El Rincón de Francisca y Raimundo:ESTE AMOR SE MERECE UN YACIMIENTO (TUNDA TUNDA) Gracias María y Ramon
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08/06/2011 23:44
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#4501
30/11/2011 23:16
Lo siento pero tenía que hacer mil cosas y la escena ha salido más larga de lo que esperaba...
Aqui os la dejo :) Espero que os guste y si tiene algún error me lo perdoneis.
"Con cuchillo y tenedor"
Raimundo, Emilia y Sebastián llegaron a la Casona. Los tres andaban algo nerviosos. Nunca habían imaginado que serían invitados a una cena en la Casona. Aunque tampoco imaginaron nunca descubrir que Tristán llevaba sangre Ulloa.
Raimundo aun no comprendía por qué motivo había aceptado la proposición del muchacho. Cierto era que se negó en un par de ocasiones, mas Tristán supo argumentar sus motivos para invitarlo. A él y a sus hijos. Ahora sus hermanos, que como tales mantenían una cordial relación. Le costó acceder. Y no por Tristán, sino por su madre. Francisca. Solo con imaginarse cenar junto a ella se le cortaba el apetito. ¿Qué haría? ¿Qué le diría? ¿Cómo actuaría? No sabía cómo tratarla. Enfureció tras enterarse de que tenía un hijo con ella, Tristán. Pero no fue porque no le hiciera ilusión tenerlo, lo hacía, sino porque ella se lo había ocultado durante casi 30 años. Sabía que tenía motivos para reprocharle a Francisca su actitud, pero, por otro lado sabía que ella actuó como buenamente pudo. Cuando la abandonó la dejó sola. Y ella salió adelante sin nadie en quien apoyarse. Fuerte. Valiente. En el fondo se sentía orgulloso de ella. Siempre supo que Francisca tenía más arrestos que nadie. Y aquello era una muestra más de su coraje. Aquello le mostraba una vez más el motivo por el que la seguía amando. Aunque no se atreviese a confesárselo.
Fuera como fuere allí estaban. Frente a la puerta de la vivienda. Esperando que alguien la abriese. Emilia observaba el paisaje que se veía desde allí. Todo campo, y aunque secos, hermosos. Recolocó su chal. Refugiándose del frio que la noche había traído. Sebastián miraba el ya abultado vientre de su hermana. Estaba seguro de que aquella era la curva más bella de toda mujer. Y gracias al estado de Emilia había podido comprender mejor a Francisca. De todos era el que mejor se había tomado la noticia de saberse el hermano del que siempre fue su mejor amigo, Tristán. Se giró hacia su padre. Quien miraba nervioso la puerta. Sin ver el momento en el que se abriera. El joven colocó una mano reconfortante en el hombro de su padre.
-Vamos, padre. Sosiéguese.- le dijo. Tranquilizador. Raimundo se giró. Mirando a su hijo. –Todo va a salir bien.- añadió el muchacho. Mostrándole una hermosa sonrisa. Raimundo le devolvió la sonrisa, un poco más relajado.
En ese momento se abrió la puerta de la vivienda. Dejando ver a una tímida Mariana tras ella.
-Buenas noches.- saludó. Sintiéndose respondida con las cálidas y nerviosas sonrisa de los invitados. Quienes pasaron lentamente al interior de la Casona. Sin pasar más allá del recibidor. –Enseguida viene Tristán.- les informó.
Aqui os la dejo :) Espero que os guste y si tiene algún error me lo perdoneis.
"Con cuchillo y tenedor"
Raimundo, Emilia y Sebastián llegaron a la Casona. Los tres andaban algo nerviosos. Nunca habían imaginado que serían invitados a una cena en la Casona. Aunque tampoco imaginaron nunca descubrir que Tristán llevaba sangre Ulloa.
Raimundo aun no comprendía por qué motivo había aceptado la proposición del muchacho. Cierto era que se negó en un par de ocasiones, mas Tristán supo argumentar sus motivos para invitarlo. A él y a sus hijos. Ahora sus hermanos, que como tales mantenían una cordial relación. Le costó acceder. Y no por Tristán, sino por su madre. Francisca. Solo con imaginarse cenar junto a ella se le cortaba el apetito. ¿Qué haría? ¿Qué le diría? ¿Cómo actuaría? No sabía cómo tratarla. Enfureció tras enterarse de que tenía un hijo con ella, Tristán. Pero no fue porque no le hiciera ilusión tenerlo, lo hacía, sino porque ella se lo había ocultado durante casi 30 años. Sabía que tenía motivos para reprocharle a Francisca su actitud, pero, por otro lado sabía que ella actuó como buenamente pudo. Cuando la abandonó la dejó sola. Y ella salió adelante sin nadie en quien apoyarse. Fuerte. Valiente. En el fondo se sentía orgulloso de ella. Siempre supo que Francisca tenía más arrestos que nadie. Y aquello era una muestra más de su coraje. Aquello le mostraba una vez más el motivo por el que la seguía amando. Aunque no se atreviese a confesárselo.
Fuera como fuere allí estaban. Frente a la puerta de la vivienda. Esperando que alguien la abriese. Emilia observaba el paisaje que se veía desde allí. Todo campo, y aunque secos, hermosos. Recolocó su chal. Refugiándose del frio que la noche había traído. Sebastián miraba el ya abultado vientre de su hermana. Estaba seguro de que aquella era la curva más bella de toda mujer. Y gracias al estado de Emilia había podido comprender mejor a Francisca. De todos era el que mejor se había tomado la noticia de saberse el hermano del que siempre fue su mejor amigo, Tristán. Se giró hacia su padre. Quien miraba nervioso la puerta. Sin ver el momento en el que se abriera. El joven colocó una mano reconfortante en el hombro de su padre.
-Vamos, padre. Sosiéguese.- le dijo. Tranquilizador. Raimundo se giró. Mirando a su hijo. –Todo va a salir bien.- añadió el muchacho. Mostrándole una hermosa sonrisa. Raimundo le devolvió la sonrisa, un poco más relajado.
En ese momento se abrió la puerta de la vivienda. Dejando ver a una tímida Mariana tras ella.
-Buenas noches.- saludó. Sintiéndose respondida con las cálidas y nerviosas sonrisa de los invitados. Quienes pasaron lentamente al interior de la Casona. Sin pasar más allá del recibidor. –Enseguida viene Tristán.- les informó.
#4502
30/11/2011 23:17
Y así fue. Unos segundos después Tristán apareció. Bajando a trote las escaleras. Con una amplia sonrisa en el rostro.
-Buenas noches.- saludó. –Sebastián.- se acercó a su ahora hermano. Dándole un apretón de manos. Ambos se sonrieron. Cómplices. Tristán se giró un poco hacia Emilia. La joven le sonrió tímidamente. Aun no había asimilado bien el hecho de que Tristán se uniese a la familia. Pero para nada le disgustaba la idea. –Emilia.- pronunció Tristán. Acariciando con delicadeza el rostro de su hermana. –Raimundo.- dijo finalmente. Dirigiendo su mirada hacia él. Sin separarse de Emilia. El hombre estaba terriblemente nervioso. Y tras conocer el pasado que unía a sus padres, Tristán comprendía perfectamente a que venía ese estado. En parte, la cena serviría para intentar poner algo de paz en aquella relación. La tirante relación que mantenían Raimundo y Francisca. Sus padres.
-¿Estás seguro de que quieres que nos quedemos a cenar, Tristán?- preguntó Raimundo. Quien había terminado por meter las manos en los bolsillos para dejar de moverlas. Tristán se separó de su hermana. Deslizando su mano por el fino brazo de la joven. Dio un par de pasos hasta quedar enfrente de Raimundo.
-Si a lo que le teme es a mi madre, no se preocupe. La conozco y sabrá comportarse.- ni el mismo se lo creía. A lo único que le temía de aquella cena era a las aplastantes frases e improperios de su madre. Y estaba seguro de que terminaría soltándolas. Pero por qué no disfrazar un poco la realidad. –Esta tarde, cuando se lo dije, se mostró encantada.- dijo. Raimundo frunció el ceño. Sin creérselo del todo. Aquello era casi imposible. Y menos después del último encuentro que habían tenido. Donde después de provocarla y acabar discutiendo, esta salió de la Casa de Comidas hecha una furia. Gritándole que se olvidase de ella. “No puedo” le contestó una vez que se hubo ido. Nunca tenía el valor suficiente de enfrentarse a ella. Meneó la cabeza. Mirando a su hijo a los ojos. –Créame, Raimundo.- le dijo Tristán. El muchacho había podido ver la incredulidad de él, que sonreía nervioso. Sin saber que decirle.
-Siento la tardanza, hijo.- la voz de Francisca se escuchó tras ellos. Raimundo estaba de espaldas a la escalera por lo cual debía girarse para verla. El miedo. Los nervios. La rabia. Y sobre todo el amor que sentía por ella, se agolparon de pronto en su estómago. Respiró hondo antes de girarse.
Francisca terminó de bajar las escaleras. Soltó su faldón, pues lo tenía agarrado para facilitar sus movimientos en las escaleras. Ojeó ligeramente el recibidor. Emilia y Sebastián callaron rápidamente al verla. Los dos hermanos mantenían una silenciosa pero alegre charla antes de que ella hiciese acto de presencia. Tristán hablaba con Raimundo pero estos también parecían haber callado. Y ahora el joven se acercaba a ella. Pero a quien realmente le apetecía ver seguía dándole la espalda. Sin terminar de atreverse a enfrentarla.
-¿Hace mucho que estos…-iba a soltar un improperio más la mirada de su hijo la freno.- que los Ulloa han llegado?- terminó preguntando. En ese momento Raimundo se giró. Pudiendo verla. Como la esperaba. Realmente hermosa. Impecable. Sumamente elegante. Como siempre. Un vestido azulina con hermosos bordados de un color más claro, beige, resaltaba las curvas de su cuerpo. Atractiva. Como siempre, intocable para él.
-No se preocupe, madre. Acababan de llegar.-le contestó su hijo. Pero ella casi que no lo escuchó. Sus ojos quedaron fijos a los de él. Raimundo. Se había vestido para la ocasión, y debía reconocer que estaba terriblemente atractivo.
-Vaya, Raimundo.- exclamó. Fingiendo sorpresa. Dando un pequeño paso hacia él. –Estaba empezando a pensar que te interesaba más la mesa que yo.- dijo. Sin ningún tipo de amabilidad en sus palabras.
-No deberías dejar de hacerlo. Ningún interés tengo en ti.-le contestó. Rudo.
-Si te molesto ya sabes dónde está la…
-Madre, ya basta.- la paró Tristán. Antes de que aquella pequeña discusión fuese a más. Francisca resopló. Girándose un poco. Dirigiéndose hacia el salón.
-Y tu hermana, Tristán. ¿No cena con nosotros Soledad?- preguntó. Quizás con la presencia de su hija podría estar un poco más arropada.
-No, Soledad estaba demasiado cansada y ha preferido quedarse descansando en su habitación.- contestó Tristán.
-¡Genial! Sola entre tanto Ulloa.- musitó para sí Francisca. Todos los presentes parecieron querer escuchar lo que acababa de decir, más ninguno se atrevió a preguntarle. Observaron atentos como Francisca se acercaba a uno de los sofás del salón. Sentándose en él. Sola. Como si con ella no fuese la cena. Tristán meneó la cabeza. Dirigiéndole unas miradas cómplices a sus hermanos. Quienes acabaron por sonreír ante la comicidad de los gestos del joven. Raimundo no apartó sus ojos de ella. De Francisca. Desde el sitio en el que permanecía clavado podía ver su perfil. Sonrió para sus adentros al observar como Francisca, aburrida, empezaba a hacer divertidas muecas con la cara.
-Que os parece si pasamos al salón, mientras Rosario termina de disponer la mesa para la cena.-propuso Tristán. Dirigiéndose a sus hermanos. Estos asintieron con la cabeza. Dándose cuenta que desde que habían entrado ninguna palabra habían pronunciado. Quizás por los nervios. O por el hecho de sentirse un poco fuera de lugar.
Raimundo sin decir nada se dirigió hacia el salón. Dejando atrás a sus hijos. Estos siguieron sus pasos. El silencio no se hacía pesado, mas Tristán quiso acabar con él.
-¿Qué tal vas con tu embarazo Emilia?- le preguntó.
-Perfectamente.-contestó ella. Parándose en seco. Haciendo que Sebastián y Tristán también parasen. Agarró la mano de Tristán. Con suavidad. La colocó cuidadosa sobre su vientre. Sebastián soltó una carcajada. Al ver el gesto de su hermana. La joven estaba tan entusiasmada con el bebé, que a todo aquel que preguntaba respondía de igual forma. La carcajada sacó de su ensimismamiento a Francisca. Haciendo que tanto ella como Raimundo los mirasen. Tristán permaneció inmóvil. Esperando que algo se moviese dentro del vientre de ella. –Pepa me ha mandado algo de reposo, pero estoy bien y…
-Y se empecina en seguir trabajando en la taberna.- continuó Sebastián por ella. Un tanto reprochador. Tristán sonrió. Meneando la cabeza. El orgullo y la cabezonería les venían a todos de familia.
Raimundo volvió a dirigir su mirada hacia Francisca. Esta se dio cuenta en seguida de que sus ojos estaban clavados en ella. Pero prefirió seguir fingiendo ignorancia. Si le hablaba podrían ocurrir dos cosas. O que acabasen discutiendo. O que terminase por explotar y soltar todos los sentimientos que, a pesar de la rabia y el odio que decía sentir por él, su corazón todavía albergaba. Prefirió callar.
-Señores, la cena ya está servida.- informó la buena de Rosario.
”Y el espectáculo en bandeja” pensó Raimundo. Estaba claro que Francisca lo estaba intentando ignorar. Pero la cena sería larga y no podrían estar asi todo el tiempo.
-Buenas noches.- saludó. –Sebastián.- se acercó a su ahora hermano. Dándole un apretón de manos. Ambos se sonrieron. Cómplices. Tristán se giró un poco hacia Emilia. La joven le sonrió tímidamente. Aun no había asimilado bien el hecho de que Tristán se uniese a la familia. Pero para nada le disgustaba la idea. –Emilia.- pronunció Tristán. Acariciando con delicadeza el rostro de su hermana. –Raimundo.- dijo finalmente. Dirigiendo su mirada hacia él. Sin separarse de Emilia. El hombre estaba terriblemente nervioso. Y tras conocer el pasado que unía a sus padres, Tristán comprendía perfectamente a que venía ese estado. En parte, la cena serviría para intentar poner algo de paz en aquella relación. La tirante relación que mantenían Raimundo y Francisca. Sus padres.
-¿Estás seguro de que quieres que nos quedemos a cenar, Tristán?- preguntó Raimundo. Quien había terminado por meter las manos en los bolsillos para dejar de moverlas. Tristán se separó de su hermana. Deslizando su mano por el fino brazo de la joven. Dio un par de pasos hasta quedar enfrente de Raimundo.
-Si a lo que le teme es a mi madre, no se preocupe. La conozco y sabrá comportarse.- ni el mismo se lo creía. A lo único que le temía de aquella cena era a las aplastantes frases e improperios de su madre. Y estaba seguro de que terminaría soltándolas. Pero por qué no disfrazar un poco la realidad. –Esta tarde, cuando se lo dije, se mostró encantada.- dijo. Raimundo frunció el ceño. Sin creérselo del todo. Aquello era casi imposible. Y menos después del último encuentro que habían tenido. Donde después de provocarla y acabar discutiendo, esta salió de la Casa de Comidas hecha una furia. Gritándole que se olvidase de ella. “No puedo” le contestó una vez que se hubo ido. Nunca tenía el valor suficiente de enfrentarse a ella. Meneó la cabeza. Mirando a su hijo a los ojos. –Créame, Raimundo.- le dijo Tristán. El muchacho había podido ver la incredulidad de él, que sonreía nervioso. Sin saber que decirle.
-Siento la tardanza, hijo.- la voz de Francisca se escuchó tras ellos. Raimundo estaba de espaldas a la escalera por lo cual debía girarse para verla. El miedo. Los nervios. La rabia. Y sobre todo el amor que sentía por ella, se agolparon de pronto en su estómago. Respiró hondo antes de girarse.
Francisca terminó de bajar las escaleras. Soltó su faldón, pues lo tenía agarrado para facilitar sus movimientos en las escaleras. Ojeó ligeramente el recibidor. Emilia y Sebastián callaron rápidamente al verla. Los dos hermanos mantenían una silenciosa pero alegre charla antes de que ella hiciese acto de presencia. Tristán hablaba con Raimundo pero estos también parecían haber callado. Y ahora el joven se acercaba a ella. Pero a quien realmente le apetecía ver seguía dándole la espalda. Sin terminar de atreverse a enfrentarla.
-¿Hace mucho que estos…-iba a soltar un improperio más la mirada de su hijo la freno.- que los Ulloa han llegado?- terminó preguntando. En ese momento Raimundo se giró. Pudiendo verla. Como la esperaba. Realmente hermosa. Impecable. Sumamente elegante. Como siempre. Un vestido azulina con hermosos bordados de un color más claro, beige, resaltaba las curvas de su cuerpo. Atractiva. Como siempre, intocable para él.
-No se preocupe, madre. Acababan de llegar.-le contestó su hijo. Pero ella casi que no lo escuchó. Sus ojos quedaron fijos a los de él. Raimundo. Se había vestido para la ocasión, y debía reconocer que estaba terriblemente atractivo.
-Vaya, Raimundo.- exclamó. Fingiendo sorpresa. Dando un pequeño paso hacia él. –Estaba empezando a pensar que te interesaba más la mesa que yo.- dijo. Sin ningún tipo de amabilidad en sus palabras.
-No deberías dejar de hacerlo. Ningún interés tengo en ti.-le contestó. Rudo.
-Si te molesto ya sabes dónde está la…
-Madre, ya basta.- la paró Tristán. Antes de que aquella pequeña discusión fuese a más. Francisca resopló. Girándose un poco. Dirigiéndose hacia el salón.
-Y tu hermana, Tristán. ¿No cena con nosotros Soledad?- preguntó. Quizás con la presencia de su hija podría estar un poco más arropada.
-No, Soledad estaba demasiado cansada y ha preferido quedarse descansando en su habitación.- contestó Tristán.
-¡Genial! Sola entre tanto Ulloa.- musitó para sí Francisca. Todos los presentes parecieron querer escuchar lo que acababa de decir, más ninguno se atrevió a preguntarle. Observaron atentos como Francisca se acercaba a uno de los sofás del salón. Sentándose en él. Sola. Como si con ella no fuese la cena. Tristán meneó la cabeza. Dirigiéndole unas miradas cómplices a sus hermanos. Quienes acabaron por sonreír ante la comicidad de los gestos del joven. Raimundo no apartó sus ojos de ella. De Francisca. Desde el sitio en el que permanecía clavado podía ver su perfil. Sonrió para sus adentros al observar como Francisca, aburrida, empezaba a hacer divertidas muecas con la cara.
-Que os parece si pasamos al salón, mientras Rosario termina de disponer la mesa para la cena.-propuso Tristán. Dirigiéndose a sus hermanos. Estos asintieron con la cabeza. Dándose cuenta que desde que habían entrado ninguna palabra habían pronunciado. Quizás por los nervios. O por el hecho de sentirse un poco fuera de lugar.
Raimundo sin decir nada se dirigió hacia el salón. Dejando atrás a sus hijos. Estos siguieron sus pasos. El silencio no se hacía pesado, mas Tristán quiso acabar con él.
-¿Qué tal vas con tu embarazo Emilia?- le preguntó.
-Perfectamente.-contestó ella. Parándose en seco. Haciendo que Sebastián y Tristán también parasen. Agarró la mano de Tristán. Con suavidad. La colocó cuidadosa sobre su vientre. Sebastián soltó una carcajada. Al ver el gesto de su hermana. La joven estaba tan entusiasmada con el bebé, que a todo aquel que preguntaba respondía de igual forma. La carcajada sacó de su ensimismamiento a Francisca. Haciendo que tanto ella como Raimundo los mirasen. Tristán permaneció inmóvil. Esperando que algo se moviese dentro del vientre de ella. –Pepa me ha mandado algo de reposo, pero estoy bien y…
-Y se empecina en seguir trabajando en la taberna.- continuó Sebastián por ella. Un tanto reprochador. Tristán sonrió. Meneando la cabeza. El orgullo y la cabezonería les venían a todos de familia.
Raimundo volvió a dirigir su mirada hacia Francisca. Esta se dio cuenta en seguida de que sus ojos estaban clavados en ella. Pero prefirió seguir fingiendo ignorancia. Si le hablaba podrían ocurrir dos cosas. O que acabasen discutiendo. O que terminase por explotar y soltar todos los sentimientos que, a pesar de la rabia y el odio que decía sentir por él, su corazón todavía albergaba. Prefirió callar.
-Señores, la cena ya está servida.- informó la buena de Rosario.
”Y el espectáculo en bandeja” pensó Raimundo. Estaba claro que Francisca lo estaba intentando ignorar. Pero la cena sería larga y no podrían estar asi todo el tiempo.
#4503
30/11/2011 23:17
Francisca se levantó. Con la intención de dirigirse al comedor. Como ya lo habían hecho Emilia, Sebastián y Tristán. Pasó junto a Raimundo. Pasando de largo. Sin ni siquiera mirarlo. Eso mosqueó aún más a Raimundo que decidió acabar con aquella desazón.
La mujer sintió como Raimundo la agarraba del brazo. Suavemente. Sin hacerle daño. Con la fuerza justa para detenerla. Francisca cerró los ojos un instante. Hacia demasiado tiempo que no sentía el contacto de las manos de Raimundo con su cuerpo. Y, aunque fuese solo para agarrarla, eso provocó que un escalofrío recorriese su espalda. “Vamos, Francisca. Te ha parado para volver a discutir. Es que acaso no lo ves.” Le recriminó su conciencia. Pero no pudo evitar mover suavemente la cabeza. Mirando las fuertes y hermosas manos de él. Manos que un día recorrieron cada rincón de su cuerpo. Miró con anhelo una de ellas. La que Raimundo había utilizado para pararla. Levantó lentamente la mirada. Haciéndola coincidir con la de Raimundo. En ella le recriminó el hecho de que la hubiese agarrado. Y él, sin querer hacerlo, la soltó.
-¿Qué pretendes, Francisca?- le preguntó. Por ello la había parado. Ella levantó las cejas. Sorprendida.
-¿¡Yo!? No me hagas reír, Raimundo.- contestó. –No he hecho ni dicho nada para que me preguntes eso.- prosiguió. Un tanto nerviosa. Pero pareció caer en la cuenta del porqué de su pregunta. Sonrió de medio lado. -¿Acaso te mosquea mi indiferencia?- Raimundo frunció el ceño. Francisca era demasiado inteligente. Tanto que a veces resultaba odiosa la forma que tenía de descubrirlo todo.
-Lo que me mosquea es lo que puedas estar tramando.-contestó Raimundo. Como pudo. Había sido pillado y ahora debía arreglarlo.
-Que poco me conoces, tabernero.- dijo. Tratando de que su voz no sonase enfadada. No lo hizo. Aunque también contribuía el hecho de que no lo estuviese. –No tramo nada, solo trato de cumplir mi palabra. Como tú deberías de hacer con mis recomendaciones.- Raimundo sabía perfectamente de lo que hablaba. Y esta vez no callaría.
-Yo no puedo. Y tú, ¿puedes olvidarme? ¿Puedes olvidar todo lo que nos unió?- la voz de Raimundo sonó más suave de lo que a ella le hubiera gustado. Cerró de nuevo los ojos. Disfrutando de su susurro. Respiró. Intentando llenar sus pulmones de aire limpio pero lo único que consiguió fue embriagar sus sentidos con el dulce aroma de Raimundo. Abrió los ojos. Para encontrarse con sus ojos. Que, tras lo que había dicho, esperaban ansiosos una respuesta.
-Madre, Raimundo ¿Vienen? - Tristán apareció de nuevo. Y tanto Francisca como Raimundo dirigieron sus miradas hacia el muchacho.
-Ahora vamos, Tristán.-contestó Raimundo. Observando como tras su respuesta el joven volvió a dirigirse hacia el comedor. Con una sonrisa entre los labios.
Francisca volvió a posar su mirada en la de él. “Nunca he podido ni podré olvidarte, Raimundo” Aquella era la única respuesta en la que no mentiría, mas prefirió hacerlo. Mentir. Asintió con la cabeza.
-Claro que puedo olvidarte, Raimundo.- contestó. “La cuestión es si quiero hacerlo” Se dijo a sí misma. Y sin querer seguir un segundo más allí se giró. Rumbo al comedor.
La mujer sintió como Raimundo la agarraba del brazo. Suavemente. Sin hacerle daño. Con la fuerza justa para detenerla. Francisca cerró los ojos un instante. Hacia demasiado tiempo que no sentía el contacto de las manos de Raimundo con su cuerpo. Y, aunque fuese solo para agarrarla, eso provocó que un escalofrío recorriese su espalda. “Vamos, Francisca. Te ha parado para volver a discutir. Es que acaso no lo ves.” Le recriminó su conciencia. Pero no pudo evitar mover suavemente la cabeza. Mirando las fuertes y hermosas manos de él. Manos que un día recorrieron cada rincón de su cuerpo. Miró con anhelo una de ellas. La que Raimundo había utilizado para pararla. Levantó lentamente la mirada. Haciéndola coincidir con la de Raimundo. En ella le recriminó el hecho de que la hubiese agarrado. Y él, sin querer hacerlo, la soltó.
-¿Qué pretendes, Francisca?- le preguntó. Por ello la había parado. Ella levantó las cejas. Sorprendida.
-¿¡Yo!? No me hagas reír, Raimundo.- contestó. –No he hecho ni dicho nada para que me preguntes eso.- prosiguió. Un tanto nerviosa. Pero pareció caer en la cuenta del porqué de su pregunta. Sonrió de medio lado. -¿Acaso te mosquea mi indiferencia?- Raimundo frunció el ceño. Francisca era demasiado inteligente. Tanto que a veces resultaba odiosa la forma que tenía de descubrirlo todo.
-Lo que me mosquea es lo que puedas estar tramando.-contestó Raimundo. Como pudo. Había sido pillado y ahora debía arreglarlo.
-Que poco me conoces, tabernero.- dijo. Tratando de que su voz no sonase enfadada. No lo hizo. Aunque también contribuía el hecho de que no lo estuviese. –No tramo nada, solo trato de cumplir mi palabra. Como tú deberías de hacer con mis recomendaciones.- Raimundo sabía perfectamente de lo que hablaba. Y esta vez no callaría.
-Yo no puedo. Y tú, ¿puedes olvidarme? ¿Puedes olvidar todo lo que nos unió?- la voz de Raimundo sonó más suave de lo que a ella le hubiera gustado. Cerró de nuevo los ojos. Disfrutando de su susurro. Respiró. Intentando llenar sus pulmones de aire limpio pero lo único que consiguió fue embriagar sus sentidos con el dulce aroma de Raimundo. Abrió los ojos. Para encontrarse con sus ojos. Que, tras lo que había dicho, esperaban ansiosos una respuesta.
-Madre, Raimundo ¿Vienen? - Tristán apareció de nuevo. Y tanto Francisca como Raimundo dirigieron sus miradas hacia el muchacho.
-Ahora vamos, Tristán.-contestó Raimundo. Observando como tras su respuesta el joven volvió a dirigirse hacia el comedor. Con una sonrisa entre los labios.
Francisca volvió a posar su mirada en la de él. “Nunca he podido ni podré olvidarte, Raimundo” Aquella era la única respuesta en la que no mentiría, mas prefirió hacerlo. Mentir. Asintió con la cabeza.
-Claro que puedo olvidarte, Raimundo.- contestó. “La cuestión es si quiero hacerlo” Se dijo a sí misma. Y sin querer seguir un segundo más allí se giró. Rumbo al comedor.
#4504
30/11/2011 23:18
Raimundo cortaba el filete de cordero con fuerza. Como si estuviese enfadado con él, en vez de con el mundo. Tanta brutalidad empleaba para con el filete que al terminar de cortarlo empezó a cortar el plato. No había hablado en toda la cena. Ni él, ni ella. Francisca tampoco lo había hecho. Pero a diferencia de él se mostraba triste. Pensativa. Sintiendo que no debía haber contestado aquello a Raimundo. Sebastián y Tristán mantenían una alegre charla. En la que también participaba Emilia. Los sitios estaban cuidadosamente elegidos. A la izquierda de Emilia se sentaba Raimundo. A la derecha de la joven estaba la silla vacía de Soledad, que no había sido retirada. Y frente a ella estaba su hermano. Sebastián. Y dado a que su relación con Francisca no era del todo mala le tocó a él sentarse al lado de la orgullosa Montenegro. Que para sorpresa de todos no había abierto la boca en toda la cena. Ni siquiera para comer.
Raimundo prosiguió en su labor con el cordero y el molesto ruido del contacto del cuchillo con la vajilla se hizo escuchar de nuevo. Deteniendo la conversación de los jóvenes. Tristán llevó una mano al brazo de su padre. Deteniéndolo. Él estaba en medio de sus padres había visto su actitud en la cena. Pero decidió no preguntar directamente el motivo de sus comportamientos.
-¿Se puede saber que le ha hecho el pobre animal para que lo trinque de esta forma?- preguntó. Provocando una sonrisa a sus hermanos. Raimundo levantó la mirada. Mirando a la mujer que estaba frente a él. Francisca. Esta seguía dando vueltas a un trozo de carne cuidadosamente cortado y pinchado con el tenedor. El único que faltaba de su filete.
-Nada, hijo. Los animales nada.- contestó. Poniendo especial énfasis en las últimas tres palabras. Esperando a que ella se diese por aludida. Lo hizo.
-Parece que la mayoría de las veces los animales tienen un comportamiento más parecido al del ser humano que algunos hombres.- respondió Francisca. Entrecerrando los ojos.
-Por no hablar de la memoria. Algunas serian capaz hasta de olvidar su nombre.- contraatacó Raimundo. Haciendo que la sangre de Francisca fluyese más rápido.
-¡Memoria! ¿Qué hay de quienes se olvidan de cumplir su palabra? Algunos lo hacen muy a menudo. Prometen el cielo y las estrellas, y acabas sumergida en el mismísimo infierno.- continuó. Lanzando otro dardo envenenado.
-La sordera también es un problema que afecta al ser humano, Francisca. ¿O también achacamos eso a la memoria?- La ironía era para ambos su plato fuerte y así la utilizaban.
-No se trata de sordera, Raimundo.- le dijo. –Es solo que a veces no bastan con escusas baratas.- comentó. Sin darse cuenta seguía sujetando el tenedor con el trozo de filete. –Pero no creo que se le pueda pedir más a alguien de tus características.- terminó. Raimundo clavo el cuchillo, que aun tenía en la mano, en la mesa. A la vez que se levantaba del asiento. Era demasiada la rabia que tenía contenida. Emilia, Sebastián y Tristán pegaron un pequeño bote al ver semejante acción. Los tres se mostraban incrédulos ante aquel intercambio de reproches, pero al ver como el límite comenzaba a sobrepasarse empezaron a asustarse.
-¿Qué características, Francisca? Aquellas que un día te enamoraron o…- comenzó a decir Raimundo. Haciendo que ella imitase su gesto y, con el tenedor en la mano, se levantase.
-Paren, por favor.- les detuvo Tristán. –O al menos…- dirigió una mirada hacia el tenedor y el cuchillo más cercano a ellos. -…esperen a que alguien retire todos los objetos punzantes cercanos.- dijo. Cogiéndolos el mismo. Quitándole, lo primero, el tenedor a su madre.
Francisca y Raimundo se miraron. Con odio y rabia. Reprochadores. Se sentaron casi por inercia. Resignados. Resoplaron. Miraron sus platos. Dispuestos a comer. Pero se dieron cuenta de que nada tenían para hacerlo. Tristán, cumpliendo con su palabra, había retirado todos los tenedores y cuchillos de la mesa.
Un silencio incomodo se instaló en el comedor. Los jóvenes se miraban entre sí sin atreverse del todo a seguir conversando. Después de unos minutos lo hicieron. Continuando con la conversación que antes se había visto interrumpida.
Raimundo prosiguió en su labor con el cordero y el molesto ruido del contacto del cuchillo con la vajilla se hizo escuchar de nuevo. Deteniendo la conversación de los jóvenes. Tristán llevó una mano al brazo de su padre. Deteniéndolo. Él estaba en medio de sus padres había visto su actitud en la cena. Pero decidió no preguntar directamente el motivo de sus comportamientos.
-¿Se puede saber que le ha hecho el pobre animal para que lo trinque de esta forma?- preguntó. Provocando una sonrisa a sus hermanos. Raimundo levantó la mirada. Mirando a la mujer que estaba frente a él. Francisca. Esta seguía dando vueltas a un trozo de carne cuidadosamente cortado y pinchado con el tenedor. El único que faltaba de su filete.
-Nada, hijo. Los animales nada.- contestó. Poniendo especial énfasis en las últimas tres palabras. Esperando a que ella se diese por aludida. Lo hizo.
-Parece que la mayoría de las veces los animales tienen un comportamiento más parecido al del ser humano que algunos hombres.- respondió Francisca. Entrecerrando los ojos.
-Por no hablar de la memoria. Algunas serian capaz hasta de olvidar su nombre.- contraatacó Raimundo. Haciendo que la sangre de Francisca fluyese más rápido.
-¡Memoria! ¿Qué hay de quienes se olvidan de cumplir su palabra? Algunos lo hacen muy a menudo. Prometen el cielo y las estrellas, y acabas sumergida en el mismísimo infierno.- continuó. Lanzando otro dardo envenenado.
-La sordera también es un problema que afecta al ser humano, Francisca. ¿O también achacamos eso a la memoria?- La ironía era para ambos su plato fuerte y así la utilizaban.
-No se trata de sordera, Raimundo.- le dijo. –Es solo que a veces no bastan con escusas baratas.- comentó. Sin darse cuenta seguía sujetando el tenedor con el trozo de filete. –Pero no creo que se le pueda pedir más a alguien de tus características.- terminó. Raimundo clavo el cuchillo, que aun tenía en la mano, en la mesa. A la vez que se levantaba del asiento. Era demasiada la rabia que tenía contenida. Emilia, Sebastián y Tristán pegaron un pequeño bote al ver semejante acción. Los tres se mostraban incrédulos ante aquel intercambio de reproches, pero al ver como el límite comenzaba a sobrepasarse empezaron a asustarse.
-¿Qué características, Francisca? Aquellas que un día te enamoraron o…- comenzó a decir Raimundo. Haciendo que ella imitase su gesto y, con el tenedor en la mano, se levantase.
-Paren, por favor.- les detuvo Tristán. –O al menos…- dirigió una mirada hacia el tenedor y el cuchillo más cercano a ellos. -…esperen a que alguien retire todos los objetos punzantes cercanos.- dijo. Cogiéndolos el mismo. Quitándole, lo primero, el tenedor a su madre.
Francisca y Raimundo se miraron. Con odio y rabia. Reprochadores. Se sentaron casi por inercia. Resignados. Resoplaron. Miraron sus platos. Dispuestos a comer. Pero se dieron cuenta de que nada tenían para hacerlo. Tristán, cumpliendo con su palabra, había retirado todos los tenedores y cuchillos de la mesa.
Un silencio incomodo se instaló en el comedor. Los jóvenes se miraban entre sí sin atreverse del todo a seguir conversando. Después de unos minutos lo hicieron. Continuando con la conversación que antes se había visto interrumpida.
#4505
30/11/2011 23:18
Francisca miró a Raimundo. Sentía la necesidad de decirle algo. De devolverle el último desplante. Ojeo ligeramente la mesa. Buscando algo que la ayudase a hacerlo. Sonrió de medio lado. Maliciosa.
-Raimundo, ¿te importaría servirme un poco de vino?- dijo. Cogiendo la copa con una mano. Acercándosela.
-Madre…-la regaño suavemente Tristán.
-¿Qué ocurre hijo?- dijo con fingida inocencia. Tristán resopló. Meneando la cabeza.
-Déjala, no me importa servirle un poco de vino. Para eso están los taberneros ¿no?- intervino Raimundo. Sonriéndole a su hijo. Su rostro cambio al dirigir su mirada a Francisca. Quien seguía esperando con la copa alzada. Raimundo cogió la botella y con deslumbrante maestría vertió el vino en la copa.
-Gracias.- le dijo Francisca. Llevándose la copa a la boca. Pero antes de que el cristal tocase sus labios paró. –Qué tal si brindamos.-propuso. Haciendo que para vista de todos aquello fuese un acto totalmente improvisado. Los chicos se miraron entre sí. Dirigiendo sus miradas hacia Raimundo. Él no podía beber. No, si quería no volver a recaer en el alcohol. Francisca lo sabía bien. Por ello lo había dicho. Raimundo tragó saliva. Respirando hondo. Se levantó.
-¿Por qué brindamos?- preguntó. Francisca hizo lo propio. Levantándose. Con la copa en la mano. Los jóvenes también lo hicieron. Con sus respectivas copas. La mirada de la mujer voló a las manos de Raimundo. Nada tenía en ellas. Bajo la mirada. Y con la mano que tenía libre cogió su vaso de agua. No lo había tocado y confiaba en que Raimundo aceptase el gesto.
-No es muy adecuado brindar con agua, por no decir nada, pero bueno…- Raimundo sonrió ante el detalle de ella. Sabía que lo tenía todo planeado. Pero había pensado que Francisca llegaría al final con aquella broma y una vez más le sorprendió.
-Por la familia.-dijo Tristán. Francisca y Raimundo dudaron si brindar entre sí. Pero era lo debido. Francisca le sonrió tímidamente. Intentando poner algo de paz en sus continuas disputas.
Raimundo observó cómo Francisca, tras sonreírle, bebía de golpe su vino. Viendo cómo, después de beberlo, buscaba la botella para rellenar su vaso. Raimundo sonrió abiertamente. Cuando ella ya no podía verlo.
-Raimundo, ¿te importaría servirme un poco de vino?- dijo. Cogiendo la copa con una mano. Acercándosela.
-Madre…-la regaño suavemente Tristán.
-¿Qué ocurre hijo?- dijo con fingida inocencia. Tristán resopló. Meneando la cabeza.
-Déjala, no me importa servirle un poco de vino. Para eso están los taberneros ¿no?- intervino Raimundo. Sonriéndole a su hijo. Su rostro cambio al dirigir su mirada a Francisca. Quien seguía esperando con la copa alzada. Raimundo cogió la botella y con deslumbrante maestría vertió el vino en la copa.
-Gracias.- le dijo Francisca. Llevándose la copa a la boca. Pero antes de que el cristal tocase sus labios paró. –Qué tal si brindamos.-propuso. Haciendo que para vista de todos aquello fuese un acto totalmente improvisado. Los chicos se miraron entre sí. Dirigiendo sus miradas hacia Raimundo. Él no podía beber. No, si quería no volver a recaer en el alcohol. Francisca lo sabía bien. Por ello lo había dicho. Raimundo tragó saliva. Respirando hondo. Se levantó.
-¿Por qué brindamos?- preguntó. Francisca hizo lo propio. Levantándose. Con la copa en la mano. Los jóvenes también lo hicieron. Con sus respectivas copas. La mirada de la mujer voló a las manos de Raimundo. Nada tenía en ellas. Bajo la mirada. Y con la mano que tenía libre cogió su vaso de agua. No lo había tocado y confiaba en que Raimundo aceptase el gesto.
-No es muy adecuado brindar con agua, por no decir nada, pero bueno…- Raimundo sonrió ante el detalle de ella. Sabía que lo tenía todo planeado. Pero había pensado que Francisca llegaría al final con aquella broma y una vez más le sorprendió.
-Por la familia.-dijo Tristán. Francisca y Raimundo dudaron si brindar entre sí. Pero era lo debido. Francisca le sonrió tímidamente. Intentando poner algo de paz en sus continuas disputas.
Raimundo observó cómo Francisca, tras sonreírle, bebía de golpe su vino. Viendo cómo, después de beberlo, buscaba la botella para rellenar su vaso. Raimundo sonrió abiertamente. Cuando ella ya no podía verlo.
#4506
30/11/2011 23:19
Francisca se acomodó de nuevo. No sabía cómo sentarse. Aquella silla le parecía de hierro. Y un calor sofocante la abofeteaba. Sentía la necesidad de quitarse un par de prendas de encima, pero era pleno invierno y no sería muy adecuado para una señora como ella aquel gesto. Era la única a la que el calor le afectaba. “Te has pasado con el vino, Francisca” le dijo una voz interior. Se había acabado media botella, y aun así se sentía totalmente cuerda. Capaz de entablar cualquier conversación.
-Y dime, Tristán. No pensarás unirte al negocio familiar, ¿no?- dijo. En un tono burlón.
-¿Quién sabe? Quizás me pase por allí más a menudo para arrimar el hombro.- respondió. Sabía que aquello molestaría a su madre, pero a veces era necesario darle un poco de su propia medicina. Para su sorpresa sonrió. Aprobando su respuesta. Francisca se hecho hacia delante. Quedando apoyada en la mesa.
-Yo también lo haría, pero por desgracia no soy bien recibida en la Casa de Comidas.- comentó. Con una expresión de aburrimiento en el rostro. Todos los presentes sonrieron ante la actitud de Francisca. Sin tomarla enserio. Estaba claro que el vino había causado sus efectos.
-Pagaría por verla de tabernera, Doña Francisca.- dijo Emilia entre risas. Raimundo clavó su mirada en Francisca. Sonriendo abiertamente.
-A más de un parroquiano sería capaz de tirarle el vino a la cara.- comentó Sebastián. Provocando las carcajadas de sus hermanos.
-Eso sería lo de menos, Sebastián.- añadió Tristán. Francisca resopló. Sintiendo que era el momento de que los jóvenes dejasen de mofarse de ella.
-¿Habéis terminado de reíros o tenéis alguna gracia más?- soltó. Un tanto enfadada. Mirando a su hijo y a los jóvenes Ulloa.
-Serías una tabernera perfecta.- se atrevió a decir Raimundo. En un voz baja. Lo suficiente para que todos pudiesen oírlo. Todos callaron de pronto. Y Francisca, que había quedado mirando a Emilia, giró lentamente la cabeza. Mirando a Raimundo en su totalidad. Estaba segura de que las palabras no saldrían de su boca aunque quisiera. Raimundo la había halagado y, sin saber cómo reaccionar, había terminado por quedar hipnotizada ante sus ojos.
-Mmm… será mejor que nos vayamos. –dijo Emilia. Sin saber cómo se actuaba en aquellos casos.
-Sí. Se ha hecho demasiado tarde. –contestó Sebastián. Levantándose del asiento. Raimundo meneó la cabeza. Convencido de que no debió decir lo que había dicho. Se levantó. Dispuesto a marcharse junto a sus hijos.
-Padre, quédese si quiere.- le dijo Emilia. Sonriéndole. Raimundo dudo. La verdad era que no le apetecía irse. Miró a Tristán.
-Una calesa puede llevar a Emilia y Sebastián hacia el pueblo. Y usted si quiere puede quedarse a dormir en la habitación de invitados.- lo de quedarse a dormir no le hizo tanta gracia.
Francisca comenzó a toser sin parar. Se había atragantado con el vino al escuchar la última frase de su hijo. Sebastián se acercó a ella. Dispuesto a ayudarla, pero cuando se posicionó a su lado esta pareció recuperarse.
-Maravillosa idea, Tristán.- musitó. Raimundo sonrió al escucharla.
-Vamos, padre. Le vendrá bien pasar un poco de más tiempo con su hijo.- Sebastián terminó de convencer a Raimundo.
-Y dime, Tristán. No pensarás unirte al negocio familiar, ¿no?- dijo. En un tono burlón.
-¿Quién sabe? Quizás me pase por allí más a menudo para arrimar el hombro.- respondió. Sabía que aquello molestaría a su madre, pero a veces era necesario darle un poco de su propia medicina. Para su sorpresa sonrió. Aprobando su respuesta. Francisca se hecho hacia delante. Quedando apoyada en la mesa.
-Yo también lo haría, pero por desgracia no soy bien recibida en la Casa de Comidas.- comentó. Con una expresión de aburrimiento en el rostro. Todos los presentes sonrieron ante la actitud de Francisca. Sin tomarla enserio. Estaba claro que el vino había causado sus efectos.
-Pagaría por verla de tabernera, Doña Francisca.- dijo Emilia entre risas. Raimundo clavó su mirada en Francisca. Sonriendo abiertamente.
-A más de un parroquiano sería capaz de tirarle el vino a la cara.- comentó Sebastián. Provocando las carcajadas de sus hermanos.
-Eso sería lo de menos, Sebastián.- añadió Tristán. Francisca resopló. Sintiendo que era el momento de que los jóvenes dejasen de mofarse de ella.
-¿Habéis terminado de reíros o tenéis alguna gracia más?- soltó. Un tanto enfadada. Mirando a su hijo y a los jóvenes Ulloa.
-Serías una tabernera perfecta.- se atrevió a decir Raimundo. En un voz baja. Lo suficiente para que todos pudiesen oírlo. Todos callaron de pronto. Y Francisca, que había quedado mirando a Emilia, giró lentamente la cabeza. Mirando a Raimundo en su totalidad. Estaba segura de que las palabras no saldrían de su boca aunque quisiera. Raimundo la había halagado y, sin saber cómo reaccionar, había terminado por quedar hipnotizada ante sus ojos.
-Mmm… será mejor que nos vayamos. –dijo Emilia. Sin saber cómo se actuaba en aquellos casos.
-Sí. Se ha hecho demasiado tarde. –contestó Sebastián. Levantándose del asiento. Raimundo meneó la cabeza. Convencido de que no debió decir lo que había dicho. Se levantó. Dispuesto a marcharse junto a sus hijos.
-Padre, quédese si quiere.- le dijo Emilia. Sonriéndole. Raimundo dudo. La verdad era que no le apetecía irse. Miró a Tristán.
-Una calesa puede llevar a Emilia y Sebastián hacia el pueblo. Y usted si quiere puede quedarse a dormir en la habitación de invitados.- lo de quedarse a dormir no le hizo tanta gracia.
Francisca comenzó a toser sin parar. Se había atragantado con el vino al escuchar la última frase de su hijo. Sebastián se acercó a ella. Dispuesto a ayudarla, pero cuando se posicionó a su lado esta pareció recuperarse.
-Maravillosa idea, Tristán.- musitó. Raimundo sonrió al escucharla.
-Vamos, padre. Le vendrá bien pasar un poco de más tiempo con su hijo.- Sebastián terminó de convencer a Raimundo.
#4507
30/11/2011 23:19
-¿No hace demasiada calor aquí?- preguntó. Emilia y Sebastián ya se habían ido. Y a su pesar, Raimundo había aceptado la oferta de Tristán. El vino seguía haciendo su efecto y el calor que en un principio sentía había aumentado. También contribuía el hecho de tener frente a ella a Raimundo. Quien no dejaba de mirarla.
-¿Calor, madre?- dijo Tristán sorprendido. Vio cómo su madre desabrochaba las mangas de su vestido. Remangándolas. Llevó sus manos hacia el cuello. Intentando holgarlo un poco. Después de hacerlo cogió de nuevo su copa. Dándose cuenta de que estaba vacía. Suspiró. Estirando su brazo. Dispuesta a coger le botella que había sobre la mesa. Raimundo fue más rápido y colocó la palma de su mano sobre la boca de la botella.
-¿Qué haces, Raimundo?- dijo Francisca. Frunciendo el ceño. Enfadada. O al menos eso parecía.
-En la taberna, cuando un borracho lleva más de 5 vinos se le prohíbe beber más. Y creo que tú llevas unos cuantos más.- explicó Raimundo. Como si a una niña pequeña le hablase.
-No he podido beber tanto.- exclamó. Incrédula. Raimundo la miro levantando las cejas. Francisca meneó la cabeza. –Y dime una cosa, Raimundo.- dijo coqueta. –Que ocurre cuando esos…borrachos deciden irse a dormir. ¿También los acompañas?-Tristán de repente se sintió incómodo. Fuera de lugar.
-No todos los borrachos se dejan acompañar.-contestó. Francisca sonrió.
-Tienes toda la razón, tabernero.- se levantó del asiento. Todo se movió un poco al hacerlo pero pudo encontrar el equilibrio rápidamente. –Con vuestro permiso me retiro a mi habitación.- sin más se giró. Dando un par de pasos hacia la salida del comedor. Sus sentidos se veían un tanto confundidos, producto del alcohol. Trastabilló. Viendo como el suelo se acercaba a ella. O ella al suelo, no llegó a saberlo bien. Pero de pronto unas manos la agarraron por la cintura. Raimundo sabía que aquello ocurriría y se atrevió a levantarse antes de que Francisca tropezase.
-¿Estas bien?- susurró Raimundo cerca de su oído. Francisca asintió con la cabeza.
-Perfectamente.-contestó. –Y ahora suéltame, puedo ir a mi cuarto sola.- le dijo. Se notaba a la legua su estado de embriaguez. Pero ella parecía la única reacia a darse cuenta. Raimundo la soltó. Y entonces Francisca pudo notar el vacío que había dejado en ella al hacerlo. Dio un par de pasos hacia adelante. Saliendo de la estancia. Raimundo miro a Tristán. El joven también se había levantado cuando Francisca amenazó con caerse al suelo. Tristán sonrió. Indicándole a Raimundo lo que debía hacer. Este se giró. Saliendo en busca de Francisca. Dirigiéndose hacia el recibidor.
-¿Calor, madre?- dijo Tristán sorprendido. Vio cómo su madre desabrochaba las mangas de su vestido. Remangándolas. Llevó sus manos hacia el cuello. Intentando holgarlo un poco. Después de hacerlo cogió de nuevo su copa. Dándose cuenta de que estaba vacía. Suspiró. Estirando su brazo. Dispuesta a coger le botella que había sobre la mesa. Raimundo fue más rápido y colocó la palma de su mano sobre la boca de la botella.
-¿Qué haces, Raimundo?- dijo Francisca. Frunciendo el ceño. Enfadada. O al menos eso parecía.
-En la taberna, cuando un borracho lleva más de 5 vinos se le prohíbe beber más. Y creo que tú llevas unos cuantos más.- explicó Raimundo. Como si a una niña pequeña le hablase.
-No he podido beber tanto.- exclamó. Incrédula. Raimundo la miro levantando las cejas. Francisca meneó la cabeza. –Y dime una cosa, Raimundo.- dijo coqueta. –Que ocurre cuando esos…borrachos deciden irse a dormir. ¿También los acompañas?-Tristán de repente se sintió incómodo. Fuera de lugar.
-No todos los borrachos se dejan acompañar.-contestó. Francisca sonrió.
-Tienes toda la razón, tabernero.- se levantó del asiento. Todo se movió un poco al hacerlo pero pudo encontrar el equilibrio rápidamente. –Con vuestro permiso me retiro a mi habitación.- sin más se giró. Dando un par de pasos hacia la salida del comedor. Sus sentidos se veían un tanto confundidos, producto del alcohol. Trastabilló. Viendo como el suelo se acercaba a ella. O ella al suelo, no llegó a saberlo bien. Pero de pronto unas manos la agarraron por la cintura. Raimundo sabía que aquello ocurriría y se atrevió a levantarse antes de que Francisca tropezase.
-¿Estas bien?- susurró Raimundo cerca de su oído. Francisca asintió con la cabeza.
-Perfectamente.-contestó. –Y ahora suéltame, puedo ir a mi cuarto sola.- le dijo. Se notaba a la legua su estado de embriaguez. Pero ella parecía la única reacia a darse cuenta. Raimundo la soltó. Y entonces Francisca pudo notar el vacío que había dejado en ella al hacerlo. Dio un par de pasos hacia adelante. Saliendo de la estancia. Raimundo miro a Tristán. El joven también se había levantado cuando Francisca amenazó con caerse al suelo. Tristán sonrió. Indicándole a Raimundo lo que debía hacer. Este se giró. Saliendo en busca de Francisca. Dirigiéndose hacia el recibidor.
#4508
30/11/2011 23:20
Francisca se sentó en las escaleras. El calor no la había abandonado, y menos después de que Raimundo la agarrase por la cintura. A su malestar se sumó el terrible mareo que de pronto sentía.
-Francisca.-una voz familiar la llamó. Levantó la cabeza. Para encontrarse con el rostro de Raimundo. Sonrió convencida de lo que iba a decir. Aunque solo fuese en aquel estado.
-Raimundo…- entrecerró los ojos.- ¿Te he dicho alguna vez que cada día que pasa estas más… guapo?- le preguntó. Raimundo soltó una carcajada.
-No, nunca lo habías dicho.- contestó. Divertido.
-Pues lo haces.- reafirmó. –Es más, ese traje te sienta de maravilla. Te lo deberías poner más.- le recomendó. Quiso reclinarse había atrás. Como si de una silla se tratase. Pero lo único que sintió en su espalda fueron las esquinas de los escalones. Se levantó rápidamente. Tanto que Raimundo temió por que volviera perder el equilibrio. No lo hizo. Se giró. Subiendo un par de escalones más. Raimundo quedó parado bajo las escaleras.
-¿Me acompañarías a mi habitación si te lo pidiera, tabernero?- no pudo creer que Francisca le hubiese hecho semejante pregunta. Estaba seguro de que solo era producto del alcohol. “Los niños y los borrachos siempre dicen lo que piensan”
-Solo si temiese que te pudieses caer en el camino.- contestó. Fingiendo tranquilidad. Francisca se giró un poco. Lo justo para poder verlo.
-¿Lo haces?- preguntó. La respuesta de él fue clara, pero no habló. Se limitó a subir las escaleras lentamente. Francisca, fingiendo indiferencia, continuó subiendo a su ritmo. Dejando a Raimundo a sus espaldas. Terminó con las escaleras y se enfrentó al pasillo. Raimundo sintió como se le erizaba la piel. Hacia demasiados años que no subía a la planta alta de la Casona. Y los recuerdos se mezclaban con la furia de saber que, en ese tiempo, un horrible monstruo se había paseado por allí. Pero eso no importaba ahora. Vio como Francisca miraba una de las puertas del pasillo. La que, si recordaba bien, siempre fue su habitación. Después dirigió su mirada hacia la que estaba enfrente de la puerta de la alcoba de Francisca.
-Curioso.-pronunció Francisca.
-¿Que es curioso?- preguntó intrigado. Acercándose hacia ella.
-Mi habitación.- se la presentó como si de una persona se tratase. Señalándola con el dedo índice. –Y la de invitados.- Utilizó la mano contraria para señalarle la otra puerta. –Y si no recuerdo mal, tú eres el invitado.- explicó. Raimundo meneó la cabeza. Sonriendo.
-Vamos, Francisca. Será mejor que entres y descanses.- le dijo. No supo si fue queriendo o el simple deseo de tocarla le obligó a ello. Raimundo acarició el brazo de Francisca. Haciendo que esta sintiese como un escalofrió recorría su cuerpo. Tragó saliva. Parecía que en aquella planta hacia aún más calor. Meneó la cabeza. Acercándose a la puerta de su alcoba. Pero no podía marcharse sin más.
-Raimundo, no me vas a dar siquiera un besito de buenas noches.- le dijo. Como si fuese una niña pequeña. Realmente lo parecía. Lo era para él. No obstante nunca dejó de ser su pequeña. Sonrió abiertamente. Francisca tenía las mejillas sonrosadas. Y se le antojaban deliciosas. Pero sus carnosos labios, que como siempre esperando a ser besados, se lo parecían más aún. Se acercó a ella. Al igual que ella a él. Se miraron a los ojos. Como lo habían estado haciendo casi en toda la cena. Pero ahora pudieron ver algo que hacía mucho tiempo que no veían. Y no precisamente por que no estuviera, sino porque antes no se habían parado a intentar verlo en los ojos del otro. Francisca, en su estado de embriaguez, acercó sus labios hacia la mejilla de Raimundo. Depositando un cariñoso beso sobre ella. Raimundo cerró los ojos al notar el contacto de los labios de Francisca con su piel. Pero para su sorpresa, y como esperaba, ella no se separó. Dejó que la punta de su nariz permaneciese pegada a su mejilla. Movió su cabeza. Lentamente. En un movimiento acariciador. Él deslizó su mano desde la cintura de ella hasta su espalda. Haciendo a Francisca sentir el dulce revoloteo de las mariposas en su estomagó. Francisca llevó su mano hacia el cuello de él. Agarrándolo para que no escapase. Suavemente. Poco a poco sus labios se buscaron. Se encontraron sin prisa. Los unieron. Y un par de choques entre ellos hicieron falta para que finalmente Raimundo atrapase la boca de ella. Profundizaron lentamente en aquel beso que tanto les había costado darse. Las manos de ambos recorrieron solas los caminos que antes ya habían conquistado. Finalmente se separaron. Sin quererlo. Las respiraciones de ambos estaban totalmente desajustadas. Como si de dos asmáticos se tratase.
-Dime que esto no ha sido un error.- pronunció Raimundo con temor, tras apaciguar un poco su respiración. Francisca no contestó. Se volvió a lanzar hacia él. Acorralándolo con la pared contraria. Raimundo sonrió mientras la besaba con fuerza. Con amor. Con pasión. Comenzaron a desnudarse de igual forma. Y cuando el vestido de Francisca estuvo totalmente desabrochado, al igual que la camisa de Raimundo. Decidieron que aquel no era el mejor sitio para dar rienda suelta a su amor. Abrieron la puerta de la habitación de invitados. Sin dejar de besarse. La camisa y el vestido se reunieron en el suelo en cuanto entraron en la alcoba. Paso a paso se encaminaron hacia la cama. Cayeron sobre ella. Completamente desnudos. Se habían encargado de quitar todo aquello que estorbaba mientras caminaban hacia la cama. Francisca sintió como Raimundo necesitaba tanto como ella volver a sentirse uno.
-Nunca podría olvidarme de ti, Raimundo. Olvidarme de ti, seria olvidar todo aquello que amo.- confesó. Segundos antes de que Raimundo se introdujese dentro de ella. Haciéndola suya. Sus corazones palpitaban con fuerza. Y lo notaban en el contacto de sus pechos desnudos. Ambos comenzaron a moverse. A un ritmo lento al principio. Más rápido después, necesitaban sentirse cada vez más, y sus movimientos se convirtieron en frenéticos momentos antes de que el éxtasis le sucumbiera. Las últimas embestidas llegaron casi por inercia. Al igual que los últimos gemidos. Que fueron silenciados con un beso. Raimundo se dejó caer sobre el colchón. Sin dejar de abrazar a Francisca. Permanecieron cayados unos minutos. Pero el silencio no se hizo pesado. Al contrario. Disfrutaban escuchando las respiraciones del otro. Los latidos de sus corazones.
-Raimundo, mañana…- comenzó a decir. Acariciando el brazo de él. El mismo brazo que la rodeaba. -…Mañana no me despiertes. No me saques de este sueño. Si piensas marcharte yo…
-Mañana cuando despiertes estaré a tu lado, y si quieres, todos los días que nos resten de vida, mi pequeña.- Francisca sonrió. Depositando un suave beso sobre los labios de Raimundo. Tomándole la palabra.
P.D. Buenas noches, mis amores.
-Francisca.-una voz familiar la llamó. Levantó la cabeza. Para encontrarse con el rostro de Raimundo. Sonrió convencida de lo que iba a decir. Aunque solo fuese en aquel estado.
-Raimundo…- entrecerró los ojos.- ¿Te he dicho alguna vez que cada día que pasa estas más… guapo?- le preguntó. Raimundo soltó una carcajada.
-No, nunca lo habías dicho.- contestó. Divertido.
-Pues lo haces.- reafirmó. –Es más, ese traje te sienta de maravilla. Te lo deberías poner más.- le recomendó. Quiso reclinarse había atrás. Como si de una silla se tratase. Pero lo único que sintió en su espalda fueron las esquinas de los escalones. Se levantó rápidamente. Tanto que Raimundo temió por que volviera perder el equilibrio. No lo hizo. Se giró. Subiendo un par de escalones más. Raimundo quedó parado bajo las escaleras.
-¿Me acompañarías a mi habitación si te lo pidiera, tabernero?- no pudo creer que Francisca le hubiese hecho semejante pregunta. Estaba seguro de que solo era producto del alcohol. “Los niños y los borrachos siempre dicen lo que piensan”
-Solo si temiese que te pudieses caer en el camino.- contestó. Fingiendo tranquilidad. Francisca se giró un poco. Lo justo para poder verlo.
-¿Lo haces?- preguntó. La respuesta de él fue clara, pero no habló. Se limitó a subir las escaleras lentamente. Francisca, fingiendo indiferencia, continuó subiendo a su ritmo. Dejando a Raimundo a sus espaldas. Terminó con las escaleras y se enfrentó al pasillo. Raimundo sintió como se le erizaba la piel. Hacia demasiados años que no subía a la planta alta de la Casona. Y los recuerdos se mezclaban con la furia de saber que, en ese tiempo, un horrible monstruo se había paseado por allí. Pero eso no importaba ahora. Vio como Francisca miraba una de las puertas del pasillo. La que, si recordaba bien, siempre fue su habitación. Después dirigió su mirada hacia la que estaba enfrente de la puerta de la alcoba de Francisca.
-Curioso.-pronunció Francisca.
-¿Que es curioso?- preguntó intrigado. Acercándose hacia ella.
-Mi habitación.- se la presentó como si de una persona se tratase. Señalándola con el dedo índice. –Y la de invitados.- Utilizó la mano contraria para señalarle la otra puerta. –Y si no recuerdo mal, tú eres el invitado.- explicó. Raimundo meneó la cabeza. Sonriendo.
-Vamos, Francisca. Será mejor que entres y descanses.- le dijo. No supo si fue queriendo o el simple deseo de tocarla le obligó a ello. Raimundo acarició el brazo de Francisca. Haciendo que esta sintiese como un escalofrió recorría su cuerpo. Tragó saliva. Parecía que en aquella planta hacia aún más calor. Meneó la cabeza. Acercándose a la puerta de su alcoba. Pero no podía marcharse sin más.
-Raimundo, no me vas a dar siquiera un besito de buenas noches.- le dijo. Como si fuese una niña pequeña. Realmente lo parecía. Lo era para él. No obstante nunca dejó de ser su pequeña. Sonrió abiertamente. Francisca tenía las mejillas sonrosadas. Y se le antojaban deliciosas. Pero sus carnosos labios, que como siempre esperando a ser besados, se lo parecían más aún. Se acercó a ella. Al igual que ella a él. Se miraron a los ojos. Como lo habían estado haciendo casi en toda la cena. Pero ahora pudieron ver algo que hacía mucho tiempo que no veían. Y no precisamente por que no estuviera, sino porque antes no se habían parado a intentar verlo en los ojos del otro. Francisca, en su estado de embriaguez, acercó sus labios hacia la mejilla de Raimundo. Depositando un cariñoso beso sobre ella. Raimundo cerró los ojos al notar el contacto de los labios de Francisca con su piel. Pero para su sorpresa, y como esperaba, ella no se separó. Dejó que la punta de su nariz permaneciese pegada a su mejilla. Movió su cabeza. Lentamente. En un movimiento acariciador. Él deslizó su mano desde la cintura de ella hasta su espalda. Haciendo a Francisca sentir el dulce revoloteo de las mariposas en su estomagó. Francisca llevó su mano hacia el cuello de él. Agarrándolo para que no escapase. Suavemente. Poco a poco sus labios se buscaron. Se encontraron sin prisa. Los unieron. Y un par de choques entre ellos hicieron falta para que finalmente Raimundo atrapase la boca de ella. Profundizaron lentamente en aquel beso que tanto les había costado darse. Las manos de ambos recorrieron solas los caminos que antes ya habían conquistado. Finalmente se separaron. Sin quererlo. Las respiraciones de ambos estaban totalmente desajustadas. Como si de dos asmáticos se tratase.
-Dime que esto no ha sido un error.- pronunció Raimundo con temor, tras apaciguar un poco su respiración. Francisca no contestó. Se volvió a lanzar hacia él. Acorralándolo con la pared contraria. Raimundo sonrió mientras la besaba con fuerza. Con amor. Con pasión. Comenzaron a desnudarse de igual forma. Y cuando el vestido de Francisca estuvo totalmente desabrochado, al igual que la camisa de Raimundo. Decidieron que aquel no era el mejor sitio para dar rienda suelta a su amor. Abrieron la puerta de la habitación de invitados. Sin dejar de besarse. La camisa y el vestido se reunieron en el suelo en cuanto entraron en la alcoba. Paso a paso se encaminaron hacia la cama. Cayeron sobre ella. Completamente desnudos. Se habían encargado de quitar todo aquello que estorbaba mientras caminaban hacia la cama. Francisca sintió como Raimundo necesitaba tanto como ella volver a sentirse uno.
-Nunca podría olvidarme de ti, Raimundo. Olvidarme de ti, seria olvidar todo aquello que amo.- confesó. Segundos antes de que Raimundo se introdujese dentro de ella. Haciéndola suya. Sus corazones palpitaban con fuerza. Y lo notaban en el contacto de sus pechos desnudos. Ambos comenzaron a moverse. A un ritmo lento al principio. Más rápido después, necesitaban sentirse cada vez más, y sus movimientos se convirtieron en frenéticos momentos antes de que el éxtasis le sucumbiera. Las últimas embestidas llegaron casi por inercia. Al igual que los últimos gemidos. Que fueron silenciados con un beso. Raimundo se dejó caer sobre el colchón. Sin dejar de abrazar a Francisca. Permanecieron cayados unos minutos. Pero el silencio no se hizo pesado. Al contrario. Disfrutaban escuchando las respiraciones del otro. Los latidos de sus corazones.
-Raimundo, mañana…- comenzó a decir. Acariciando el brazo de él. El mismo brazo que la rodeaba. -…Mañana no me despiertes. No me saques de este sueño. Si piensas marcharte yo…
-Mañana cuando despiertes estaré a tu lado, y si quieres, todos los días que nos resten de vida, mi pequeña.- Francisca sonrió. Depositando un suave beso sobre los labios de Raimundo. Tomándole la palabra.
P.D. Buenas noches, mis amores.
#4509
30/11/2011 23:33
Ohhhhhhhhhh Rocío, que bonitooooooooo ja ja adoro a la Paca beoda o drogada, es ella pero no es ella, genial.
Gracias guapa, ahora me pongo a estudiar más contenta
Gracias guapa, ahora me pongo a estudiar más contenta
#4510
30/11/2011 23:54
Aishhhhhhhhhhhhh mil gracias guapa, ha sido maravillosa la historia,que final!!! y esa Paca borracha me encanta xd, recomenandole que se ponga el traje más que esta muy guapo jajaja.
A mi también me ha dejado descolocada Rosario, al decir ella que compartian un secreto pensaba que lo sabia ya ella pero solo lo sospeche, quizás se lo admita y empiecen a compartirlo de verdad?no se, no se. Solo se que tengo unas ganas de ver ese flashback que no lo sabeis bien...
Ay Raimundo que soñaras tu....que amor de hombre.
A mi también me ha dejado descolocada Rosario, al decir ella que compartian un secreto pensaba que lo sabia ya ella pero solo lo sospeche, quizás se lo admita y empiecen a compartirlo de verdad?no se, no se. Solo se que tengo unas ganas de ver ese flashback que no lo sabeis bien...
Ay Raimundo que soñaras tu....que amor de hombre.
#4511
01/12/2011 10:13
Rocío, que ayer no pude comentar, gracias por 'la Cena'... y el postre ha estado sublime .
Si Miri, yo también pensé que Mauri iba a por Rai, enseguida saltamos eh!!
Si Miri, yo también pensé que Mauri iba a por Rai, enseguida saltamos eh!!
#4512
01/12/2011 12:43
Muy buenos días a toda la gente de este maravilloso hilo. Quiero transmitiros las palabras de Raimundo a modo chascarrillo, espero os guste.
La vida se encargará de juzgarte.
! A mí no te se ocurra acercarte.!.
Tu oportunidad la dejaste escapar
La felicidad no has querido atrapar.
Me privaste de disfrutar de mi hijo.
Por ello muchísimo yo me aflijo.
Si de verdad hay justicia en el mundo.
Pagarás por ello como que me llamo Raimundo.
Andaremos por caminos bien separados.
Sin poder evitar seguir siempre enamorados.
! Me quedaré muy asombrado !.
! Si alguna vez recoges lo sembrado!.
Yo no puedo volver jamás a tu lecho.
! Por todo el daño que me has hecho!.
Tú no mereces a nadie que te quiera.
Tu gran obsesión es hundir a la partera.
Sin importarte el precio que tengas que pagar.
Siempre tus propósitos tienes que lograr.
Te quedarás sola y abatida
Perderás como siempre la partida.
Solo Mauricio permanecerá a tu lado.
Por que por tí el pobre está pirado.
Yo con Águeda tendré un romance.
Yo ya nunca estaré más a tu alcance.
La vida se encargará de juzgarte.
! A mí no te se ocurra acercarte.!.
Tu oportunidad la dejaste escapar
La felicidad no has querido atrapar.
Me privaste de disfrutar de mi hijo.
Por ello muchísimo yo me aflijo.
Si de verdad hay justicia en el mundo.
Pagarás por ello como que me llamo Raimundo.
Andaremos por caminos bien separados.
Sin poder evitar seguir siempre enamorados.
! Me quedaré muy asombrado !.
! Si alguna vez recoges lo sembrado!.
Yo no puedo volver jamás a tu lecho.
! Por todo el daño que me has hecho!.
Tú no mereces a nadie que te quiera.
Tu gran obsesión es hundir a la partera.
Sin importarte el precio que tengas que pagar.
Siempre tus propósitos tienes que lograr.
Te quedarás sola y abatida
Perderás como siempre la partida.
Solo Mauricio permanecerá a tu lado.
Por que por tí el pobre está pirado.
Yo con Águeda tendré un romance.
Yo ya nunca estaré más a tu alcance.
#4513
01/12/2011 13:10
Mariajo Yo estoy convencida que Soledad no es castro. Primero por la escena de la Duquesa y Paca donde nos dan a enetnder por las miradas (que grande eres María) que La Paca no fue fiel a Salvador durante su matrimonio. Sigue escamándome que Ramón Ibarra afirmase que sabía lo de los malos tratos que recibió Francisca ¿Cómo iba a saberlo si no volvieron a mantener contacto?
#4514
01/12/2011 14:56
Rocío... genial esa cena. Me has matado de la risa. Genial el humor, que buena falta nos hace!!!
Con respecto a Soledad... yo siempre he pensado que era una Castro, pero es cierto que hay ciertas cosas que no cuadran mucho y como en PV cada uno es hijo del vecino, pues tampoco me extrañaría.
De la paternidad de Tristán... es lógico que no le dijera nada a Raimundo, para ella durante treinta años él la abandonó por otra, solo por dinero y ahora que sabe la realidad ha pasado demasiado tiempo y no han tenido apenas acercamiento. Si lo dijera en estos momentos, sería totalmente incoherente, pues si lleva queriendo separar a Tristán de Pepa desde siempre y especialmente en esta última temporada no tendría sentido que lo soltara de buenas a primeras (es mi opinión). Ojo, que con eso no quiero decir que si se dan las circunstancias adecuadas no sea la misma Francisca la que lo confiese a los ojos de los demás, pero no esperemos que corra a contarlo (entre otras cosas, no olvidemos lo importante que es para Francisca la apariencia, y que todo el pueblo sepa eso no dará precisamente muy buena imagen de ella). Por otro lado la felicidad de su hijo para ella no está en Pepa ( y como María dejó entrever en la entrevista de FTV hay algo más que el simple hecho de que sea de distinta clase, algo escondido) por lo que para ella estará haciendo un bien por su hijo.
Y por todas esas escenazas que hemos tenido a lo largo de varios capítulos (aunque ya queden lejanas...) quiero avance raipaquista!!!
Con respecto a Soledad... yo siempre he pensado que era una Castro, pero es cierto que hay ciertas cosas que no cuadran mucho y como en PV cada uno es hijo del vecino, pues tampoco me extrañaría.
De la paternidad de Tristán... es lógico que no le dijera nada a Raimundo, para ella durante treinta años él la abandonó por otra, solo por dinero y ahora que sabe la realidad ha pasado demasiado tiempo y no han tenido apenas acercamiento. Si lo dijera en estos momentos, sería totalmente incoherente, pues si lleva queriendo separar a Tristán de Pepa desde siempre y especialmente en esta última temporada no tendría sentido que lo soltara de buenas a primeras (es mi opinión). Ojo, que con eso no quiero decir que si se dan las circunstancias adecuadas no sea la misma Francisca la que lo confiese a los ojos de los demás, pero no esperemos que corra a contarlo (entre otras cosas, no olvidemos lo importante que es para Francisca la apariencia, y que todo el pueblo sepa eso no dará precisamente muy buena imagen de ella). Por otro lado la felicidad de su hijo para ella no está en Pepa ( y como María dejó entrever en la entrevista de FTV hay algo más que el simple hecho de que sea de distinta clase, algo escondido) por lo que para ella estará haciendo un bien por su hijo.
Y por todas esas escenazas que hemos tenido a lo largo de varios capítulos (aunque ya queden lejanas...) quiero avance raipaquista!!!
#4515
01/12/2011 14:58
Me alegro de que os haya gustado
Eva, tienes mucho arte para las rimas. Pero Raimundo acabará con Francisca, mujer con la que reconoce soñar
, y no con Águeda
Miri, presente una que tambien pensó que a quien solicitaban en la Casona era a Raimundo
Yo creo que Soledad si es una Castro. Más que nada por que la relación que mantuvieron Francisca y Raimundo en el pasado, cuando se separaron, no fue muy buena... Y me niego a pensar que Mauricio y ella tuvieran algo.
Aunque tambien podrían sacar que Francisca tambien robase a un bebé pero bueno... no creo.
Eva, tienes mucho arte para las rimas. Pero Raimundo acabará con Francisca, mujer con la que reconoce soñar
, y no con Águeda
Miri, presente una que tambien pensó que a quien solicitaban en la Casona era a Raimundo
Yo creo que Soledad si es una Castro. Más que nada por que la relación que mantuvieron Francisca y Raimundo en el pasado, cuando se separaron, no fue muy buena... Y me niego a pensar que Mauricio y ella tuvieran algo.
Aunque tambien podrían sacar que Francisca tambien robase a un bebé pero bueno... no creo.
#4516
01/12/2011 18:18
Me alegro que te haya gustado mi chascarrillo, referente a que la Paca tiene que acabar con Rai, en mi humilde opinión, ella no se merece a un hombre como Rai, mucho tendría que cambiar, para que esto sucediera y lo que es más importante los guionistas lo tendrían que hacer creíble, por que han destrozado demasiado la relación Paca-Rai y es una gran pena, por que nos podrían haber dado tantas escenas realmente maravillosas, que hoy por hoy no resultarían creíbles
#4517
01/12/2011 18:28
Holaaaaa chicas :D siento no poder comentar tanto pero tengo mucho trabajoo :D
Aprovecho para comentar que accabo de ver el capitulo y ...PORFINNN , un flashback donde dicen que tristan es hijo de Raimundoooo por finn :D
Aprovecho para comentar que accabo de ver el capitulo y ...PORFINNN , un flashback donde dicen que tristan es hijo de Raimundoooo por finn :D
#4518
01/12/2011 18:43
Por esa regla de tres ninguna pareja seria creíble, ¿o es creíble acaso la relación de Pepa y Tristán? De tantas veces que se han juntado y separado una termina cansándose y como dijo Francisca, lo único que dan es un poco de curiosidad por ver cuál será el próximo motivo de disputa o reconciliación. Francisca es mala, y reconozco que desde la 3º temporada aún más. Los guionistas se han cebado con ella, pero yo si sigo creyendo en su amor. En el amor que Raimundo y Francisca se procesan. Y en que un día puedan ser felices, que ambos se lo merecen.
Para eso estamos las Raipaquistas ¿no? Para luchar y creer en su amor.
Capitulazo para Francisca y Raimundo.
Me encanta que Raimundo recuerde a Francisca. Pepa sabia de su relación con ella, y él se ha justificado diciendo que por aquel entonces, Francisca era una muchacha encantadora, inteligente, alegre... Que le plante un beso, verá como vuelve a ser la que era
Flashback, Francisca de joven. "Que caso con un hijo en mi vientre. El hijo de mi amor. El hijo de Raimundo Ulloa". Ya está. Ya lo han dicho, y el momento ha sido muy bonito.
Sigue mañana y la conversación se centra en Raimundo... Como siempre Francisca y su orgullo.
Ahora lo volveré a ver.
Para eso estamos las Raipaquistas ¿no? Para luchar y creer en su amor.
Capitulazo para Francisca y Raimundo.
Me encanta que Raimundo recuerde a Francisca. Pepa sabia de su relación con ella, y él se ha justificado diciendo que por aquel entonces, Francisca era una muchacha encantadora, inteligente, alegre... Que le plante un beso, verá como vuelve a ser la que era

Flashback, Francisca de joven. "Que caso con un hijo en mi vientre. El hijo de mi amor. El hijo de Raimundo Ulloa". Ya está. Ya lo han dicho, y el momento ha sido muy bonito.
Sigue mañana y la conversación se centra en Raimundo... Como siempre Francisca y su orgullo.
Ahora lo volveré a ver.
#4519
01/12/2011 20:01
Rocio,gracias por ese momento cena,que me ha encantado!
he preferido dejarlo para hoy y leerlo todo seguido,y ha sido maravilloso.Ya sabes que a mi,la Francisca con ese puntillo que da el alcoho,pero con el que aún es consciente de lo que hace,¡me encanta!
eva,tus chascarrillos son la bomba!! pero en este caso,yo no quiero que Rai termine con Águeda.Entiendo tu postura,que ahora no querais que Raimundo termine con Francisca porque ella ha hecho cosas que no debía (no entro en detalles...). Pero aunque entiendo tu postura,y la respeto,no la comparto.Si así fuera,no estaría en este hilo jejeje
Raimundo terminará con Francisca,es un hecho.
Sobre el capítulo,hoy se me han caido las (bragas) con Raimundo. Ese..."Y pese a todo, mi corazón sigue sintiendo por ella..." ha conseguido que mi salón se llenara de babas por Raimundo.
El flashback de Francisca,me ha dado una pena tremenda.Y ha confirmado lo que sabía desde que vi a Raimundo y Francisca juntos por primera vez.A ver cómo continua mañana.
Se que os tengo muy abandonadas con los relatos de "Tu eres mi condena" y con "Raimundo y Francisca,lo que debió ser".Pero para que no me mateis,a la noche os subo el capítulo siguiente de "Tu eres mi condena"
os quiero!
Silvia,que te echo de menos
he preferido dejarlo para hoy y leerlo todo seguido,y ha sido maravilloso.Ya sabes que a mi,la Francisca con ese puntillo que da el alcoho,pero con el que aún es consciente de lo que hace,¡me encanta!
eva,tus chascarrillos son la bomba!! pero en este caso,yo no quiero que Rai termine con Águeda.Entiendo tu postura,que ahora no querais que Raimundo termine con Francisca porque ella ha hecho cosas que no debía (no entro en detalles...). Pero aunque entiendo tu postura,y la respeto,no la comparto.Si así fuera,no estaría en este hilo jejeje
Raimundo terminará con Francisca,es un hecho.
Sobre el capítulo,hoy se me han caido las (bragas) con Raimundo. Ese..."Y pese a todo, mi corazón sigue sintiendo por ella..." ha conseguido que mi salón se llenara de babas por Raimundo.
El flashback de Francisca,me ha dado una pena tremenda.Y ha confirmado lo que sabía desde que vi a Raimundo y Francisca juntos por primera vez.A ver cómo continua mañana.
Se que os tengo muy abandonadas con los relatos de "Tu eres mi condena" y con "Raimundo y Francisca,lo que debió ser".Pero para que no me mateis,a la noche os subo el capítulo siguiente de "Tu eres mi condena"
os quiero!
Silvia,que te echo de menos
#4520
01/12/2011 21:33
Miri y Ruth, que siempre me paso por los hilos de Francisca y Ramón y casi nunca os comento. Muchas gracias por todas vuestras capturas 
Os dejo la continuación de mi relato, que esta parte la voy a dividir en dos por que es un poquito dura, por no decir bastante... Mañana intentaré seguir con ella.
GOTAS DEL PASADO
Raimundo retiró el paño que Natalia tenía en la frente. Se acercó al barreño de agua fresca que había junto a la mesita de noche. Sumergió el paño. Mojándolo. Refrescándolo. Dejando que se impregnase de agua. Lo escurrió un poco. Y, cuando lo hubo hecho, lo volvió a colocar sobre la ardiente frente de la joven. Llevaba media hora repitiendo incansablemente aquel proceso. Esperando que la fiebre de su esposa remitiese. Pero no lo hacía. Y aquello lo desesperaba. Como lo hacía la incompetencia de los doctores. Ninguno le daba la mínima esperanza para ella. Había rogado a Don Julián que luchase por curarla pero este repetía una y otra vez que la enfermedad de Natalia no tenía cura. Y si la tenía, él no disponía de ella. Raimundo cerró los ojos. Dejándose caer sobre el borde de la cama. Sin molestar a la joven que en ella yacía.
Estos últimos meses habían sido frustrantes. Ante sus ojos la fuerte, incansable y valiente Natalia había ido cayendo día tras día. Empeorando a cada hora que pasaba. Al principio su enfermedad se había presentado como cualquier molestia. Un mísero resfriado. Un insignificante malestar general. Casi un mes se llevó con una extraña tos que persistía en el tiempo. Ella no había parado de repetirle una y otra vez que no era nada. Que se encontraba bien. Que ella era fuerte. Los ojos de Raimundo volvieron a llenarse de lágrimas al recordar las palabras de la joven. “Nada me pasará, Raimundo. Te lo prometo.” En más de una ocasión Natalia repitió aquella frase. Y en todas las ocasiones aquella molesta tos interrumpió sus palabras. Restándole credibilidad. La misma que en el último mes había desaparecido por completo. Los hechos contradijeron a las palabras. En aquel último mes Natalia perdió toda la fuerza que siempre la había acompañado. Su hermoso rostro empalideció, para no volver a tomar el color. Natalia perdió peso en muy poco tiempo. No podía comer. Los alimentos le arañaban la garganta. La hacían llorar de dolor. En poco tiempo Natalia cobró un aspecto enfermo. Débil. Sin vida. Desde hacía un par de semanas sus piernas ya no la sostenían. Su tos había empeorado. Ahora se manifestaba con mayor frecuencia. Convirtiéndose en ataques de tos en los que la joven quedaba sin aire durante unos instantes. Todo eso se veía acompañado de una alta fiebre que la impedía poder levantarse de la cama.
Raimundo no se separaba de ella ni un momento. Luchando por salvarla. Desde que se percató de que la enfermedad era realmente grave movió cielo y tierra para impedir aquello que cada vez estaba más cerca. No podía permitirse que Natalia se fuese. Sin más. No podía quedarse solo. Sabía que era un egoísta solo por pensarlo, pero era verdad. Él sin Natalia no era nada. Ella era la que, junto a Sebastián y Emilia, daban color a su vida. Por ellos era por lo que seguía luchando. Pero ahora veía como la pieza más importante había caído lentamente hasta acabar ahí. Tumbada en la cama. Empapada de sudor, producto de la fiebre. Y con una horrible tos, que justo en ese instante volvió a hacer acto de presencia.
Natalia se removió. Llevaba toda la tarde dormida. La fiebre y la falta de energía le impedían hacer otra cosa. Una terrible expresión de dolor cruzó su rostro. Al tiempo que su garganta emitía un quejido.
Raimundo se levantó de la cama al ver el malestar de su esposa. Se inclinó hacia ella. Y quitando el paño que tenía la joven en la frente, colocó el dorso de su mano sobre ella. Intentando así calcular su temperatura. Había bajado desde la última vez que lo comprobó, pero el estado de ella no había mejorado. Sin despejar su mano de la piel de ella, deslizó suavemente sus dedos índice y corazón por el rostro de ella. Bajando desde su sien hasta su mejilla.
-Te vas a poner bien, mi niña.- le susurró. –Te vas a poner bien.- repitió. Notando como mil lágrimas se agolpaban en sus ojos. Ni el mismo creía lo que decía. Aunque no se separará de su lado un instante. La cuidaría hasta que el último aliento saliese de la boca de Natalia. Aquel momento estaba cerca. Pero quería seguir confiando en que se recuperaría. Raimundo se giró. Dirigiéndose hacia la mecedora que había en la habitación. Donde el dormía cada noche. La cogió. Llevándola junto a la cama.
-Raimundo…- la voz de Natalia apenas sonó. Raimundo notó que hablaba por el simple movimiento de sus labios. Se acercó a ella. Tomándole la mano. Otra queja de dolor salió por la garganta de la joven. Raimundo se sentó en la mecedora.
-No hables, Natalia.-le pidió. Esta, que apenas podía abrir los ojos, negó con la cabeza. Sentía que su final estaba cerca y necesitaba hablar con él.

Os dejo la continuación de mi relato, que esta parte la voy a dividir en dos por que es un poquito dura, por no decir bastante... Mañana intentaré seguir con ella.
GOTAS DEL PASADO
Raimundo retiró el paño que Natalia tenía en la frente. Se acercó al barreño de agua fresca que había junto a la mesita de noche. Sumergió el paño. Mojándolo. Refrescándolo. Dejando que se impregnase de agua. Lo escurrió un poco. Y, cuando lo hubo hecho, lo volvió a colocar sobre la ardiente frente de la joven. Llevaba media hora repitiendo incansablemente aquel proceso. Esperando que la fiebre de su esposa remitiese. Pero no lo hacía. Y aquello lo desesperaba. Como lo hacía la incompetencia de los doctores. Ninguno le daba la mínima esperanza para ella. Había rogado a Don Julián que luchase por curarla pero este repetía una y otra vez que la enfermedad de Natalia no tenía cura. Y si la tenía, él no disponía de ella. Raimundo cerró los ojos. Dejándose caer sobre el borde de la cama. Sin molestar a la joven que en ella yacía.
Estos últimos meses habían sido frustrantes. Ante sus ojos la fuerte, incansable y valiente Natalia había ido cayendo día tras día. Empeorando a cada hora que pasaba. Al principio su enfermedad se había presentado como cualquier molestia. Un mísero resfriado. Un insignificante malestar general. Casi un mes se llevó con una extraña tos que persistía en el tiempo. Ella no había parado de repetirle una y otra vez que no era nada. Que se encontraba bien. Que ella era fuerte. Los ojos de Raimundo volvieron a llenarse de lágrimas al recordar las palabras de la joven. “Nada me pasará, Raimundo. Te lo prometo.” En más de una ocasión Natalia repitió aquella frase. Y en todas las ocasiones aquella molesta tos interrumpió sus palabras. Restándole credibilidad. La misma que en el último mes había desaparecido por completo. Los hechos contradijeron a las palabras. En aquel último mes Natalia perdió toda la fuerza que siempre la había acompañado. Su hermoso rostro empalideció, para no volver a tomar el color. Natalia perdió peso en muy poco tiempo. No podía comer. Los alimentos le arañaban la garganta. La hacían llorar de dolor. En poco tiempo Natalia cobró un aspecto enfermo. Débil. Sin vida. Desde hacía un par de semanas sus piernas ya no la sostenían. Su tos había empeorado. Ahora se manifestaba con mayor frecuencia. Convirtiéndose en ataques de tos en los que la joven quedaba sin aire durante unos instantes. Todo eso se veía acompañado de una alta fiebre que la impedía poder levantarse de la cama.
Raimundo no se separaba de ella ni un momento. Luchando por salvarla. Desde que se percató de que la enfermedad era realmente grave movió cielo y tierra para impedir aquello que cada vez estaba más cerca. No podía permitirse que Natalia se fuese. Sin más. No podía quedarse solo. Sabía que era un egoísta solo por pensarlo, pero era verdad. Él sin Natalia no era nada. Ella era la que, junto a Sebastián y Emilia, daban color a su vida. Por ellos era por lo que seguía luchando. Pero ahora veía como la pieza más importante había caído lentamente hasta acabar ahí. Tumbada en la cama. Empapada de sudor, producto de la fiebre. Y con una horrible tos, que justo en ese instante volvió a hacer acto de presencia.
Natalia se removió. Llevaba toda la tarde dormida. La fiebre y la falta de energía le impedían hacer otra cosa. Una terrible expresión de dolor cruzó su rostro. Al tiempo que su garganta emitía un quejido.
Raimundo se levantó de la cama al ver el malestar de su esposa. Se inclinó hacia ella. Y quitando el paño que tenía la joven en la frente, colocó el dorso de su mano sobre ella. Intentando así calcular su temperatura. Había bajado desde la última vez que lo comprobó, pero el estado de ella no había mejorado. Sin despejar su mano de la piel de ella, deslizó suavemente sus dedos índice y corazón por el rostro de ella. Bajando desde su sien hasta su mejilla.
-Te vas a poner bien, mi niña.- le susurró. –Te vas a poner bien.- repitió. Notando como mil lágrimas se agolpaban en sus ojos. Ni el mismo creía lo que decía. Aunque no se separará de su lado un instante. La cuidaría hasta que el último aliento saliese de la boca de Natalia. Aquel momento estaba cerca. Pero quería seguir confiando en que se recuperaría. Raimundo se giró. Dirigiéndose hacia la mecedora que había en la habitación. Donde el dormía cada noche. La cogió. Llevándola junto a la cama.
-Raimundo…- la voz de Natalia apenas sonó. Raimundo notó que hablaba por el simple movimiento de sus labios. Se acercó a ella. Tomándole la mano. Otra queja de dolor salió por la garganta de la joven. Raimundo se sentó en la mecedora.
-No hables, Natalia.-le pidió. Esta, que apenas podía abrir los ojos, negó con la cabeza. Sentía que su final estaba cerca y necesitaba hablar con él.
