el sabor y el calor de ella.”


-Y yo.- dijo dormida. Y tan suave fue el susurro que a Raimundo no llegó a más que a percibir el leve movimiento de sus labios, mientras seguía acariciando sin descanso a Francisca.

La mujer abrió paulatinamente sus ojos. Sintiendo que aún se encontraba inmersa en aquel dulce sueño. Apreciando aún en su piel las caricias que Raimundo le regalaba. Notando demasiado real aquel cosquilleo. Terminó de abrir los ojos, dando forma a la figura que se encontraba a su lado. Raimundo, que estaba recostado sobre un lado junto a ella, utilizaba su brazo izquierdo como sujeción para poder contemplarla mejor. Y eso hacía, adorarla con su mirada mientras la acariciaba con infinita ternura.

-Raimundo.- dijo extrañada. Sin saber todavía diferenciar la realidad del sueño.

-Duerme, mi vida, aun es de noche.- le susurró cariñoso. Francisca lo miró, percatándose de cuan hermosos resultaban sus ojos con el reflejo añadido de la luna.

-¿Y tú? ¿Qué haces despierto?- preguntó esbozando una deliciosa sonrisa.

-¿Para qué soñar si te tengo cerca?- le contestó. -¿Qué sentido tiene cerrar los ojos si la realidad es mucho más hermosa?- continuó. Llevó su mano derecha hacia el abdomen de Francisca. Acariciándolo con la yema de sus dedos. Subió lentamente hasta abarcar sus senos y sin recrearse demasiado en ellos volvió a bajar por el camino que llevaba hacia su ombligo. -Mil noches pasaría en vela solo por poder contemplarte.- algo se movió allí donde Raimundo acariciaba. –Por poder gritarle a la luna y hacer testigo a las estrellas de lo mucho que te amo.- el rubor tiñó las mejillas de Francisca y las mariposas que revoloteaban en su estómago continuaron haciéndolo.

-Desde que… nos separamos no ha habido noche alguna en la que no haya soñado contigo.- llevó su mano a la nuca de Raimundo para atraerlo hacia ella. Besó sus labios con tanta ternura como pasión había derrochado hacía apenas unas horas.

Al separarse sus miradas hablaron por ellos, gritándose el amor que sentían el uno por el otro.

-Raimundo,- lo llamó. –he de contarte algo.- quizás no fuese el momento, y tampoco la situación, pero sentía la necesidad de hacerlo.

-Sssh.- la silenció Raimundo. Acompañando aquello con un beso en la frente. –Ya habrá tiempo de hablar, mi princesa.- pronunció.

Francisca sonrió sin convencimiento alguno, mas no quiso estropear lo que tantas veces había soñado.

-Prométeme que nada podrá separarnos.- dijo Francisca. Raimundo la miró como si se hubiese vuelto loca.

-Te lo prometo.- pronunció con firmeza. -No voy a permitir que nada ni nadie te arrebate de mis brazos una vez que nos hemos vuelto a encontrar.- resultaba irónico utilizar aquella palabra pues siempre estuvieron juntos, pero así lo sentía. Se habían reencontrado tras muchos años de disputas y malas palabras. Habían vuelto a ver en los ojos del otro el amor mutuo y profundo que sentían. –Y para aquello que me quieres decir tendrás tiempo de sobra para contármelo mientras te hago la mujer más feliz del mundo. Te quiero, Francisca.- aquellas últimas palabras salieron de su boca por puro entusiasmo, pues mientras hablaba pudo observar como los ojos de Francisca eran vencidos por el cansancio. Mientras Morfeo la sumía en el más placentero sueño. –Te quiero.- repitió sabiéndola ya dormida.

La mujer se giró colocando su brazo en la cintura de Raimundo. Abrazándolo a su manera. Raimundo la atrajo hacia sí. Sintiendo el calor de ella como suyo propio. Sin soltarla dejó que su espalda tocase plenamente el colchón. Enredó sus dedos entre los mechones color azabache del cabello de ella, hasta que finalmente se dejó vencer por el sueño. Pasando así lo que restaba de noche hasta que los primeros rayos del sol se colasen por la ventana de la alcoba de Francisca.
#6763
soyi
soyi
03/04/2012 15:44
Hola chicas:


MIRI: gracias por redactar esa gran escena que estamos deseando ver las raipaquistas sigui por favor


RUHT: que bonito y que bien has sabiedo meterte en la mente de francisca y raimundo, lo sabes verdad eres unica


LAURY: que mala eres como te gusta hacernos sufrir (loca) jajjaaj


ROCIO:que bonito lo que hay entre estos dos espero que lo que le vaya a con tar francisca ha raimundo no se separen de nuevo ahora que estan juntos de nuevo .( pero no se que meda que no sera asi )


Bueno chicas que estoy deseando que sigais con los relatos.


UN BESO
#6764
laury93
laury93
03/04/2012 19:02
Ro ha sido preciosa la escena, eso no ha sido un kit-kat, ha sido una tableta de chocolate de proporciones epicas jajaja. Peque vas a conseguir que me ponga celoson de Rai, voy a empezar a pensar que lo prefieres a el! ¬¬ Pero tonterias mias a parte, ha sido precioso, precioso.

Sonia corazón no me gusta haceros sufrir, yo predfiero haceros sonreir, per a veces un suspiro de tranquilidad o de amor es mejor que una sonrisa, asi que espero que este capi te guste y que por lo menos, para compensarte por el mal trago que dices que te he hecho pasar, te quedes con una buena sensacion

Miri que se me olvido decirte que siento haberte roto el alma, pero he puesto todo mi empeño en este ultimo capi para que se te quiten todos los males.

Ah y Marta gracias por decir, qeu se me olvido decirte, que lo de ayuadr a ese hombre muestra buen corazon, aunque para mi padre solo mostro mis ganas de tener una camiseta nueva, pero bueno, gracias

Pues nada chicas, este es el ULTIMO capitulo, espero que os guste, se que es algo raro, pero soy yo la que lo ha escrito no podeis pedirle peras al olmo. Una cosa os iba a decir, y es que os dejare descansar de mi un rato asi asimilais este final que he hecho, y empezare el nuevo relato cuando esteis preparadas para soportar mis idas de olla.
De verda, de verdad, qeu espero que os guste el final porqeu para mi, no se por que, este relato y este final me gustan muchisimo.

SUEÑOS DEL PASADO. ULTIMO capitulo

Pasó, pasó el verano rápido, como pasa
Un venturoso sueño del amor en la fiebre,
Y ya secas las hojas en las ramas desnudas,
Tiemblan descoloridas esperando la muerte.
Rosalía de Castro


Pasó el tiempo, pasaron los años. Uno tras otro, años de felicidad, de amor, de alegría. Una vida entera juntos, una vida plena, la vida que siempre les había correspondido, la que habían estado esperando. Martín apareció, Pepa y Tristán se casaron y fueron muchos los nietos que poblaron sus jardines. Niños correteando, jugando felices e inocentes. Como ellos hacía ya tantos, tantos años.

Francisca y Raimundo vieron crecer a sus nietos juntos, logrando lo que ni en sus más atrevidos sueños durante aquella oscura etapa de su vida en la que estuvieron separados se atrevieron a imaginar, envejecer juntos. Y vivieron siempre enamorados, felices, tranquilos, sabiendo que lo que les quedaba de vida era para ellos, que ya no tendrían que pasar por más dolor, que nada podría separarlos. Viviendo ajenos a un mundo cada día más loco, viendo pasar una guerra que se impuso a todos los demás conflictos del mundo, que arrasó miles de vidas, miles de almas inocentes que habían perecido bajo el peso de la codicia de tantos otros. Raimundo vivió aquellos años atenazado por el dolor, por un dolor causado por una injusticia que su espíritu liberal jamás lograría entender. Y solo tenerla a ella cerca, sentirla cada noche, saberla suya lo hacía sobrevivir, seguir siendo feliz, conservar la alegría y la fe en el mundo. La guerra acabó, pero los problemas siguieron. España era un país inestable y fueron muchas las tardes de miedo temiendo que algún bandolero los sorprendiese o temiendo que llegase lo que al fin llegó, una dictadura militar. A pesar de todo, para Raimundo aquel mundo, aquel país, aquel pueblo era el mismo paraíso porque seguía allí, viendo los años, y las injusticias, pasar con Francisca. Leyendo juntos en el jardín, compartiendo confidencias, dándose calor en las oscuras noches de invierno. Por fin, a aquel desquiciado lugar que llamaban patria llegó un rayo de esperanza con la Segunda República. Francisca siempre recordaría aquel día por el brillo de la mirada de Raimundo, lleno de vida, de alegría, de una renovada fe en el ser humano, viéndolo salir a la calle, victorioso, envolviéndose en la bandera tricolor, animando al pueblo a unirse a su jolgorio.

Y el tiempo pasó, inexorable, inquebrantable, inconmovible, y los años comenzaron a pesar, y los dos sabían que el final de sus días estaba cerca.

Fue una noche de abril de 1936, el alba comenzaba a dibujarse en el horizonte y el sol amenazaba con descubrirlos todavía abrazados en la cama, sin haber llegado a dormir en toda la noche. Ocultos bajo las sábanas como cuando eran niños y querían esconderse de sus padres para pasar más tiempo juntos, dejaron que la luna dibujase sus siluetas en la oscuridad mientras compartían confidencias, secretos, caricias.
- Hay algo que nunca te he dicho.- dijo entonces Raimundo sintiendo como Francisca se incorporaba en su pecho para mirarlo a los ojos
- Pues dímelo ahora.
- ¿Recuerdas que hace 33 años estuve a punto de casarme con la de Mesía?
- No es fácil de olvidar.
- Pues nunca te llegué a decir por qué salí a buscarte en mitad de la boda, por qué intuía que Tristán era mi hijo.
- Me has tenido 30 años muerta de la curiosidad- bromeó ella- pero, venga, dime el porqué.
- Pues porque esa noche, la noche justo antes de la boda, tuve un sueño muy extraño. Soñé que la noche de mi fiesta de compromiso con la heredera, hace más de 60 años, te perseguía en vez de esperar al brindis de mi padre. Y solamente por eso, por aquella decisión que tomé sin pensar, toda nuestra vida cambiaba, y tú me decías que me querías, que esperabas un hijo mío, y yo luché por ti, como debería haber hecho, como…
- Como hiciste, amor, lo hiciste, aunque fuesen treinta años después. Pero entonces ¿soñaste que nos quedábamos juntos?
- Soñé toda una vida. A veces pienso que no fue un sueño y me descubro pensando en las supercherías de Don Anselmo, queriendo creer que alguien puso aquellas imágenes en mi mente durmiente para que no me rindiera y te recuperase.- dijo él retirando un mechón de su blanquecino cabello.
- Pues me alegro de que lo hiciese, y de que tuvieras ese sueño del pasado
- O un sueño del futuro, de nuestro futuro juntos, porque lo hemos logrado, lo hemos cumplido, pequeña, hemos vivido juntos, hemos envejecido juntos.
- Sí, lo hemos hecho, aún me cuesta creerlo. Solo espero no despertarme ahora y descubrir que todo ha sido un sueño y que sigo dormida en mi despacho, sola y perdida.
- No te dejaría despertar si así fuera, aunque tuviese que luchar con el mismo Morfeo. Mi Francisca, mi pequeña…
- ¿Ha sido una buena vida, verdad? He sido tan feliz cada uno de los días que hemos pasado juntos, siento que ni habiendo tenido treinta años más hubiera podido llegar a amarte más de lo que ya lo hago. Raimundo… te quiero tanto, incluso a pesar de todo el tiempo que ha pasado, toda una vida ya, juntos, para lo bueno y lo malo, te sigo queriendo como la primera vez que te vi.
- Y yo a ti pequeña, y yo a ti. Y cada vez que te veo, siento un escalofrío que me recorre, y cada vez que te toco me invade un calor que me llena y me completa. Tú eres todo lo que ha dado sentido a mi vida… todo, Francisca, lo eres todo.
- Lo sé, cariño, lo sé
#6765
laury93
laury93
03/04/2012 19:03
Francisca lo abrazó sintiendo que una lágrima recorría su mejilla deslizándose entre el contorno de sus arrugas. Se separaron un poco, lo justo para permitir que sus labios se encontraran en un cálido beso. Y quedaron tumbados, la frente de ella sobre la de él, sus manos entrelazadas con fuerza.

- Te quiero, Francisca. Nuestro destino era estar juntos, y de una forma u otra lo hemos conseguido.
- Yo también te quiero. Siempre te querré.
- Siempre- Repitió él- Porque no puede acabar lo que es eterno
- Ni puede tener fin la inmensidad- siguió ella.

Y el amanecer los sorprendió allí, en la cama, abrazados, con una lágrima solitaria que recorría sus mejillas, y el dibujo de una sonrisa en sus rostros, ya sin vida.

***
De repente sintió una intensa luz que la cegaba, y al abrir los ojos, Francisca se quedó asombrada, sin palabras, y un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir que estaba en un lugar conocido. Miró a su alrededor, se encontraba en un inmenso salón, una imponente araña de cristal adornaba el techo emitiendo sus destellos dorados a cada pared, bajo ella, tantas personas que le eran vagamente familiar, bailaban ajenos a su desconcierto. Entonces se miró, primero las manos ocultas bajo unos largos guantes blancos, el cuerpo vestido con un precioso traje blanco, se acercó a la pulida superficie de la barandilla que precedía la escalera frente a ella y se miró para descubrir el rostro de su juventud. No podía ser… o sí. Los músicos comenzaron a tocar una canción, su…
- Nuestra canción- dijo una voz de pronto.

Francisca se encontraba en lo alto de la escalera y, al bajar la vista, lo vio, a Raimundo, como lo recordaba hacía más de sesenta años, la noche de su compromiso con la heredera, tendiéndole la mano.

- Raimundo- dijo ella sonriendo
- Mi pequeña

Francisca tomó la mano que él le tendía y se dejó conducir hacia el centro de la pista. El resto de los bailarines se apartaron dejando un amplio espacio solo para ellos.

- ¿Estamos en tu fiesta de compromiso?- dijo ella por fin
- Estamos en nuestra fiesta de compromiso
- Pero, ¿cómo? Si… no…
- Mejor no lo pienses amor mío. Piensa solo que este es nuestro sueño
- Pero los sueños son sueños y nosotros no estamos dormidos estamos…
- Estamos juntos. A veces los sueños son mejores que la vida.
- Pero siguen siendo sueños
- Y la vida sigue siendo vida, y la vida es sueño y los sueños…
- Cállate ya Calderón de pacotilla, que no paras de pisarme- dijo ella
- ¿Yo?- Raimundo se hizo el disgustado- Será que tú te has olvidado de bailar.
- Yo no me he olvidado de nada.
- Entonces recuerda que ya te lo dije
- ¿El qué?
- Que íbamos a estar siempre juntos, que ni la muerte podría separarnos, que nos merecíamos más tiempo, todo el tiempo del mundo para sentir este amor que es más grande que nosotros mismos, que los sueños y que la propia Parca. Mi pequeña… porque no puede acabar lo que es eterno.
- Ni puede tener fin la inmensidad… y nuestro amor es eterno.
- E inmenso.
- Es… amor.
FIN
Sí FIN, pero tenga el lector en cuenta que este final es solo el final de estas palabras, de estas líneas. Fin no es el final, es la señal para que esta historia yazca de nuevo y por siempre dormida entre los recuerdos de una inquieta mente. Pero no es, ni nunca será su final. ¿Y sabéis por qué? Dejaré que estos versos os lo expliquen por mí…

Ya duermen en su tumba las pasiones,
Dulce sueño de la nada.
¿Es pues locura del doliente espíritu
O el ardor que corroe mis entrañas?
Yo solo sé que es un placer que duele,
Que es un dolor que atormentando halaga,
Llama que de la vida se alimenta,
Mas sin la cual la vida se apagara.
Eso es el amor, y porque lo siento sé que…
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y tú me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad
Dedicado a todas aquellas qeu me soportais dia a dia, en especial, a mis Poetisas Nocturnas
#6766
Franrai
Franrai
03/04/2012 19:41
Escenas del capítulo de hoy. 283.

-Francisca hablando de su “vahído”. ¡Que mujer! Jaja (Parte 1, minuto 9:48)

-Raimundo que al final no se entera de nada… (Parte2 , minuto 5:23)

-Guiño Raipaquista. “Si algo he aprendido en esta perra vida es que los amores imposibles no existen” (Parte 3, minuto 3:07)

-Soledad, Francisca y Emilia en la cocina. (Parte 4, minuto 7:34)

-Alfonso y Raimundo en la taberna. (Parte 4, minuto 9:53)

No hay más


De los relatos.

Laury, ya sabes lo que opino. Y Miri, ¡necesito que sigas!
#6767
Kerala
Kerala
03/04/2012 22:01
Venga va.... que no se diga...

DUELO DE TITANES (PARTE I)

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Cuando la tarde pasada mientras merendaba con Tristán y Gregoria, mencionó que tenía unas ganas terribles de cruzarse con Raimundo para informarle de que Emilia estaba ahora trabajando a su servicio, no le faltaba razón. Había esperado este momento con ansia casi desde el mismo instante en que la muchacha había puesto los pies en la Casona.

Y camino se encontraba precisamente de Puente Viejo aquella tarde. No quiso demorarlo más a pesar de que el día amenazaba tormenta. Tampoco quiso avisar a nadie de su partida. Solamente iba ella junto al cochero. Si Tristán se enteraba de que bajaba al pueblo y nada más que a ver a Raimundo, hubiera puesto impedimentos a su marcha por mucho que ella hubiese prometido no acercarse al Ulloa.

Sonrió pensando en su futuro encuentro con él. Cada vez anhelaba más que sus caminos se cruzaran, aunque bien era cierto que la mayoría de esos encontronazos los provocaba ella. Desde hace tiempo que vislumbraba la decadencia en la que se estaba sumergiendo Raimundo. Hundiéndose en su propia autocompasión al verse solo ante tantos infortunios que estaba viviendo.

Ella había tratado de hacerle reaccionar apelando a su orgullo. Tratando de espolear ese coraje que sabía que tenía. Provocándole con sus palabras. Solamente quería que despertara, aunque fuera por llevarle la contraria a ella.

Se fueron adentrando por los embarrados caminos que atravesaban precisamente las que fueron en su día las tierras de los Ulloa, de las que Raimundo todavía conservaba un pequeño terruño. Miró por la ventana de la calesa frunciendo el ceño. La lluvia comenzaba a caer cada vez con más insistencia, impidiéndole enfocar con claridad. Tal vez debió quedarse en casa y esperar un momento más propicio para ir a provocar a Raimundo.

Pero no. Sus malditas ganas de verle se habían impuesto a todo. Como siempre.

Un quiebro de la calesa le sobresaltó, haciendo que se agarrara con fuerza al asiento.

– Maldito cochero, que ni llevar un carruaje sabe -. Farfulló enojada.

No le dio tiempo recuperarse de su enfado, cuando un segundo requiebro hizo tambalear la calesa hasta casi tumbarla. Un grito asustado salió de su garganta y se aferró a donde buenamente pudo con todas sus fuerzas. Rezó todo lo que supo mientras recuerdos de su vida se mostraban ante sus ojos. Después todo quedó en silencio.

……………………………………..


Parpadeó varias veces hasta que pudo abrir los ojos totalmente. Le dolía terriblemente la cabeza. Se palpó la frente con los dedos y notó algo de humedad así como un intenso escozor. Una pequeña brecha surcaba su frente por el lado derecho hasta casi llegar a la sien. Respiró con fuerza, intentando llenar de aire sus pulmones y así apaciguar el estado de nerviosismo en el que le había sumido el accidente.

– ¡Por todos los santos, Doña Francisca! ¡Está bien! -.

– ¿Bien? -. Volvió a llevarse la mano a la herida. – ¿A esto le llama estar bien? ¡Casi nos matamos, botarate! -. Empezó a golpearlo en el brazo con la misma mano con la que había palpado su herida. – ¿Y qué hace ahí pasmado? ¡Vaya a buscar ayuda, mastuerzo descerebrado! -.

El hombre suspiró tranquilo. La Señora parecía estar perfectamente, pues no dejaba de soltar improperios por su boca. Como siempre. Se había llevado un buen susto cuando se la encontró inconsciente y sangrando por la cabeza.

– Quería asegurarme de que estaba bien. Y de todos modos, ¿cómo voy a dejarla aquí sola? -. Alzó su mirada al cielo. En ese momento no llovía, pero se aproximaba unos negros nubarrones que presagiaban un nuevo aguacero. – Se avecina una tormenta -.

Francisca arqueó una ceja. – ¿Y qué pretende? ¿Que nos quedemos aquí toda la noche porque no quiere ir a buscar ayuda? -. Observó a ese pobre hombre que tenía el semblante preocupado. Quizá estaba siendo demasiado dura. Él también había sido víctima de aquel accidente. – Venga… -. Suavizó su tono de voz. -… vaya al pueblo a buscar ayuda. Yo estaré bien. Le prometo que no me iré corriendo a ninguna parte… -. Sentenció con sorna mientras se daba golpecitos en las rodillas.
#6768
Kerala
Kerala
03/04/2012 22:01
No demasiado convencido, pero obligado por tratarse de una orden de la Doña, el cochero emprendió el camino que llevaba hasta el pueblo. Eso sí, dejando bien protegida a Francisca en el interior de la calesa. La había cubierto con una manta, después de recolocar la puerta del carruaje.


La tarde estaba demasiado oscura y la noche se aproximaba lentamente. Trató de no mostrarse asustada ante su soledad allí, en mitad de ninguna parte. Bueno. En realidad estaba en un lugar que le traía a la memoria muy gratos recuerdos. Innumerables fueron las tardes compartidas con Raimundo en aquellas duras tierras.

¡Cómo se torcieron las cosas!

Nada hacía presagiar que su vida cambiaría de manera tan radical cuando se encontraba refugiada entre sus brazos. Recordó una tarde lluviosa. El mismo lugar. Una tarde lejana en el tiempo, pero no en su corazón.

Aquella vez, no se encontraba tan sola como ahora. Aunque en las dos ocasiones, era ella la que corría en pos de encontrarse con Raimundo.

Tragó saliva en un vano intento de deshacer el nudo que le atenazaba. Cerró los ojos con fuerza, reteniendo las lágrimas que no quería derramar. Era mucho lo que ya había llorado a lo largo de su vida.

¡Basta ya, Francisca! Ni una sola lágrima más…

Dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando sus ojos al mismo tiempo. No quería pensar en nada. Recordar lo que pudo haber sido y no fue no traía más que dolor y desasosiego a su espíritu. Exhaló un gran suspiro y se quedó muy quieta. Tratando de relajarse. Tratando de olvidar.


………………………….


Aquel aguacero habría estropeado la poca cosecha de sus terrenos. La naturaleza era imprevisible, y esa lluvia, aunque necesaria, había sido excesiva. Como siempre, su suerte no le acompañaba en nada. Se arrebujó en su pelliza. A pesar de estar empezando abril, el tiempo seguía siendo fresco. Llegó hasta sus cultivos, recorriéndolos con mirada desolada.

– Hay que reconocer que la primavera ha llegado con fuerza a Puente Viejo -.

Estaba todo encharcado. Se agachó tomando un puñado de tierra entre sus manos y soltándola después con rabia contenida. Todo se había echado a perder. Un trueno le hizo alzar los ojos al cielo. La lluvia no iba a darles tregua ni un solo momento. Nada más podía hacer allí. Lo mejor sería regresar a casa.

Se puso en pie y miró a lo lejos. Algo llamó su atención. Frunció el ceño extrañado. Quiso enfocar mejor la mirada y se asustó cuando descubrió que se trataba de un carruaje accidentado. Decidió acercarse por si, de casualidad, alguien en su interior estaba herido. A medida que recorría la distancia que los separaba, notaba que el corazón se le salía desbocado del pecho. Reconoció de inmediato la calesa. Y solo pudo pensar en una cosa.

– Francisca… -.

Corrió desesperado los últimos metros hasta que llegó junto a la puerta. Miró en su interior, creyendo morirse al encontrar a su pequeña Francisca en el interior. Inconsciente y sangrando. Abrió la puerta con tanta fuerza que la arrancó de cuajo. La tomó con uno de sus brazos mientras con la otra mano le daba pequeñas bofetadas en la cara para que reaccionase.

– ¡Francisca! ¡Abre los ojos por favor! -. Su voz denotaba angustia. - ¡Por favor reacciona! -.

Ella se vio de pronto sobresaltada por un loco que la había cogido entre sus brazos y no hacía más que darle cachetes en la cara. Ni siquiera podía abrir los ojos porque los manotazos no se lo permitían. Así que lo único que se le ocurrió fue atrapar con sus manos la mano que le golpeaba y acercarla a su boca. Mordiéndola con ganas.

– ¡Ay! ¡Maldita sea! -. Se apartó él, mirándose la mano.

Francisca reconoció su voz y abrió los ojos como platos. – ¡Raimundo! -.
#6769
mariajose1903
mariajose1903
04/04/2012 09:58
hola niñaas, jooe estoy desaparecida pero entre el trabajo y en casa que internet no me va muy bien ahora no se por que..bueno ya estoy tratando de solucionarlo...estoy que no paro.


Los relatos son espectaculares niñas, ya lo sabeis..os leo todos los dias aunque no tenga ni cinco minutos para comentar. Cada dia me sorprendeis mas y me alegro de ser una raipaquista jeje. Por favor, seguid porque me teneis intrigadas

A ver si soluciono lo de internet y puedo conectarme al chat porque ayer no me dejo, ni podia escribir ni nada... Mientras tanto deciros que os quiero muchoooo a todas, que Daniela esta bien y yo tambien muy bien...ah y que no os olvido jejej

de la serie, pues que comentar que no sepais...solo veo las escenas de francisca y raimundo...por cierto ole mi paca, es la de siempre...jajaja y raimundo anda un poco perdido pero confio en que pronto vuelvan a reencontrarse y nos den grandes escenazaas


un besazo a todaaas y por supuesto a maria y a ramon...hay que hacerles otra visitilla jajaja
#6770
soyi
soyi
04/04/2012 10:55
LAURY: no sabes como he emocionado leyendo el final pero por otro lado me ha dado pena que los dos entraran en es sueño eterno.

RUHT:como siempre ya me tienes otra vez enganchada jajajaj( ahora entiendo lo de ayer del chat sobre la mordedura ).


MARIAJOSE: Me alegra saber que las dos estais bien y si te echa en falta en el chat en cuanto a la visita haver si la prosima que vallais me puedo escapar para ya para ver a mis dos idolos de la serie.


UN BESITO
#6771
musicintheair13
musicintheair13
04/04/2012 12:43
Hola os vengo a dejar el enlace de mi novela. Creo que os gustará...

https://www.formulatv.com/series/el-secreto-de-puente-viejo/foros/1881/1/puente-viejo-un-lugar-donde-sonar/
#6772
Kerala
Kerala
04/04/2012 13:07
En este capítulo, van sucesivas estas dos secuencias, de las que he tomado lo que creí necesario para mi historia.





Raimundo y Francisca. Lo que debió ser

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¿Cuánto tiempo pasó tirado en el suelo junto a la misma puerta por la que ella se había marchado? ¿Cuánto tiempo abrazado al pomo de la puerta que ella misma había tocado en su huida? Seguía escuchando de manera incesante el triste crujir de su corazón partiéndose en mil pedazos ante él. No pudo verla, pero sus lágrimas le arañaban el alma. Se fue. Sin pronunciar ni una sola palabra más. Sin prorrumpir un solo sollozo. Sin emitir ninguna queja.

Él la había vuelto a echar de su vida. Era lo mejor… ¡Maldita sea! ¿Lo mejor para quién? ¿Para el destino? Su pequeña sufría. Y él también. Es lo mejor... seguía gritándole su terco orgullo.

– ¡Cállate! No quiero escucharte… -.

No fue consciente de la llegada de Emilia. Empeñada en recoger el despojo en el que se había convertido. No solo era un pobre hombre ciego. Era un miserable. Un trozo de carne sin vida, pues esta se había marchado por la puerta hacía unos minutos.

Disimular. Fingir de nuevo. ¿Para qué? Estaba tan cansado que por primera vez narró a su hija la triste desventura de su vida. Los recuerdos alivian, acompañan. Pero también torturan. Entristecen. Emponzoñan en alma al revestirse de un rencor ilimitado. No contra ella. Ni siquiera contra él. Pero sí contra el destino que se empeñó en jugar con ellos en aquella macabra partida de naipes.

– Dígame una cosa… ¿aún la quiere? -.

Inocente pregunta. Con una dolorosa respuesta. ¿Quererla? ¡Más que a su propia vida! ¿Amarla? Con una intensidad que le asustaba. ¿Adorarla? Cada segundo de su existencia. Pero reconocerlo abiertamente no era tarea fácil. Pesaba demasiado el orgullo. Dolía demasiado un pasado y un presente cargado de destrucción y odio. ¿En qué lugar quedaba él ante los ojos de su hija, si reconocía que a pesar del daño que Francisca había hecho y aún hacía a su familia, seguía enamorado de ella?

Disimular. Fingir de nuevo. Esta vez era necesario.

– ¿Acaso se puede querer a quien te causa un sufrimiento insoportable? -.

¡Oportuna ceguera que impidió ver cómo la verdad de sus sentimientos calaba en Emilia! Doliente respuesta que mal disfrazaba una verdad. ¿Se podía querer a alguien así? Tristemente, él lo hacía. Y lo seguiría haciendo hasta que esta perra vida terminara con su horrible sufrimiento, acabando con una existencia vana sin ella. Apagando la vida de su corazón, que no su amor por Francisca. Ese seguiría imperecedero más allá de la muerte.

……………………………………

El camino de vuelta a la Casona se le antojó amargo y desolador. Por más que su maldito orgullo le repetía que el desprecio de Raimundo no le había dañado en demasía, no era ese el sentimiento que albergaba su corazón. O al menos, lo que quedaba de él.

Agradeció que nadie estuviera en el salón para correr a la oscuridad e intimidad de su habitación. Llegando por inercia hasta el espejo de su tocador, que le devolvió un reflejo apagado. Sin vida. Y no sintió dolor. Ni pena. Eso era lo más hiriente. Lo más curioso. Que ya no sentía nada de nada. Vestigios de las últimas lágrimas que derramaría en su vida surcaban su rostro. Enmarcando unos ojos a los que se les había arrancado la vida de cuajo.

Sentía que flotaba por la habitación. Escuchó levemente como golpeaban la puerta de su dormitorio, pero no respondió. No quería ni tan siquiera escuchar el sonido de su propia voz contestando a quien fuera que llamara. Unos golpes más y todo volvió a quedar en silencio.

Se descubrió tumbada en la cama sin saber cómo era posible que hubiera llegado hasta allí. Se negó a recordar su desafortunado encuentro con Raimundo. Todo estaba difuso. Bloqueado en su mente. Y cerrando con lentitud los ojos, rezó. Oró como hacía cada día y cada noche. Aunque en esta ocasión, su petición fue bien distinta.

– Cierra mis ojos para siempre… -. Musitaron sus labios apenas sin voz. – Acaba con mi sufrimiento -.

Minutos después, la oscuridad de su cuarto la envolvió bajo su manto.

……………………………………

Llegó el día. Y ella abrió los ojos paulatinamente. Seguía allí, perdida en la soledad de su cuarto. ¿Por qué la vida le iba a conceder su deseo, si lo que más anhelaba seguía siéndole negado día tras día? Tumbada de espaldas en la cama, mirando un punto fijo en el techo, decidió que si tenía que seguir batallando en la vida, muy en contra a su parecer, lo mejor era romper con todos los recuerdos del pasado. Con todos aquellos que tuvieran que ver con él.

Cerró los ojos con fuerza, moviendo la cabeza hacia los lados para borrar también de su memoria el nombre de su amor, negándose volver a pronunciarlo. Jurándose a sí misma que aplacaría de un plumazo todos los sentimientos que por él albergaba. ¿Para qué seguir amando a alguien que no lo hace y que nunca más lo hará? ¿Para qué mantener viva una esperanza que le había explotado en la cara sin ninguna compasión?

Se levantó pesadamente. Sin fuerzas. Con esa misma indolencia abrió el armario para tomar uno de sus vestidos y bajar a desayunar. Había llegado el momento de seguir adelante, aunque no encontrara en ese instante, ni un solo motivo por el que luchar.

……………………………

Jaqueca. Excusa siempre socorrida para explicar sus cada vez más frecuentes momentos de debilidad relacionados con él. Le permitían esconder una verdad que no importaba a nadie más que a ella misma. ¿A quién le importaba que hubiera corrido hasta la posada a ofrecerle su amor? ¿A quién le importaba que se hubiera permitido volver a soñar?

¡¿A quién le importaba nada?!

Por eso, escudándose en aquel socorrido mal y alegando múltiples tareas pendientes que no admitían más demora, se alejó de sus hijos aquella tarde para ocultarse en la biblioteca. Escuchando el incesante sonido del reloj de la chimenea, que pulsaba con más brío que su propio corazón, descubrió sobre la mesa aquellas cartas que atestiguaban un amor que ahora mismo le parecía que nunca existió. No quiso leer. No podía hacerlo… Y sin embargo, no pudo evitarlo.
#6773
Kerala
Kerala
04/04/2012 13:07
No habrá un solo día que no lo viva por ti, Francisca...

Ahora y siempre, nuestros destinos estarán sellados…

Mi existencia no tendrá nunca sentido sin la tuya amor mío…

Acarició cada hoja. Cada línea. Cada palabra reflejada, resultado de su triste historia de amor imposible. Había llegado la hora. Muda despedida de aquellos últimos restos de su pasión compartida. Remembranzas de un tiempo en el que aún se permitía creer en los sueños.

Besó por última vez el recuerdo tangible de su amor acercándolo a sus labios. Cerrando de manera definitiva el capítulo más hermoso y puro de su existencia.

Tomó entre sus manos una caja de cerillas que había sobre la mesa, encendiendo la vela que le ayudaría a romper con su pasado. Observando la hipnótica llama que le empujaba a hacer algo que no deseaba, pero que era necesario si quería seguir viviendo. Movida por una fuerza externa a ella, cogió algunas de las cartas que reposaban dormidas sobre la mesa. Ajenas a que su fin estaba próximo.

Un amor puro que no tardó más que unos segundos en convertirse en cenizas. Polvo. Y con él, lo poco que quedaba de la que un día fue.

Se dejó caer sobre la butaca, observando impasible su destrucción. Y de pronto recordó algo que también debía ser aniquilado. Con manos temblorosas abrió el cajón de la mesa, aferrando entre sus manos el libro. El mismo que había conseguido consolar su espíritu todos los años que tuvo que vivir bajo el yugo de Salvador Castro.

Quiso acercarlo junto a la llama, más no pudo hacerlo. Aquello… suspiró. Aquello debía permanecer intacto. Por eso, sin pensárselo dos veces, volvió a guardarlo en el cajón, no sin antes divisar otro libro del que había olvidado su existencia.

“Manifiesto comunista”

Recordó con pesar cómo acudió hasta la clínica dispuesta a estar a su lado. Cómo sintió que se le desgarraba el alma al pensar que él había muerto.

– Maldito seas… ¡Maldito! -. Gritó. – ¡Te odio! ¡Te odio! -.

Arrojó con furia el libro contra la puerta del despacho, quedando la cubierta del mismo arrancada por completo. Se había prometido no volver a llorar, pero las lágrimas salieron de sus ojos sin pedirle permiso.

– Te odio… ¿por qué no puedo hacerlo? -. Sollozó mientras sus manos cubrieron su rostro.

Esa era su triste verdad. Por más que quisiera… por más que destruyera todo lo que le recordaba a él, jamás podría olvidarle. Pues para ello tendría que arrancarse el corazón.

Tras unos minutos consiguió recuperar parte de la calma necesaria antes de salir al salón. No quería levantar sospechas ni provocar habladurías. Quería evitar preguntas incómodas para las que no tenía ninguna respuesta. Caminó hacia la puerta y recogió el libro que había tirado hacía un rato. Al hacerlo, un sobre en el suelo llamó su atención. Sobre todo porque dicho sobre, llevaba su nombre escrito.

¿Curiosidad? ¿Miedo? ¿Esperanza?

¿Qué sentimiento le obligaba a aferrar esa nota contra su pecho? ¡Ni siquiera sabía de su contenido! Pero estaba oculta en ese libro. Y estaba dirigida a ella.

¿Debería abrirla?

Si quería romper de una vez por todas con todo lo que tuviera que ver con él, tal vez no era una buena idea hacerlo. Mas si eso era así, ¿por qué su corazón había comenzado a latir con una nueva fuerza?

Con la duda de no saber si estaba haciendo lo correcto fue hacia la butaca de la ventana y tomó asiento. Por un par de veces intentó romper el lacrado, pero siempre se echaba a atrás. Tomó aire, dispuesta a poner fin a aquel desasosiego y de un solo tirón, abrió el sobre. Sacando la nota de su interior y comenzando a leer.

Siempre te he amado amor mío…

Mi corazón no sabe de cansancios y solo sabe amarte sin importar todo aquello que nos separa

A tu lado, de una forma u otra me encontrarás.

A pesar de todo, amarte ha sido lo mejor de mi vida. Hasta pronto cielo mío. Así te quiero, así te amo…

– ¿Qué significa esto? -. Las líneas se habían vuelto borrosas ante las incesantes lágrimas que nublaban sus ojos. – Rai… Raimundo… -.


Continuará....

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#6774
mariajose1903
mariajose1903
05/04/2012 01:09
Hoy no voy a comentar relatos... Solo quiero darle las gracias a sonia por el detallazo que ha tenido conmigo y con la pequeña daniela!!! Mil gracias!! Es precioso lo que me has mandado! Y si no te importa mañana subire una foto para que lo vean todas!!! Muchas graciaaas!!! Mil besos
#6775
soyi
soyi
05/04/2012 15:27
MARIAJOSE : Me alegra saber que te a gustado , pero me hacia ilusion tener un detalle con nuestra futura Raipaquista Daniela y con su mami y claro que no me importa que pongas la foto .


UN BESITO GUAPA
#6776
Kerala
Kerala
05/04/2012 16:41
María José, ya sabes que otro día,no tardando,nos dejamos caer por allí. Que me llevé abrazo de Ramón, pero también quiero el de María!! (y repetir de nuevo con mi Ramontxu, por supuesto!!)

Mensaje para los guionistas de esta serie....A ver... cómo decirlo....elrincondefranciscayraimundoesteamorsemereceunyacimientotundatundagraciasmariayramon

¡Ah sí! elrincondefranciscayraimundoesteamorsemereceunyacimientotundatundagraciasmariayramon





P.D: ¬¬
#6777
Kerala
Kerala
06/04/2012 21:19
elrincondefranciscayraimundoesteamorsemereceunyacimientotundatundagraciasmariayramon

RENDIDOS AL AMOR

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El plan que había trazado para conseguir sembrar la duda y la desconfianza entre la maravillosa relación entre Emilia y Rosario, estaba empezando a dar sus frutos. Era más que evidente que el trato entre ambas se había vuelto más frío y distante. Al menos por parte de la madre de los Castañeda, que dedicaba miradas de reproche a Emilia en cuanto tenía ocasión.

Así aprenderán a no reírse de Francisca Montenegro, pensaba mientras se refugiaba en la soledad de su despacho. No es que se sintiera especialmente cómoda causando ese malestar a Rosario, que siempre había estado a su lado a pesar de todo. Pero no le gustaba la especial conexión que existía entre las dos mujeres. Además, la de Ulloa había demostrado con creces su buen hacer para con ella y estaba gratamente sorprendida. Y porqué no reconocerlo, le gustaba tener a la muchacha junto a ella.

Y ya no era solo por el placer que sentía al imaginar a Raimundo, rumiando su enojo en la casa de comidas al saber que su hija trabajaba ahora en la Casona. Que también. Pero sentía un especial afecto por Emilia y disfrutaba de su compañía y de su eficiencia. Y qué decir de sus guisos… Aún saboreaba aquellas deliciosas albóndigas que únicamente había pedido para hacer enojar a Rosario.

La puerta del despacho se abrió, dando paso a Emilia que portaba una bandeja con la merienda. Francisca la observaba en silencio mientras la muchacha se movía por la habitación. Emilia dejó la bandeja sobre la mesa y fue a por la pequeña manta con la que cubrió las piernas de su Señora. Ella seguía mirándola de reojo, con una media sonrisa en los labios. Una vez que la hubo aviado, volvió de nuevo a por la bandeja.

– Ya verá qué bien le sienta el chocolate. Le he preparado el de Astorga que trae la tía Angelita. Rosario me ha dicho que es así como le gusta -.

Acercó la bandeja hasta la mesita de té que había junto a Francisca, que se veía incapaz de borrar ese brillo divertido en sus ojos. El carácter de la joven le impresionaba sobremanera.

– Excelente -. Le sonrió abiertamente. – Me aprovecharé de tus atenciones hasta que te vayas a servir a la partera. De seguro te ofrecerá dinero para que te marches con ella por fastidiarme -.

Emilia la miró con fastidio, escuchándola por enésima vez agrediendo verbalmente a Pepa. Contuvo su lengua deseosa de darle una mordaz respuesta. Pero recordó quién era ella. Y si quería seguir conservando su trabajo, lo mejor sería guardar silencio.

– Si me disculpa -, habló Emilia, - voy a terminar de hacer la cena y marchar a mi hora. Mi marido me espera -.

Una sonriente Francisca seguía escuchando a la joven, dispuesta a no dejarla marchar así como así. Tenía en mente una jugada que, conociendo a Emilia, estaba segura no le iba a fallar.

– Marcha entonces sin más dilación, no vayas a retrasarte -.

Pero ni mucho menos estaba dispuesta a dejar marchar a la muchacha. Sí, era cierto. Le agradaba Emilia sobremanera y disfrutaba de su compañía. Siempre había tenido una curiosa predilección por la joven, de hecho, fue a ella a quien le confesó la tragedia de su historia con Raimundo aquella vez que se permitió mostrar esa parte de ella que mantenía oculta a la vista de todos. En esa ocasión se vio incapaz de esconderlo a sus ojos. Además, era la hija de Raimundo. Y eso ya le otorgaba una especial atención por su parte, pues sabía del profundo amor que él sentía por su hija. A pesar de que la idea de que trabajase para ella, supusiera una fuente de conflicto más entre ellos.

Tenía que poner en marcha su treta inmediatamente si quería impedir que Emilia se fuera junto a su marido. Por eso, asegurándose de que estaba completamente sola, empujó la mesita sobre la que había dejado el chocolate, cayendo con estruendo al suelo de la biblioteca. Después, con sumo cuidado de no causarse ningún daño a sí misma, se fue deslizando por la butaca hasta caer sobre la alfombra. Quedándose muy quieta mientras escuchaba unos pasos aproximándose. Seguramente, sería la propia Emilia.

………………………………..

No había retrasado ese encuentro con Francisca de manera intencionada, ni mucho menos. Era cierto que no estaba pasando por su mejor momento y eso se notaba de manera notable en su aspecto y en su propia faz. Pero los últimos acontecimientos relacionados con Juan Castañeda le habían robado demasiado tiempo. Y no solo tiempo, pensó a medida que se acercaba a la Casona. Le había robado sus principios. Sus creencias. La propia Emilia se lo había advertido infinidad de veces los días pasados.

Emilia. Sonrió con desprecio por sí mismo. ¿Cuándo aprendería a escuchar a su hija? De haberlo hecho la primera vez, no se habrían visto envueltos en aquella terrible situación. Puso en juego el futuro de su familia. Quiso apostar por la carta ganadora y perdió de manera estrepitosa. Fue por querer ayudar a Sebastián, es cierto. Pero en el fondo también se puso en juego su propia arrogancia. Había deseado que la conservera saliera adelante ya no solo por su hijo. Sino también por él mismo. Para poder decirle a Francisca Montenegro a la cara: “Logramos recuperar el honor y el orgullo que tú me arrebataste”.

Desgraciadamente el destino se puso del lado de ella. Y nuevamente volvía a hacerlo al interponerse entre Emilia y él. ¿Cómo podía ser posible que sus dos hijos, de una manera u otra, hubieran sido atrapados bajo sus alas negras? Ya vivió aquello una vez con Sebastián, y las consecuencias fueron funestas para todos. No estaba dispuesto a que la historia se repitiese de nuevo con Emilia.

Aquella venganza tenía que llegar a su fin. Estaba dispuesto a lo que fuera menester para alejar a su hija de las garras de Francisca. Esa lucha era nada más entre ellos. ¿Para qué involucrar a más gente?

Sí, lo mejor era no seguir postergando esa conversación. Le advertiría a Francisca que como intentara algo en contra de Emilia, tendría que atenerse a las consecuencias. Puede que en otras cuestiones no hubiera sido capaz de aprender de sus errores. Pero esta vez, todo iba a ser diferente.

Llegó hasta la puerta de la Casona y pensó que lo mejor sería entrar sin llamar. El efecto sorpresa sería su mejor baza a la hora de ponerse frente a ella. Sintió los nervios golpeándole con fuerza en la boca del estómago. Igual que le ocurría siempre que estaba junto a ella.
#6778
Kerala
Kerala
06/04/2012 21:20
Si bien es cierto que esa sensación se había visto incrementada desde que Francisca estuvo al borde de la muerte y sus sentimientos afloraron sin ningún tipo de control. Ahí comenzó realmente su caída en picado, hasta llegar a donde se encontraba ahora.

Mientras se aproximaba al salón, escuchó extrañado un fuerte estruendo proveniente del despacho. La puerta estaba abierta de par en par y pensó inmediatamente en Francisca. ¿Y si estaba sola y le había ocurrido algo? En su estado no podía moverse a su antojo y seguro que aquello le estaba causando problemas además de una gran frustración.

Decidió acelerar el paso para llegar cuanto antes a la biblioteca, y comprobar que sus temores eran totalmente infundados. Podía ser que a alguna de las doncellas se le hubiera caído algo al suelo mientras limpiaba. Sí, seguramente aquello sería lo más factible. Por eso cuando llegó al fin junto a la puerta y la vio tendida en el suelo, no pudo más que gritar su nombre.

– ¡Francisca! -.

…………………………………………


¡Por todos los santos! Casi muere al escuchar aquella voz. No se trataba de Emilia, ni siquiera de Rosario. ¡Era Raimundo! ¿Cómo era posible? ¡Aquello no entraba dentro de sus planes! Más ¿qué podía hacer? No podía ahora abrir los ojos y descubrir que todo era una gran patraña. Lo mejor sería permanecer quieta sin moverse. Él… seguramente se iría pronto. Seguramente en cuanto alguien más que hubiese escuchado el estruendo, se personara en la biblioteca.

……………………………………………..

Raimundo corrió hacia ella, tirándose desesperado a su lado y tomándola en sus brazos con firmeza, pero a la vez con toda la delicadeza posible.

– Francisca, ¿qué tienes?, ¡Despierta, por favor! -. Con suavidad, le daba ligeros cachetes en las mejillas en un intento de hacerla recobrar la consciencia. – Vamos por favor, ¡no me hagas esto! Otra vez no, pequeña mía… -.

Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no abrir los ojos ante aquel apelativo que tantos años hacía que no escuchaba de sus labios. Así como estar de nuevo refugiada entre los brazos de un preocupado Raimundo. Lo notaba en su voz, en la ternura de sus gestos. Si aquello era un sueño, no quería despertar de él.

– ¡Señora! -.

Elena, la doncella, se llevó una mano a la boca al ver a Francisca en el suelo y a Raimundo Ulloa a su lado.

– Ve a buscar ayuda Elena, ¡Deprisa! -. La urgió. – Que avisen a la doctora Casas inmediatamente -.

Una vez dadas las instrucciones a la doncella, volvió a dedicar toda su atención a Francisca. Acarició con veneración su rostro, suplicándole con la voz rota por la emoción, que abriera los ojos.

– No me dejes, amor mío… ¡Francisca, por favor despierta! -. La aferró contra su pecho mientras las primeras lágrimas hicieron su aparición. – No podría soportar que te fueras… -. Se meció con ella, cerrando los ojos y sintiendo su calidez junto a él. – Te necesito para seguir respirando, mi amor. Si tú no estás, todo en este mundo dejará de tener sentido para mí -. La separó de él para poder admirar su rostro. – Estoy perdido, ángel mío… no permitas que termine por hundirme en los infiernos si te vas de mi lado… -. Acarició con suavidad el contorno de sus labios al tiempo que se acercaba a ellos con lentitud. – Te quiero… -. Susurró junto a su boca. – Te quiero… -. Pronunció justo antes de rozarla con la suya propia en un beso tierno. Suave. Cargado de amor y desesperación.

– ¡Madre! -.

La voz de Tristán que estaba junto a la puerta acompañado de Emilia, le obligó a separarse rápidamente de sus labios. En cuestión de segundos se vio relegado a un segundo plano cuando el muchacho llegó hasta ellos y alzó a su madre en brazos, dispuesto a llevarla a su habitación.

– ¿Qué es lo que ha pasado? -. Le preguntó. – Disculpe mi pregunta, pero ¿qué hace aquí Raimundo? ¿Acaso discutieron? -.

Raimundo suspiró mientras miraba de reojo a Francisca, que seguía inconsciente en brazos de su hijo. – Vine para hablar con ella. Cuando llegué escuché un fuerte estruendo y la encontré tirada en el suelo de la biblioteca. El resto… ya lo conoces -.

Ambos hombres conversaban atropelladamente mientras se acercaban hasta la escalera que llevaba al piso superior. Emilia sujetó a Raimundo, ya que sin ser consciente, movido únicamente por su preocupación por ella, estaba dispuesto a subir acompañando a Tristán. Segundos después, Francisca abrió los ojos lentamente, terminando con aquella farsa.

– Tris… Tristán… hijo… -.

– No hable ahora madre. La doctora viene de camino -.

Emilia observó cómo su padre se tensaba al escuchar a Francisca, para después relajar su cuerpo aliviado. En ese instante, la puerta se abrió y Gregoria entró acompañada de Mauricio, que había ido en su busca. Se despojó del abrigo y se acercó hasta Tristán y Francisca. Raimundo seguía apartado, junto a Emilia, contemplando la escena.

– Parece que al fin despertó. Vayamos a su habitación -. Dijo la doctora. – Allí podré examinarla mejor -.

Francisca movió ligeramente la cabeza haciendo que sus ojos se encontrasen con los de Raimundo. Una fuerza ajena a ellos les atraía como un imán y les impedía apartar la mirada. Raimundo descubrió un brillo diferente en los ojos de ella. Uno que hacía muchos años que no vislumbraba. Y ella acababa de encontrar una razón para seguir viviendo.

Mientras se alejaban el uno del otro, supieron de manera instantánea, que algo había cambiado.
#6779
Kerala
Kerala
06/04/2012 21:21
– Padre, ¿qué se supone que hacía aquí? -.

Emilia le trajo de nuevo a la realidad. Tal vez lo que había visto hace unos segundos en Francisca fuera fruto nada más de su imaginación.

– Nada hija -. Se dirigió a ella. – Solo vine a mantener una charla con Francisca, eso es todo -.

– ¿Y sobre qué, si puede saberse? -. Sentía que hablaba a su padre con más dureza de la que pretendía. Pero su corazón seguía dolido por los actos pasados de su padre. De no haber sido por él, no se vería en esta situación tan desagradable para todos. Raimundo agachó apenado la cabeza. – Vino a hablarle de mí, ¿no es cierto? -. El silencio de su padre le otorgó la respuesta. – ¿No cree que tenemos ya suficientes problemas como para que venga a buscarnos uno más? -.

– Pero Emilia, entiende que… -.

–No, entiéndame usted a mí -. Le interrumpió. – Ahora trabajo aquí y lo que menos necesito es que Doña Francisca me despida por culpa de usted. Y ahora será mejor que se vaya, tengo mucha faena que hacer por aquí -.

Raimundo solo pudo observar cómo su hija desaparecía por la puerta que daba a las cocinas sin volver ni siquiera la vista atrás. De nuevo el mismo reproche. Y de nuevo, no le faltaba razón. Dejando escapar una gran suspiro, alzó su mirada hacia el final de la escalera. Ojalá Francisca estuviera bien.

Un oscuro temor le había embargado el alma cuando la vio allí tirada. Indefensa. Frágil. Los sentimientos que tanto le costaba contener le gritaban que subiera aquellas malditas escaleras y no se separara de ella nunca más. Pero el orgullo, otra vez siendo el más poderoso, hizo que fuera hasta la puerta de la casona y se marchara. Francisca no le quería a su lado. Nunca más le querría junto a ella. Esa era su condena y la cruda realidad.

………………………………………..

– Lo mejor es que descanse. Aunque todo ha sido afortunadamente un susto, ha sido un día demasiado intenso para usted -.

Tristán se dio cuenta de que su madre no le estaba prestando ninguna atención. Parecía sumida en su propio mundo. Tenía la mirada perdida en algún punto fijo de la habitación.

– Madre, ¿me está escuchando? -.

– ¿Eh? -. Le miró esbozando una sonrisa que no le apetecía mostrar. – Sí, muy intenso -. Repitió las últimas palabras de su hijo. Intenso. ¡No sabía hasta qué punto! Lo que había empezado como una farsa para que Emilia se quedara junto a ella, le había terminado reportando consecuencias que no esperaba. Que ya ni siquiera soñaba.

Raimundo, la amaba.

Lo hacía hasta tal punto que ni todas las perrerías que le había hecho a lo largo de su vida, habían logrado malograr ese amor. Era sorprendente, hasta cierto punto. En su caso particular también había sido así. A pesar de su cruel abandono, a pesar de haber caído bajo el yugo de Salvador Castro. El amor que sentía por Raimundo Ulloa abrasaba su corazón con una llama tan intensa que ni el rencor que quiso sentir por él lo había extinguido.

– En fin, será mejor que la deje descansar -. Terminó diciendo Tristán al ver que su madre seguía sin escucharle. Se acercó hasta ella, dejando un beso en su frente y se marchó.

Francisca se giró para apagar la lamparilla que tenía sobre la mesita junto a la cama. No sabría si conseguiría conciliar el sueño aquella noche. De lo que tenía plena certeza era de que las cosas no podían continuar así. Mañana haría llamar a Raimundo y esta vez, pondrían de una vez por todas las cartas sobre la mesa.

…………………………


Dirigía la vista a la puerta de la taberna cada vez que escuchaba que esta se abría. Esperaba en cada una de esas ocasiones que Emilia entrara para ver a Alfonso. Así podría aprovechar y preguntarle disimuladamente por el estado de Francisca. No había pegado ojo en toda la noche pensando en ella. En cómo estaría. En si su estado de salud revestía alguna gravedad. No estaba preparado para perder a su pequeña definitivamente. No lo estuvo la vez anterior y por eso estaba como estaba. Perdido. Con los sentimientos a flor de piel. Y luego estaba la mirada que cruzó con ella antes de que Tristán la llevara a su habitación. No había podido apartarla de su mente desde aquel momento

Se reprendía una y mil veces por conservar aquellos sentimientos. Había luchado ferozmente contra ellos y hacía tiempo que sabía con certeza que había perdido la batalla. Jamás podría matar ese amor. Pero haría todo lo posible por no mostrar ningún signo que lo delatara.
La puerta se abrió y esta vez si que era Emilia quien entró. Con cara de pocos amigos, eso sí.

– ¿Acaso no me dijo que no había cruzado palabra con Doña Francisca? -. Había ido derecha a él. Molesta. Enfadada. Formulándole aquella pregunta sin ningún tipo de ceremonia. – Sabía que me había vuelto a mentir -.

– Emilia, no te he mentido, te lo juro -. Apoyó los brazos sobre la barra, mirándole extrañado a los ojos. – ¿Me puedes explicar de dónde sacas eso? -.

– Doña Francisca me pidió que le avisara de que se personara en la Casona inmediatamente, que quería hablar con usted cuanto antes -.

– ¿Conmigo? ¿De qué? -. Aliviado al saber que ella se encontraba bien, pero visiblemente extrañado no comprendía de qué podría querer hablar Francisca con él. Aunque claro, a lo mejor ansiaba darle el último golpe de gracia al hacerle saber que ahora Emilia estaba junto a ella y totalmente lejos de él.

– Pues eso no lo se. Pero más le vale que no pierda mi trabajo en la Casona. Es algo que no me puedo permitir gracias a usted -. Sentenció tocándose el vientre antes de adentrarse en la cocina en busca de Alfonso.
#6780
Kerala
Kerala
06/04/2012 21:21
– Gracias Mauricio -. El capataz acababa de entrar con ella en la biblioteca, situándola detrás de la mesa. – Cuando llegue Raimundo, hazlo pasar sin demora, ¿entendido? Y ahora, retírate -.

– Como ordene -. Con una leve inclinación de cabeza, Mauricio salió del despacho cerrando la puerta tras de sí.

Cuando se hubo quedado sola, volvió a repetir en su mente el discurso que Raimundo le había dedicado el día anterior. Palabra por palabra. Cerrando los ojos al tiempo que acariciaba sus labios, rememorando el beso que él le regaló. Un beso que le supo a esperanza. A tardes cobijada entre sus brazos. Te quiero. Le había dicho instantes antes de besarla.

Te quiero.

Sonrió levemente, aún con la inusitada sorpresa que supuso para ella la confesión de Raimundo. Volvía a sentirse emocionada como cuando era una chiquilla. Dos simples palabras que sirvieron para romper la coraza que tantos años le había costado construir. Repentinamente, un ligero temor se apoderó de ella rompiendo el encanto de aquella situación.

¿Qué se supone que iba a decirle a Raimundo? ¿Cómo iba a lograr que él volviera a reiterarle las mismas palabras de amor que ayer le dedicó en su fingida inconsciencia? Tal vez lo mejor era hablar con la verdad. Exponerle sus sentimientos sin temor, pues ahora conocía con certeza cuál era el sentir de Raimundo. Después de toda una vida ocultando sus verdaderos sentimientos por él, había llegado el momento de su liberación.

Unos golpes en la puerta le sacaron de su particular mundo de recuerdos. Se irguió todo lo que buenamente esa maldita silla de ruedas le permitía antes de contestar.

– Adelante -.

La puerta se abrió de par en par. Era Raimundo. Se miraron durante eternos segundos. Sin hablar. Solo escuchando sus respiraciones y el intenso latir de sus propios corazones. Fue ella la primera en romper el silencio.

– Me alegra que hayas acudido a mi llamado -. Tragó saliva. Nerviosa. Algo que no pasó desapercibido para él. – Pasa y siéntate por favor -. Con un gesto de la mano, le indicó que tomara asiento en la silla que estaba frente a ella.

Raimundo apartó la silla. – Me alegro que estés mejor -. Terminó de sentarse antes de continuar. – La verdad es que nos llevamos un buen susto -.

– ¿Tú… también? Quiero decir… ¿te asustaste, por mí? -.

Él clavó sus ojos en ella. – Francisca te encontré inconsciente en el suelo. No reaccionabas -. Respiraba con fuerza al sentir sobre él el recuerdo del día anterior. – ¿Me crees tan insensible de no preocuparme por tu estado, después de todo lo que hemos vivido juntos? -.

Francisca se llevó una mano al pecho, nerviosa. – Creí que era más que evidente que tú y yo éramos enemigos -. Le dijo con suavidad, ladeando la cabeza mirándola de reojo. Observando disimuladamente su reacción.

Raimundo estaba totalmente desconcertado por su actitud. Estaba tan hermosa, y tenía un semblante tan relajado, tan en paz… que recordó porqué seguía tan enamorado de ella.

– ¿Enemigos? -. Apartó la mirada de ella. – No creo que nuestra relación se pueda resumir de manera tan sencilla. Fuimos muchas cosas el uno para el otro, Francisca… Sinceramente, creo que nosotros estamos por encima de etiquetas que definan nuestra historia, ¿no lo crees tú también? -.

Volvieron a quedarse en silencio unos minutos. Lanzándose miradas. Esquivando otras.

– ¿Y bien? -. Cambió de tema. – ¿Para qué querías verme? ¿Se trata de Emilia? No se te ocurra hacerle ningún daño, Francisca. No voy a permitirlo -. De pronto fue como si todo cambiara entre ellos. Lo notó en su postura. En el tono de su voz. Raimundo había vuelto a ponerse a la defensiva con ella. Como siempre hacía.

Pero ella no se achantó. No se dejó engañar por todo aquello. Ahora lo veía claro. Raimundo levantaba el mismo muro que ella había levantado tantas veces para no ser dañada. La creía causante de todos sus males. Pero no olvidó que a pesar de todo, la seguía amando.

– No, no se trata de Emilia -. Negó con la cabeza, sonriendo para restarle importancia. – Se trataba del motivo de tu presencia ayer en la Casona. Pero creo que ahora mismo no deseo hablar de ello -.

– ¿Entonces? -. Raimundo se encogió de hombros, extrañado. – Habla claro Francisca, no me hagas perder el tiempo -.

– Raimundo por favor… relaja esos nervios ¿quieres? Que estoy en son de paz -.

– ¿Tú? ¿En son de paz…tú? Lo siento querida, pero permíteme que lo dude -.

Ambos mudaron el rostro cuando el apelativo escapó de los labios de él. No fue consciente de que la pronunció de manera tan natural. Se reprendió a sí mismo por no haber sido algo más cuidadoso. Pero se quedó algo más tranquilo cuando vio que Francisca lo pasaba por alto sin hacer ninguna referencia.

– ¿Podrías…? -. La vio que llevaba sus manos a las ruedas de la silla. - ¿Podrías ayudarme, por favor? -. Él tardó apenas unos segundos en levantarse a prestarle ayuda. – Llévame junto a la ventana y sentémonos allí. Estaremos más cómodos -.

– ¿Más cómodos para qué? -, le dijo mientras iba con ella hacia donde le había pedido. – De verdad Francisca que no entiendo qué es lo que pretendes. ¿Te has propuesto hacerme perder la tarde? -.

– Ya te dije que guardaras las espadas Raimundo. Lo único que quiero es… -, le agarró la mano, mirándole con ternura a los ojos -… hablar contigo. Eso es todo -. Raimundo miró sus manos unidas, y en contra de lo que ella podía pensar, no se apartó de su toque. – Siéntate, te lo ruego -.
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