El Rincón de Francisca y Raimundo:ESTE AMOR SE MERECE UN YACIMIENTO (TUNDA TUNDA) Gracias María y Ramon
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08/06/2011 23:44
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#4341
19/11/2011 21:49
Os voy dejando la continuación de mi relato que creo que el concepto de largo se me queda corto
Espero que os guste y que no me lloreis.
GOTAS DEL PASADO
Raimundo y Sebastián entraron en la habitación del pequeño. Acababan de terminar de cenar. Y el pequeño, como ya venía siendo una costumbre, justo después de comer pidió a su padre que le leyese un cuento antes de dormir. Raimundo accedió encantado. Esbozándole una leve sonrisa a Natalia. Su esposa. Ella se había quedado en el comedor. Terminando de recoger la mesa. De fregar los platos. De dejarlo todo ordenado para el día siguiente. Natalia siempre tenía una tarea que hacer. Si no era Sebastián. Era la pequeña Emilia. Y sino la nueva casa. La mudanza. La comida. La limpieza. Siempre procuraba tener la cabeza ocupada. No quería pararse a pensar que su vida estaba construida sobre una mentira. La mentira de pensar, erróneamente, que Raimundo le pudiese llegar a amar algún día. La mentira de cuidar a una hija que no era suya. La mentira de sonreír a todo el mundo cuando lo único que quería era llorar en silencio. Pequeñas y grandes mentiras. En las que no se permitía el lujo de pensar.
Raimundo por el contrario nunca paraba de hacerlo. De pensar en todo lo que lo rodeaba. De pensar en sus hijos. En su vida. En ella. En Francisca. En su pequeña. No había parado de pensar en ella en todo el día. Ahora mismo lo hacía. Mientras cruzaba el umbral de la puerta que comunicaba con la habitación de Sebastián. No paraba de darle vueltas a su encuentro. Aquel mismo día. Por la mañana. Estaba tan hermosa como siempre. Aunque su rostro estaba más apagado que de costumbre. Habían sido tiempos difíciles para ambos. “Y lo seguirán siendo.” Se dijo. Suspiró. Recordando las duras palabras de Francisca. “Te odio.” Raimundo cerró los ojos. Su respuesta no había sido la más adecuada. Pero no podía hacer otra cosa. Solo decirle que sentía lo mismo que ella. Mentir. La seguiría amando hasta el fin de sus días. Hasta que su corazón se parase para siempre. Pues, mientras siguiese latiendo, solo lo haría por ella. “Me alegro de que… ambos nos hayamos olvidado el uno del otro. Eso solo puede significar que… Quizás no nos amábamos tanto como decíamos.” Como había podido Francisca decir semejantes palabras. Meneó la cabeza. “Te amo más de lo que siempre te he dicho. Te amo más de lo que puedas imaginar, Francisca.” Era tan fácil pensar. Y tan difícil poder pronunciarle aquellas palabras a ella. Raimundo meneó la cabeza. No podía haber hecho otra cosa. Solo alejarla más de él. Hacer que la distancia que los separaba fuese mayor. No se permitiría volver a hacerle daño. Y confesarle su amor solo complicaría las cosas. Ambos estaban casados y el carácter de Salvador no era bueno precisamente.
-Vamos, papá.- le apremió Sebastián. El chiquillo se había sentado sobre la cama. Esperando a su padre. Moviéndose con energía. Dando pequeños saltitos sobre la cama. Raimundo se acercó a él. Lentamente.
-Venga, leamos ese cuento. Pero después a dormir ¿de acuerdo?- le dijo. El niño asintió con la cabeza. Y una hermosa sonrisa se posó sobre los labios de Raimundo. Quien al tiempo que sonreía, revolvió el rizado cabello de su hijo.
Francisca besó tierna la frente del pequeño. Tristán sonrió. Acariciando el rostro de su madre una vez que se hubo separado un poco. Esta lo miró. De la misma forma que hacia siempre. Adorándolo con la mirada. Devolviéndole la sonrisa. Tristán se dejó caer sobre la cama. Francisca aprovechó el momento para dirigirse hacia la estantería. Estantería en la que estaban todos los cuentos del niño.
-¿Qué cuento vas a querer que leamos, Tristán?- le preguntó. Rozando con la yema de sus dedos el lomo de algunos de aquellos libros infantiles. Algunos más gruesos que otros. Pero todos con una historia en su interior. Francisca buscaba entre ellos, uno. Cualquiera servía. Ojeaba rápidamente la estantería. Esperando a que su hijo le indicase cual coger.
Sebastián negó con la cabeza.
–Papi.- le dijo suavemente. Raimundo lo miró. Expectante. Por el tono de la voz del niño, algo iba a pedirle. Y el joven no se equivocaba.
-¿Qué quieres, hijo mío?- le preguntó. Sonriendo ante la cara de niño bueno que había puesto Sebastián. Este no quería que su padre le leyese ningún cuento. No quería que pronunciase todas y cada una de las palabras que en ellos estaban impresas.
Francisca se giró. Alzando las cejas, ante lo que su hijo acababa de pedirle.
–Vamos, Tristán.- le dijo. Alejándose de la estantería. Acercándose a su hijo. Observando la inocente expresión que tenía el chiquillo en el rostro. –Mamá está cansada y…- desistió en el intento de negarse. Meneó la cabeza. Sentándose en la cama. Acomodándose sobre ella. Resopló. –Está bien.- accedió. Tristán sonrió. –Pero en cuanto termine te duermes sin rechistar ¿de acuerdo?- le dijo Francisca. Fingiendo seriedad.
-De acuerdo, mamá.- respondió el niño.
Raimundo destapó la cama. Sebastián se acostó. Sin decir nada. Con una sonrisa entre sus pequeños labios. Mostrando sus diminutos dientes. Raimundo lo cubrió con una fina sabana y una manta un poco más gruesa.
-Pues para inventar un cuento, primero habrá que idear a los personajes ¿no?- le dijo Raimundo. Al tiempo que se sentaba en la cama. Acomodándose sobre ella.
-Mmm… El príncipe será alto. Guapo. Valiente. Con el pelo y los ojos castaños.- describió Tristán. A la cabeza de Francisca vino la imagen de Raimundo. Como el único candidato a ser el príncipe en su historia.
-Y la princesa, ¿quién será la princesa?- le preguntó Francisca.
-La princesa será muy guapa. Elegante. Con el pelo muy oscuro. Y largo.- describió Sebastián. Raimundo recordó a Francisca. Después de escuchar la descripción de su hijo. Aunque de igual forma, ella era la única a la que se la podía considerar una princesa.
-¿Y el malo?- preguntó Raimundo. En todos los cuentos siempre había alguien malo.
-Y el malo será ruin. Terrorífico. Y nunca sonreirá.- respondió Sebastián. En un tono de voz en el que parecía estar enfadado.
A Tristán y a Francisca no les hizo falta describir al monstruo. Sabían perfectamente como era. Rubio. Con ojos claros. Nunca sonriente. Malhumorado. Y enfadado con el mundo. Ambos se miraron sin necesidad de decir con palabras lo que pensaban. Francisca le sonrió. Haciendo que el niño se olvidase de la imagen de Salvador. Tristán miró a Francisca. Quien iba a empezar a narrarle el cuento. Un cuento que, ella, conocía demasiado bien.
Raimundo miró a su hijo. Comenzando a contarle el cuento. Comenzando como comienzan un sinfín de historias. Aunque aquella, era más peculiar de lo Sebastián pensaba.
Espero que os guste y que no me lloreis.GOTAS DEL PASADO
Raimundo y Sebastián entraron en la habitación del pequeño. Acababan de terminar de cenar. Y el pequeño, como ya venía siendo una costumbre, justo después de comer pidió a su padre que le leyese un cuento antes de dormir. Raimundo accedió encantado. Esbozándole una leve sonrisa a Natalia. Su esposa. Ella se había quedado en el comedor. Terminando de recoger la mesa. De fregar los platos. De dejarlo todo ordenado para el día siguiente. Natalia siempre tenía una tarea que hacer. Si no era Sebastián. Era la pequeña Emilia. Y sino la nueva casa. La mudanza. La comida. La limpieza. Siempre procuraba tener la cabeza ocupada. No quería pararse a pensar que su vida estaba construida sobre una mentira. La mentira de pensar, erróneamente, que Raimundo le pudiese llegar a amar algún día. La mentira de cuidar a una hija que no era suya. La mentira de sonreír a todo el mundo cuando lo único que quería era llorar en silencio. Pequeñas y grandes mentiras. En las que no se permitía el lujo de pensar.
Raimundo por el contrario nunca paraba de hacerlo. De pensar en todo lo que lo rodeaba. De pensar en sus hijos. En su vida. En ella. En Francisca. En su pequeña. No había parado de pensar en ella en todo el día. Ahora mismo lo hacía. Mientras cruzaba el umbral de la puerta que comunicaba con la habitación de Sebastián. No paraba de darle vueltas a su encuentro. Aquel mismo día. Por la mañana. Estaba tan hermosa como siempre. Aunque su rostro estaba más apagado que de costumbre. Habían sido tiempos difíciles para ambos. “Y lo seguirán siendo.” Se dijo. Suspiró. Recordando las duras palabras de Francisca. “Te odio.” Raimundo cerró los ojos. Su respuesta no había sido la más adecuada. Pero no podía hacer otra cosa. Solo decirle que sentía lo mismo que ella. Mentir. La seguiría amando hasta el fin de sus días. Hasta que su corazón se parase para siempre. Pues, mientras siguiese latiendo, solo lo haría por ella. “Me alegro de que… ambos nos hayamos olvidado el uno del otro. Eso solo puede significar que… Quizás no nos amábamos tanto como decíamos.” Como había podido Francisca decir semejantes palabras. Meneó la cabeza. “Te amo más de lo que siempre te he dicho. Te amo más de lo que puedas imaginar, Francisca.” Era tan fácil pensar. Y tan difícil poder pronunciarle aquellas palabras a ella. Raimundo meneó la cabeza. No podía haber hecho otra cosa. Solo alejarla más de él. Hacer que la distancia que los separaba fuese mayor. No se permitiría volver a hacerle daño. Y confesarle su amor solo complicaría las cosas. Ambos estaban casados y el carácter de Salvador no era bueno precisamente.
-Vamos, papá.- le apremió Sebastián. El chiquillo se había sentado sobre la cama. Esperando a su padre. Moviéndose con energía. Dando pequeños saltitos sobre la cama. Raimundo se acercó a él. Lentamente.
-Venga, leamos ese cuento. Pero después a dormir ¿de acuerdo?- le dijo. El niño asintió con la cabeza. Y una hermosa sonrisa se posó sobre los labios de Raimundo. Quien al tiempo que sonreía, revolvió el rizado cabello de su hijo.
Francisca besó tierna la frente del pequeño. Tristán sonrió. Acariciando el rostro de su madre una vez que se hubo separado un poco. Esta lo miró. De la misma forma que hacia siempre. Adorándolo con la mirada. Devolviéndole la sonrisa. Tristán se dejó caer sobre la cama. Francisca aprovechó el momento para dirigirse hacia la estantería. Estantería en la que estaban todos los cuentos del niño.
-¿Qué cuento vas a querer que leamos, Tristán?- le preguntó. Rozando con la yema de sus dedos el lomo de algunos de aquellos libros infantiles. Algunos más gruesos que otros. Pero todos con una historia en su interior. Francisca buscaba entre ellos, uno. Cualquiera servía. Ojeaba rápidamente la estantería. Esperando a que su hijo le indicase cual coger.
Sebastián negó con la cabeza.
–Papi.- le dijo suavemente. Raimundo lo miró. Expectante. Por el tono de la voz del niño, algo iba a pedirle. Y el joven no se equivocaba.
-¿Qué quieres, hijo mío?- le preguntó. Sonriendo ante la cara de niño bueno que había puesto Sebastián. Este no quería que su padre le leyese ningún cuento. No quería que pronunciase todas y cada una de las palabras que en ellos estaban impresas.
Francisca se giró. Alzando las cejas, ante lo que su hijo acababa de pedirle.
–Vamos, Tristán.- le dijo. Alejándose de la estantería. Acercándose a su hijo. Observando la inocente expresión que tenía el chiquillo en el rostro. –Mamá está cansada y…- desistió en el intento de negarse. Meneó la cabeza. Sentándose en la cama. Acomodándose sobre ella. Resopló. –Está bien.- accedió. Tristán sonrió. –Pero en cuanto termine te duermes sin rechistar ¿de acuerdo?- le dijo Francisca. Fingiendo seriedad.
-De acuerdo, mamá.- respondió el niño.
Raimundo destapó la cama. Sebastián se acostó. Sin decir nada. Con una sonrisa entre sus pequeños labios. Mostrando sus diminutos dientes. Raimundo lo cubrió con una fina sabana y una manta un poco más gruesa.
-Pues para inventar un cuento, primero habrá que idear a los personajes ¿no?- le dijo Raimundo. Al tiempo que se sentaba en la cama. Acomodándose sobre ella.
-Mmm… El príncipe será alto. Guapo. Valiente. Con el pelo y los ojos castaños.- describió Tristán. A la cabeza de Francisca vino la imagen de Raimundo. Como el único candidato a ser el príncipe en su historia.
-Y la princesa, ¿quién será la princesa?- le preguntó Francisca.
-La princesa será muy guapa. Elegante. Con el pelo muy oscuro. Y largo.- describió Sebastián. Raimundo recordó a Francisca. Después de escuchar la descripción de su hijo. Aunque de igual forma, ella era la única a la que se la podía considerar una princesa.
-¿Y el malo?- preguntó Raimundo. En todos los cuentos siempre había alguien malo.
-Y el malo será ruin. Terrorífico. Y nunca sonreirá.- respondió Sebastián. En un tono de voz en el que parecía estar enfadado.
A Tristán y a Francisca no les hizo falta describir al monstruo. Sabían perfectamente como era. Rubio. Con ojos claros. Nunca sonriente. Malhumorado. Y enfadado con el mundo. Ambos se miraron sin necesidad de decir con palabras lo que pensaban. Francisca le sonrió. Haciendo que el niño se olvidase de la imagen de Salvador. Tristán miró a Francisca. Quien iba a empezar a narrarle el cuento. Un cuento que, ella, conocía demasiado bien.
Raimundo miró a su hijo. Comenzando a contarle el cuento. Comenzando como comienzan un sinfín de historias. Aunque aquella, era más peculiar de lo Sebastián pensaba.
#4342
19/11/2011 21:49
“Había una vez un pequeña princesa. De ojos castaños. Vivos. Sinceros. Unos ojos realmente hermosos. Como toda ella. Era una princesa de cabellos oscuros, color azabache. Y sonrisa alegre. A la princesa, que apenas tendría unos 7 años, le encantaba salir al jardín de su palacio a jugar. Adoraba pasar horas junto a la naturaleza. Deleitándose con el aroma de las flores. A la niña también le fascinaba leer. A pesar de su corta edad, se esforzaba por empaparse de historias cada vez más complicadas. Sus padres eran unos reyes muy refinados. Fieles a las costumbres de su reino. Por ello, cada día, educaban a la pequeña princesa con esmero. Instruyéndola para que tuviese los más finos modales. A la niña no le hacía mucha gracia tener que comportarse como una autentica señorita pero, de un modo u otro, algún día ella sería la reina. Y por ello debía acatar las órdenes de sus padres. Satisfaciendo sus deseos. Comportándose como era debido… -relató Raimundo. Mientras su miraba volaba perdida en el tiempo.
…No muy lejos de allí. En el reino más cercano vivía un pequeño príncipe. De cabello y ojos castaños. Con hermosa sonrisa. Era un príncipe un tanto orgulloso. Extrovertido. E inteligente a pesar de su corta edad. Pues tenía 7 años, exactamente los mismos que la princesa. Al pequeño príncipe le encantaba leer. Descubrir nuevos mundos a través de la lectura. Mundos que lo alejaban de su realidad. De la realidad de vivir en un castillo vacío. Con la única compañía de sus padres, los reyes. Y también estaba el servicio. El niño odiaba tener que comportarse como la sociedad dictaba. Un fino y educado niño, que algún día llegaría a ser el rey de su reino… -contó Francisca. Con una pequeña sonrisa en su rostro. Recordando claramente a aquel muchacho.
…Ambos niños pasaban casi todo el día solos. Sus padres estaban demasiado atareados ocupándose de los asuntos de sus respectivos reinos. Estaban demasiado ocupados intentando ampliar sus riquezas. Organizando meriendas y comidas con ricas personas. Ricos que unas veces conocían y otras no. Un día la madre del príncipe decidió organizar una de esas meriendas. Invitando a sus amigos los reyes del reino cercano y a su hija, la princesa.
El príncipe. Al que no le gustaban nada aquellas meriendas en las que todos sonreían falsamente se negó a bajar a recibirlos. Siempre se aburría en aquellos actos sociales. Personas mayores que solo hablaban de terrenos. Dinero. Política. Religión. Y algún que otro tema social más. Pero debía de asistir. Aunque era pequeño tenía que comportarse educadamente. Resumiendo. Sentarse en el asiento asignado para él y permanecer callado durante todo el acto...- prosiguió Raimundo. Nunca olvidaría lo poco que le gustaban las meriendas organizadas en su casa. Y mucho menos aquella. Aunque no porque no le gustase precisamente.
…La princesa llegó, junto a sus padres, al castillo del príncipe. Ninguno de los dos niños sabia de la existencia del otro. Por lo cual ambos estaban preparados para aburrirse de lo lindo en aquella merienda. Pero no fue así. Después de que sirvieran el té y las pastas, y en medio de una “interesantísima” conversación sobre el precio de las cosechas, el príncipe preguntó a sus padres si podía salir a jugar al jardín. La princesa miró a sus padres. Pidiéndoles con la mirada permiso para hacer lo propio. La autorización de sus padres no llegó, pero si lo hizo la de los padres del príncipe. La princesa les sonrió educadamente. Y sin más se levantó del asiento, salió de la estancia y comenzó a buscar al príncipe…- continuó Francisca. Recordaba como si ayer mismo hubiese sido, el día que conoció a Raimundo.
…El pequeño príncipe se sentó en una de las sillas del jardín. Respirando aire limpio. Dejando que sus oídos escuchasen el silencio. El aire no traía más que el dulce sonido de los pájaros piar. Ningún número. Ningún nombre. Ningún tipo de conversación absurda.
-Es que no pensabas rescatarme de esa aburrida conversación.-la voz de una niña lo sorprendió. Se levantó de la silla. Y al girarse pudo ver a la princesa. El príncipe dejó escapar una sonrisa para ella. Quien tenía el ceño fruncido fingiendo enfado.
-Lo siento. Yo…-intentó disculparse el príncipe. Pero el desparpajo de la niña se lo impidió.
-No importa.-contestó. Dando un par de pasos hacia adelante. Dejando al niño atrás. –La verdad es que este castillo es más grande que el mío.- le dijo. De repente algo llamó su atención. Unas llamativas flores que había en el jardín… - Raimundo sonrió. Francisca era una niña muy viva. A la que no le importaba nada.
…El príncipe observó a la pequeña princesa. Quien se había agachado para ver unas hermosas flores que había en el jardín.
-Si quieres puedo enseñarte el castillo.- le ofreció. Sonriente. Acercándose a la niña. –Aunque para ser sincero, esta es mi parte favorita.- la princesa se levantó. Ojeando ligeramente el jardín en el que se encontraban.
-Pues entonces, quedémonos aquí. –contestó despreocupada. –Además volver a entrar dentro sería una auténtica locura.- añadió. El príncipe se carcajeó. La princesa tenía razón. No le apetecía nada volver a ser el receptor de una conversación que a él, no le llevaba a ninguna parte… - Francisca sonrió. Mientras seguía relatando aquella historia.
…Los niños comenzaron a jugar despreocupados. Riendo. Comentando lo aburrido que le resultaba vivir en sus respectivos castillos. Solos. Sin nadie con quien jugar. Pasaron un par de horas juntos. Hasta que, por desgracia, aquella merienda acabó. La princesa se tuvo que ir del castillo del príncipe. Ella no rechistó. Más de alguna forma sentía que lo que había pensado que sería un aburrido acto social, le había resultado bastante agradable. Hacia conocido al príncipe, él había sido la única persona con la que hasta el momento se había sentido a gusto. Rejada. Sin tener que aparentar. Con aquel niño podía decir lo que pensaba. Y él, parecía sentir lo mismo que ella. Tanto ella, como él preguntaron a sus padres cuando seria la próxima vez que organizarían una comida con los reyes del reino cercano. No recibieron respuesta pero en tan solo un par de semanas los reyes y su hijo, fueron a cenar al castillo de la princesa. Los niños aprovecharon para seguir jugando y disfrutando de la compañía que el otro le proporcionaba. Las visitas y comidas en ambos castillos se hicieron más frecuentes. Y poco a poco se fueron haciendo buenos amigos. Inseparables… - continuó Raimundo.
…No muy lejos de allí. En el reino más cercano vivía un pequeño príncipe. De cabello y ojos castaños. Con hermosa sonrisa. Era un príncipe un tanto orgulloso. Extrovertido. E inteligente a pesar de su corta edad. Pues tenía 7 años, exactamente los mismos que la princesa. Al pequeño príncipe le encantaba leer. Descubrir nuevos mundos a través de la lectura. Mundos que lo alejaban de su realidad. De la realidad de vivir en un castillo vacío. Con la única compañía de sus padres, los reyes. Y también estaba el servicio. El niño odiaba tener que comportarse como la sociedad dictaba. Un fino y educado niño, que algún día llegaría a ser el rey de su reino… -contó Francisca. Con una pequeña sonrisa en su rostro. Recordando claramente a aquel muchacho.
…Ambos niños pasaban casi todo el día solos. Sus padres estaban demasiado atareados ocupándose de los asuntos de sus respectivos reinos. Estaban demasiado ocupados intentando ampliar sus riquezas. Organizando meriendas y comidas con ricas personas. Ricos que unas veces conocían y otras no. Un día la madre del príncipe decidió organizar una de esas meriendas. Invitando a sus amigos los reyes del reino cercano y a su hija, la princesa.
El príncipe. Al que no le gustaban nada aquellas meriendas en las que todos sonreían falsamente se negó a bajar a recibirlos. Siempre se aburría en aquellos actos sociales. Personas mayores que solo hablaban de terrenos. Dinero. Política. Religión. Y algún que otro tema social más. Pero debía de asistir. Aunque era pequeño tenía que comportarse educadamente. Resumiendo. Sentarse en el asiento asignado para él y permanecer callado durante todo el acto...- prosiguió Raimundo. Nunca olvidaría lo poco que le gustaban las meriendas organizadas en su casa. Y mucho menos aquella. Aunque no porque no le gustase precisamente.
…La princesa llegó, junto a sus padres, al castillo del príncipe. Ninguno de los dos niños sabia de la existencia del otro. Por lo cual ambos estaban preparados para aburrirse de lo lindo en aquella merienda. Pero no fue así. Después de que sirvieran el té y las pastas, y en medio de una “interesantísima” conversación sobre el precio de las cosechas, el príncipe preguntó a sus padres si podía salir a jugar al jardín. La princesa miró a sus padres. Pidiéndoles con la mirada permiso para hacer lo propio. La autorización de sus padres no llegó, pero si lo hizo la de los padres del príncipe. La princesa les sonrió educadamente. Y sin más se levantó del asiento, salió de la estancia y comenzó a buscar al príncipe…- continuó Francisca. Recordaba como si ayer mismo hubiese sido, el día que conoció a Raimundo.
…El pequeño príncipe se sentó en una de las sillas del jardín. Respirando aire limpio. Dejando que sus oídos escuchasen el silencio. El aire no traía más que el dulce sonido de los pájaros piar. Ningún número. Ningún nombre. Ningún tipo de conversación absurda.
-Es que no pensabas rescatarme de esa aburrida conversación.-la voz de una niña lo sorprendió. Se levantó de la silla. Y al girarse pudo ver a la princesa. El príncipe dejó escapar una sonrisa para ella. Quien tenía el ceño fruncido fingiendo enfado.
-Lo siento. Yo…-intentó disculparse el príncipe. Pero el desparpajo de la niña se lo impidió.
-No importa.-contestó. Dando un par de pasos hacia adelante. Dejando al niño atrás. –La verdad es que este castillo es más grande que el mío.- le dijo. De repente algo llamó su atención. Unas llamativas flores que había en el jardín… - Raimundo sonrió. Francisca era una niña muy viva. A la que no le importaba nada.
…El príncipe observó a la pequeña princesa. Quien se había agachado para ver unas hermosas flores que había en el jardín.
-Si quieres puedo enseñarte el castillo.- le ofreció. Sonriente. Acercándose a la niña. –Aunque para ser sincero, esta es mi parte favorita.- la princesa se levantó. Ojeando ligeramente el jardín en el que se encontraban.
-Pues entonces, quedémonos aquí. –contestó despreocupada. –Además volver a entrar dentro sería una auténtica locura.- añadió. El príncipe se carcajeó. La princesa tenía razón. No le apetecía nada volver a ser el receptor de una conversación que a él, no le llevaba a ninguna parte… - Francisca sonrió. Mientras seguía relatando aquella historia.
…Los niños comenzaron a jugar despreocupados. Riendo. Comentando lo aburrido que le resultaba vivir en sus respectivos castillos. Solos. Sin nadie con quien jugar. Pasaron un par de horas juntos. Hasta que, por desgracia, aquella merienda acabó. La princesa se tuvo que ir del castillo del príncipe. Ella no rechistó. Más de alguna forma sentía que lo que había pensado que sería un aburrido acto social, le había resultado bastante agradable. Hacia conocido al príncipe, él había sido la única persona con la que hasta el momento se había sentido a gusto. Rejada. Sin tener que aparentar. Con aquel niño podía decir lo que pensaba. Y él, parecía sentir lo mismo que ella. Tanto ella, como él preguntaron a sus padres cuando seria la próxima vez que organizarían una comida con los reyes del reino cercano. No recibieron respuesta pero en tan solo un par de semanas los reyes y su hijo, fueron a cenar al castillo de la princesa. Los niños aprovecharon para seguir jugando y disfrutando de la compañía que el otro le proporcionaba. Las visitas y comidas en ambos castillos se hicieron más frecuentes. Y poco a poco se fueron haciendo buenos amigos. Inseparables… - continuó Raimundo.
#4343
19/11/2011 21:50
…Los años fueron pasando. Y con ellos los cuentos y los juegos fueron dando paso a verdaderos libros y caricias. Su amistad se tornó en amor antes de que ninguno de los dos se quisiese dar cuenta. Sus corazones palpitaban el uno por el otro. Sin saberlo. Creyendo que solo se trataba de una bonita amistad. Pero las mariposas en sus estómagos los delataron. Solo con tocarse sus latidos se volvían arrítmicos. Sus respiraciones se aceleraban cuando estaban cerca. Y nerviosas sonrisas se posaban en sus rostros al verse reflejados en los ojos del otro. Cuando tenían 14 años quedaron como cada tarde para dar un paseo. Paseos que por mucho que durasen se hacían cada vez más cortos. Los minutos volaban cuando estaban cerca. Pero aquel día su paseo no duró demasiado. Llegaron a un hermoso lago. Se sentaron cerca de él. Sobre la fresca hierva. Su alegre conversación se detuvo. Quedando ambos hipnotizados por sus miradas. Poco a poco el príncipe buscó los labios de la princesa. Quien también buscaba los de él… -Francisca acarició sus labios. Rozándolos con la yema de sus dedos. Recordando aquel inolvidable beso.
…El príncipe y la princesa se besaron. Sellando su amor. Dándose, de una vez, cuenta de lo que realmente sentían. Cuando sus labios se separaron ambos jóvenes reconocieron sus sentimientos. Susurrándose que se amaban. Como lo hicieron a partir de entonces. Todos y cada uno de los días. Quedaban en secreto. Se escribían hermosas cartas que lograban sacar una sonrisa tanto a ella, como a él. Los años pasaron sin prisa. Pero sin pausa. El príncipe solo vivía para ver a la princesa. Y la princesa solo vivía para ver al príncipe. Sus corazones solo latían para el otro… - El corazón de Raimundo había comenzado a latir con fuerza. Como entonces. Como cuando quedaban para besarse a escondidas.
…Fueron tiempos felices para ambos. Tiempos en los que soñaron e imaginaron una feliz y hermosa vida juntos. Pero aquellos sueños se trucaron. Se rompieron en mil pedazos, al igual que el corazón de la princesa, cuando el príncipe marchó… -Francisca sintió de nuevo como la tristeza la invadía.
-¿Dónde se fue el príncipe, padre?- preguntó Sebastián. Sacando del ensimismamiento a su padre. Este había dejado que su mirada se perdiese. Había dado forma de cuento a su historia sin darse cuenta. Sin darse cuenta de que su hijo escuchaba atentó el relato.
-El príncipe se fue a…- le intentó responder Francisca a su hijo. Después de darse cuenta de que seguía relatándole el cuento a Tristán. Tan enfrascada estaba en sus recuerdos que se había perdido en su propia historia.
... El príncipe se tuvo que ir por culpa de su padre. Quien lo obligó a dejar sola a la princesa. El príncipe acató las órdenes de su padre. Para que nada le pasase a la princesa. Para protegerla. Pero ella no lo entendió. Enfureció al conocer la noticia… - le respondió Raimundo a su hijo. Prosiguiendo con el cuento.
…El príncipe al partir dejó caer algo. Un tesoro. Un valioso colgante. Una joya que él le había prometido regalarle a la princesa. Ella cogió el colgante. Y con cuidado lo colocó alrededor de su cuello. Sin ayuda de nadie. Para que nada le pasase a esa joya, la princesa decidió casarse con un malvado monstruo. - continuó Francisca. Haciendo aquel pequeño símil entre la joya y su hijo.
…Después de torcer las cosas, la vida iluminó al príncipe con un rayo de luz. Este volvió a rescatar a la princesa. Dispuesto a casarse con ella. Pero para su sorpresa la princesa había partido. Y cuando esta regresó, lo hizo casada de un malvado monstruo. Aquello hizo que el príncipe se pusiese muy triste… - siguió Raimundo.
-Mamá, este cuento ya no me gusta.- dijo Tristán. Negando con la cabeza. Francisca sonrió levemente. A ella tampoco le gustaba el final de aquel cuento. Aquel cuento que era su vida. Su historia de amor con Raimundo. –Ese final es muy triste.-añadió.
-Aún no ha terminado.-le respondió Raimundo a Sebastián. El niño sonrió levemente. Entusiasmado con la idea de que las cosas se arreglasen y, el príncipe y la princesa fuesen felices para siempre.
-¿Y cómo termina, papi?- preguntó el niño.
-No lo sé.- respondió Francisca a su hijo. Este se dejó caer de nuevo sobre la cama. Extrañado ante la contestación de su madre. Frunció el ceño. –Nadie lo sabe.- añadió Francisca en un susurro. –Bueno… se ha hecho demasiado tarde y es hora de que duermas, pequeño.-dijo la joven suavemente. Levantándose de la cama.
Raimundo se levantó de la cama. Dio un pequeño y tierno beso en la frente a su hijo.
-Buenas noches, tesoro.- le susurró Raimundo. Apagando la llama del candil. Después de esto salió de la habitación del niño silencioso. Sin saber cómo acababa el cuento.
-Buenas noches, mi vida.-le dijo cariñosa Francisca a Tristán. Antes de apagar la luz de la habitación. Después de eso Francisca salió de la habitación de Tristán. Algún día descubriría como acababa ese cuento. Pero de momento, quedaría la historia sin acabar.
… El malvado monstruo acabó derrotado por todos a los que, en un momento u otro, el hombre malo hizo daño. Después de unos años en los que, ni el príncipe, ni la princesa se atrevieron a mirarse a los ojos, estos decidieron poner punto y final a su sufrimiento. Decidieron decirse que nunca habían dejado de amarse. Decidieron besarse y compartir el resto de su vida juntos. Así terminaba el cuento. Con esas pocas líneas que solo el tiempo podría escribir.
…El príncipe y la princesa se besaron. Sellando su amor. Dándose, de una vez, cuenta de lo que realmente sentían. Cuando sus labios se separaron ambos jóvenes reconocieron sus sentimientos. Susurrándose que se amaban. Como lo hicieron a partir de entonces. Todos y cada uno de los días. Quedaban en secreto. Se escribían hermosas cartas que lograban sacar una sonrisa tanto a ella, como a él. Los años pasaron sin prisa. Pero sin pausa. El príncipe solo vivía para ver a la princesa. Y la princesa solo vivía para ver al príncipe. Sus corazones solo latían para el otro… - El corazón de Raimundo había comenzado a latir con fuerza. Como entonces. Como cuando quedaban para besarse a escondidas.
…Fueron tiempos felices para ambos. Tiempos en los que soñaron e imaginaron una feliz y hermosa vida juntos. Pero aquellos sueños se trucaron. Se rompieron en mil pedazos, al igual que el corazón de la princesa, cuando el príncipe marchó… -Francisca sintió de nuevo como la tristeza la invadía.
-¿Dónde se fue el príncipe, padre?- preguntó Sebastián. Sacando del ensimismamiento a su padre. Este había dejado que su mirada se perdiese. Había dado forma de cuento a su historia sin darse cuenta. Sin darse cuenta de que su hijo escuchaba atentó el relato.
-El príncipe se fue a…- le intentó responder Francisca a su hijo. Después de darse cuenta de que seguía relatándole el cuento a Tristán. Tan enfrascada estaba en sus recuerdos que se había perdido en su propia historia.
... El príncipe se tuvo que ir por culpa de su padre. Quien lo obligó a dejar sola a la princesa. El príncipe acató las órdenes de su padre. Para que nada le pasase a la princesa. Para protegerla. Pero ella no lo entendió. Enfureció al conocer la noticia… - le respondió Raimundo a su hijo. Prosiguiendo con el cuento.
…El príncipe al partir dejó caer algo. Un tesoro. Un valioso colgante. Una joya que él le había prometido regalarle a la princesa. Ella cogió el colgante. Y con cuidado lo colocó alrededor de su cuello. Sin ayuda de nadie. Para que nada le pasase a esa joya, la princesa decidió casarse con un malvado monstruo. - continuó Francisca. Haciendo aquel pequeño símil entre la joya y su hijo.
…Después de torcer las cosas, la vida iluminó al príncipe con un rayo de luz. Este volvió a rescatar a la princesa. Dispuesto a casarse con ella. Pero para su sorpresa la princesa había partido. Y cuando esta regresó, lo hizo casada de un malvado monstruo. Aquello hizo que el príncipe se pusiese muy triste… - siguió Raimundo.
-Mamá, este cuento ya no me gusta.- dijo Tristán. Negando con la cabeza. Francisca sonrió levemente. A ella tampoco le gustaba el final de aquel cuento. Aquel cuento que era su vida. Su historia de amor con Raimundo. –Ese final es muy triste.-añadió.
-Aún no ha terminado.-le respondió Raimundo a Sebastián. El niño sonrió levemente. Entusiasmado con la idea de que las cosas se arreglasen y, el príncipe y la princesa fuesen felices para siempre.
-¿Y cómo termina, papi?- preguntó el niño.
-No lo sé.- respondió Francisca a su hijo. Este se dejó caer de nuevo sobre la cama. Extrañado ante la contestación de su madre. Frunció el ceño. –Nadie lo sabe.- añadió Francisca en un susurro. –Bueno… se ha hecho demasiado tarde y es hora de que duermas, pequeño.-dijo la joven suavemente. Levantándose de la cama.
Raimundo se levantó de la cama. Dio un pequeño y tierno beso en la frente a su hijo.
-Buenas noches, tesoro.- le susurró Raimundo. Apagando la llama del candil. Después de esto salió de la habitación del niño silencioso. Sin saber cómo acababa el cuento.
-Buenas noches, mi vida.-le dijo cariñosa Francisca a Tristán. Antes de apagar la luz de la habitación. Después de eso Francisca salió de la habitación de Tristán. Algún día descubriría como acababa ese cuento. Pero de momento, quedaría la historia sin acabar.
… El malvado monstruo acabó derrotado por todos a los que, en un momento u otro, el hombre malo hizo daño. Después de unos años en los que, ni el príncipe, ni la princesa se atrevieron a mirarse a los ojos, estos decidieron poner punto y final a su sufrimiento. Decidieron decirse que nunca habían dejado de amarse. Decidieron besarse y compartir el resto de su vida juntos. Así terminaba el cuento. Con esas pocas líneas que solo el tiempo podría escribir.
#4344
20/11/2011 00:17
¡¡¡¡¡QUE LA BARRA DE LA CASA DE COMIDAS NO ESTÁ PROFANADA!!!!!! ESO NO PUEDE SER XD.
En fin esto era para deciros que se me ha ido la olla y para descargar la tensión de los exámenes he hecho esto. No tengo el nivel tuyo, Ruth, para las escenas pasionales pero creo que ha quedado jugoso. Por cierto Ruth qué buena esa Francisca con las gotas, que capulla jejejejeje. Y Rocío de verdad MAJESTUOSA. Ese paralelismo entre Francisca y Raimundo contando el mismo cuento te ha quedado de cine.
Y ahora os dejo con esta ida de olla. El título ya de por sí es muy sugerente. jejejeje. Buenas noches si podéis después de esto XD.
Por si me echan del hilo... ha sido un placer y que os quiero muchísimo. María... Ramón... si leéis esto... os admiro muchísimo.
TE DESEO
Hacía tiempo que Francisca no podía estar en sí misma. Desde que la enfermedad amenazaba su vida como si de una ola se tratara sentía que todo se tambaleaba. Todo en lo que había creído. Todo por lo que había luchado iba a esfumarse por culpa de esa Águeda Mesía.
- Quizás sea una señal. – pensó Francisca. – Una señal para hacer lo que debí hacer hace ya mucho tiempo.
Creía que se iba a ahogar en su habitación. Cerró los ojos y pensó en las palabras que le dijo la doctora. Probablemente tendría una enfermedad muy grave. Si eso era así… No, no quería pensarlo. No podía volver a perder a Raimundo. Pero para ello tendría que renunciar a su orgullo y declararse. Le costaría mucho. Siempre pensó que Raimundo estaba a sus pies. Ahora sería ella la que tendría que hablar o… quizás todo acabaría. Se vistió con sus mejores galas decidida. De ese día no pasaría. Iría a declararse.
__
Raimundo se encontraba inquieto también en la casa de comidas. Preocupado por Sebastián y sus asuntos con la conservera, preocupado por Emilia y su embarazo y preocupado por ella… Desde que Tristán le comentó que Francisca estaba enferma no había dejado de pensar en eso. ¿Qué le pasaba?
- Padre ¿puede cerrar usted hoy? No me encuentro muy bien.
- Claro hija pero ¿qué tienes? ¿has hablado con Pepa?
- Tranquilo padre que todo marcha bien. Sólo es cansancio.
- ¿Quieres que te prepare un poco de leche caliente para dormir?
- No gracias padre. Ya me he tomado una infusión de Pepa y voy directa a la cama. Buenas noches – dijo Emilia con un beso en la mejilla de su padre.
- Buenas noches hija.
Comenzó a limpiar las mesas y recoger las sillas sin cesar su tortura interna. Cuando hubo terminado y fue a cerrar se encontró con algo inesperado. Francisca Montenegro se dirigía hacia la casa de comidas con una sonrisita pícara en ella. Raimundo se sobresaltó interiormente. A decir verdad, temía esa sonrisa. Era su perdición. De repente se le pasó por la cabeza no abrir pero su cuerpo no obedeció.
- ¿Qué haces aquí Francisca? – dijo un extrañado Raimundo.
- Pasaba por aquí y he decidido hacer una visita a nuestro ilustre tabernero. – dijo Francisca.
- Ya… eso no te lo crees ni tú… ¿Qué quieres Francisca?
- ¿No vas a invitarme a entrar? Mira que si enfermo por el frío será por culpa tuya. – dijo Francisca inocentemente.
- Sé que me arrepentiré pero pasa. – dijo Raimundo dejando sitio para que ella entrara.
Cuando entró ella le miró intensamente durante un segundo antes de volver a adoptar su pose digna y entrar completamente en la casa de comidas. El corazón de Francisca empezó a palpitar con fuerza. No estaba preparada para este momento.
- ¿Y bien? ¿Qué quieres Francisca? – dijo Raimundo.
Ella le miró de lado intensamente y con su sonrisita pícara que tanto encantaba a Raimundo. Él comenzó a respirar con dificultad. Estaban empezando a nacer deseos que nunca pensó que volverían.
- Tranquilo Raimundo. No vengo a hacerte daño. Sólo es una visita de cortesía.
- No tienes ni idea del daño que haces Francisca. – dijo Raimundo
Francisca entonces le miró con curiosidad mal disimulada.
- ¿Daño? Vaya. Pensé que solamente éramos enemigos. – dijo Francisca.
- Los enemigos también hacen daño sobre todo si antes han sido… otra cosa. – dijo Raimundo.
- ¿Acaso lo has olvidado? – dijo Francisca
- Nunca podría olvidarlo. No como tú.
Esas palabras le hicieron aterrizar.
- ¿Qué te hace pensar que lo he olvidado? Al igual que aquel día no me dejaste hablar cuando te declaraste. No me dejaste decirte lo que siento todavía por ti.
- ¿Cómo voy a creerte?
Francisca se acercó más a él quedando a pocos centímetros de sus labios.
- Porque me amas al igual que yo te amo. Porque ambos sabemos lo que hemos sufrido separados.
Ella cogió una mano de Raimundo y se la llevó a su corazón.
- Es tu recuerdo el que lo ha mantenido vivo.
- Francisca…
Ella le cogió el rostro con las manos y añadió:
- Te amo. Te amo. Te amo. Podría repetirlo todos los días de mi vida hasta que me creyeras. Porque sé que hay algo en ti que me cree. Que está deseando besarme.
- Francisca no…
Él se giró quedando de espaldas a ella. Francisca no se rindió y le cogió el brazo pasando su mano lentamente hasta su hombro. Después le besó la espalda y con la otra mano empezó a acariciarla lentamente:
- Mírame a los ojos Raimundo. Mírame y dime que no me amas. Dime que no me deseas. Que no soy nada para ti. Dime que no te importo y acabaremos con esto.
En fin esto era para deciros que se me ha ido la olla y para descargar la tensión de los exámenes he hecho esto. No tengo el nivel tuyo, Ruth, para las escenas pasionales pero creo que ha quedado jugoso. Por cierto Ruth qué buena esa Francisca con las gotas, que capulla jejejejeje. Y Rocío de verdad MAJESTUOSA. Ese paralelismo entre Francisca y Raimundo contando el mismo cuento te ha quedado de cine.
Y ahora os dejo con esta ida de olla. El título ya de por sí es muy sugerente. jejejeje. Buenas noches si podéis después de esto XD.
Por si me echan del hilo... ha sido un placer y que os quiero muchísimo. María... Ramón... si leéis esto... os admiro muchísimo.
TE DESEO
Hacía tiempo que Francisca no podía estar en sí misma. Desde que la enfermedad amenazaba su vida como si de una ola se tratara sentía que todo se tambaleaba. Todo en lo que había creído. Todo por lo que había luchado iba a esfumarse por culpa de esa Águeda Mesía.
- Quizás sea una señal. – pensó Francisca. – Una señal para hacer lo que debí hacer hace ya mucho tiempo.
Creía que se iba a ahogar en su habitación. Cerró los ojos y pensó en las palabras que le dijo la doctora. Probablemente tendría una enfermedad muy grave. Si eso era así… No, no quería pensarlo. No podía volver a perder a Raimundo. Pero para ello tendría que renunciar a su orgullo y declararse. Le costaría mucho. Siempre pensó que Raimundo estaba a sus pies. Ahora sería ella la que tendría que hablar o… quizás todo acabaría. Se vistió con sus mejores galas decidida. De ese día no pasaría. Iría a declararse.
__
Raimundo se encontraba inquieto también en la casa de comidas. Preocupado por Sebastián y sus asuntos con la conservera, preocupado por Emilia y su embarazo y preocupado por ella… Desde que Tristán le comentó que Francisca estaba enferma no había dejado de pensar en eso. ¿Qué le pasaba?
- Padre ¿puede cerrar usted hoy? No me encuentro muy bien.
- Claro hija pero ¿qué tienes? ¿has hablado con Pepa?
- Tranquilo padre que todo marcha bien. Sólo es cansancio.
- ¿Quieres que te prepare un poco de leche caliente para dormir?
- No gracias padre. Ya me he tomado una infusión de Pepa y voy directa a la cama. Buenas noches – dijo Emilia con un beso en la mejilla de su padre.
- Buenas noches hija.
Comenzó a limpiar las mesas y recoger las sillas sin cesar su tortura interna. Cuando hubo terminado y fue a cerrar se encontró con algo inesperado. Francisca Montenegro se dirigía hacia la casa de comidas con una sonrisita pícara en ella. Raimundo se sobresaltó interiormente. A decir verdad, temía esa sonrisa. Era su perdición. De repente se le pasó por la cabeza no abrir pero su cuerpo no obedeció.
- ¿Qué haces aquí Francisca? – dijo un extrañado Raimundo.
- Pasaba por aquí y he decidido hacer una visita a nuestro ilustre tabernero. – dijo Francisca.
- Ya… eso no te lo crees ni tú… ¿Qué quieres Francisca?
- ¿No vas a invitarme a entrar? Mira que si enfermo por el frío será por culpa tuya. – dijo Francisca inocentemente.
- Sé que me arrepentiré pero pasa. – dijo Raimundo dejando sitio para que ella entrara.
Cuando entró ella le miró intensamente durante un segundo antes de volver a adoptar su pose digna y entrar completamente en la casa de comidas. El corazón de Francisca empezó a palpitar con fuerza. No estaba preparada para este momento.
- ¿Y bien? ¿Qué quieres Francisca? – dijo Raimundo.
Ella le miró de lado intensamente y con su sonrisita pícara que tanto encantaba a Raimundo. Él comenzó a respirar con dificultad. Estaban empezando a nacer deseos que nunca pensó que volverían.
- Tranquilo Raimundo. No vengo a hacerte daño. Sólo es una visita de cortesía.
- No tienes ni idea del daño que haces Francisca. – dijo Raimundo
Francisca entonces le miró con curiosidad mal disimulada.
- ¿Daño? Vaya. Pensé que solamente éramos enemigos. – dijo Francisca.
- Los enemigos también hacen daño sobre todo si antes han sido… otra cosa. – dijo Raimundo.
- ¿Acaso lo has olvidado? – dijo Francisca
- Nunca podría olvidarlo. No como tú.
Esas palabras le hicieron aterrizar.
- ¿Qué te hace pensar que lo he olvidado? Al igual que aquel día no me dejaste hablar cuando te declaraste. No me dejaste decirte lo que siento todavía por ti.
- ¿Cómo voy a creerte?
Francisca se acercó más a él quedando a pocos centímetros de sus labios.
- Porque me amas al igual que yo te amo. Porque ambos sabemos lo que hemos sufrido separados.
Ella cogió una mano de Raimundo y se la llevó a su corazón.
- Es tu recuerdo el que lo ha mantenido vivo.
- Francisca…
Ella le cogió el rostro con las manos y añadió:
- Te amo. Te amo. Te amo. Podría repetirlo todos los días de mi vida hasta que me creyeras. Porque sé que hay algo en ti que me cree. Que está deseando besarme.
- Francisca no…
Él se giró quedando de espaldas a ella. Francisca no se rindió y le cogió el brazo pasando su mano lentamente hasta su hombro. Después le besó la espalda y con la otra mano empezó a acariciarla lentamente:
- Mírame a los ojos Raimundo. Mírame y dime que no me amas. Dime que no me deseas. Que no soy nada para ti. Dime que no te importo y acabaremos con esto.
#4345
20/11/2011 00:26
Raimundo le miró temeroso. Era un niño lleno de miedos.
- Sabes que siempre te he amado.
- Confía en mí Raimundo. Nos merecemos otra oportunidad. Necesitamos otra oportunidad para poder respirar. – y añadió con lágrimas en los ojos mientras le acariciaba el rostro. – Y yo… te necesito.
Él ya no lo soportó más y se fundió en un beso abrasador y lleno de amor. Ella le devolvió el beso con todo el amor que tenía guardado para él todo este tiempo. El sentir que ella le devolvía ese beso fue algo mágico para Raimundo. Cuando sintieron que les fallaba la respiración se separaron para coger aire.
- Te he echado tanto de menos mi vida. – susurró Francisca con lágrimas en los ojos y volviendo a besarse. – No vuelvas a alejarte de mí…
- Nunca mi pequeña. Nunca. – dijo Raimundo
- Hazme el amor Raimundo. – susurró Francisca. – Hazme tuya.
Sin pensarlo más Raimundo la levantó en brazos y fue directo a la barra. La llevó detrás de ella dejándola sentada de espaldas a la puerta. Francisca susurraba mientras arrancaba en dos tiempos la camisa a Raimundo que miraba a Francisca como un volcán en erupción:
- Me niego… me niego a vivir sin ti.
Raimundo atacó como un loco el cuello de Francisca mientras luchaba por sobrevivir y por quitarle el vestido. Francisca le volvía loco con sus caricias en su pecho desnudo y sus besos.
- Francisca… mi pequeña.
Cuando consiguió quitarle el vestido Francisca llevó sus manos hasta sus pantalones y empezó a forcejear desesperada.
- Raimundo… - jadeó ella – Te deseo…
El pantalón al fin sucumbió a los deseos de ambos a la vez que Raimundo llevaba sus manos al corsé de Francisca y posteriormente a sus enaguas. Esas manos se colaron traviesas por debajo acariciando sus muslos y atrayéndola a él mientras seguía entreteniéndose con su cuello. Francisca cerró los ojos enloquecida por el cegador placer y aferrada a Raimundo arañándole la espalda. Él la aferró fuerte a él mientras comenzaba a besarle su pecho. Después volvió a subir hasta su cuello dejando un reguero de besos que hizo que Francisca cerrara los ojos por el placer. Después se miraron y Raimundo empezó a acariciarle los muslos y subió hasta sus pechos mientras sentían sus respiraciones tan cerca.
- Hazme tuya Raimundo. Hazme olvidar el dolor.
Eso enloqueció a Raimundo que en un impulso animal se introdujo en ella mientras mordía el hombro de Francisca preso del deseo. Ella atrajo con sus piernas las caderas de Raimundo y con sus manos se aferraba a su cuello para profundizar cada beso, cada caricia. Quería estar en cada hueso, nervio o tendón de Raimundo. Él quería poseerla más profundamente en cada embestida. La amaba, la necesitaba, la adoraba. Parecía que había estado esperando ese momento toda una vida. En cada beso renacían interiormente. Eran dos almas que volvían a fundirse en un solo ser. Poco a poco las embestidas fueron más intensas y ninguno se resistía. Se besaban y cariciaban como dos locos. Los gemidos de los dos empezaron a llenar la casa de comidas de amor y pasión. Cada vez se sumían más profundamente en el volcán de la pasión. Ella se retorcía de placer sin dejar de besarle ni de atraerle más a ella mientras que Raimundo la embestía lleno de deseo.
- Raimundo – gritó ella.
- Francisca… te amo. – dijo él
El éxtasis llegó llevándoles a un universo paralelo donde sólo existían ellos. Los dos se aferraron el uno al otro para prolongar lo más posible ese momento. Fue algo devastador a la vez que mágico. Unas lágrimas de felicidad brotaron de los ojos de Francisca que Raimundo se encargó de beber besando su rostro. Los dos se miraron temblando de delirio.
- Siempre te he amado mi pequeña. No sabes cuánto he deseado esto. – dijo Raimundo apoyando su frente en la de ella.
- Y yo Raimundo. En los momentos grises de mi vida: tu recuerdo, tu sonrisa, tu piel. – dijo antes de besarle. – me dio la luz para seguir adelante.
- Ya nada volverá a separarnos mi pequeña. Nada.
Los dos volvieron a fundirse en un beso devastador. Lleno de amor. Raimundo la cogió en brazos mientras la llevaba a su habitación para pasar la mejor noche de sus vidas.
FIN
¿Qué tal? ;)
- Sabes que siempre te he amado.
- Confía en mí Raimundo. Nos merecemos otra oportunidad. Necesitamos otra oportunidad para poder respirar. – y añadió con lágrimas en los ojos mientras le acariciaba el rostro. – Y yo… te necesito.
Él ya no lo soportó más y se fundió en un beso abrasador y lleno de amor. Ella le devolvió el beso con todo el amor que tenía guardado para él todo este tiempo. El sentir que ella le devolvía ese beso fue algo mágico para Raimundo. Cuando sintieron que les fallaba la respiración se separaron para coger aire.
- Te he echado tanto de menos mi vida. – susurró Francisca con lágrimas en los ojos y volviendo a besarse. – No vuelvas a alejarte de mí…
- Nunca mi pequeña. Nunca. – dijo Raimundo
- Hazme el amor Raimundo. – susurró Francisca. – Hazme tuya.
Sin pensarlo más Raimundo la levantó en brazos y fue directo a la barra. La llevó detrás de ella dejándola sentada de espaldas a la puerta. Francisca susurraba mientras arrancaba en dos tiempos la camisa a Raimundo que miraba a Francisca como un volcán en erupción:
- Me niego… me niego a vivir sin ti.
Raimundo atacó como un loco el cuello de Francisca mientras luchaba por sobrevivir y por quitarle el vestido. Francisca le volvía loco con sus caricias en su pecho desnudo y sus besos.
- Francisca… mi pequeña.
Cuando consiguió quitarle el vestido Francisca llevó sus manos hasta sus pantalones y empezó a forcejear desesperada.
- Raimundo… - jadeó ella – Te deseo…
El pantalón al fin sucumbió a los deseos de ambos a la vez que Raimundo llevaba sus manos al corsé de Francisca y posteriormente a sus enaguas. Esas manos se colaron traviesas por debajo acariciando sus muslos y atrayéndola a él mientras seguía entreteniéndose con su cuello. Francisca cerró los ojos enloquecida por el cegador placer y aferrada a Raimundo arañándole la espalda. Él la aferró fuerte a él mientras comenzaba a besarle su pecho. Después volvió a subir hasta su cuello dejando un reguero de besos que hizo que Francisca cerrara los ojos por el placer. Después se miraron y Raimundo empezó a acariciarle los muslos y subió hasta sus pechos mientras sentían sus respiraciones tan cerca.
- Hazme tuya Raimundo. Hazme olvidar el dolor.
Eso enloqueció a Raimundo que en un impulso animal se introdujo en ella mientras mordía el hombro de Francisca preso del deseo. Ella atrajo con sus piernas las caderas de Raimundo y con sus manos se aferraba a su cuello para profundizar cada beso, cada caricia. Quería estar en cada hueso, nervio o tendón de Raimundo. Él quería poseerla más profundamente en cada embestida. La amaba, la necesitaba, la adoraba. Parecía que había estado esperando ese momento toda una vida. En cada beso renacían interiormente. Eran dos almas que volvían a fundirse en un solo ser. Poco a poco las embestidas fueron más intensas y ninguno se resistía. Se besaban y cariciaban como dos locos. Los gemidos de los dos empezaron a llenar la casa de comidas de amor y pasión. Cada vez se sumían más profundamente en el volcán de la pasión. Ella se retorcía de placer sin dejar de besarle ni de atraerle más a ella mientras que Raimundo la embestía lleno de deseo.
- Raimundo – gritó ella.
- Francisca… te amo. – dijo él
El éxtasis llegó llevándoles a un universo paralelo donde sólo existían ellos. Los dos se aferraron el uno al otro para prolongar lo más posible ese momento. Fue algo devastador a la vez que mágico. Unas lágrimas de felicidad brotaron de los ojos de Francisca que Raimundo se encargó de beber besando su rostro. Los dos se miraron temblando de delirio.
- Siempre te he amado mi pequeña. No sabes cuánto he deseado esto. – dijo Raimundo apoyando su frente en la de ella.
- Y yo Raimundo. En los momentos grises de mi vida: tu recuerdo, tu sonrisa, tu piel. – dijo antes de besarle. – me dio la luz para seguir adelante.
- Ya nada volverá a separarnos mi pequeña. Nada.
Los dos volvieron a fundirse en un beso devastador. Lleno de amor. Raimundo la cogió en brazos mientras la llevaba a su habitación para pasar la mejor noche de sus vidas.
FIN
¿Qué tal? ;)
#4346
20/11/2011 09:45
Que que tal? Pues fantastico!!! Jeje te felicito de verdad!!! Y rocio.... Me encanta como escribes!! Menudo talentazo!
Por que en la serie esto no pasa? Si solo queremos un beso!!!
Por que en la serie esto no pasa? Si solo queremos un beso!!!
#4347
20/11/2011 15:06
Joer chicas, me tenéis aquí babeando.
Ruth, tu relato en sí es un elixir. El mejor remedio para todo. Qué risas! He disfrutado muchísimo de lo bien que se lo pasan el uno con el otro y recordando viejos tiempos.
Miri, a ti, gracias por inspirarla
Rocío, wow, me chifló la alternancia de esas escenas paralelas narrando la misma historia. El resultado es realmente sorprendente. Quedó inmejorable.
Y gracias por recordarle al lector que acabarán bien!!
Natalia, te ha quedado genial. A mi estas escenas de ternura que acaban en pasión descontrolada me quitan el sentío…. Y a la Paca la migraña seguro. Si es que, qué mejor remedio que Rai….
Ruth, tu relato en sí es un elixir. El mejor remedio para todo. Qué risas! He disfrutado muchísimo de lo bien que se lo pasan el uno con el otro y recordando viejos tiempos.

Miri, a ti, gracias por inspirarla
Rocío, wow, me chifló la alternancia de esas escenas paralelas narrando la misma historia. El resultado es realmente sorprendente. Quedó inmejorable.
Y gracias por recordarle al lector que acabarán bien!! Natalia, te ha quedado genial. A mi estas escenas de ternura que acaban en pasión descontrolada me quitan el sentío…. Y a la Paca la migraña seguro. Si es que, qué mejor remedio que Rai….
#4348
20/11/2011 16:33
La Paca estrena ropa nueva.. La ha sacado de la promo que acabo de pillarla
#4349
20/11/2011 17:52
Natalia, maravillosa esa BARRATABERNAENCUENTRO. Y tanquila que si no nos han cerrado ya el hilo no creo que lo hagan ahora. Me encanta leer que es Francisca la que se lanza, esta mujer tiene tanto caracter que no seria de extrañarr que algún día lo hiciera. 
Por cierto creo que la cocina de la Casona no está profanada, y si puedo me gustaría reservarla para mi relato. Que aunque ahora se vea todo oscuro llegarán tiempos felices. Y todas las ideas romanticonas que se me ocurren ahora las apunto para tiempos mejores :D

Por cierto creo que la cocina de la Casona no está profanada, y si puedo me gustaría reservarla para mi relato. Que aunque ahora se vea todo oscuro llegarán tiempos felices. Y todas las ideas romanticonas que se me ocurren ahora las apunto para tiempos mejores :D
#4350
20/11/2011 20:22
Bueno si no he tirado el ordenador por la ventana ya no lo hago nunca, menudo domingo, menos mal que estais con los relatos y los comentarios para alegrarme que sino...
Rocio, que bonito cuento contado a medias por los dos, que pena me sigue dando Natalia pobrecica y lo qu más me ha gustado...el final
Natalia hija, que pasión, que conste que aunque lo comento ahora lo he leído a las 6 de la mañana y me has alegrado el estudio.
Bueno voy a seguir estidiando un rato más y luego os leo
Rocio, que bonito cuento contado a medias por los dos, que pena me sigue dando Natalia pobrecica y lo qu más me ha gustado...el final
Natalia hija, que pasión, que conste que aunque lo comento ahora lo he leído a las 6 de la mañana y me has alegrado el estudio.
Bueno voy a seguir estidiando un rato más y luego os leo
#4351
20/11/2011 20:27
Rocio,qué bonito hija mía!
me ha encantado ese cuento simultaneo,y como todos los cuentos,este también tendrá un final feliz.Gracias!
Natalia,fabuloso! me costaba imaginar lo de la barra porque de altura, a mi Rai como que no le venía muy bien
.Pero te ha quedado increible
third,gracias por la captura.Me parece que Francisca está super guapa.Mirad qué carita más preciosa tiene...y el vestido,ya era hora de que le pusieran algo de color.Gracias por ponerla
me ha encantado ese cuento simultaneo,y como todos los cuentos,este también tendrá un final feliz.Gracias!
Natalia,fabuloso! me costaba imaginar lo de la barra porque de altura, a mi Rai como que no le venía muy bien
.Pero te ha quedado increiblethird,gracias por la captura.Me parece que Francisca está super guapa.Mirad qué carita más preciosa tiene...y el vestido,ya era hora de que le pusieran algo de color.Gracias por ponerla
#4352
20/11/2011 20:29
Ruth acuerdate que tienes a Rai camino del hospital y a Francisca muerta de la angustia, no la dejes asíiiiiii
#4353
20/11/2011 21:33
Os pongo algo que acabo de escribir. Habia empezado a escribir nuevo año en mi relato y necesitaba despejarme un poco del pasado. Dejo aqui los "pensamientos" de Francisca en el encuentro del viernes. Y ya que estaba, escribo en primera persona 
Una visita no deseada, o sí.
Estaba sentada. Leyendo. Aprovechando que, en aquel momento, mi cabeza no estallaba de dolor. Gregoria me había dado unas gotas. Un calmante que hacía que en aquel día todo me diese igual. Hacía apenas unas horas que el alcalde se había presentado con su… primo. Otro caradura más en la familia. Habían venido para irrumpir en mi tranquilidad. Y, sorprendentemente, no los había echado a patadas de la Casona. Al contrario. Me había carcajeado de ellos sin pudor. Y para disuadir los problemas había pasado el relevo a mi hijo. Tristán. Volví a carcajearme. Esta vez sola. Meneé la cabeza. Justo en ese momento pude oírlo. Oír su voz. La voz de Raimundo. Sonreí sorprendida. Levantándome del asiento. Quizás habría venido a conversar conmigo. A tener una distendida charla. Volví a menear la cabeza. Hacia demasiado tiempo que no manteníamos una amena conversación. Y aquella vez no iba a ser diferente. Suspire. “Siempre insultándonos y peleando” pensé. Siempre como el gato y el ratón. Las cosas acabarían por explotar. Algún día tendría que reconocer que lo amaba. Pero estaba claro que ese día no era hoy. Medio drogaba como estaba lo que faltaba sería besarlo y tener la posibilidad de no recordar el beso. No, no me lo podría permitir. Aunque solo de aquella forma me atrevería a confesarle mi amor. Meneé la cabeza por tercera vez. Dirigiendo mis pasos hacia el recibidor.
Me hago la sorprendida. Sin darte demasiada importancia. Esperando a ver que contestas. Mientras respondes te sonrió levemente. Moviendo imperceptiblemente mi cuerpo. Esperando que te fijes en él. Tus palabras llegan. Como esperaba, un desplante. Algo que me alejase de ti. Pero yo no soy menos y, en mi afán de saber el motivo de tu visita te preguntó. No es solo mi curiosidad lo que me mueve a hacerlo. Es por mis ganas de hablar contigo por lo que lo hago. No quieres contestar. Y francamente no me importa. Vuelvo a sonreír. Esta vez más abiertamente. Te recuerdo que esta es mi casa y, que yo mando en ella. Pero mis palabras no tienen nada que ver con mi actitud. Dejo en mi rostro una sonrisa. Y continúo moviéndome levemente. Mi tono de voz suena relajado. Producto de los calmantes. Pero la tuya no. Tu voz suena tosca y ruda. Igual que tu respuesta. Las palabras no son pronunciadas por ti. Sino por tu orgullo. Incapaz de dejarme quedar por encima de ti. Nuestro hijo baja las escaleras. Aunque para ti, solo es mi hijo. El amigo de Sebastián. Lo miro y suspiro. Quería estar más tiempo contigo. Necesitaba estarlo. Y más en este día. Día en el que todo me resbalaba. En el que todo lo que ocurría para mí era como las gotas de agua que se deslizan por los cristales de las ventanas. Siento que estorbo y decido dejaros solos. No sin antes fingir indiferencia. Acaricio el pecho de mi hijo. Tu hijo. Nuestro hijo. Vuelvo a mirarte y entonces. Cuando no puedes responder lanzo mi última frase. Ganando la absurda batalla. Agarro mis faldones entre las manos. Facilitándome la subida de las escaleras. Y mientras lo hago. Siento como me miras. Siento como tus ojos me siguen. Sonrió sin pudor. Nadie me ve. Y si lo hace no me importa. Definitivamente en este encuentro había ganado la batalla.

Una visita no deseada, o sí.
Estaba sentada. Leyendo. Aprovechando que, en aquel momento, mi cabeza no estallaba de dolor. Gregoria me había dado unas gotas. Un calmante que hacía que en aquel día todo me diese igual. Hacía apenas unas horas que el alcalde se había presentado con su… primo. Otro caradura más en la familia. Habían venido para irrumpir en mi tranquilidad. Y, sorprendentemente, no los había echado a patadas de la Casona. Al contrario. Me había carcajeado de ellos sin pudor. Y para disuadir los problemas había pasado el relevo a mi hijo. Tristán. Volví a carcajearme. Esta vez sola. Meneé la cabeza. Justo en ese momento pude oírlo. Oír su voz. La voz de Raimundo. Sonreí sorprendida. Levantándome del asiento. Quizás habría venido a conversar conmigo. A tener una distendida charla. Volví a menear la cabeza. Hacia demasiado tiempo que no manteníamos una amena conversación. Y aquella vez no iba a ser diferente. Suspire. “Siempre insultándonos y peleando” pensé. Siempre como el gato y el ratón. Las cosas acabarían por explotar. Algún día tendría que reconocer que lo amaba. Pero estaba claro que ese día no era hoy. Medio drogaba como estaba lo que faltaba sería besarlo y tener la posibilidad de no recordar el beso. No, no me lo podría permitir. Aunque solo de aquella forma me atrevería a confesarle mi amor. Meneé la cabeza por tercera vez. Dirigiendo mis pasos hacia el recibidor.
Me hago la sorprendida. Sin darte demasiada importancia. Esperando a ver que contestas. Mientras respondes te sonrió levemente. Moviendo imperceptiblemente mi cuerpo. Esperando que te fijes en él. Tus palabras llegan. Como esperaba, un desplante. Algo que me alejase de ti. Pero yo no soy menos y, en mi afán de saber el motivo de tu visita te preguntó. No es solo mi curiosidad lo que me mueve a hacerlo. Es por mis ganas de hablar contigo por lo que lo hago. No quieres contestar. Y francamente no me importa. Vuelvo a sonreír. Esta vez más abiertamente. Te recuerdo que esta es mi casa y, que yo mando en ella. Pero mis palabras no tienen nada que ver con mi actitud. Dejo en mi rostro una sonrisa. Y continúo moviéndome levemente. Mi tono de voz suena relajado. Producto de los calmantes. Pero la tuya no. Tu voz suena tosca y ruda. Igual que tu respuesta. Las palabras no son pronunciadas por ti. Sino por tu orgullo. Incapaz de dejarme quedar por encima de ti. Nuestro hijo baja las escaleras. Aunque para ti, solo es mi hijo. El amigo de Sebastián. Lo miro y suspiro. Quería estar más tiempo contigo. Necesitaba estarlo. Y más en este día. Día en el que todo me resbalaba. En el que todo lo que ocurría para mí era como las gotas de agua que se deslizan por los cristales de las ventanas. Siento que estorbo y decido dejaros solos. No sin antes fingir indiferencia. Acaricio el pecho de mi hijo. Tu hijo. Nuestro hijo. Vuelvo a mirarte y entonces. Cuando no puedes responder lanzo mi última frase. Ganando la absurda batalla. Agarro mis faldones entre las manos. Facilitándome la subida de las escaleras. Y mientras lo hago. Siento como me miras. Siento como tus ojos me siguen. Sonrió sin pudor. Nadie me ve. Y si lo hace no me importa. Definitivamente en este encuentro había ganado la batalla.
#4354
20/11/2011 21:58
Inaeowyn quiero que sepas que me encantan tus relatos eres una escritora magnifica muchos besos.y los tuyos tambien Ruth que escritoras mas magnificas deberiais ser guionistas de la serie.
#4355
21/11/2011 00:48
Rocío, me he encantado ese cuento simultáneo de príncipes, príncesas y malos tan reales. Realmente bonito.
Natalia... escenazas de pasión como las tuyas necesitamos en la serie. ¿Qué tal? Pues genial ;)
A ver que nos depara esta semana chicas!!! Estoy deseando ver que nos trae de nuestra parejita el final de temporada.
Mariajo, se me olvidó anoche
pero así hoy me he esforzado en que fuera un poquito más largo que lo que iba a poner ayer. Espero que os guste, ya queda muy muy poco!!!
--------------------------
Ella bajó la vista al suelo y tras tragar saliva se sumergió en sus recuerdos. Recuerdos dolorosos sobre los que había tenido que sustentar su vida y que jamás podría olvidar.
Francisca apretó su vientre al sentir por segunda vez aquella punzada de dolor desgarradora que la deshacía por dentro.
Rosario observaba impotente mientras su señora, su amiga, se arrastraba de nuevo al interior de su cama.
-Señora… no puede seguir así- alcanzó a decir, mortificada por no poder aliviarla. Rápidamente se había acercado a ella para ayudarla a recostarse. Un sudor frío más que preocupante recorría su frente y de sus ojos caían una tras otra grandes lágrimas.
Desde la partida del hijo de los Ulloa, la noticia de su próxima boda con una heredera había corrido como un polvorín por toda la comarca. Un par de semanas habían pasado, lo suficiente para hundirla en la más absoluta de las miserias emocionales. Los primeros días se resistió a creerlo y lo esperó pertinazmente donde siempre se reunían, pero fue al tercer día cuando los mismos Ulloa terminaron confirmándoselo a su padre en una visita a la casona.
En aquel momento se sintió engañada y trastornada. Hubo de contener sus emociones, solo abandonándose ante los ojos de su joven criada. Pero el dolor más grande se apoderó de ella cuando comenzó a darse cuenta de su malestar y de los cambios en su cuerpo. No fue la única. Su propia madre se escandalizó ante todos los días que su hija había devuelto cualquier mínima cantidad de alimento que hubiera ingerido. La casona se encontraba inquieta ante la enfermedad de su joven ama.
-Rosario… lo que no puedo es seguir aquí –sollozó mientras la muchacha le pasaba un trapo empapado en agua tibia – quiero morirme… antes de que ellos me maten –lloró.
Rosario suspiró apenada ante el triste destino de su señora. Jamás hubiera imaginado que Raimundo Ulloa fuera capaz de hacerle semejante desprecio y daño, cuando siempre había jurado que la amaba por encima de todas las cosas.
Ella, mientras tanto, observaba como día a día Francisca se consumía en una vorágine de desesperación y llanto. Había comprendido el dolor que le suponía, no solo el engaño, sino también la situación que hacía poco habían descubierto.
Se armó de valor y cuando la joven cayó dormida por puro agotamiento bajó silenciosamente las escaleras de la casona. Una rendija de luz evidenció que el señor de la casa todavía no se había retirado a descansar. Rosario inspiró profundamente, toco la puerta y pasó.
Media hora más tarde salió, mucho más tranquila. No había tenido que revelar más que lo que era evidente para su amo.
Al día siguiente Francisca marchó sin demora al norte, con la esperanza de todos puesta en que ese cambio de aires la ayudara a mejorarse.
La noticia de que la hija casadera de la adinerada familia de los Montenegro partía hacia el norte se expandió en unos pocos días. No fueron uno solo los pretendientes que cada día la visitaban en su retiro, pero hubo de pasar casi un mes para que ella comprendiera la magnitud del engaño que había sufrido y su carácter irreparable. Del mismo modo, también lo hizo el saber que ahora más que nunca tenía algo por lo que luchar y vivir. Algo que era la muestra de que por lo menos para ella todo lo que había vivido durante los últimos años había sido real, por mucho que finalmente no resultaran ser más que patrañas.
Hubo de tomar una determinación. Los hombres que cada tarde se acercaban a cortejarla se mostraban siempre respetuosos y consecuentes con su posición, si bien uno destacaba especialmente por su insistencia. Salvador Castro, unos años más mayor que ella, alto, rubio, bien parecido. Alguien que jamás perdía una oportunidad de decirle lo hermosa que se encontraba. Un lobo con piel de cordero que consiguió la esposa que deseaba para aumentar su patrimonio. Día a día se apuró para darle más libertades y por primera vez tuvo que hacer uso consciente de sus encantos de mujer. Todo tenía que llevarse a cabo rápido si quería salvar su secreto.
Y llegó la noche, la primera de las muchas que tuvo que compartir con esa mala bestia llamada Salvador castro. La noche en que comenzó a odiar a Raimundo. Llorando en silencio hasta el amanecer, deseando que aquel que yacía a su lado desapareciera. Deseando volver a sentirse la niña arropada. Culpándose a sí misma por su debilidad y por haber creído ciegamente en él y en Salvador. Engañada por cualquier hombre que se había acercado a ella. Ese día se juró que nunca más volvería a dejar que nadie conociera sus debilidades, y mucho menos que se convirtiera en el centro de su vida.
Su vuelta a Puente Viejo, dos meses después de su marcha, fue totalmente distinta. Una muchacha asustada era la que se había alejado de allí huyendo de los problemas pero fue toda una mujer la que volvió, dispuesta a enfrentarlos. Todos se alegraron por su vuelta y su aumento de peso fue alabado, considerado signo inequívoco de que había vuelto a comer con normalidad.
En un descuido de su familia mandó llamar al joven médico del pueblo, al que tras mucho insistir convenció para que certificara un falso embarazo. Falso, tuvo que hacerle creer para que no pudiera intuir que los meses no cuadraban.
Y así fue como se vio envuelta y poco a poco se introdujo en la boca del lobo. Un lobo que aceptó ese hijo como suyo y con el que se casó solo un mes después, cuando ya estaba encinta de cuatro meses y cada día le costaba ocultarlo más. Un lobo que se descubría en la intimidad de la habitación, pues se tornaba tan encantador como cuando se conocieron a la vista de sus padres.
Pasó un tiempo hasta que un día Rosario la interrumpió, totalmente fuera de sí, comunicándole que una vista la estaba esperando. No quiso decirle más. Ella se dispuso a bajar y creyó morir al reconocerlo. No quiso sentarse, sino que ocultó su incipiente barriga tras el respaldo de una silla, que también utilizó para sujetarse. Rota por el dolor y llena de reproches, no quiso siquiera escucharlo y lo echó sin miramientos de la Casona. Derrumbándose nada más hubo desparecido de su vista, destrozada por la vuelta de todos aquellos fantasmas que creía había conseguido desterrar.
El mundo no era justo. Ya debería haberse dado cuenta.
Natalia... escenazas de pasión como las tuyas necesitamos en la serie. ¿Qué tal? Pues genial ;)
A ver que nos depara esta semana chicas!!! Estoy deseando ver que nos trae de nuestra parejita el final de temporada.
Mariajo, se me olvidó anoche
pero así hoy me he esforzado en que fuera un poquito más largo que lo que iba a poner ayer. Espero que os guste, ya queda muy muy poco!!!--------------------------
Ella bajó la vista al suelo y tras tragar saliva se sumergió en sus recuerdos. Recuerdos dolorosos sobre los que había tenido que sustentar su vida y que jamás podría olvidar.
Francisca apretó su vientre al sentir por segunda vez aquella punzada de dolor desgarradora que la deshacía por dentro.
Rosario observaba impotente mientras su señora, su amiga, se arrastraba de nuevo al interior de su cama.
-Señora… no puede seguir así- alcanzó a decir, mortificada por no poder aliviarla. Rápidamente se había acercado a ella para ayudarla a recostarse. Un sudor frío más que preocupante recorría su frente y de sus ojos caían una tras otra grandes lágrimas.
Desde la partida del hijo de los Ulloa, la noticia de su próxima boda con una heredera había corrido como un polvorín por toda la comarca. Un par de semanas habían pasado, lo suficiente para hundirla en la más absoluta de las miserias emocionales. Los primeros días se resistió a creerlo y lo esperó pertinazmente donde siempre se reunían, pero fue al tercer día cuando los mismos Ulloa terminaron confirmándoselo a su padre en una visita a la casona.
En aquel momento se sintió engañada y trastornada. Hubo de contener sus emociones, solo abandonándose ante los ojos de su joven criada. Pero el dolor más grande se apoderó de ella cuando comenzó a darse cuenta de su malestar y de los cambios en su cuerpo. No fue la única. Su propia madre se escandalizó ante todos los días que su hija había devuelto cualquier mínima cantidad de alimento que hubiera ingerido. La casona se encontraba inquieta ante la enfermedad de su joven ama.
-Rosario… lo que no puedo es seguir aquí –sollozó mientras la muchacha le pasaba un trapo empapado en agua tibia – quiero morirme… antes de que ellos me maten –lloró.
Rosario suspiró apenada ante el triste destino de su señora. Jamás hubiera imaginado que Raimundo Ulloa fuera capaz de hacerle semejante desprecio y daño, cuando siempre había jurado que la amaba por encima de todas las cosas.
Ella, mientras tanto, observaba como día a día Francisca se consumía en una vorágine de desesperación y llanto. Había comprendido el dolor que le suponía, no solo el engaño, sino también la situación que hacía poco habían descubierto.
Se armó de valor y cuando la joven cayó dormida por puro agotamiento bajó silenciosamente las escaleras de la casona. Una rendija de luz evidenció que el señor de la casa todavía no se había retirado a descansar. Rosario inspiró profundamente, toco la puerta y pasó.
Media hora más tarde salió, mucho más tranquila. No había tenido que revelar más que lo que era evidente para su amo.
Al día siguiente Francisca marchó sin demora al norte, con la esperanza de todos puesta en que ese cambio de aires la ayudara a mejorarse.
La noticia de que la hija casadera de la adinerada familia de los Montenegro partía hacia el norte se expandió en unos pocos días. No fueron uno solo los pretendientes que cada día la visitaban en su retiro, pero hubo de pasar casi un mes para que ella comprendiera la magnitud del engaño que había sufrido y su carácter irreparable. Del mismo modo, también lo hizo el saber que ahora más que nunca tenía algo por lo que luchar y vivir. Algo que era la muestra de que por lo menos para ella todo lo que había vivido durante los últimos años había sido real, por mucho que finalmente no resultaran ser más que patrañas.
Hubo de tomar una determinación. Los hombres que cada tarde se acercaban a cortejarla se mostraban siempre respetuosos y consecuentes con su posición, si bien uno destacaba especialmente por su insistencia. Salvador Castro, unos años más mayor que ella, alto, rubio, bien parecido. Alguien que jamás perdía una oportunidad de decirle lo hermosa que se encontraba. Un lobo con piel de cordero que consiguió la esposa que deseaba para aumentar su patrimonio. Día a día se apuró para darle más libertades y por primera vez tuvo que hacer uso consciente de sus encantos de mujer. Todo tenía que llevarse a cabo rápido si quería salvar su secreto.
Y llegó la noche, la primera de las muchas que tuvo que compartir con esa mala bestia llamada Salvador castro. La noche en que comenzó a odiar a Raimundo. Llorando en silencio hasta el amanecer, deseando que aquel que yacía a su lado desapareciera. Deseando volver a sentirse la niña arropada. Culpándose a sí misma por su debilidad y por haber creído ciegamente en él y en Salvador. Engañada por cualquier hombre que se había acercado a ella. Ese día se juró que nunca más volvería a dejar que nadie conociera sus debilidades, y mucho menos que se convirtiera en el centro de su vida.
Su vuelta a Puente Viejo, dos meses después de su marcha, fue totalmente distinta. Una muchacha asustada era la que se había alejado de allí huyendo de los problemas pero fue toda una mujer la que volvió, dispuesta a enfrentarlos. Todos se alegraron por su vuelta y su aumento de peso fue alabado, considerado signo inequívoco de que había vuelto a comer con normalidad.
En un descuido de su familia mandó llamar al joven médico del pueblo, al que tras mucho insistir convenció para que certificara un falso embarazo. Falso, tuvo que hacerle creer para que no pudiera intuir que los meses no cuadraban.
Y así fue como se vio envuelta y poco a poco se introdujo en la boca del lobo. Un lobo que aceptó ese hijo como suyo y con el que se casó solo un mes después, cuando ya estaba encinta de cuatro meses y cada día le costaba ocultarlo más. Un lobo que se descubría en la intimidad de la habitación, pues se tornaba tan encantador como cuando se conocieron a la vista de sus padres.
Pasó un tiempo hasta que un día Rosario la interrumpió, totalmente fuera de sí, comunicándole que una vista la estaba esperando. No quiso decirle más. Ella se dispuso a bajar y creyó morir al reconocerlo. No quiso sentarse, sino que ocultó su incipiente barriga tras el respaldo de una silla, que también utilizó para sujetarse. Rota por el dolor y llena de reproches, no quiso siquiera escucharlo y lo echó sin miramientos de la Casona. Derrumbándose nada más hubo desparecido de su vista, destrozada por la vuelta de todos aquellos fantasmas que creía había conseguido desterrar.
El mundo no era justo. Ya debería haberse dado cuenta.
#4356
21/11/2011 00:48
Raimundo por su parte fue incapaz de abrir la boca en su presencia. Sabiendo que merecía todas y cada una de las palabras hirientes que ella le dedicaba. Presintiendo que algo más que su partida los había alejado.
Desde ese día su vida se convirtió en un torbellino de alcohol y auto compasión del que nadie pudo sacarle en mucho tiempo.
Tamaño escándalo ocurrido en la Casona llegó a los oídos del nuevo amo cuando regreso a la noche. Una y mil veces le suplicó Francisca entre sollozos que la soltara cuando él la aplastó sujetándola por el cuello contra la pared de la habitación. Amenazándola con hacerle daño a su propio hijo, hasta que ella había terminado derrumbándose y contándole las migajas de lo que habían sido Raimundo y ella.
Un odio inmenso se apoderó de Salvador, que desde aquel día se aprovechó de la precaria situación de Raimundo para arrebatarle todo cuanto pudo. Y ella no hizo nada, resentida y dolida como estaba. Deseando demostrarle que todo aquello por lo que había abandonado lo más precioso, lo que ellos tenían, no valía nada.
Conforme el tiempo pasó Raimundo fue perdiendo a todos aquellos que habían formado su vida desde que era un crío. Su padre murió según las habladurías por pura vergüenza de verse en la ruina y todos los que habían estado al calorcillo de una buena comida y de la abundancia mientras la hubo rápidamente fueron disipándose ante la nueva situación.
Pero Raimundo no se daba cuenta, refugiado como estaba en el alcohol, con esa ceguera que le permitía seguir viviendo, pues de otra manera de seguro hubiera acabado con su vida. Gastándose lo poco que le restaba en brandy y vino, hasta que llegó un momento en el que solo la caridad de alguno de los vecinos consiguió mantenerle el estómago lleno. Gente que poco a poco fue negándose a sustentarlo ante las represalias recibidas por parte de su señor.
Y de un día para otro, el arruinado hijo de los Ulloa desapareció del pueblo.
Con ello, Francisca consiguió levantar cabeza de todo su dolor, aunque solo fuera para agacharla con cada insulto de Salvador. Del mismo modo, con mucho esfuerzo, logró sacar a Tristán adelante, tratando de evitar que la mezquindad de Salvador hiciera mella en él. Atormentada y agradecida por encontrar en su pequeño cualquiera de aquellos mohines y gestos que tanto había adorado durante años.
------------------
Os va a parecer rara la petición, pero agradecería si alguna sabe en un capítulo en que nuestro Rai salga cortando específicamente QUESO. Sé que seguro hay uno, en el que sale cortándolo a ciegas, pero me he vuelto loca buscándolo y no lo he encontrado. Gracias de antemano
Desde ese día su vida se convirtió en un torbellino de alcohol y auto compasión del que nadie pudo sacarle en mucho tiempo.
Tamaño escándalo ocurrido en la Casona llegó a los oídos del nuevo amo cuando regreso a la noche. Una y mil veces le suplicó Francisca entre sollozos que la soltara cuando él la aplastó sujetándola por el cuello contra la pared de la habitación. Amenazándola con hacerle daño a su propio hijo, hasta que ella había terminado derrumbándose y contándole las migajas de lo que habían sido Raimundo y ella.
Un odio inmenso se apoderó de Salvador, que desde aquel día se aprovechó de la precaria situación de Raimundo para arrebatarle todo cuanto pudo. Y ella no hizo nada, resentida y dolida como estaba. Deseando demostrarle que todo aquello por lo que había abandonado lo más precioso, lo que ellos tenían, no valía nada.
Conforme el tiempo pasó Raimundo fue perdiendo a todos aquellos que habían formado su vida desde que era un crío. Su padre murió según las habladurías por pura vergüenza de verse en la ruina y todos los que habían estado al calorcillo de una buena comida y de la abundancia mientras la hubo rápidamente fueron disipándose ante la nueva situación.
Pero Raimundo no se daba cuenta, refugiado como estaba en el alcohol, con esa ceguera que le permitía seguir viviendo, pues de otra manera de seguro hubiera acabado con su vida. Gastándose lo poco que le restaba en brandy y vino, hasta que llegó un momento en el que solo la caridad de alguno de los vecinos consiguió mantenerle el estómago lleno. Gente que poco a poco fue negándose a sustentarlo ante las represalias recibidas por parte de su señor.
Y de un día para otro, el arruinado hijo de los Ulloa desapareció del pueblo.
Con ello, Francisca consiguió levantar cabeza de todo su dolor, aunque solo fuera para agacharla con cada insulto de Salvador. Del mismo modo, con mucho esfuerzo, logró sacar a Tristán adelante, tratando de evitar que la mezquindad de Salvador hiciera mella en él. Atormentada y agradecida por encontrar en su pequeño cualquiera de aquellos mohines y gestos que tanto había adorado durante años.
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Os va a parecer rara la petición, pero agradecería si alguna sabe en un capítulo en que nuestro Rai salga cortando específicamente QUESO. Sé que seguro hay uno, en el que sale cortándolo a ciegas, pero me he vuelto loca buscándolo y no lo he encontrado. Gracias de antemano
#4357
21/11/2011 16:22
Cris, cielo!! puff me tenias con el corazón en un puño. Me encanta como escribes el pasado. Lo has narrado super bien 
Jo, no quiero que se acabe...
Los avances... Odio que pongan otra vez a Francisca de mala desquiciada. Pero bueno... Águeda no se queda atras. "Aunque como ella tiene un verdadero motivo para irrumpir en la relación Pepa-Tristán no pasa nada". En fin, esperemos que almenos tengamos un par de escenitas esta semana. O me conformo con una, en su defecto. Pero dadnos algo, Señores guionistas.
Bueno, me voy a escribir un ratillo que entramos en etapa nueva del relato. Año 1881. Esta vez no meto nada de la actualidad. Ya lo entendereis :P En sí es un año triste, pero espero que algo nos deje buen sabor de boca ;)

Jo, no quiero que se acabe...

Los avances... Odio que pongan otra vez a Francisca de mala desquiciada. Pero bueno... Águeda no se queda atras. "Aunque como ella tiene un verdadero motivo para irrumpir en la relación Pepa-Tristán no pasa nada". En fin, esperemos que almenos tengamos un par de escenitas esta semana. O me conformo con una, en su defecto. Pero dadnos algo, Señores guionistas.
Bueno, me voy a escribir un ratillo que entramos en etapa nueva del relato. Año 1881. Esta vez no meto nada de la actualidad. Ya lo entendereis :P En sí es un año triste, pero espero que algo nos deje buen sabor de boca ;)
#4358
21/11/2011 16:28
Y esas fotos de nick de María Bouzas y Ramón Ibarra? Madreeeeeeeeeee!!!
#4359
21/11/2011 17:50
Me meooooooooo con la paca drogada, de verdad que no podía aguantarme la risa con los caretos jajajajajaja
EDITO: "es esta reciente inclinación que siento por sonreir, ¡Que fastidio!"

EDITO: "es esta reciente inclinación que siento por sonreir, ¡Que fastidio!"


#4360
21/11/2011 18:26
Jajajajajaja ME ENCANTA LA PACA DROGADA jaja
No me he podido reir más con esa frase, Cris. Jajaja que Francisca no está acostumbrada a sonreir. Y Tristán disculpandola con "es el nuevo tratamiento" jaja
Hoy deberia ir Raimundo a la Casona, o Francisca a la taberna, da igual. Entonces si que la Paca no duda ni un segundo en lanzarse al cuello de su hombre :)
No me he podido reir más con esa frase, Cris. Jajaja que Francisca no está acostumbrada a sonreir. Y Tristán disculpandola con "es el nuevo tratamiento" jaja
Hoy deberia ir Raimundo a la Casona, o Francisca a la taberna, da igual. Entonces si que la Paca no duda ni un segundo en lanzarse al cuello de su hombre :)