El Rincón de Francisca y Raimundo:ESTE AMOR SE MERECE UN YACIMIENTO (TUNDA TUNDA) Gracias María y Ramon
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08/06/2011 23:44
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#6721
26/03/2012 01:01
Ruth precioso, el final me ha encantado, un perfecto final para una historia perfecta un beso guapa y sigue asi no cambies nunca.
#6722
26/03/2012 08:07
Ruth: que bonito guapa, ha sido un momento de estps de "necesito apretar un cojin para no gritar de la emocion" Me ha encantado, de verdad, espero qeu sigas pronto con otra historia porque estos dias con tantos capis me has malacostumbrado y ahora tengo mono de tus historias! jaja, besos
Miri: me encanta el nuevo relato, ver a Rai celoson!! genial, a ver si el Casas nos cura a la Paca y le da un par de alegrias, jeje, sigue pronto guapetona
A las demas, otra vez, siento mucho mis idas de olla, voy a empezar a centrarme que se acercan los examenes, lo prometo...bueno me centrare en cuanto os deje un par de regalitos que he pensado, pero despues me centro! jaja En un rato edito y pongo capi que ha venido la profe
EDITO: ya se ha ido el profe. Esperando a mi Mister anatomia!! jaja. Bueno, os dejo un capi espero qeu os guiste
SUEÑOS DEL PASADO
- Tristán deja de perseguirme- gritó de nuevo Francisca entrando en su cuarto como alma que llevaba el diablo
- Pero madre está muy alterada, no es bueno para usted
- ¿Altera yo? ¿Por ese tabernero del tres al cuarto? Ni de broma. A no, eso sí que no, yo no me altero por nada, por nada, ¿me oyes?
- ¿Entonces por qué no para de gritar?
- ¡No grito es mi tono de voz!- aunque de hecho se estaba dejando la garganta
- Sí claro. ¿Y no estará celosa?
- ¿Celosa yo? Qué tontería más grande, la más grande que he escuchado hoy. Ni estoy celosa, ni tengo por qué estarlo, ni lo estoy.
- ¿Seguro? Madre, admita que está celosa de Doña Águeda
- Que no estoy celosa, carajo, solo me gustaría despellejarla viva, quitarle el moño ese, otra vez, me gustaría… ser ella.- Para qué engañarnos, se dijo
Estaba celosa, claro que estaba celosa, era Raimundo, era el amor de su vida, era su vida, el padre de su hijo, por el que había hecho todo, por el que lo había dado todo. Todo para que él acabara en brazos de otra, otra vez, y otra vez. Estaba harta, harta de él y de ese amor que la embargaba cada vez que lo veía, cada vez que pensaba en él.
- Madre, ¿sigue ahí? – dijo de pronto Tristán
- Sí, sí, estaba pensando…
- Voy a hablar con Raimundo, quizás todavía se puedan arreglar las cosas
- ¡NO!- gritó ella. No podía hablar con Raimundo, no ahora que él sabía la verdad, sabía que era su hijo, ¿y si se lo decía? ¿qué haría?- No vayas a verlo, prefiero que te quedes aquí, me haces falta
- ¿Para qué?- dijo él extrañado
- Pues porque…- Una excusa, me hace falta una excusa- Me duelen las piernas, necesito que me lleves
- Pero si está de pie y se ha pegado una buena caminata, no puede ser que ahora no pueda caminar
- No, yo… es que…- Sintiéndose acorralada en su propia mentira, lo mejor que le ocurrió fue fingir un desvanecimiento cayéndose al suelo, con tal mala pata que se golpeó en la cabeza contra el quicio de la chimenea- Vaya que daño me he hecho- se paso la mano por la cabeza para comprobar que se había hecho sangre.
- Quédese ahí madre, que voy a por un paño y algo de agua- dijo Tristán saliendo
- Vale, pero no vayas a ver a Raimundo- le gritó mientras él se iba.
Pues vaya suerte la suya, dejada y apaleada por su propio mobiliario. Decidió no levantarse para evitar el predecible mareo y dolor de cabeza que le sobrevendría, así que era mejor esperar. Esperar, lo que llevaba haciendo toda su vida, para nada. Se recostó agotada junto a la chimenea y entonces le pareció ver algo, pero no, no podía ser. O sí. ¿Qué era? Se acercó hacia el fondo de la chimenea que tocaba la pared, bajo la losa de piedra ya un tanto corroída por el tiempo, cubierta de cenizas y visiblemente envejecida le pareció distinguir el borde de una carta. Se acercó a la zona de sus pesquisas para darse cuenta de que sí era una carta, pero esa carta… Los bordes del sobre estaban desgastados, la tinta se había descolorido por las inclemencias del tiempo pero todavía podía reconocer la letra de Raimundo.
Querida Francisca,
Soy un cobarde. Mañana he de partir con mi padre para prometerme con una mujer a la que no amo por imposición de mi progenitor. Y soy un cobarde porque soy incapaz de decírtelo. Esta noche pretendía hacerlo, pero no puedo ver cómo se rompe tu corazón. Y me odio a mí mismo por osarme a escribir estas palabras mientras tú duermes plácidamente a mi lado, ajena a la crueldad del mundo empeñado en separarnos.
¿Cómo puedo decirte en una carta todo lo que siento ahora mismo? Viéndote a mi lado y sabiendo que nunca más serás mía, escuchando tu pausada respiración sabiendo que mañana te partiré el alma. No, no puedo explicarte lo que siento, ni puedo pedirte que me perdones pues no merezco tu perdón. Entendería que aunque leyeses esta carta decidieses aborrecerme y continuar con tu vida. Pero por favor, por favor, mi amor, solo te pido, te suplico una cosa: sé feliz. Es lo único que deseo, es lo único por lo que vivo, por protegerte, para garantizar tu felicidad. Quizás ahora no me entiendas, quizás no lo hagas nunca, mas has de saber que te amo más que a nada.
Puedes dudar de todo lo que conoces, dudar de que existan las estrellas, dudar de que el sol vuelva a salir, pero nunca dudes de mi amor por ti. Esta noche me has dicho que siempre me esperarías. No quiero que lo hagas, quiero que vivas tu vida aunque yo no esté en ella. Sin embargo, mi pequeña, te prometo una cosa, y es que no importa lo que pase, no importa el tiempo que tarde, no importa los obstáculos que tenga que superar, te juro por mi vida, por mi alma, por nuestro amor, que algún día volveré a ti. Algún día conseguiré liberarme de mi padre, de este compromiso sin sentido y cuando sea libre regresaré a tu lado, pues es allí donde pertenezco. Aunque sé que no puedo pedirte que me esperes eternamente. No puedo dejar que arruines tu vida de ese modo… Pero Francisca, si llegado el momento, si me sigues esperando, si consigues perdonarme coloca un candil junto a tu ventana por la noche, cada noche. Tu amor será como el faro que guía al extraviado navegante de vuelta a su hogar. No necesito más. Mientras vea esa luz sabré que hay esperanza y mientras me quede una mínima esperanza, mientras me quede un hálito de vida, lucharé por volver a tu lado.
Mi querida Francisca te ruego que creas mis palabras, sé que vas a sufrir, los dos lo haremos, y me duele saber que seré yo el causante. Pero el mundo es cruel, antojadizo, el destino nos usa como juguetes con los que pasar su tiempo. Mas yo te quiero, con todo mi corazón, con todo mi ser, y al igual que sé que el sol saldrá cada mañana y que tras el invierno llega la primavera, tengo el convencimiento de que algún día, algún día volveremos a estar juntos. No me odies. No me olvides. Espérame amor mío. Volveré a ti.
Siempre tuyo, Raimundo.
Miri: me encanta el nuevo relato, ver a Rai celoson!! genial, a ver si el Casas nos cura a la Paca y le da un par de alegrias, jeje, sigue pronto guapetona
A las demas, otra vez, siento mucho mis idas de olla, voy a empezar a centrarme que se acercan los examenes, lo prometo...bueno me centrare en cuanto os deje un par de regalitos que he pensado, pero despues me centro! jaja En un rato edito y pongo capi que ha venido la profe
EDITO: ya se ha ido el profe. Esperando a mi Mister anatomia!! jaja. Bueno, os dejo un capi espero qeu os guiste
SUEÑOS DEL PASADO
- Tristán deja de perseguirme- gritó de nuevo Francisca entrando en su cuarto como alma que llevaba el diablo
- Pero madre está muy alterada, no es bueno para usted
- ¿Altera yo? ¿Por ese tabernero del tres al cuarto? Ni de broma. A no, eso sí que no, yo no me altero por nada, por nada, ¿me oyes?
- ¿Entonces por qué no para de gritar?
- ¡No grito es mi tono de voz!- aunque de hecho se estaba dejando la garganta
- Sí claro. ¿Y no estará celosa?
- ¿Celosa yo? Qué tontería más grande, la más grande que he escuchado hoy. Ni estoy celosa, ni tengo por qué estarlo, ni lo estoy.
- ¿Seguro? Madre, admita que está celosa de Doña Águeda
- Que no estoy celosa, carajo, solo me gustaría despellejarla viva, quitarle el moño ese, otra vez, me gustaría… ser ella.- Para qué engañarnos, se dijo
Estaba celosa, claro que estaba celosa, era Raimundo, era el amor de su vida, era su vida, el padre de su hijo, por el que había hecho todo, por el que lo había dado todo. Todo para que él acabara en brazos de otra, otra vez, y otra vez. Estaba harta, harta de él y de ese amor que la embargaba cada vez que lo veía, cada vez que pensaba en él.
- Madre, ¿sigue ahí? – dijo de pronto Tristán
- Sí, sí, estaba pensando…
- Voy a hablar con Raimundo, quizás todavía se puedan arreglar las cosas
- ¡NO!- gritó ella. No podía hablar con Raimundo, no ahora que él sabía la verdad, sabía que era su hijo, ¿y si se lo decía? ¿qué haría?- No vayas a verlo, prefiero que te quedes aquí, me haces falta
- ¿Para qué?- dijo él extrañado
- Pues porque…- Una excusa, me hace falta una excusa- Me duelen las piernas, necesito que me lleves
- Pero si está de pie y se ha pegado una buena caminata, no puede ser que ahora no pueda caminar
- No, yo… es que…- Sintiéndose acorralada en su propia mentira, lo mejor que le ocurrió fue fingir un desvanecimiento cayéndose al suelo, con tal mala pata que se golpeó en la cabeza contra el quicio de la chimenea- Vaya que daño me he hecho- se paso la mano por la cabeza para comprobar que se había hecho sangre.
- Quédese ahí madre, que voy a por un paño y algo de agua- dijo Tristán saliendo
- Vale, pero no vayas a ver a Raimundo- le gritó mientras él se iba.
Pues vaya suerte la suya, dejada y apaleada por su propio mobiliario. Decidió no levantarse para evitar el predecible mareo y dolor de cabeza que le sobrevendría, así que era mejor esperar. Esperar, lo que llevaba haciendo toda su vida, para nada. Se recostó agotada junto a la chimenea y entonces le pareció ver algo, pero no, no podía ser. O sí. ¿Qué era? Se acercó hacia el fondo de la chimenea que tocaba la pared, bajo la losa de piedra ya un tanto corroída por el tiempo, cubierta de cenizas y visiblemente envejecida le pareció distinguir el borde de una carta. Se acercó a la zona de sus pesquisas para darse cuenta de que sí era una carta, pero esa carta… Los bordes del sobre estaban desgastados, la tinta se había descolorido por las inclemencias del tiempo pero todavía podía reconocer la letra de Raimundo.
Querida Francisca,
Soy un cobarde. Mañana he de partir con mi padre para prometerme con una mujer a la que no amo por imposición de mi progenitor. Y soy un cobarde porque soy incapaz de decírtelo. Esta noche pretendía hacerlo, pero no puedo ver cómo se rompe tu corazón. Y me odio a mí mismo por osarme a escribir estas palabras mientras tú duermes plácidamente a mi lado, ajena a la crueldad del mundo empeñado en separarnos.
¿Cómo puedo decirte en una carta todo lo que siento ahora mismo? Viéndote a mi lado y sabiendo que nunca más serás mía, escuchando tu pausada respiración sabiendo que mañana te partiré el alma. No, no puedo explicarte lo que siento, ni puedo pedirte que me perdones pues no merezco tu perdón. Entendería que aunque leyeses esta carta decidieses aborrecerme y continuar con tu vida. Pero por favor, por favor, mi amor, solo te pido, te suplico una cosa: sé feliz. Es lo único que deseo, es lo único por lo que vivo, por protegerte, para garantizar tu felicidad. Quizás ahora no me entiendas, quizás no lo hagas nunca, mas has de saber que te amo más que a nada.
Puedes dudar de todo lo que conoces, dudar de que existan las estrellas, dudar de que el sol vuelva a salir, pero nunca dudes de mi amor por ti. Esta noche me has dicho que siempre me esperarías. No quiero que lo hagas, quiero que vivas tu vida aunque yo no esté en ella. Sin embargo, mi pequeña, te prometo una cosa, y es que no importa lo que pase, no importa el tiempo que tarde, no importa los obstáculos que tenga que superar, te juro por mi vida, por mi alma, por nuestro amor, que algún día volveré a ti. Algún día conseguiré liberarme de mi padre, de este compromiso sin sentido y cuando sea libre regresaré a tu lado, pues es allí donde pertenezco. Aunque sé que no puedo pedirte que me esperes eternamente. No puedo dejar que arruines tu vida de ese modo… Pero Francisca, si llegado el momento, si me sigues esperando, si consigues perdonarme coloca un candil junto a tu ventana por la noche, cada noche. Tu amor será como el faro que guía al extraviado navegante de vuelta a su hogar. No necesito más. Mientras vea esa luz sabré que hay esperanza y mientras me quede una mínima esperanza, mientras me quede un hálito de vida, lucharé por volver a tu lado.
Mi querida Francisca te ruego que creas mis palabras, sé que vas a sufrir, los dos lo haremos, y me duele saber que seré yo el causante. Pero el mundo es cruel, antojadizo, el destino nos usa como juguetes con los que pasar su tiempo. Mas yo te quiero, con todo mi corazón, con todo mi ser, y al igual que sé que el sol saldrá cada mañana y que tras el invierno llega la primavera, tengo el convencimiento de que algún día, algún día volveremos a estar juntos. No me odies. No me olvides. Espérame amor mío. Volveré a ti.
Siempre tuyo, Raimundo.
#6723
26/03/2012 11:29
RUHT : QUE final mas bonito y romantico para ese gran relato que grande eres , ya estoy deseando que pongas otro .
LAURY: Que loca pero que sepas que me encanta tus loculas y siencima me pones asi al ulloa la que vuelvo loca soy yo , en cuanto tu relato estoy deseando saver que pensara francisca despues de leer la carta .
MIRI: Como me gusta que el ulloa este celoso ojala en la serie le pasara lo mismo haver si reaciona de una vez y lucha por ella ya que antes no pudo asi que como en la serie de monento nada estoy deseando que sigas para ver que hace el ulloa.
UNBESITO ARTISTAS
LAURY: Que loca pero que sepas que me encanta tus loculas y siencima me pones asi al ulloa la que vuelvo loca soy yo , en cuanto tu relato estoy deseando saver que pensara francisca despues de leer la carta .
MIRI: Como me gusta que el ulloa este celoso ojala en la serie le pasara lo mismo haver si reaciona de una vez y lucha por ella ya que antes no pudo asi que como en la serie de monento nada estoy deseando que sigas para ver que hace el ulloa.
UNBESITO ARTISTAS
#6724
26/03/2012 19:10
Escenas del cap. de hoy. 277.
-Raimundo tiene un plan. Estará pendiente para que cuando Juan Castañeda fracase él pueda delatarle o negociar su silencio. Pero Emilia no confía en él. (Parte 1, minuto 7:19)
-Escena de Rosario y Emilia. Más tarde llega Tristán. (Parte 2, minuto 8:05) Esta escena os sonará ;)
-Los Ulloa. Como me gusta verlos juntos. (Parte 3, minuto 5:20)
-Raimundo en la Casa de Comidas. (Parte 4, minuto 00:17)
-Francisca con Emilia. ¡La adoro! (Parte 4, minuto 3:00)
-Merienda en la Casona. No me ha hecho ninguna, lo que se dice ninguna, gracia lo que ha dicho Francisca. (Parte 4, minuto 7:20)
Y yo me voy ya, que llego tardísimo.
Un beso
-Raimundo tiene un plan. Estará pendiente para que cuando Juan Castañeda fracase él pueda delatarle o negociar su silencio. Pero Emilia no confía en él. (Parte 1, minuto 7:19)
-Escena de Rosario y Emilia. Más tarde llega Tristán. (Parte 2, minuto 8:05) Esta escena os sonará ;)
-Los Ulloa. Como me gusta verlos juntos. (Parte 3, minuto 5:20)
-Raimundo en la Casa de Comidas. (Parte 4, minuto 00:17)
-Francisca con Emilia. ¡La adoro! (Parte 4, minuto 3:00)
-Merienda en la Casona. No me ha hecho ninguna, lo que se dice ninguna, gracia lo que ha dicho Francisca. (Parte 4, minuto 7:20)
Y yo me voy ya, que llego tardísimo.
Un beso
#6725
26/03/2012 22:09
Genial el capítulo de hoy y coincido contigo Miri, estamos teniendo unos cuantos guiños.
Para mi a destacar del capítulo de hoy por supuesto la escena Paca-Emilia (mortallllll) y la de Emilia-Sole. Me encanta que trabaje en la casona!!!
Para mi a destacar del capítulo de hoy por supuesto la escena Paca-Emilia (mortallllll) y la de Emilia-Sole. Me encanta que trabaje en la casona!!!
#6726
26/03/2012 23:23
Buenas noches,
Un saludo para todas, yo suelo escribir en el hilo de Alfonso y Emilia, pero ahora que nuestras tramas se entrelazan no he podido resistir la tentación de "espiaros".
La escena de hoy de Emilia y Francisca ha sido de órdago, ¿no os parece?, aunque también he disfrutado mucho de Soledad, esas dos mujeres tanteándose, vacilando sobre como comportarse.....
Creo que se avecinan buenos tiempos para estas tramas y al fin tendréis el acercamiento de vuestra pareja que os merecéis.
........................
Bueno, algunas ya lo sabéis, pero he actualizado la biblioteca, todavía me faltan algunas historias, pero ya podéis disfrutar de muchas reunidas, sin tener que rebuscar por el hilo.
En este enlace las tenéis: Biblioteca- 2ª Generación.
P.D: Por supuesto si alguien quiere que le incluya, que me mande un privi y solucionado. Sé que no estáis todos los que sois. No dudéis en decirme si algún enlace no se corresponde e intentaré solucionarlo.
Un saludo para todas, yo suelo escribir en el hilo de Alfonso y Emilia, pero ahora que nuestras tramas se entrelazan no he podido resistir la tentación de "espiaros".
La escena de hoy de Emilia y Francisca ha sido de órdago, ¿no os parece?, aunque también he disfrutado mucho de Soledad, esas dos mujeres tanteándose, vacilando sobre como comportarse.....
Creo que se avecinan buenos tiempos para estas tramas y al fin tendréis el acercamiento de vuestra pareja que os merecéis.
........................
Bueno, algunas ya lo sabéis, pero he actualizado la biblioteca, todavía me faltan algunas historias, pero ya podéis disfrutar de muchas reunidas, sin tener que rebuscar por el hilo.
En este enlace las tenéis: Biblioteca- 2ª Generación.
P.D: Por supuesto si alguien quiere que le incluya, que me mande un privi y solucionado. Sé que no estáis todos los que sois. No dudéis en decirme si algún enlace no se corresponde e intentaré solucionarlo.
#6727
27/03/2012 09:08
Hola, hola amores!!! MEnudo capi el de ayer, la Paca-Emi!! genial, genial, genial!!
Ro corazon, lo que me acorde de ti en la escena padre-hijo porque si con uno me derrito y con el otro apenas me controlo con los dos a a vez casi muero!!jajaja
Sobre todo porque estaba un poco...desesperada porque mi profe Mister Anatomia
(qeu guapeton!!) no vino a clase, y llego otra...
Os dejo un capi qeu llega la profe de cierto ligero mal humor...
SUEÑOS DEL PASADO
No. Raimundo… Su Raimundo. ¿Por qué no leyó aquella carta en su momento? ¿Por qué no logró encontrarla 30 años atrás? De haberla leído, de haberlo sabido, todo podía haber sido tan distinto. Todo. Entonces recordó lo sucedido, aquellos recuerdos que había luchado por mantener ocultos, aquellos gritos, aquel dolor, el sonido del látigo al chasquear sobre su piel, el fuego devorando sus mayores tesoros. Su padre debía de haber lanzado la carta, oculta en la camisa de Raimundo, pero por algún extraño motivo, había sobrevivido, oculta entre la ceniza, yaciendo aguardando el momento de desvelar su contenido. Y ahora, treinta años después, Francisca sintió que toda su vida había sido un desperdicio, una farsa. Raimundo le había dicho la verdad, la dejó por su bien, pero la quería. La había querido. Si lo hubiera sabido, si no se hubiera dejado llevar por el dolor, por la rabia, si hubiera tenido aquella carta o alguna pequeña pista que le dijese que Raimundo la amaba, si hubiese si quiera imaginado que él la quería, no hubiera sido así. No hubiera tratado de arruinarle la vida. Dios, ¿cómo podía haberle hecho eso? Lo había destrozado, lo había arruinado, lo había golpeado una y otra vez de todas las formas que fue capaz de concebir, todo por una traición que nunca fue tal. Porque él la quería… la quiso ¿pero cómo seguir queriéndola después de todo lo que le había hecho? ¿Podría seguir queriéndola? Era demasiado difícil, ella era demasiado difícil, ¿cómo iba a seguir queriéndola? Pero no podía renunciar a él, no podía, ¿y si aún la quería? ¿Qué podía hacer? Una sola idea cruzó su mente: “Volveré a ti” Aquello rezaba su carta, aquella fue su promesa. No importaba el tiempo, no importaba lo que pudiera pasar, ni el viento, ni la lluvia ni la más aciaga tormenta, su amor lo superaría todo y volvería a encontrarse. ¿Era acaso una soñadora, una ilusa por pensar que él pudiera quererla a pesar de todo, a pesar del tiempo y la distancia? Tal vez, pero no le importaba. Buscó entre sus pertenencias un candil que funcionase y lo acercó a la ventana. Rezando porque aquella débil llama que tintineaba entre el diáfano cristal pudiese reavivar el amor de Raimundo, Francisca miró al cielo. De entre todas las brillantes estrellas buscó solo una, la suya, la de los dos, el brillante astro al que Raimundo y ella habían confiado sus secretos, sus anhelos, sus deseos. Mirando a aquella vieja conocida compañera de demasiadas noches en vela Francisca se preguntó por qué todo tenía que ser tan difícil. Y, por primera vez en treinta años, formuló un deseo, una súplica, un ruego, solo uno: Vuelve conmigo.
Ro corazon, lo que me acorde de ti en la escena padre-hijo porque si con uno me derrito y con el otro apenas me controlo con los dos a a vez casi muero!!jajaja
Sobre todo porque estaba un poco...desesperada porque mi profe Mister Anatomia
(qeu guapeton!!) no vino a clase, y llego otra...
Os dejo un capi qeu llega la profe de cierto ligero mal humor...
SUEÑOS DEL PASADO
No. Raimundo… Su Raimundo. ¿Por qué no leyó aquella carta en su momento? ¿Por qué no logró encontrarla 30 años atrás? De haberla leído, de haberlo sabido, todo podía haber sido tan distinto. Todo. Entonces recordó lo sucedido, aquellos recuerdos que había luchado por mantener ocultos, aquellos gritos, aquel dolor, el sonido del látigo al chasquear sobre su piel, el fuego devorando sus mayores tesoros. Su padre debía de haber lanzado la carta, oculta en la camisa de Raimundo, pero por algún extraño motivo, había sobrevivido, oculta entre la ceniza, yaciendo aguardando el momento de desvelar su contenido. Y ahora, treinta años después, Francisca sintió que toda su vida había sido un desperdicio, una farsa. Raimundo le había dicho la verdad, la dejó por su bien, pero la quería. La había querido. Si lo hubiera sabido, si no se hubiera dejado llevar por el dolor, por la rabia, si hubiera tenido aquella carta o alguna pequeña pista que le dijese que Raimundo la amaba, si hubiese si quiera imaginado que él la quería, no hubiera sido así. No hubiera tratado de arruinarle la vida. Dios, ¿cómo podía haberle hecho eso? Lo había destrozado, lo había arruinado, lo había golpeado una y otra vez de todas las formas que fue capaz de concebir, todo por una traición que nunca fue tal. Porque él la quería… la quiso ¿pero cómo seguir queriéndola después de todo lo que le había hecho? ¿Podría seguir queriéndola? Era demasiado difícil, ella era demasiado difícil, ¿cómo iba a seguir queriéndola? Pero no podía renunciar a él, no podía, ¿y si aún la quería? ¿Qué podía hacer? Una sola idea cruzó su mente: “Volveré a ti” Aquello rezaba su carta, aquella fue su promesa. No importaba el tiempo, no importaba lo que pudiera pasar, ni el viento, ni la lluvia ni la más aciaga tormenta, su amor lo superaría todo y volvería a encontrarse. ¿Era acaso una soñadora, una ilusa por pensar que él pudiera quererla a pesar de todo, a pesar del tiempo y la distancia? Tal vez, pero no le importaba. Buscó entre sus pertenencias un candil que funcionase y lo acercó a la ventana. Rezando porque aquella débil llama que tintineaba entre el diáfano cristal pudiese reavivar el amor de Raimundo, Francisca miró al cielo. De entre todas las brillantes estrellas buscó solo una, la suya, la de los dos, el brillante astro al que Raimundo y ella habían confiado sus secretos, sus anhelos, sus deseos. Mirando a aquella vieja conocida compañera de demasiadas noches en vela Francisca se preguntó por qué todo tenía que ser tan difícil. Y, por primera vez en treinta años, formuló un deseo, una súplica, un ruego, solo uno: Vuelve conmigo.
#6728
27/03/2012 09:09
¿Por qué no podían volver a dónde estaban? Donde habían estado… Raimundo hubiera dado cualquier cosa por regresar a aquella noche, a aquel momento que podía haber cambiado sus vidas para siempre. Deseaba con todas sus fuerzas poder volver a aquel baile de compromiso en el que no siguió a Francisca, en el que siguió con la farsa que su padre había ideado y la perdió para siempre, si pudiera volver y hacer realidad su sueño. Si el destino les diera una segunda oportunidad. Era cierto que Francisca le había hecho mucho daño, y una parte de sí mismo sabía que no debería quererla, que no debería anhelarla con una desesperación que superaba su propia razón, pero lo había, y no había nada que pudiese cambiarlo, no había nada que pudiera hacer que dejase de amarla de aquella forma. ¿Para qué negar lo obvio? Siempre había sabido que sus vidas estaban y estarían unidas para siempre, en lo bueno y en lo malo, siempre juntos. Caminaba sin rumbo notando como la noche se cernía sobre él sin que le importase lo más mínimo porque desde que tuvo aquel revelador sueño, desde que pudo contemplar, incluso vivir en cierta forma una vida llena de felicidad, no dejaba de preguntarse por qué no la había tenido. Se sentía como Tántalo, el viejo condenado, el pobre preso perpetuo. Tántalo fue un griego al que los dioses condenaron al Tártaro, el más cruel de los infiernos, y su castigo eterno fue sufrir una sed terrible y un hambre espantosas mientras estaba inmerso en un río y bajo un manzano, mas cada vez que intentaba beber, el agua se tornaba tierra en sus labios y las jugosas manzanas desaparecían al tratar de alcanzarlas. Y aquel había sido también su castigo, vivir siempre enamorado, siempre necesitándola, anhelándola, viéndola cada día, sintiéndola al alcance de su mano pero sin poder tocarla, sin poder quererla, sin poder decirle lo mucho que la amaba. Y no podía evitar preguntarse qué clase de seres rastreros y manipuladores podían haber trastocado de aquella manera su vida, por qué razón los habían separado y habían porfiado una y otra vez, y otra, y otra más en mantenerlos separados. Se sentía como una marioneta cuyos hilos estaban a merced de unos seres sin escrúpulos que jugaban con ellos (para nosotras los míster lionistas), como si su vida hubiera sido una vana excusa para alguna novela romántica y no pudiera llegar nunca a ser feliz, que nunca pudiera beber ni saciar su sangre porque con ello, con su dicha llegaría el final. ¿Acaso estaba loco? Probablemente, pero qué más daba, si lo había perdido todo y lo único que quería era una segunda oportunidad, borrarlo todo, olvidarlo y volver a empezar. Solo una oportunidad. Sin saber muy bien cómo, sus pasos lo llevaron a las cercanías de la Casona, desde donde alcanzaba la ventana de Francisca, desde donde tantas otras noches, muchos años atrás había esperado en vano para ver una luz que le impulsara a luchar por ella, un resquicio de su amor, la esperanza que le pidió. Pero seguía tan oscura como siempre. Se dejó caer abatido levantando la vista al cielo para encontrarse con una vieja conocida, una estrella, su estrella. Su lejana confidente a la que tantas veces había pedido que detuviese el tiempo, que volviera atrás. Hacía años que había desistido en su empeño de rogar a una estrella que parecía ignorarle, pero estaba desesperado y deseaba una cosa, solo una con todas sus fuerzas, solo quería una señal. Bajó la vista justo a tiempo para ver cómo se encendía una luz en su ventana. Una luz. Una esperanza. ¿Podía ser? Tenía que ser. Aquello era todo lo que necesitaba, lo único que necesitaba para luchar por ella. Bueno, necesitaba eso y otra cosa más…
A la mañana siguiente Raimundo volvió a dar un paseo por los alrededores de la Casona y
aunque se moría de ganas de ver a Francisca, no era ella el objeto de su Francisca, sino…
- Tristán, espera- le gritó al verlo salir por la enorme puerta de la casa
- Raimundo ¿qué hace aquí?
- Yo- no había podido imaginar la emoción que sentiría a estar frente a él sabiendo que era su hijo, suyo y de Francisca. Su hijo, su primogénito. Deseaba poder llamarlo hijo, pero aún no era el momento y lo sabía- Tristán, quería preguntarte cómo seguía tu madre
- Bien, tranquilo. Ayer llegó a casa hecha un mar de nervios, ya la conoce, pero al rato se sosegó. En realidad tuvo que golpearse en la cabeza para callarse…
- ¿Se golpeó? ¿Pero está bien?
- Sí, tranquilo, no fue nada, yo fui a por unas gasas y cuando volví todo su genio había desaparecido inexplicablemente. No la entiendo, la verdad
- Ni tú ni nadie hijo…Digo Tristán- apoyó la mano sobre su hombro- Pero eres un buen hombre, bueno con ella a pesar de su carácter y honrado, cualquier hombre estaría orgulloso de ser tu padre.
- Gracias- dijo Tristán aunque le costaba ocultar su turbación, no entendía por qué lo decía.
- Aunque en realidad he venido a pedirte un favorcillo.
- Usted dirá
- Tutéame por favor.
- Está bien, pues dime Raimundo, ¿qué necesitas?
Raimundo se limitó a sonreír.
Todavía más confundido, Tristán volvió a la Casona para encontrarse con su madre en el salón.
- No se lo va a creer madre.- dijo él
- ¿Qué?
- Me he encontrado con Raimundo
- ¡¿Cómo?! ¿Y qué te ha dicho? Tonterías sin duda, no le hagas caso.
- No me ha dicho nada. ¿Por qué están todos tan raros? Solo me ha pedido una cosa
- ¿El qué?- dijo Francisca extrañada
- Un caballo- dijo Tristán
Si, si, si... es lo que estais pensando!! caballo blanco...Por cierto kumita gracias por todo!!
A la mañana siguiente Raimundo volvió a dar un paseo por los alrededores de la Casona y
aunque se moría de ganas de ver a Francisca, no era ella el objeto de su Francisca, sino…
- Tristán, espera- le gritó al verlo salir por la enorme puerta de la casa
- Raimundo ¿qué hace aquí?
- Yo- no había podido imaginar la emoción que sentiría a estar frente a él sabiendo que era su hijo, suyo y de Francisca. Su hijo, su primogénito. Deseaba poder llamarlo hijo, pero aún no era el momento y lo sabía- Tristán, quería preguntarte cómo seguía tu madre
- Bien, tranquilo. Ayer llegó a casa hecha un mar de nervios, ya la conoce, pero al rato se sosegó. En realidad tuvo que golpearse en la cabeza para callarse…
- ¿Se golpeó? ¿Pero está bien?
- Sí, tranquilo, no fue nada, yo fui a por unas gasas y cuando volví todo su genio había desaparecido inexplicablemente. No la entiendo, la verdad
- Ni tú ni nadie hijo…Digo Tristán- apoyó la mano sobre su hombro- Pero eres un buen hombre, bueno con ella a pesar de su carácter y honrado, cualquier hombre estaría orgulloso de ser tu padre.
- Gracias- dijo Tristán aunque le costaba ocultar su turbación, no entendía por qué lo decía.
- Aunque en realidad he venido a pedirte un favorcillo.
- Usted dirá
- Tutéame por favor.
- Está bien, pues dime Raimundo, ¿qué necesitas?
Raimundo se limitó a sonreír.
Todavía más confundido, Tristán volvió a la Casona para encontrarse con su madre en el salón.
- No se lo va a creer madre.- dijo él
- ¿Qué?
- Me he encontrado con Raimundo
- ¡¿Cómo?! ¿Y qué te ha dicho? Tonterías sin duda, no le hagas caso.
- No me ha dicho nada. ¿Por qué están todos tan raros? Solo me ha pedido una cosa
- ¿El qué?- dijo Francisca extrañada
- Un caballo- dijo Tristán
Si, si, si... es lo que estais pensando!! caballo blanco...Por cierto kumita gracias por todo!!
#6729
27/03/2012 18:52
Como diria mi mami: Hola torpedaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!
Anda que pa tprpedo YO porque direis: "pero ya esta aqui la tia cansina!!" Si, y lo siento en el alma pero como mi conexion de internet aqui en Valencia capi no me deja conectrme al chat
pues os echo mucho de menos!!
oooooooooooohhhhh y he dicho pues voy a dejarles una notita para qeu sepan qeu no me olvido de ellas.
1º Hoy he aprendido una cosa super importante: la formacion en el embrión del tubo cardiaco?NO, los mecanismos de regulación del gastro cardíaco? NO, la organizacion histologica del axon neuronal? Va ser qeu no! Algo mucho mejor. Hoy ha dicho mi Anselmo-teacher (que en vez de cura es lo mas parecido a un filosofo de la facultad jaja) le dice a una compi mia que hoy estaba estresada no lo siguiente
!! a mi casi me mata porque dice que le estreso...no se porque jajaja... bueno pues este hombre va y le dice: "Aquí es cuando se demuestra la madurez como persona, cuando no dejas que el estres te afecte y lo sobrellevas y encuentras algo para mantener tu alegria y mantenerte feliz" Y he pensado yo: ostras, eso quiere decir que cuando veo la novela y hago anuncios como la Laca-paca estoy ejerciendo mi madurez??? Me sorprende lo madura qeu soy...jajaja
si, si, luego me decis loca, pero ahora resulta que los locos somos los mas sensatos!!jajaja, eso por no deciros que mi nuevo proyecto de comunicacion va a consistir en un video y yo quiero hacer d epaciente loca!! jajaja que bueno
Ahora pasemos a temas mas serios...la novela. Pero vamos a ver, por que aqui se empeñan en fastidiar a todos los gremios??Primero colocan un medico tras otro que no da pie con bola, que la doc mucho operar cervicales para dejar a alguien paralitica (lso nervios que controlan las piernas estan a nivel lumbar) mucha enfermedad rara de la bicha, pero ni hacer una triste transfusion de sangre sabe; y ahor ael investigador qeu esta investigando mucho, pero la forma de trifulcarse (calzarse a la partera) jajaja. O sea qeu los únicos gremios que pueden estar satisfechos por la representacion son los taberneros sexys y las caciques con mala leche! Ole!
Pues dicho esto... voy a ejercer mi madurez yéndome a estudiar para variar jaja. Por cierto, ya os dije qeu tengo una sorpresita no, un sorpreson!! vamos la laca paca se va a quedar anticuada cuando veais lo qeu tengo hecho, pero os dejare esperando un porquito mas...
Muchos besos!!
Anda que pa tprpedo YO porque direis: "pero ya esta aqui la tia cansina!!" Si, y lo siento en el alma pero como mi conexion de internet aqui en Valencia capi no me deja conectrme al chat
pues os echo mucho de menos!!
oooooooooooohhhhh y he dicho pues voy a dejarles una notita para qeu sepan qeu no me olvido de ellas.1º Hoy he aprendido una cosa super importante: la formacion en el embrión del tubo cardiaco?NO, los mecanismos de regulación del gastro cardíaco? NO, la organizacion histologica del axon neuronal? Va ser qeu no! Algo mucho mejor. Hoy ha dicho mi Anselmo-teacher (que en vez de cura es lo mas parecido a un filosofo de la facultad jaja) le dice a una compi mia que hoy estaba estresada no lo siguiente
!! a mi casi me mata porque dice que le estreso...no se porque jajaja... bueno pues este hombre va y le dice: "Aquí es cuando se demuestra la madurez como persona, cuando no dejas que el estres te afecte y lo sobrellevas y encuentras algo para mantener tu alegria y mantenerte feliz" Y he pensado yo: ostras, eso quiere decir que cuando veo la novela y hago anuncios como la Laca-paca estoy ejerciendo mi madurez??? Me sorprende lo madura qeu soy...jajaja
si, si, luego me decis loca, pero ahora resulta que los locos somos los mas sensatos!!jajaja, eso por no deciros que mi nuevo proyecto de comunicacion va a consistir en un video y yo quiero hacer d epaciente loca!! jajaja que buenoAhora pasemos a temas mas serios...la novela. Pero vamos a ver, por que aqui se empeñan en fastidiar a todos los gremios??Primero colocan un medico tras otro que no da pie con bola, que la doc mucho operar cervicales para dejar a alguien paralitica (lso nervios que controlan las piernas estan a nivel lumbar) mucha enfermedad rara de la bicha, pero ni hacer una triste transfusion de sangre sabe; y ahor ael investigador qeu esta investigando mucho, pero la forma de trifulcarse (calzarse a la partera) jajaja. O sea qeu los únicos gremios que pueden estar satisfechos por la representacion son los taberneros sexys y las caciques con mala leche! Ole!
Pues dicho esto... voy a ejercer mi madurez yéndome a estudiar para variar jaja. Por cierto, ya os dije qeu tengo una sorpresita no, un sorpreson!! vamos la laca paca se va a quedar anticuada cuando veais lo qeu tengo hecho, pero os dejare esperando un porquito mas...
Muchos besos!!
#6730
27/03/2012 19:38
Hoy hay pocas escenas que rascar. Capítulo 278
-Se me rompió el corazón en esta escena, o mejor dicho en su final. Emilia y Raimundo hablan en la plaza. La joven duda si podrá volver a confiar en su padre. (Parte 2, minuto 5:56)
-Pequeño enfrentamiento entre Pepa y Francisca. (Parte 4, minuto 5:00)
-Francisca escucha como Emilia y Rosario hablan de ella. (Parte 4, minuto 7:30)
Dejo una pequeña capturilla de Raimundo viendo como Emilia se va.
-Se me rompió el corazón en esta escena, o mejor dicho en su final. Emilia y Raimundo hablan en la plaza. La joven duda si podrá volver a confiar en su padre. (Parte 2, minuto 5:56)
-Pequeño enfrentamiento entre Pepa y Francisca. (Parte 4, minuto 5:00)
-Francisca escucha como Emilia y Rosario hablan de ella. (Parte 4, minuto 7:30)
Dejo una pequeña capturilla de Raimundo viendo como Emilia se va.

#6731
28/03/2012 13:36
Buenos dias a todas:
Miri:me encanta la idaea de los celos jajaja ya era hora que la Paca se la desquitara por lo de la bicha y que mejor forma que recuperarse de su invalidez y buscarse un galán madurito jajajaj que haga remorderse al Rai de los celos jajaja, A RABIAR ULLOA por lo menos en el foro, haber si se fijan los guionistas y se nos hacen realidad la historia.
Laury ,mi gemelita, mi niñita, mi corazón, te extrañamos en el chat un montón jajaja bueno al menos yoooooo, tu hiatoria cada día más linda e interesante, ahora con un toque romántico con lo de la carta sigue que está super.
Un besito a todas voy corriendo para donde ya saben jajajaja..
Miri:me encanta la idaea de los celos jajaja ya era hora que la Paca se la desquitara por lo de la bicha y que mejor forma que recuperarse de su invalidez y buscarse un galán madurito jajajaj que haga remorderse al Rai de los celos jajaja, A RABIAR ULLOA por lo menos en el foro, haber si se fijan los guionistas y se nos hacen realidad la historia.
Laury ,mi gemelita, mi niñita, mi corazón, te extrañamos en el chat un montón jajaja bueno al menos yoooooo, tu hiatoria cada día más linda e interesante, ahora con un toque romántico con lo de la carta sigue que está super.
Un besito a todas voy corriendo para donde ya saben jajajaja..
#6732
28/03/2012 14:03
Siamesa,ya estás siguiendo con esa historia, porque pinta buenísima!!
deseando me tienes leer el siguiente capítulo
Bueno. Vuelvo con mi otro relato largo. Como hace mucho que no os subo capítulo, os pongo aquí en varias partes,todo lo que ya había subido para refrescar la memoria. Comienza en la escena siguiente al capítulo 63, después del desmayo de Raimundo delante de Francisca.
La historia trata de seguir lo que ocurrió en la serie,pero incluyendo las variantes que en realidad deberían haber ocurrido. Es mi historia alternativa a la real de...
Vacía. Apoyada en el quicio de la puerta, luchando contra ella misma, librando una intensa ofensiva interior entre la cordura, que no le permitía mostrar ningún signo de debilidad, y el corazón. Su triste alma atormentada, que pugnaba por vencer en la cruenta batalla y romper la muralla que había levantado durante tantos años, cimentándose en el rencor por un abandono del que nunca quiso saber el motivo. ¿Cuál podía ser sino que él nunca la amo? Y sin embargo, por encima de cualquier discusión, ella nunca había creído que esa fuera la razón, por más que sus labios se empeñaran en mancillar ese amor que un día floreció en su alma llenando cada espacio de ser. El mundo se confabuló en su contra casi desde el nacimiento de aquella relación que trastocó sus vidas: sus familias, enfrentadas por una razón que ninguno de los oponentes pudo defender de manera categórica. El dinero. Ese sucio papel del que ella había hecho su razón de ser, tratando de demostrar a aquel hombre que ocupaba la totalidad de sus pensamientos, que ella poseía ahora todo aquello por lo que un día él la dejó. Incluso ellos mismos, que quizá no supieron defender su historia.
Y ahora conocía la verdad. Su verdad. La verdad de Raimundo. Una confesión que le oprimía el pecho impidiendo que el aire llegara limpio a sus pulmones. ¿Pero estaba dispuesta creerla? ¿Estaba dispuesta a aceptar que todo el vacío que se había instalado a vivir en su interior cuando supo que él se casaba con otra, había sido en vano? Todo tenía en este momento un significado fútil para ella. ¿Qué importaba el pasado o el presente si el artífice de que ella siguiera respirando cada día, cuando lo más fácil hubiera sido dejarse morir lentamente, yacía inconsciente en aquel cuarto?
Su cuerpo no era suyo, dejó de emplearse a la razón para convertirse en siervo de sus sentimientos, que le ordenaron entrar en aquella estancia y enfrentarse a una realidad que no se podía esconder durante más tiempo. Ella, le amaba.
Jamás la habitación le había parecido tan oscura como en ese día lúgubre, en el que el destino, tirando sus dados y tomándoles a ellos como peones de un juego macabro, había decidido que Raimundo cayera desplomado en el jardín. ¡Qué irónico pensar que cuando uno se encuentra en lo más profundo de un pozo es imposible seguir cayendo…! Si Raimundo moría, con él se irían los últimos restos de la Francisca Montenegro que soñaba con una felicidad que le parecía negada. Los años y las cicatrices que surcaban su cuerpo, y que habían dejado una herida imborrable en su corazón, le habían enseñado que no se debían perseguir los sueños rotos por el camino.
El dueño de su vida descansaba apacible en la vasta extensión de una cama vestida con los más ricos ropajes que el dinero podía comprar. Desvanecido. De otra manera nunca hubiera consentido terminar recostado en su propio lecho. No hubo discusión en la Casona a la hora de decidir dónde debía esperar un inconsciente Raimundo la llegada del doctor Guerra, nadie osaba contradecirla y mucho menos en su propia casa. Y a pesar de que a ojos de todos, él era su enemigo más tenaz, ninguno supo apreciar que cuando Emilia descubrió el cuerpo inerte de su padre en el jardín, la persona que le estaba acompañando no era más que una mujer asustada que iba perdiendo poco a poco su aliento con cada minuto que Raimundo pasaba sin abrir los ojos.
Salió de su particular mundo de recuerdos para volver a dirigirle su mirada. Tímidamente, con el temor palpable de que él pudiera despertar de su desvanecimiento y sorprenderla a su lado, permitió que sus pasos la llevaran junto al hombre que más había amado en su vida, y al que a pesar de ella misma, seguía amando. Si pudiera entregar la vida por él, ofrecería hasta la última gota de su sangre porque se recuperara de la grave dolencia que le aquejaba. Prefería consentir que el sueño eterno cerrara para siempre sus propios ojos a tener que vivir en un mundo en el que la sonrisa de Raimundo, aunque no fuera dirigida a ella, se apagara para siempre.
Se sentó suavemente en el borde de la cama sonriendo por encima de una rebelde lágrima que se deslizó por su mejilla hasta morir en el borde de sus labios. Las yemas de los dedos le palpitaban ansiosas por recorrer el camino que delimitaba el rostro de Raimundo, y sin tener las fuerzas suficientes para resistir la ansiedad de volver a tocar su piel, se rindió a los deseos más profundos que protagonizaban los sueños que cada noche la acompañaban en su desvelo.
A pesar de los años transcurridos, reconoció cada trazo de su semblante, descubriendo nuevos surcos que el tiempo había sembrado a lo largo de su piel. Acarició con dulzura las líneas que se arremolinaban alrededor de sus ojos, y que ella sabía que se multiplicaban cada vez que ofrecía su limpia sonrisa a las personas a las que amaba, entre las que, tristemente, ella no se encontraba. Delimitó con la punta de los dedos sus labios antes de inclinarse hacia ellos para rozarles con los suyos, traspasándole su aliento en un intento de ofrecerle el impulso necesario para hacer frente a los duros momentos que le iban a tocar vivir a partir de ahora. Sintió su calidez bajo la sensible piel de su boca, y su alocada imaginación le permitió soñar, al menos por un momento, que él correspondía a su beso como tantas y tantas veces había hecho antaño, cuando solo el cielo que cubría sus cabezas, era el mudo testigo de sus furtivos encuentros.
Se incorporó con el conocimiento de que había tomado la única elección posible. No podía permitir que la muerte le arrebatara de su lado, y haría todo lo que estuviera en sus manos por evitar el fatal desenlace. Enjugó sus lágrimas, recomponiéndose para hacer frente al diagnóstico del doctor Guerra, que se encontraba en la cocina informando de las últimas novedades de la enfermedad de Raimundo a la única merecedora de recibirlas, su hija Emilia. Esperaría pacientemente, en la soledad de su despacho, oculta a los culpabilizadores ojos de Raimundo cuando este abandonara su casa, para tratar el asunto con el doctor. Ella misma se ocuparía de costear el tratamiento que consiguiera salvar la vida a Raimundo, enmascarando los verdaderos motivos que le impulsaban a hacerlo, bajo el vestido de alguna burda excusa.
Abrió con lentitud la puerta del cuarto sin poder evitar echar la vista atrás, a su pasado y a su presente, a ese hombre que reposaba en su cama, y que, como que existía un Dios en el cielo, también estaría en su futuro. Un desesperado “Te amo” se escapó de sus labios antes de cerrar la puerta a sus espaldas. Cubrió sus ojos con las manos mientras comenzaba a suplicar al cielo que consintiera que Raimundo Ulloa no desapareciera de su vida.
deseando me tienes leer el siguiente capítulo

Bueno. Vuelvo con mi otro relato largo. Como hace mucho que no os subo capítulo, os pongo aquí en varias partes,todo lo que ya había subido para refrescar la memoria. Comienza en la escena siguiente al capítulo 63, después del desmayo de Raimundo delante de Francisca.
La historia trata de seguir lo que ocurrió en la serie,pero incluyendo las variantes que en realidad deberían haber ocurrido. Es mi historia alternativa a la real de...
Raimundo y Francisca. Lo que debió ser (PARTE I)
[/b]Vacía. Apoyada en el quicio de la puerta, luchando contra ella misma, librando una intensa ofensiva interior entre la cordura, que no le permitía mostrar ningún signo de debilidad, y el corazón. Su triste alma atormentada, que pugnaba por vencer en la cruenta batalla y romper la muralla que había levantado durante tantos años, cimentándose en el rencor por un abandono del que nunca quiso saber el motivo. ¿Cuál podía ser sino que él nunca la amo? Y sin embargo, por encima de cualquier discusión, ella nunca había creído que esa fuera la razón, por más que sus labios se empeñaran en mancillar ese amor que un día floreció en su alma llenando cada espacio de ser. El mundo se confabuló en su contra casi desde el nacimiento de aquella relación que trastocó sus vidas: sus familias, enfrentadas por una razón que ninguno de los oponentes pudo defender de manera categórica. El dinero. Ese sucio papel del que ella había hecho su razón de ser, tratando de demostrar a aquel hombre que ocupaba la totalidad de sus pensamientos, que ella poseía ahora todo aquello por lo que un día él la dejó. Incluso ellos mismos, que quizá no supieron defender su historia.
Y ahora conocía la verdad. Su verdad. La verdad de Raimundo. Una confesión que le oprimía el pecho impidiendo que el aire llegara limpio a sus pulmones. ¿Pero estaba dispuesta creerla? ¿Estaba dispuesta a aceptar que todo el vacío que se había instalado a vivir en su interior cuando supo que él se casaba con otra, había sido en vano? Todo tenía en este momento un significado fútil para ella. ¿Qué importaba el pasado o el presente si el artífice de que ella siguiera respirando cada día, cuando lo más fácil hubiera sido dejarse morir lentamente, yacía inconsciente en aquel cuarto?
Su cuerpo no era suyo, dejó de emplearse a la razón para convertirse en siervo de sus sentimientos, que le ordenaron entrar en aquella estancia y enfrentarse a una realidad que no se podía esconder durante más tiempo. Ella, le amaba.
Jamás la habitación le había parecido tan oscura como en ese día lúgubre, en el que el destino, tirando sus dados y tomándoles a ellos como peones de un juego macabro, había decidido que Raimundo cayera desplomado en el jardín. ¡Qué irónico pensar que cuando uno se encuentra en lo más profundo de un pozo es imposible seguir cayendo…! Si Raimundo moría, con él se irían los últimos restos de la Francisca Montenegro que soñaba con una felicidad que le parecía negada. Los años y las cicatrices que surcaban su cuerpo, y que habían dejado una herida imborrable en su corazón, le habían enseñado que no se debían perseguir los sueños rotos por el camino.
El dueño de su vida descansaba apacible en la vasta extensión de una cama vestida con los más ricos ropajes que el dinero podía comprar. Desvanecido. De otra manera nunca hubiera consentido terminar recostado en su propio lecho. No hubo discusión en la Casona a la hora de decidir dónde debía esperar un inconsciente Raimundo la llegada del doctor Guerra, nadie osaba contradecirla y mucho menos en su propia casa. Y a pesar de que a ojos de todos, él era su enemigo más tenaz, ninguno supo apreciar que cuando Emilia descubrió el cuerpo inerte de su padre en el jardín, la persona que le estaba acompañando no era más que una mujer asustada que iba perdiendo poco a poco su aliento con cada minuto que Raimundo pasaba sin abrir los ojos.
Salió de su particular mundo de recuerdos para volver a dirigirle su mirada. Tímidamente, con el temor palpable de que él pudiera despertar de su desvanecimiento y sorprenderla a su lado, permitió que sus pasos la llevaran junto al hombre que más había amado en su vida, y al que a pesar de ella misma, seguía amando. Si pudiera entregar la vida por él, ofrecería hasta la última gota de su sangre porque se recuperara de la grave dolencia que le aquejaba. Prefería consentir que el sueño eterno cerrara para siempre sus propios ojos a tener que vivir en un mundo en el que la sonrisa de Raimundo, aunque no fuera dirigida a ella, se apagara para siempre.
Se sentó suavemente en el borde de la cama sonriendo por encima de una rebelde lágrima que se deslizó por su mejilla hasta morir en el borde de sus labios. Las yemas de los dedos le palpitaban ansiosas por recorrer el camino que delimitaba el rostro de Raimundo, y sin tener las fuerzas suficientes para resistir la ansiedad de volver a tocar su piel, se rindió a los deseos más profundos que protagonizaban los sueños que cada noche la acompañaban en su desvelo.
A pesar de los años transcurridos, reconoció cada trazo de su semblante, descubriendo nuevos surcos que el tiempo había sembrado a lo largo de su piel. Acarició con dulzura las líneas que se arremolinaban alrededor de sus ojos, y que ella sabía que se multiplicaban cada vez que ofrecía su limpia sonrisa a las personas a las que amaba, entre las que, tristemente, ella no se encontraba. Delimitó con la punta de los dedos sus labios antes de inclinarse hacia ellos para rozarles con los suyos, traspasándole su aliento en un intento de ofrecerle el impulso necesario para hacer frente a los duros momentos que le iban a tocar vivir a partir de ahora. Sintió su calidez bajo la sensible piel de su boca, y su alocada imaginación le permitió soñar, al menos por un momento, que él correspondía a su beso como tantas y tantas veces había hecho antaño, cuando solo el cielo que cubría sus cabezas, era el mudo testigo de sus furtivos encuentros.
Se incorporó con el conocimiento de que había tomado la única elección posible. No podía permitir que la muerte le arrebatara de su lado, y haría todo lo que estuviera en sus manos por evitar el fatal desenlace. Enjugó sus lágrimas, recomponiéndose para hacer frente al diagnóstico del doctor Guerra, que se encontraba en la cocina informando de las últimas novedades de la enfermedad de Raimundo a la única merecedora de recibirlas, su hija Emilia. Esperaría pacientemente, en la soledad de su despacho, oculta a los culpabilizadores ojos de Raimundo cuando este abandonara su casa, para tratar el asunto con el doctor. Ella misma se ocuparía de costear el tratamiento que consiguiera salvar la vida a Raimundo, enmascarando los verdaderos motivos que le impulsaban a hacerlo, bajo el vestido de alguna burda excusa.
Abrió con lentitud la puerta del cuarto sin poder evitar echar la vista atrás, a su pasado y a su presente, a ese hombre que reposaba en su cama, y que, como que existía un Dios en el cielo, también estaría en su futuro. Un desesperado “Te amo” se escapó de sus labios antes de cerrar la puerta a sus espaldas. Cubrió sus ojos con las manos mientras comenzaba a suplicar al cielo que consintiera que Raimundo Ulloa no desapareciera de su vida.
#6733
28/03/2012 14:04
Francisca escuchó voces al final del salón. Se levantó con sumo cuidado, evitando provocar el menor ruido que delatara su presencia en el despacho, y abrió un resquicio la puerta de la biblioteca. Se había resistido a hacerlo, pero necesitaba ver con sus propios ojos que Raimundo caminaba por su propio pie. Tembló cuando atisbó su presencia junto a Emilia, que le servía de apoyo mientras se despedía de Tristán. Un nudo le cerró la garganta. Otro secreto más que separaba sus vidas. La respiración se le atascó en los pulmones y se ocultó tras la puerta, cuando sintió que Raimundo dirigía su mirada hacia la biblioteca, quizá buscándole a ella.
¡Qué absurdo! Las revelaciones que había tenido a lo largo de aquel día habían afectado seriamente a su lucidez, pues le hacían ver como realidad aquello que anhelaba su corazón. Suspiró apoyada en la pared cuando la puerta de la Casona se cerró al fin.
A los pocos minutos, unos suaves golpes le despertaron de aquel letargo. La puerta se abrió revelando la presencia de Alberto Guerra.
- Doña Francisca, me dijeron que quería hablar conmigo… -.
Con una mano le indicó que tomara asiento. Ella hizo lo propio y respiró profundamente. La vida de Raimundo, estaba en juego.
....................................
Cepillaba las finas hebras color azabache de su pelo mientras pensaba en la conversación mantenida con el doctor Guerra apenas unas horas atrás. Se sentía rota por dentro al conocer el alcance de la enfermedad de Raimundo. Pero desde el momento en que él había caído fulminado en el jardín, se había visto obligada a disimular, a disfrazar su dolor. ¿Y qué diferencia existía con lo que llevaba haciendo casi 30 años? Ninguna. Se vio abocada a mentir. A fingir que los golpes de Salvador le llenaron de cicatrices no solo el cuerpo, sino el alma. A encubrir cuánto le dañaba el desprecio de sus hijos. A ocultar que aún amaba a un hombre que solo le brindaba su desprecio.
Suspiró desolada. Había ofrecido al doctor sufragar la operación que requería Raimundo sin importar el coste de la misma. Si algo le sobraba, era dinero. Se sonrió con desprecio mientras recorría con la mirada los lujos que revestían las cuatro paredes de ese cuarto que de pronto sintió más frío y desolador que nunca. Lo único que deseaba en este mundo, no se encontraba allí dentro. Irónicamente, solo necesitó la presencia de Raimundo durante un par de horas en ese dormitorio, para recordarle que ni todas las riquezas del mundo llenarían el vacío que asolaba su vida desde que había tenido que aprender a sobrevivir sin él.
La única condición que le puso a Alberto fue que su nombre jamás se viera relacionado con este asunto. ”Invente cualquier excusa” le dijo. Lo mismo que ella había hecho frente a él. Inventar una absurda patraña para disfrazar el porqué de hacerse cargo de los gastos. Conocía el orgullo de Raimundo, tan feroz y absurdo como el de ella. Y por esa razón sabía con certeza que si él conocía que ella estaba detrás, se negaría en rotundo a aceptar su ayuda.
Dejó el cepillo sobre el tocador y se levantó, yendo hacia la cama. Hacía ese mismo lecho en el que su amor había estado hace unas horas. No había tolerado que Rosario, su fiel Rosario, cambiara el juego de cama cuando Raimundo se marchó. Y esa buena mujer, conocedora de los grandes secretos de su existencia, había comprendido el por qué, mientras la tristeza invadía sus ojos mientras la miraba comprensiva.
Se arrodilló junto al borde, en el lugar en el que Raimundo había reposado, acariciando tan suavemente las sábanas que cubrieron su cuerpo que apenas las rozaba. Cerró los ojos, notándolas cálidas bajo sus dedos y sonrió con tristeza. Era lo más cerca que se había sentido de él en demasiados años. Abrió los ojos, incorporándose para librarse del camisón que le estaba quemando la piel, y cuando su cuerpo estuvo desnudo, tan libre como en demasiado tiempo no se había sentido, se acostó en el mismo rincón que él, abrigando su cuerpo con la huella de su presencia en esa cama.
Aferró la almohada con sus manos, acercándola hasta su rostro y aspirando el aroma inconfundible de Raimundo, presente aún en ella. Ese olor que tan bien recordaba y que se impregnó de pronto en cada célula de su cuerpo.
- Amor mío…-.
La llevó hasta sus labios para besarla una última vez antes de reposar su cabeza sobre ella y envolverla con sus brazos, sintiendo que, por lo menos esa noche, descansaría abrazada al recuerdo de Raimundo.
................................
Los días pasaron lentamente y al fin llegó el momento en que Raimundo debía partir hacia el hospital. Ella no quiso perder la oportunidad de verle marchar y despedirse de él en la lejanía. No sería apropiado que se presentara ante él para decirle adiós, para decirle que su corazón se marchaba con él en esa diligencia y que no tendría vida hasta que no volviera de nuevo a Puente Viejo. No, definitivamente, no procedía. Él no la hubiese creído.
Desde su calesa, vio cómo Raimundo se dirigía hasta la diligencia para desaparecer rápidamente en su interior. Mordió su labio inferior con fuerza para evitar derramar las lágrimas, que igual que pequeñas perlas de cristal, se arremolinaban y le quemaban los ojos. Pero no lo consiguió en esta ocasión a pesar del esfuerzo. Volvía a sentir el sabor metálico de la sangre en su boca, aunque esta vez, no lo había ocasionado la sucia mano de Salvador chocando violentamente contra su mejilla.
Acercó su mano, enfundada en un delicado guante de lino blanco, hasta su boca, húmeda por un llanto incesante, desplegando los dedos para depositar en ellos un beso tan suave como efímero. Apoyó después esa misma mano en el cristal de la calesa en un mudo “Hasta pronto” al amor de su vida.
- Regresa a mí Raimundo… Regresa a mí…
¡Qué absurdo! Las revelaciones que había tenido a lo largo de aquel día habían afectado seriamente a su lucidez, pues le hacían ver como realidad aquello que anhelaba su corazón. Suspiró apoyada en la pared cuando la puerta de la Casona se cerró al fin.
A los pocos minutos, unos suaves golpes le despertaron de aquel letargo. La puerta se abrió revelando la presencia de Alberto Guerra.
- Doña Francisca, me dijeron que quería hablar conmigo… -.
Con una mano le indicó que tomara asiento. Ella hizo lo propio y respiró profundamente. La vida de Raimundo, estaba en juego.
....................................
Cepillaba las finas hebras color azabache de su pelo mientras pensaba en la conversación mantenida con el doctor Guerra apenas unas horas atrás. Se sentía rota por dentro al conocer el alcance de la enfermedad de Raimundo. Pero desde el momento en que él había caído fulminado en el jardín, se había visto obligada a disimular, a disfrazar su dolor. ¿Y qué diferencia existía con lo que llevaba haciendo casi 30 años? Ninguna. Se vio abocada a mentir. A fingir que los golpes de Salvador le llenaron de cicatrices no solo el cuerpo, sino el alma. A encubrir cuánto le dañaba el desprecio de sus hijos. A ocultar que aún amaba a un hombre que solo le brindaba su desprecio.
Suspiró desolada. Había ofrecido al doctor sufragar la operación que requería Raimundo sin importar el coste de la misma. Si algo le sobraba, era dinero. Se sonrió con desprecio mientras recorría con la mirada los lujos que revestían las cuatro paredes de ese cuarto que de pronto sintió más frío y desolador que nunca. Lo único que deseaba en este mundo, no se encontraba allí dentro. Irónicamente, solo necesitó la presencia de Raimundo durante un par de horas en ese dormitorio, para recordarle que ni todas las riquezas del mundo llenarían el vacío que asolaba su vida desde que había tenido que aprender a sobrevivir sin él.
La única condición que le puso a Alberto fue que su nombre jamás se viera relacionado con este asunto. ”Invente cualquier excusa” le dijo. Lo mismo que ella había hecho frente a él. Inventar una absurda patraña para disfrazar el porqué de hacerse cargo de los gastos. Conocía el orgullo de Raimundo, tan feroz y absurdo como el de ella. Y por esa razón sabía con certeza que si él conocía que ella estaba detrás, se negaría en rotundo a aceptar su ayuda.
Dejó el cepillo sobre el tocador y se levantó, yendo hacia la cama. Hacía ese mismo lecho en el que su amor había estado hace unas horas. No había tolerado que Rosario, su fiel Rosario, cambiara el juego de cama cuando Raimundo se marchó. Y esa buena mujer, conocedora de los grandes secretos de su existencia, había comprendido el por qué, mientras la tristeza invadía sus ojos mientras la miraba comprensiva.
Se arrodilló junto al borde, en el lugar en el que Raimundo había reposado, acariciando tan suavemente las sábanas que cubrieron su cuerpo que apenas las rozaba. Cerró los ojos, notándolas cálidas bajo sus dedos y sonrió con tristeza. Era lo más cerca que se había sentido de él en demasiados años. Abrió los ojos, incorporándose para librarse del camisón que le estaba quemando la piel, y cuando su cuerpo estuvo desnudo, tan libre como en demasiado tiempo no se había sentido, se acostó en el mismo rincón que él, abrigando su cuerpo con la huella de su presencia en esa cama.
Aferró la almohada con sus manos, acercándola hasta su rostro y aspirando el aroma inconfundible de Raimundo, presente aún en ella. Ese olor que tan bien recordaba y que se impregnó de pronto en cada célula de su cuerpo.
- Amor mío…-.
La llevó hasta sus labios para besarla una última vez antes de reposar su cabeza sobre ella y envolverla con sus brazos, sintiendo que, por lo menos esa noche, descansaría abrazada al recuerdo de Raimundo.
................................
Los días pasaron lentamente y al fin llegó el momento en que Raimundo debía partir hacia el hospital. Ella no quiso perder la oportunidad de verle marchar y despedirse de él en la lejanía. No sería apropiado que se presentara ante él para decirle adiós, para decirle que su corazón se marchaba con él en esa diligencia y que no tendría vida hasta que no volviera de nuevo a Puente Viejo. No, definitivamente, no procedía. Él no la hubiese creído.
Desde su calesa, vio cómo Raimundo se dirigía hasta la diligencia para desaparecer rápidamente en su interior. Mordió su labio inferior con fuerza para evitar derramar las lágrimas, que igual que pequeñas perlas de cristal, se arremolinaban y le quemaban los ojos. Pero no lo consiguió en esta ocasión a pesar del esfuerzo. Volvía a sentir el sabor metálico de la sangre en su boca, aunque esta vez, no lo había ocasionado la sucia mano de Salvador chocando violentamente contra su mejilla.
Acercó su mano, enfundada en un delicado guante de lino blanco, hasta su boca, húmeda por un llanto incesante, desplegando los dedos para depositar en ellos un beso tan suave como efímero. Apoyó después esa misma mano en el cristal de la calesa en un mudo “Hasta pronto” al amor de su vida.
- Regresa a mí Raimundo… Regresa a mí…
#6734
28/03/2012 14:04
Los recuerdos se arremolinaban en su cabeza mientras escuchaba el rudo repiqueteo de la diligencia por el empedrado del camino. Toda su vida iba pasando lentamente ante sus ojos. Su infancia, marcada por la rígida educación de su padre, aunque compensada por el calor y amor de su madre. Lástima que la vida quisiera llevársela demasiado pronto. Los libros, aquellos compañeros de fatigas que le habían arropado cuando la soledad era tan inmensa que amenazaba con devorarle bajo su manto. Natalia, que le ayudó cuando estaba sumido en lo más profundo de los abismos y que le dio razones para seguir adelante. Dos buenas razones: Sebastián y Emilia. Sus hijos. Sus niños. Por ellos había luchado contra viento y marea por sobrevivir en un mundo que se le antojaba vacío y sin sentido desde que ella no formaba ya parte de su vida. Ella. Francisca. La única dueña de sus pensamientos, presente en todos y cada uno de ellos. Podía estar haciendo otras cosas pero Francisca siempre estaba allí, en su piel, en su corazón. No sabía si la amaba más que la odiaba o al contrario. Ella había logrado arrebatarle todo, despreciando ese amor que un día compartieron y que, para él, había sido como un soplo de aire fresco en su triste y oscura existencia.
Cerró los ojos dejando caer la cabeza hacía atrás. Recordó su último encuentro en el jardín de la Casona. ¿Por qué le había llamado aquel día en realidad? En lo más hondo de su ser, tenía la absurda corazonada de pensar que fue por él. No eran pocas las ocasiones en las que se descubría soñando que ella aún albergaba algún tipo de sentimiento parecido al amor. Sin embargo, sus acciones le habían dejado bien claro que todo eso que él soñaba no era más que una utopía. Un sueño que jamás volvería a convertirse en realidad. ¡Qué duro es vivir sabiendo que la persona a la que se ama con toda el alma no te corresponde de igual forma! Y más aún cuando un día que ahora parecía tan lejano, juntos compartieron sueños de futuro, que estallaron en mil pedazos ante sus ojos, dejando únicamente odio y rencor. Y es que un resentimiento tan grande, solo puede ser resultado de un amor igual de intenso. Ambos se habían hecho tanto daño a lo largo de los años, que su posible unión se hacía prácticamente improbable. Eso es lo que le gritaba su parte cabal. Palabras bien distintas era las que le dictaba su corazón, que sabía que correría de nuevo a su lado en cuanto ella mostrase un pequeño signo que delatara algo de ese amor que un día vivieron. Y el conocimiento de ese hecho, le destrozaba por dentro. Tan esclavo se sentía de ese amor que sabía que moriría amando a esa mujer.
Morir. Quizá ahora mismo iba hacia una muerte segura. Quizá por eso, todo aquello que les había separado estos años, parecía diluirse con cada metro que recorría en esa diligencia y que le alejaba de Puente Viejo ¿De qué ha servido tanta animadversión, tanto odio, si ahora, cuando más asustado se sentía, cuando existía la posibilidad de no volver a ver su rostro, lo único que añoraba era poder tener aferrada su mano? No volver a sentir la calidez de sus labios bajo los suyos, el aroma de su cuerpo y aquellas palabras de amor que tantas veces le había susurrado…
Se sentía como un cobarde, tal y como ella le había reprochado en infinidad de ocasiones. En todos estos días pasados, desde que supo que tenía que partir del pueblo para operarse, no había tenido el valor suficiente para despedirse de ella. Por si acaso. Por si no volvía. Y sin embargo, las imágenes soñadas de ese “hasta pronto”, habían sido sus fieles compañeras a lo largo de las largas noches en vela. Rememoró cada gesto, cada palabra que le hubiera dicho en ese momento. Le habría obligado a escucharle, aunque ella no lo quisiera hacerlo. Habría descargado su alma ante la posibilidad no volver junto a ella. Y después, habría besado sus labios hasta robarle la última gota de aliento. El mismo aliento que él necesitaba para poder combatir en esta batalla, que aunque difícil, no daba por perdida. Era un Ulloa. Nunca se rendía. Aunque sintiera que con Francisca Montenegro hubiera tirado la toalla hace demasiado tiempo.
-Padre, hemos llegado -.
El suave toque de Emilia en su brazo, le sacó de aquella ensoñación en la que estaba inmerso casi desde el momento de la partida. Había llegado la hora de hacer frente a la segunda ocasión en la que había tenido que luchar contra la muerte. La primera de ellas, cuando tuvo que dejar a Francisca y el dolor se le hizo insoportable. La segunda, a tan solo apenas unas horas.
Instalado ya en aquella fría cama de hospital, aguantaba como podía las ganas de derrumbarse y se mostraba animado. Quería dejar todo atado y bien atado, y sobreponiéndose a la pena, no quiso dejar pasar la oportunidad de despedirse de la otra mujer de su vida. La niña de sus ojos. Emilia. Ella no se merecía soportar esta carga y sufrir por lo que le aconteciera a su viejo padre. Tomó sus manos, sonriéndole a pesar del padecimiento. Siempre trató de ser un buen padre para ella y para Sebastián. Y abrazado a su hija, habló por primera vez a ese ser supremo en el que no creía, para pedirle solo un poco más de tiempo al lado de los que tanto amaba.
Cerró los ojos dejando caer la cabeza hacía atrás. Recordó su último encuentro en el jardín de la Casona. ¿Por qué le había llamado aquel día en realidad? En lo más hondo de su ser, tenía la absurda corazonada de pensar que fue por él. No eran pocas las ocasiones en las que se descubría soñando que ella aún albergaba algún tipo de sentimiento parecido al amor. Sin embargo, sus acciones le habían dejado bien claro que todo eso que él soñaba no era más que una utopía. Un sueño que jamás volvería a convertirse en realidad. ¡Qué duro es vivir sabiendo que la persona a la que se ama con toda el alma no te corresponde de igual forma! Y más aún cuando un día que ahora parecía tan lejano, juntos compartieron sueños de futuro, que estallaron en mil pedazos ante sus ojos, dejando únicamente odio y rencor. Y es que un resentimiento tan grande, solo puede ser resultado de un amor igual de intenso. Ambos se habían hecho tanto daño a lo largo de los años, que su posible unión se hacía prácticamente improbable. Eso es lo que le gritaba su parte cabal. Palabras bien distintas era las que le dictaba su corazón, que sabía que correría de nuevo a su lado en cuanto ella mostrase un pequeño signo que delatara algo de ese amor que un día vivieron. Y el conocimiento de ese hecho, le destrozaba por dentro. Tan esclavo se sentía de ese amor que sabía que moriría amando a esa mujer.
Morir. Quizá ahora mismo iba hacia una muerte segura. Quizá por eso, todo aquello que les había separado estos años, parecía diluirse con cada metro que recorría en esa diligencia y que le alejaba de Puente Viejo ¿De qué ha servido tanta animadversión, tanto odio, si ahora, cuando más asustado se sentía, cuando existía la posibilidad de no volver a ver su rostro, lo único que añoraba era poder tener aferrada su mano? No volver a sentir la calidez de sus labios bajo los suyos, el aroma de su cuerpo y aquellas palabras de amor que tantas veces le había susurrado…
Se sentía como un cobarde, tal y como ella le había reprochado en infinidad de ocasiones. En todos estos días pasados, desde que supo que tenía que partir del pueblo para operarse, no había tenido el valor suficiente para despedirse de ella. Por si acaso. Por si no volvía. Y sin embargo, las imágenes soñadas de ese “hasta pronto”, habían sido sus fieles compañeras a lo largo de las largas noches en vela. Rememoró cada gesto, cada palabra que le hubiera dicho en ese momento. Le habría obligado a escucharle, aunque ella no lo quisiera hacerlo. Habría descargado su alma ante la posibilidad no volver junto a ella. Y después, habría besado sus labios hasta robarle la última gota de aliento. El mismo aliento que él necesitaba para poder combatir en esta batalla, que aunque difícil, no daba por perdida. Era un Ulloa. Nunca se rendía. Aunque sintiera que con Francisca Montenegro hubiera tirado la toalla hace demasiado tiempo.
-Padre, hemos llegado -.
El suave toque de Emilia en su brazo, le sacó de aquella ensoñación en la que estaba inmerso casi desde el momento de la partida. Había llegado la hora de hacer frente a la segunda ocasión en la que había tenido que luchar contra la muerte. La primera de ellas, cuando tuvo que dejar a Francisca y el dolor se le hizo insoportable. La segunda, a tan solo apenas unas horas.
Instalado ya en aquella fría cama de hospital, aguantaba como podía las ganas de derrumbarse y se mostraba animado. Quería dejar todo atado y bien atado, y sobreponiéndose a la pena, no quiso dejar pasar la oportunidad de despedirse de la otra mujer de su vida. La niña de sus ojos. Emilia. Ella no se merecía soportar esta carga y sufrir por lo que le aconteciera a su viejo padre. Tomó sus manos, sonriéndole a pesar del padecimiento. Siempre trató de ser un buen padre para ella y para Sebastián. Y abrazado a su hija, habló por primera vez a ese ser supremo en el que no creía, para pedirle solo un poco más de tiempo al lado de los que tanto amaba.
#6735
28/03/2012 14:15
Aquella noche no quiso cenar. Solo quería desaparecer y marcharse muy lejos de la Casona. Hasta una cama de hospital donde yacía el amor de su vida. Deseaba alojarse en sus brazos y sentir su calor una vez más. Se despojó de sus zapatos sintiéndose aliviada de inmediato. Se deshizo también de su pose, de su orgullo y de ese carácter que le había permitido sobrevivir en un mundo dedicado exclusivamente a los hombres. Suspiró. Librarse de todo eso no le producía ningún alivio esa noche.
Caminó hacia la ventana de su dormitorio y contempló como tras el horizonte, en aquellos campos que tanto amaba y que le habían costado tantas lágrimas y gotas de sangre, el día daba lentamente paso a la noche. Una más en la que se notaba cansada, sola y más abatida que nunca. El camino que su vida tomaría a partir de ese momento, dependía de las noticias que la mañana siguiente llegaran hasta su puerta. No solo estaba en juego la vida de Raimundo Ulloa. Si no también, su propia vida.
...............................
A duras penas había conseguido que Emilia regresara a Puente Viejo. Era absurdo que permaneciera a su lado esa noche en la que nada podía hacer por él. Además le apetecía estar solo antes de que llegara el momento de la operación. No le gustaban las despedidas y no soportaba ver a Emilia sufriendo por el posible desenlace. Abrió el cajón de la pequeña mesita que había junto a la cama. En un momento en que su hija salió de la habitación, había pedido a una de las enfermeras que le proporcionara papel y pluma. Y ahora lo tenía entre sus manos. Sonrió con tristeza. Podía no haberle dicho a Francisca todo aquello que ocultaba su corazón, pero al menos, podría escribírselo, aunque esa carta nunca llegara a su destino.
Mi pequeña, mi vida, mi amor…
En estas que pueden ser mis últimas horas en este mundo solo puedo volver la vista atrás y pensarte. Pensar en todo aquello que vivimos y en todo aquello que nos quedaba por vivir. Caminando unidos, de la mano… La vida no fue justa con ninguno de los dos y nos hizo vivir juntos aunque eternamente separados. Nunca dejamos de tener obstáculos y siento que hoy, puede que alcancemos el final de nuestro camino.
Siempre te he amado amor mío. Durante las noches te presentía con tanta intensidad que hasta podía sentir tus abrazos, tu boca y tu mirada. Cuántas veces postrado en mi cama te he recordado, noche tras noche, soñando que estabas a mi lado. Pequeña mía, mi corazón no sabe de cansancios y solo sabe amarte sin importar todo aquello que nos separa. Y ahora, que mi fin puede estar cercano, nada queda del dolor que padecimos, de la ausencia a la que nos vimos abocados al tener que renunciar a nosotros. Recuérdame. Cuando en silencio estés pensando, mi amor te hablará. Cuando sientas la soledad, mi amor te acompañará. Cuando no sepas cómo resistir, mi amor te dará fuerzas. Jamás te abandonaré. A tu lado, de una forma u otra me encontrarás.
A pesar de todo, amarte ha sido lo mejor de mi vida. Hasta pronto cielo mío. Así te quiero, así te amo. Siempre tuyo.
Raimundo
Se dejó caer en la cama. Apretó contra su pecho ese pequeño trozo de papel en el que había plasmado sus más profundos sentimientos hacia ella. Francisca nunca leería esa carta, pero él había conseguido aliviar la pesada carga que llevaba en su corazón. Esta mañana se preguntaba si la amaba más que la odiaba o al contrario. Releyó la carta que acababa de escribir. Ahí tenía la respuesta.
Caminó hacia la ventana de su dormitorio y contempló como tras el horizonte, en aquellos campos que tanto amaba y que le habían costado tantas lágrimas y gotas de sangre, el día daba lentamente paso a la noche. Una más en la que se notaba cansada, sola y más abatida que nunca. El camino que su vida tomaría a partir de ese momento, dependía de las noticias que la mañana siguiente llegaran hasta su puerta. No solo estaba en juego la vida de Raimundo Ulloa. Si no también, su propia vida.
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A duras penas había conseguido que Emilia regresara a Puente Viejo. Era absurdo que permaneciera a su lado esa noche en la que nada podía hacer por él. Además le apetecía estar solo antes de que llegara el momento de la operación. No le gustaban las despedidas y no soportaba ver a Emilia sufriendo por el posible desenlace. Abrió el cajón de la pequeña mesita que había junto a la cama. En un momento en que su hija salió de la habitación, había pedido a una de las enfermeras que le proporcionara papel y pluma. Y ahora lo tenía entre sus manos. Sonrió con tristeza. Podía no haberle dicho a Francisca todo aquello que ocultaba su corazón, pero al menos, podría escribírselo, aunque esa carta nunca llegara a su destino.
Mi pequeña, mi vida, mi amor…
En estas que pueden ser mis últimas horas en este mundo solo puedo volver la vista atrás y pensarte. Pensar en todo aquello que vivimos y en todo aquello que nos quedaba por vivir. Caminando unidos, de la mano… La vida no fue justa con ninguno de los dos y nos hizo vivir juntos aunque eternamente separados. Nunca dejamos de tener obstáculos y siento que hoy, puede que alcancemos el final de nuestro camino.
Siempre te he amado amor mío. Durante las noches te presentía con tanta intensidad que hasta podía sentir tus abrazos, tu boca y tu mirada. Cuántas veces postrado en mi cama te he recordado, noche tras noche, soñando que estabas a mi lado. Pequeña mía, mi corazón no sabe de cansancios y solo sabe amarte sin importar todo aquello que nos separa. Y ahora, que mi fin puede estar cercano, nada queda del dolor que padecimos, de la ausencia a la que nos vimos abocados al tener que renunciar a nosotros. Recuérdame. Cuando en silencio estés pensando, mi amor te hablará. Cuando sientas la soledad, mi amor te acompañará. Cuando no sepas cómo resistir, mi amor te dará fuerzas. Jamás te abandonaré. A tu lado, de una forma u otra me encontrarás.
A pesar de todo, amarte ha sido lo mejor de mi vida. Hasta pronto cielo mío. Así te quiero, así te amo. Siempre tuyo.
Raimundo
Se dejó caer en la cama. Apretó contra su pecho ese pequeño trozo de papel en el que había plasmado sus más profundos sentimientos hacia ella. Francisca nunca leería esa carta, pero él había conseguido aliviar la pesada carga que llevaba en su corazón. Esta mañana se preguntaba si la amaba más que la odiaba o al contrario. Releyó la carta que acababa de escribir. Ahí tenía la respuesta.
#6736
28/03/2012 18:56
Escenas del capítulo de hoy. 279
-Francisca y Tristán. Llega Mauricio para contarle el problema que hay con las tierras. (Parte 1, minuto 8:50)
-Emilia y Rosario preguntan a Francisca el menú para la cena del próximo día. Finalmente Francisca encarga a Emilia unas albóndigas de bacalao. (Parte 2, minuto 2:55)
-Raimundo en la taberna. Hablan primero de Julieta y después Alfonso pide tiempo de descanso para poder ver a Emilia. (Parte 3, minuto 5:30)
-Francisca degusta las albóndigas jajaja Que genial la escena. Increíble verla comer. (Parte 4, minuto 7:45)
-Raimundo escucha y calla. (Parte 5, minuto 6:00)
-Francisca y Tristán. Llega Mauricio para contarle el problema que hay con las tierras. (Parte 1, minuto 8:50)
-Emilia y Rosario preguntan a Francisca el menú para la cena del próximo día. Finalmente Francisca encarga a Emilia unas albóndigas de bacalao. (Parte 2, minuto 2:55)
-Raimundo en la taberna. Hablan primero de Julieta y después Alfonso pide tiempo de descanso para poder ver a Emilia. (Parte 3, minuto 5:30)
-Francisca degusta las albóndigas jajaja Que genial la escena. Increíble verla comer. (Parte 4, minuto 7:45)
-Raimundo escucha y calla. (Parte 5, minuto 6:00)
#6737
28/03/2012 20:00
Raimundo y Francisca. Lo que debió ser (PARTE II)[/h2]
La oscura noche había dado paso al alba y con él, la esperanza de recibir noticias sobre el estado de salud de Raimundo. Sentada en el despacho de la biblioteca, Francisca no podía evitar sentirse zozobrada por la falta de buenas nuevas sobre él. Ni siquiera su sutil acercamiento esa misma mañana a Don Anselmo había dado los frutos esperados. El páter no sabía nada en absoluto, y empezaba a sospechar del inesperado interés que mostraba por Raimundo. Y ella tuvo que volver a fingir. A disimular que aquello no le importaba, que su vida no dependía de esa maldita operación que podía arrebatarle a lo único puro que había en su vida.
- Raimundo es mi rival. Mi enemigo -. Se había visto obligada a responderle.
Silenció la verdad. Acalló que le amaba más que a su propia vida. Que padecía cada segundo que transcurría desde que él había partido en la diligencia, alejándose más y más de ella. ¿Y si no regresaba? No. Aquello no podría suceder. Y para evitar más preguntas de Don Anselmo, se había despedido de él rogándole que le hiciera saber cualquier novedad sobre Raimundo.
Pero nada había llegado hasta ahora. Nadie le daba razones. Y se sumía cada vez más y más en la desesperanza de no saber. ¿Qué más podría hacer? Nada salvo esperar al doctor Guerra. Estudió el sobre que tenía entre sus manos. Contenía el resto del dinero pactado para la operación de Raimundo y que haría entrega al doctor en cuanto se dignase a aparecer ante ella. Miró con impaciencia el reloj, que ya marcaba las 9:30 justo en el instante en que Rosario le avisó de que tenía visita. Con un nudo que le atenazaba la garganta debido a la incertidumbre, salió al salón, dispuesta a recibir, sin parecer demasiado ansiosa, las buenas nuevas que llevaba esperando durante todo el día.
Sin embargo, la verdadera situación de su amor fue como un jarro de agua fría sobre su maltrecho corazón. Raimundo no era capaz de recuperar la consciencia y se mantenía unido a la vida por un hilo finísimo que en cualquier momento podría romperse. A sabiendas de que esa posibilidad había existido desde el principio, se negaba a creerla. Deseaba despertar de esa pesadilla en la que se había convertido su vida desde que escuchó que Raimundo podía no volver a abrir los ojos. ¿Qué clase de broma del destino era aquella? ¿En qué siniestro juego les había involucrado? Siempre pensó que tendría tiempo de recuperar lo perdido, de volver a vivir. Pero este se le escapaba ante sus ojos como minúsculas gotas de arena que se dispersaban entre sus manos.
- Maldita sea…Raimundo… -. Lloró su alma y pronunciaron sus labios.
Y ahora sola, en la oscuridad de su dormitorio, podía al fin descargar su rabia, su frustración. Su dolor. Le había tocado volver a fingir delante del doctor Guerra. Inversión. Con aquella horrible palabra había justificado lo que para el doctor era un auténtico gesto de altruismo. ¿Hasta cuándo tendría que disimular? Llevaba toda su insulsa y triste vida fingiendo. Que no le dolía el abandono de Raimundo. Que toda su vida no era más que una farsa orquestada por otros al principio, y por ella misma después. Su vida entera era una triste y desoladora mentira.
¿Qué pecado tan grave pudo cometer para que la vida le cobrara tan caro? Y en el caso de que así fuera, ¿no lo había pagado ya con creces? La vida junto a Salvador había sido un auténtico infierno de reproches, insultos, golpes y violaciones. Sobre ella y sobre sus hijos, especialmente Soledad. Y ahora, si Raimundo se iba…sabía que ella se iría detrás. No lograría soportar su pérdida. Cubrió sus ojos con las manos, imaginando que nada de esto estaba pasando.
Sintió la imperiosa necesidad de aferrarse al único recuerdo tangible que le quedaba de él. Abrió despacio el cajón de su mesilla de noche y sacó el libro de poemas que Raimundo le regaló cuando cumplió 17 años. En su interior, junto a los maravillosos poemas de Rosalía de Castro, su amor plasmado en unas cartas color sepia por las que había pasado el tiempo pero no la intensidad de su amor. Esa seguía intacta. Siempre que necesitaba sentirse cerca de él, recurría a aquellos hermosos versos que alimentaban su espíritu y mantenían inalterable los recuerdos de su amor eterno.
¡Jamás! ¿Es verdad que todo para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno
Ni puede tener fin la inmensidad.
Acarició todas y cada una de las letras de aquel poema que en aquellos apacibles atardeceres Raimundo le susurraba al oído antes de la despedida. ¿Quién podía imaginar que las despedidas serían premonitorias de una vida carente de sentido para ella?
- Yo para ti y tú para mí, bien mío… -. Y así sería para siempre.
Abrazada al amor que le hacía todavía albergar esperanzas y vencida por el sueño tras horas perdida en un mar de recuerdos, cayó rendida sobre la cama, cobijada bajo aquella fría noche de marzo, viajando al mundo de los sueños perdidos donde todo era posible.
- Anoche tuve un sueño muy raro Raimundo, más bien, una pesadilla…-. Dijo frunciendo el entrecejo.
Raimundo sonrió mientras acariciaba su cabello. Francisca estaba recostada sobre su pecho, y los dos, cubiertos por la alargada sombra de un roble del jardín de la Casona. Rodeó entonces su esbelto cuerpo con sus brazos.
-¿Qué soñaste ángel mío? -.
Francisca se giró hasta quedar frente a sus ojos.
- Vagaba sedienta y agotada, sorteando riscos por un paraje agreste -. Sonrió con la emoción reflejada en la mirada. - Más cuando estaba a punto de desfallecer, caí en tus brazos rendida… Y tus labios calmaron mi sed… -. Acarició su boca con la yema de los dedos. – Y tu abrazo me devolvió las fuerzas… -. Raimundo atrapó su mano entre la suya, besando con suavidad la palma. Francisca prosiguió. - Milagrosamente, a nuestro alrededor comenzaron a brotar flores donde solo había un pedregal…-. Puso un dulce mohín que Raimundo deshizo con sus besos. Francisca volvió a reposar sobre su pecho, alargando el brazo para abrazarle. Cerró los ojos aspirando la fresca brisa de las primeras horas de la tarde.
- Nuestro amor todo lo puede Raimundo…Nuestros destinos están sellados -. Se aferró con fuerza a él. – Y no tendrá sentido la existencia del uno sin el otro. Te quiero…Y te querré por siempre jamás… -.
Se incorporó sobresaltada hasta quedar sentada en la cama. Un presentimiento impregnó todo su ser y se llevó la mano al pecho, a la altura del corazón.
-…Raimundo…-. Susurró.
Lejos de allí, el origen de sus desvelos y que había tenido el mismo sueño que ella, movió ligeramente los dedos de la mano derecha. Abrió lentamente los ojos y musitó:
-…Francisca…-.
#6738
28/03/2012 20:00
Nada. Oscuridad. Una negra espesura que le iba a acompañar el resto de su vida. Los médicos se mostraron optimistas, pero tampoco le engañaron ni anduvieron con medias tintas. La ceguera, consecuencia de la terrible operación a la que había sido sometido podía ser temporal. Pero también podría alargarse en el tiempo. Tanto, que quizá no volviera a ver nunca más. Y ese… ese iba a ser su triste destino a partir de ahora. Estaba convencido de ello. Jamás volvería a disfrutar de los rayos de sol acariciándole la cara. No volvería a deleitarse con la sonrisa de Emilia mientras faenaba en la taberna, ni con Sebastián haciendo números en una de las mesas de la Casa de Comidas. No podría ver crecer a sus nietos. No acompañaría sus noches en vela con los grandes autores del pensamiento moderno. Cerró con fuerza el puño en torno a la sábana que le cubría. Pensó en lo que más dolía. Jamás volvería a verla a ella. A su pequeña. A su Francisca.
Desde que se había descubierto su enfermedad, tenía los sentimientos a flor de piel. Todos los recuerdos del pasado se agolpaban con tanta fuerza en su mente y en su corazón, que estaba empezando a plantearse la vida de otra manera. Incluso escribió aquella carta dirigida a ella, que hasta pensó en entregar al Doctor Guerra para que se la hiciera llegar. Pero este golpe del destino lo cambiaba todo. Sabía que tenía que dar gracias por seguir con vida, pero el precio que iba a pagar por ello era demasiado alto. ¿Qué iba a ser de él a partir de ahora? Se iba a convertir en una carga para su familia. Poco más que un estorbo. Un ser dependiente de otros para toda la vida.
¿Y Francisca? ¿Qué pensaría ella de él? No habían vuelto a dirigirse la palabra desde aquel día en que le llamó para preguntarle por su enfermedad. En aquel momento, los reproches parecían haber hecho aflorar rencores aún no olvidados. Heridas no cerradas todavía. Francisca seguía sufriendo por el pasado. Pero el caso, es que él también lo hacía. Sus motivos eran claros a pesar de que se negara a reconocerlo abiertamente. Así había sido hasta ese momento. Descubrió que la amaba con una intensidad mucho mayor que en el pasado. Sin embargo desconocía los sentimientos que se escondían detrás de las palabras y actos de su pequeña. Durante años se convenció de que solo era odio lo que albergaba su corazón. Pero después de ese día…no había estado seguro de nada.
Se dejó caer sobre la cama, tumbándose de medio lado para ocultar las lágrimas que aparecieron en sus ojos. Se aferró con fuerza a la almohada maldiciendo por enésima vez al destino. Tan solo unos días atrás, había tomado la decisión de luchar por ella. De presentarse frente a su puerta y confesarle su amor. Y luego estaba aquel sueño…aquel que le había hecho despertar del letargo en el que estuvo sumido durante días y que le hizo reafirmarse en la decisión que había tomado. Pero había abierto sus ojos y aquello fue peor que no haberlo hecho nunca más. Él seguía con vida, era cierto. Pero de un plumazo se había convertido en un inútil que nada tenía que ofrecer. Acalló el grito que le nacía desgarrado de la garganta. No. No podía condenar a Francisca a una vida dedicada a cuidar de él eternamente. Por eso, en cuestión de minutos se vio obligado a tomar otra gran decisión. La definitiva.
Tendría que olvidarse de Francisca y para siempre. Era lo mejor para ella.
..................................
Después del maravilloso sueño que había tenido hacía dos noches, Francisca decidió que no podía continuar ni un segundo más con la angustia de no saber nada de Raimundo. Sentada frente a su tocador, estaba terminando de peinarse cuando llamaron suavemente a la puerta.
- Señora, la calesa ya está dispuesta –.
Sin contestar, se levantó y fue hacia la ventana. Apretó con fuerza sus manos para calmar el ligero temblor que se había instalado en su cuerpo. Nunca se había dejado llevar por impulsos y esa mañana, temprano y de manera sorpresiva, se había descubierto ordenando preparar la calesa para marchar hacia el hospital dispuesta a ver a Raimundo. Bajó la cabeza. Nunca se había dejado llevar por impulsos, volvió a pensar…sonaba a chanza. La antigua Francisca sí lo hacía. La misma que aparecía cada vez que tenía a Raimundo frente a ella. Cerró los ojos esbozando una sonrisa cuando rememoró su encuentro en el jardín.
Siempre te he querido por encima de todas las cosas…
- ¿Siempre me has querido, Raimundo? – musitó esperanzada al tiempo que posaba la palma de la mano sobre el cristal de la ventana. - ¿Me quieres ahora? –
Preguntas sin responder que le atormentaban el alma. En estos días había meditado mucho acerca de su relación con él y en cómo se sucedieron las cosas en el pasado. Iba a ser difícil derribar los cimientos del rencor que se había construido con tanto tesón a lo largo de los años para evitar pensar en su sufrimiento. Estaba asustada. Había sido duro asimilar que todo el odio en el que había basado su vida, no era más que una mentira. Raimundo la amaba. Él no se lo había dicho de manera directa. Pero ella…lo sabía.
Con decisión fue hacia la puerta y comenzó a bajar las escaleras. Sentía un intenso desasosiego al pensar en cómo sería recibida por Raimundo, pero a la vez, estaba con las fuerzas necesarias y la seguridad que le daba la plena aceptación de su amor por él.
Mientras caminaba detrás de una enfermera por el largo pasillo que la separaba de Raimundo, solo podía escuchar el urgente latido de su corazón palpitándole en la boca. ¿Qué iba a decirle? Durante el trayecto en la calesa, se había reído pensando en que, cuando estuviera frente a él, se lanzaría a sus brazos sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra. Seguro que aquel gesto le dejaría más que claros sus sentimientos a Raimundo. Mucho más que las palabras. Dejó de respirar cuando la enfermera abrió la puerta de la habitación. Tomó aire y franqueó la entrada ilusionada, para encontrarse con una cama vacía.
- ¿Qué clase de broma es esta? –
Tuvo que apoyarse en una silla que había cerca de la cama para no caerse desplomada al suelo. ¿Raimundo había…? No, se negaba a pensar en esa posibilidad. Con ojos aterrados se volvió de nuevo a la enfermera, que miraba de un lado a otro desconcertada. La mirada que le estaba dedicando Francisca fue suficiente para que saliera corriendo de la habitación en busca de algún tipo de información sobre Raimundo.
- El Señor Ulloa se marchó a su casa hace apenas una hora, Señora –
Nunca unas palabras le habían causado tanto regocijo. Había dejado escapar al fin todo el aire que había retenido en sus pulmones durante esos interminables minutos. Se dejó caer sentada sobre la cama, respirando de alivio. Raimundo estaba vivo. Había despertado. Y estaba en casa…
Pidió quedarse unos minutos a solas para poder calmar su corazón. La angustia por no saber de su estado estos días atrás, no había sido para nada comparable con la que sintió cuando pensó que lo había perdido para siempre. Bajó la mirada hacia la mano que tenía apoyada sobre la cama. Con dedos temblorosos acarició aquellas sábanas que cubrieron durante días su cuerpo.
- Muy pronto volveremos a estar juntos, mi vida. Muy pronto… -
Se puso en pie lentamente, y al hacerlo, observó que el cajón de la mesita que había junto a la cama estaba abierto. Por la pequeña rendija se adivinaba algo en su interior. Curiosa, terminó de abrirle para encontrarse con un ejemplar del “Manifiesto Comunista” de Karl Marx. Sonrió feliz.
-…Raimundo… ¡típico de ti, mi amor! –
Decidió llevárselo consigo para entregárselo en mano cuando volvieran a verse, ignorando que entre sus páginas, dormía toda una declaración de amor bajo la forma de una dulce carta.
Desde que se había descubierto su enfermedad, tenía los sentimientos a flor de piel. Todos los recuerdos del pasado se agolpaban con tanta fuerza en su mente y en su corazón, que estaba empezando a plantearse la vida de otra manera. Incluso escribió aquella carta dirigida a ella, que hasta pensó en entregar al Doctor Guerra para que se la hiciera llegar. Pero este golpe del destino lo cambiaba todo. Sabía que tenía que dar gracias por seguir con vida, pero el precio que iba a pagar por ello era demasiado alto. ¿Qué iba a ser de él a partir de ahora? Se iba a convertir en una carga para su familia. Poco más que un estorbo. Un ser dependiente de otros para toda la vida.
¿Y Francisca? ¿Qué pensaría ella de él? No habían vuelto a dirigirse la palabra desde aquel día en que le llamó para preguntarle por su enfermedad. En aquel momento, los reproches parecían haber hecho aflorar rencores aún no olvidados. Heridas no cerradas todavía. Francisca seguía sufriendo por el pasado. Pero el caso, es que él también lo hacía. Sus motivos eran claros a pesar de que se negara a reconocerlo abiertamente. Así había sido hasta ese momento. Descubrió que la amaba con una intensidad mucho mayor que en el pasado. Sin embargo desconocía los sentimientos que se escondían detrás de las palabras y actos de su pequeña. Durante años se convenció de que solo era odio lo que albergaba su corazón. Pero después de ese día…no había estado seguro de nada.
Se dejó caer sobre la cama, tumbándose de medio lado para ocultar las lágrimas que aparecieron en sus ojos. Se aferró con fuerza a la almohada maldiciendo por enésima vez al destino. Tan solo unos días atrás, había tomado la decisión de luchar por ella. De presentarse frente a su puerta y confesarle su amor. Y luego estaba aquel sueño…aquel que le había hecho despertar del letargo en el que estuvo sumido durante días y que le hizo reafirmarse en la decisión que había tomado. Pero había abierto sus ojos y aquello fue peor que no haberlo hecho nunca más. Él seguía con vida, era cierto. Pero de un plumazo se había convertido en un inútil que nada tenía que ofrecer. Acalló el grito que le nacía desgarrado de la garganta. No. No podía condenar a Francisca a una vida dedicada a cuidar de él eternamente. Por eso, en cuestión de minutos se vio obligado a tomar otra gran decisión. La definitiva.
Tendría que olvidarse de Francisca y para siempre. Era lo mejor para ella.
..................................
Después del maravilloso sueño que había tenido hacía dos noches, Francisca decidió que no podía continuar ni un segundo más con la angustia de no saber nada de Raimundo. Sentada frente a su tocador, estaba terminando de peinarse cuando llamaron suavemente a la puerta.
- Señora, la calesa ya está dispuesta –.
Sin contestar, se levantó y fue hacia la ventana. Apretó con fuerza sus manos para calmar el ligero temblor que se había instalado en su cuerpo. Nunca se había dejado llevar por impulsos y esa mañana, temprano y de manera sorpresiva, se había descubierto ordenando preparar la calesa para marchar hacia el hospital dispuesta a ver a Raimundo. Bajó la cabeza. Nunca se había dejado llevar por impulsos, volvió a pensar…sonaba a chanza. La antigua Francisca sí lo hacía. La misma que aparecía cada vez que tenía a Raimundo frente a ella. Cerró los ojos esbozando una sonrisa cuando rememoró su encuentro en el jardín.
Siempre te he querido por encima de todas las cosas…
- ¿Siempre me has querido, Raimundo? – musitó esperanzada al tiempo que posaba la palma de la mano sobre el cristal de la ventana. - ¿Me quieres ahora? –
Preguntas sin responder que le atormentaban el alma. En estos días había meditado mucho acerca de su relación con él y en cómo se sucedieron las cosas en el pasado. Iba a ser difícil derribar los cimientos del rencor que se había construido con tanto tesón a lo largo de los años para evitar pensar en su sufrimiento. Estaba asustada. Había sido duro asimilar que todo el odio en el que había basado su vida, no era más que una mentira. Raimundo la amaba. Él no se lo había dicho de manera directa. Pero ella…lo sabía.
Con decisión fue hacia la puerta y comenzó a bajar las escaleras. Sentía un intenso desasosiego al pensar en cómo sería recibida por Raimundo, pero a la vez, estaba con las fuerzas necesarias y la seguridad que le daba la plena aceptación de su amor por él.
Mientras caminaba detrás de una enfermera por el largo pasillo que la separaba de Raimundo, solo podía escuchar el urgente latido de su corazón palpitándole en la boca. ¿Qué iba a decirle? Durante el trayecto en la calesa, se había reído pensando en que, cuando estuviera frente a él, se lanzaría a sus brazos sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra. Seguro que aquel gesto le dejaría más que claros sus sentimientos a Raimundo. Mucho más que las palabras. Dejó de respirar cuando la enfermera abrió la puerta de la habitación. Tomó aire y franqueó la entrada ilusionada, para encontrarse con una cama vacía.
- ¿Qué clase de broma es esta? –
Tuvo que apoyarse en una silla que había cerca de la cama para no caerse desplomada al suelo. ¿Raimundo había…? No, se negaba a pensar en esa posibilidad. Con ojos aterrados se volvió de nuevo a la enfermera, que miraba de un lado a otro desconcertada. La mirada que le estaba dedicando Francisca fue suficiente para que saliera corriendo de la habitación en busca de algún tipo de información sobre Raimundo.
- El Señor Ulloa se marchó a su casa hace apenas una hora, Señora –
Nunca unas palabras le habían causado tanto regocijo. Había dejado escapar al fin todo el aire que había retenido en sus pulmones durante esos interminables minutos. Se dejó caer sentada sobre la cama, respirando de alivio. Raimundo estaba vivo. Había despertado. Y estaba en casa…
Pidió quedarse unos minutos a solas para poder calmar su corazón. La angustia por no saber de su estado estos días atrás, no había sido para nada comparable con la que sintió cuando pensó que lo había perdido para siempre. Bajó la mirada hacia la mano que tenía apoyada sobre la cama. Con dedos temblorosos acarició aquellas sábanas que cubrieron durante días su cuerpo.
- Muy pronto volveremos a estar juntos, mi vida. Muy pronto… -
Se puso en pie lentamente, y al hacerlo, observó que el cajón de la mesita que había junto a la cama estaba abierto. Por la pequeña rendija se adivinaba algo en su interior. Curiosa, terminó de abrirle para encontrarse con un ejemplar del “Manifiesto Comunista” de Karl Marx. Sonrió feliz.
-…Raimundo… ¡típico de ti, mi amor! –
Decidió llevárselo consigo para entregárselo en mano cuando volvieran a verse, ignorando que entre sus páginas, dormía toda una declaración de amor bajo la forma de una dulce carta.
#6739
28/03/2012 22:44
Abrió la puerta de la Casona deseando refugiarse en su habitación. El viaje de vuelta a Puente Viejo le había resultado largo y agotador, más si cabe por haber relajado sus nervios. Los mismos que le habían acompañado durante la mañana y mientras estuvo en el hospital. Ahora, la tensión acumulada se hacía palpable en sus músculos doloridos. Y lo peor de todo, es que encima no había podido ver a Raimundo.
Entregó a Mariana el sombrero y los guantes. La joven le ayudó a quitarse la capa que le cubría y con paso rápido se escondió de ella. Francisca sonrió ante el temor de Mariana. Hoy estaba tan cansada que no tenía ni fuerzas ni ánimos para gritar a nadie. Se adentró en el salón pasando una mano por su frente. Una ligera jaqueca amenazaba con enturbiar la que iba a ser su primera noche de sueño en muchos días. No había visto a Raimundo, es cierto. Pero él estaba despierto y consciente. Y a pocos metros de ella. Raimundo estaba en Puente Viejo.
Se dejó caer en el sofá mientras seguía sonriendo. La hora no acompañaba para visitas, por eso tuvo que posponer la suya a Raimundo para el día siguiente. Hace unos días hubiera pensado que ese había sido un día perdido. Pero por el contrario, ahora creía que era un día tan maravilloso que no tenía palabras para describirlo. Pasó la mano por la cubierta del libro que Raimundo se había dejado olvidado en el hospital, pensando por un momento que sus manos estaban compartiendo el mismo espacio que no hace mucho tocaron las manos de su amor.
Mañana se lo llevaría en persona, y al fin hablarían de todo aquello que su orgullo no permitió en el pasado.
Decidió poner a buen recaudo esa pequeña joya que tenía entre sus manos. Por eso se levanto y fue hacia la biblioteca. Esta noche ese “Manifiesto Comunista” dormiría junto a “Poemas de Rosalía de Castro”. Totalmente opuestos, pero cargados de una particular belleza en su interior. Como ella y Raimundo. Tan diferentes eran que nadie apostaba por su amor. Ni siquiera ella misma, que lo había dado por perdido hace 30 años, y que sin embargo, había continuado siendo parte de ella.
Abrió el cajón de la mesita donde guardaba bajo llave su gran tesoro. Ese amor también había continuado siendo parte de Raimundo. Estaba convencida de ello. ¡Cuánto tiempo perdido en absurdas banalidades! ¡En interminables luchas! Colocó un libro junto al otro, tratando de olvidar esos pensamientos derrotistas. No servía de nada mirar al pasado. Al fin se abría ante ellos un futuro incierto pero cargado de amor.
- Señora, ¿quiere cenar algo? –
Levantó la cabeza cuando la voz de Rosario inundó la estancia. Cerró rápidamente el cajón y echó la llave. Salió de detrás de la mesa y se acercó a su fiel criada.
- ¿Y Tristán? ¿Ya cenó? –
Bajó la cabeza apenada cuando la mujer le informó de que el joven no había querido comer nada y permanecía cerrado en su habitación sin querer ver a nadie. Había olvidado que hoy era la boda de la partera con el Doctor Guerra. De ahí el abatimiento y la búsqueda de soledad por parte de Tristán.
- Sírveme nada más una tisana –
Rosario se alejó hacia la cocina después de una leve inclinación de cabeza. Francisca se quedó cerrando la puerta de la biblioteca cuando Sebastián apareció en el salón. Se había olvidado completamente del muchacho, que seguramente vendría de la celebración de la boda. Aunque su rostro reflejaba cualquier sentimiento excepto alegría.
Alegría. La misma que se borró de su cara y de su alma cuando Sebastián le informó de que Raimundo había salido mal parado de la operación. Tras unos segundos en los que pensó que su vida volvía a romperse, le preguntó el motivo de tal afirmación con una mal disimulada indiferencia. Tuvo que agarrarse con fuerza al reposabrazos de la silla cuando la palabra “ceguera” llenó el aire del salón con malos presagios. Su mente se negó a seguir escuchando las lamentaciones de Sebastián. En su interior solo se repetía una y otra vez la misma triste cantinela: “ Raimundo está ciego… Raimundo está ciego…
Quiso convencerse a sí misma de que ese estado sería transitorio. Una consecuencia temporal de la terrible operación que había sufrido y de su posterior inconsciencia que les había tenido a todos con el alma en vilo. Si, eso sería seguro. Raimundo no podía estar condenado a una vida de miserias y de dolor por verse privado de la vista. Absorta como estaba en sus propias cavilaciones internas, seguía sin escuchar a Sebastián hasta que se dio cuenta de que el joven la observaba.
- Ten fe en nuestro Señor – Posó con cariño una mano sobre la de él, que reposaba nerviosa encima de su rodilla. Ese gesto de aliento les sorprendió a ambos, pero más a ella, que enseguida apartó la mano. – Ya verás como aun puede sanar -. Se puso en pie tratando de agrandar el espacio entre ellos y con el fin de disimular su afectación. ¡Si ese muchacho supiera…!. Pero nada parecía reconfortar a ese muchacho, que de nuevo auguraba un triste futuro para Raimundo.
-Sanará – Sentenció ella. – Tu padre sanará -. Repitió de nuevo con la convicción de que sus palabras le darían la razón en muy poco tiempo.
Llevaba ya más de una hora en su habitación, a oscuras. Sentada en el butacón cerca de la ventana. Ni siquiera se había despojado de sus ropas aún, ni creía que lo hiciera en lo que restaba de noche. No podría conciliar el sueño y no solo por la terrible jaqueca que le martilleaba las sienes. Su cabeza bullía igual que un volcán a punto de entrar en erupción. Mañana a primera hora le haría una visita al Doctor Guerra para pedirle explicaciones. Alguna solución tendría que darle para sacar a Raimundo de la ceguera que amenazaba con acompañarle de por vida.
¿Y si no sana?. La temida pregunta que no se atrevía a formularse sobrevolaba sobre su cabeza como un buitre acechando a la carroña. Se negaba a escucharla, pero su rumor cada vez era más y más fuerte. Se golpeó en la pierna con el puño. ¡Maldita sea! Raimundo no se merecía este infortunio. Él era un hombre vital, ilustrado, que disfrutaba con las pequeñas cosas de la vida… Si se confirmaba finalmente que la ceguera era permanente, estaba convencida de que Raimundo se iba a sumir en un pozo de amargura en cual ella no estaba dispuesta a dejar que cayera.
Se levantó y fue hacia la ventana. Ella iba a estar a su lado para siempre, ayudándole en sus quehaceres diarios y en lo que fuera menester. Ahora que había recuperado la seguridad de su amor por él y el convencimiento de que Raimundo también la amaba, no iba a separarse de su lado nunca más.
Mañana, cuando saliera de hablar con el Doctor Guerra, entraría con paso firme en la Casa de Comidas para no salir de ella si no era con Raimundo Ulloa aferrando su mano.
#6740
28/03/2012 22:44
¿Frustración? ¿Dolor? ¿Angustia? ¿Esperanza? ¿Qué se supone que debería sentir? Por un lado, Raimundo estaba vivo y debía dar gracias a Dios por ello. Tras la angustiosa espera vivida los días pasados temiendo que él no regresara nunca más, saber que había conseguido salir airoso de la operación debería suponer un motivo de alegría. ¡Y lo era! ¡Por supuesto que lo era! Pero… Estaba cansada de que siempre tuviera que existir un “pero” que ensombreciera su felicidad. Y en este caso, ese inconveniente, pesaba demasiado.
Conocía a Raimundo. Lo conocía muy bien. Y esa ceguera iba a terminar minando su fortaleza, su energía. Su vida. Él no era un hombre para vivir en la oscuridad. Amaba el sol, la vida… Su optimismo por ella siempre había sido contagioso. No era un hombre para depender de nadie. Igual que ella. Siempre fuertes, siempre independientes. Suspiró entristecida. Esto iba a suponer un durísimo golpe para alguien como él.
Tragó saliva mientras miraba por la ventanita de la calesa que la llevaba hasta el pueblo. Visitaría primeramente al doctor Guerra para que le informara de este nuevo infortunio, con pelos y señales. Puede que ese hombre hubiese contraído un compromiso con la partera en el día de ayer, pero anteriormente, lo había hecho con ella prometiéndole que le aportaría información sobre los avances de Raimundo. ¡Y no lo había hecho! Tuvo que enterarse por Sebastián. Bajó la mirada a sus manos enguantadas, que permanecían entrelazadas sobre su regazo. Notó un ligero temblor que apaciguó apretándolas entre sí.
Preguntaría al doctor si existía la posibilidad de una futura recuperación total de la vista. Y por supuesto, exigiría responsabilidades ante los posibles errores cometidos durante la intervención. No había invertido tanto dinero para que unos incompetentes no hicieran bien su trabajo. Pero a pesar de su enojo confiaba en la plena recuperación de Raimundo, contrariamente a lo que los miedos que suelen aflorar durante la noche le hicieron creer, hablándole de penas y tristezas, tal y como siempre hacían. Fue la llegada del nuevo día la que mató esos negros presentimientos aunque dejando un pequeño resquicio a las dudas.
Y llegado el momento, si era necesaria otra operación para reparar los desaguisados de esos medicuchos, como que ella se llamaba Francisca Montenegro que Raimundo volvería a operarse. No importaba el dinero que costara. Como ya le dijo una vez al doctor, lo que a ella le sobraba era dinero. Y aunque siempre lo empleaba con mesura y en cosas realmente significativas, nada se le ocurría más importante que emplear su energía y su fortuna en procurar el bienestar de la persona que más amaba en su vida. Su Raimundo.
La calesa se detuvo y el cochero le ayudó a descender de ella. Se adentró en la plaza mirando de reojo a la Casa de Comidas. Permaneció clavada en el sitio durante unos segundos mientras sus ojos vagaron hacia la ventana del dormitorio de Raimundo. No es que alguna vez hubiera estado en él, pero conocía a la perfección de cuál se trataba. Sonrió con nerviosismo al tiempo que su corazón latía desbocado dentro del pecho. ¡Estuvo tan cerca de perderle para siempre! Aquella situación le había hecho replantearse demasiadas cosas. Despertó sentimientos que creyó enterrados en el fondo de su corazón y de los que se dio cuenta de que los tenía muchos más presentes de lo que temía.
Vislumbró una sombra a través de la pequeña ventana. Se asustó pensando que podría tratarse de él, pero enseguida comprendió que debía ser Emilia. Fue consciente de que se había llevado la mano al pecho en un impulso, y de que se había humedecido los labios. Miró hacia ambos lados buscando la presencia de algún parroquiano que hubiera sido testigo de aquel signo tan impropio en ella. Suspiró aliviada al comprobar que nadie le estaba prestando atención, y se reprendió a sí misma por ser tan imprudente.
Tomó aire y centró nuevamente sus sentidos en el principal motivo que le había llevado esa mañana al pueblo. Hablar con el doctor. Después… si conseguía reunir el valor suficiente, visitaría a Raimundo. Cierto era que anoche estaba decidida a ir a verle, pero a medida que se acercaba el momento sentía cada vez más y más miedo. Meneó la cabeza relegando a un segundo plano aquellos pensamientos. Lo primero era lo primero, y se trataba de hablar con el doctor.
………………………………………………..
La fachada de orgullo cubrió de nuevo su persona mientras conversaba con Alberto en el consultorio. Con indiferencia estudiada esperaba pacientemente a que el doctor respondiera a sus preguntas. Si es que se entendía por paciencia tener que morderse la lengua con tal de no soltar la sarta de improperios que le nacía de lo más hondo a causa de la descortesía del médico. Le dejó muy claro que debía mantenerla al tanto de todo y le mostró claramente su disgusto cuando al darse cuenta de que no había sido así.
Y aunque conocía el estado de Raimundo por Sebastián, escuchar de boca del doctor las mismas palabras causó aún más desasosiego en su corazón. Alberto trataba de explicarle los riesgos que supuso aquella intervención. La ceguera había sido un daño colateral y el menor de los males, si a cambio Raimundo había salvado la vida.
Volvió a sentirse aliviada al saber que su vida, a pesar de ese contratiempo, no corría ningún peligro, e insistió en la posibilidad de que trataran nuevamente su caso en la capital. Cualquier cosa con tal de que Raimundo volviera a ser cuanto antes el que era.
Esperar.
La palabra le taladraba los oídos una y otra vez. Ella no estaba hecha para esperas. Ni Raimundo tampoco. Sintió ganas de llorar cuando el doctor le replicó que terminaría por adaptarse a su nueva situación.
Esa ceguera le va a apagar el alma
La propia y la de ella también.
Usted no lo conoce
Cayó en la cuenta de que quizá había dejado entrever demasiado cuando Alberto la sorprendió con la pregunta. ¿Y usted sí?
¿Ella? Apartó la mirada. Conocía cada surco del alma de Raimundo tanto como los de la suya propia. A pesar de los años, del rencor, de los enfrentamientos. Solo rezaba porque aquello no fuera definitivo…. Se puso en pie. No era conveniente seguir en el consultorio por más tiempo si no quería tener que esquivar más preguntas.
¿Y su dolor?
Nuevamente una pregunta incómoda lanzada al aire. Su dolor. Aquel que tenía nombre y apellidos. Un dolor tan intenso que ninguna medicina podría curar jamás. Solo la persona causante del mismo era la única capaz de erradicarlo.
Abandonó la estancia sin pronunciar una sola palabra más. Necesitaba respirar aire puro y recuperar el control que momentáneamente perdió. Se apoyó en el muro de la escalera y llenó sus pulmones cerrando los ojos. Cuando los abrió de nuevo, la casa de comidas fue lo primero que vio. Sonrió tímidamente. ¡Tenía tantas ganas de verle!
¡Maldita sea! Con las prisas por acudir al doctor aquella mañana, se había olvidado de coger el libro que Raimundo olvidó en el hospital y que seguía a buen recaudo en el cajón de la mesa del despacho. Bueno pensó al tiempo que se recomponía la falda. Otra ocasión habrá para devolvérselo .
Mientras se dirigía con paso lento hasta la taberna, pensó en la posibilidad de que Raimundo no recuperara nunca la visión. Pero también pensó en su amor y en lo poco que le importaba aquello. Raimundo estaba vivo.
¿Qué importaba que él no pudiera ver? Ella sería sus ojos. Sus manos, cuando no lograra levantarse. Apretó el paso, nerviosa por llegar. Sí, ella sería todo para él. Igual que Raimundo lo era todo para ella.
Continuará....
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