Foro El secreto de Puente Viejo
Creemos nuestro propio Puente Viejo. ¡TODOS JUNTOS!
#0
07/03/2012 15:08
Fann3 me ha dado la idea de hacer esto, consiste en elaborar nuestra propia historia de Puente Viejo todos juntos. Cada forer@ va a ser un personaje de Puente Viejo.
Espero que os guste esta idea, me parece que lo podemos pasar muy bien.Si teneis alguna duda me lo deciis, y antes que nada si os parece bien, decidme que personaje quereis cada unos y yo los iré poniendo antes de empezar a elaborar la historia. Yo me pido Pepa si no os parece mal, si alguien quiereel personaje de Pepa yo me cojo otro y no pasa nada. Muchas gracias.



PERSONAJES PARA LA HISTORIA:
miri1309- Raimundo
Ruthlovetristan-Pepa
musicintheair13-Emilia
emshdopv-Soledad
Mariaesdpv-Tristán
Fann3-Alfonso
CristinaESDPV- Gregoria Casas
Franrai-Francisca
Triestrellasara-Mariana
Jessicavalido-Rosario
Laury93-Salvador Castro
Nhgsa- Sebastian Ulloa
Esdpvluna- D.Anselmo
¡PODEIS SEGUIR UNIENDOOS AUNQUE YA HAYAMOS EMPEZADO!
Aviso!! Por favor si os comprometeis a hacer un personaje, intentad escribir regularmente para darle continuidad a la historia y no quedar estancados. Muchas Gracias.
Y si quereis participar , informadnos con antelación, sino esto se desmadra y sería un caos. GRACIAS.
Espero que os guste esta idea, me parece que lo podemos pasar muy bien.Si teneis alguna duda me lo deciis, y antes que nada si os parece bien, decidme que personaje quereis cada unos y yo los iré poniendo antes de empezar a elaborar la historia. Yo me pido Pepa si no os parece mal, si alguien quiereel personaje de Pepa yo me cojo otro y no pasa nada. Muchas gracias.



PERSONAJES PARA LA HISTORIA:
miri1309- Raimundo
Ruthlovetristan-Pepa
musicintheair13-Emilia
emshdopv-Soledad
Mariaesdpv-Tristán
Fann3-Alfonso
CristinaESDPV- Gregoria Casas
Franrai-Francisca
Triestrellasara-Mariana
Jessicavalido-Rosario
Laury93-Salvador Castro
Nhgsa- Sebastian Ulloa
Esdpvluna- D.Anselmo
¡PODEIS SEGUIR UNIENDOOS AUNQUE YA HAYAMOS EMPEZADO!
Aviso!! Por favor si os comprometeis a hacer un personaje, intentad escribir regularmente para darle continuidad a la historia y no quedar estancados. Muchas Gracias.
Y si quereis participar , informadnos con antelación, sino esto se desmadra y sería un caos. GRACIAS.
Vídeos FormulaTV

Wyoming alerta sobre Vox tras el adelanto electoral: "Esto es lo que se juega nuestro país"
Vídeo de presentación de la nueva Skydance
Una reportera y su cámara, atropellados en directo durante una conexión para el informativo
Brian Cox se muestra como el nuevo gran villano en el tráiler de la segunda temporada de 'Dexter: Resurrección'
Jana regresa a 'La promesa' para ayudar a Curro a dar el "sí, quiero" a Ángela
Manu Sánchez versiona 'Aquí no hay quien viva' para denunciar el desahucio de Maricarmen
#2841
14/08/2012 18:31
Sonreí ante las caricias de Raimundo y me giré lentamente sin separarme de él. Tomando su rostro entre mis manos y buscando sus labios. Lo besé y el poco tardó en devolverme aquel pasional beso, sin dejar de acariciar mi espalda.
Me separé de él una vez que el oxígeno se me hizo necesario y dejé que mi frente se pegase a la suya.
-Vamos, si no tu hija acabará teniendo razón.- pronuncié, separándome con una amplia sonrisa en los labios.
No tardamos demasiado en asearnos y vestirnos para la ocasión. Raimundo usó un elegante traje que lo hacía aun más irresistible y yo había elegido un bonito vestido color violeta, el cual resaltaba mis curvas y a duras penas trataba de ocultar las anchuras que aun me quedaban tras el embarazo.
Bajamos al salón y allí encontramos a Soledad y Emilia haciendo carantoñas a los pequeños, acompañadas de Sebastián y Alfonso.
-Ya estamos.- les dije. -¿Y vuestro hermano y Pepa?- pregunté, acercándome a ellos al tiempo que recibía respuesta. Tristán iría directo hacia la iglesia y allí nos encontraríamos. Asentí y tomé a la pequeña Natalia en brazos. Quien se removió al verme. -¿Qué pasa, mi princesa?- pronuncié tiernamente. Pidiéndole a Raimundo que fuese a pedirle a Rosario un par de biberones. No era momento de darles el pecho, y a los niños les haría bien ir acostumbrándose a ellos.
Tras terminar de darle el biberón, partimos rumbo a la Iglesia.
Me separé de él una vez que el oxígeno se me hizo necesario y dejé que mi frente se pegase a la suya.
-Vamos, si no tu hija acabará teniendo razón.- pronuncié, separándome con una amplia sonrisa en los labios.
No tardamos demasiado en asearnos y vestirnos para la ocasión. Raimundo usó un elegante traje que lo hacía aun más irresistible y yo había elegido un bonito vestido color violeta, el cual resaltaba mis curvas y a duras penas trataba de ocultar las anchuras que aun me quedaban tras el embarazo.
Bajamos al salón y allí encontramos a Soledad y Emilia haciendo carantoñas a los pequeños, acompañadas de Sebastián y Alfonso.
-Ya estamos.- les dije. -¿Y vuestro hermano y Pepa?- pregunté, acercándome a ellos al tiempo que recibía respuesta. Tristán iría directo hacia la iglesia y allí nos encontraríamos. Asentí y tomé a la pequeña Natalia en brazos. Quien se removió al verme. -¿Qué pasa, mi princesa?- pronuncié tiernamente. Pidiéndole a Raimundo que fuese a pedirle a Rosario un par de biberones. No era momento de darles el pecho, y a los niños les haría bien ir acostumbrándose a ellos.
Tras terminar de darle el biberón, partimos rumbo a la Iglesia.
#2842
14/08/2012 19:22
Por fin, Tristán ya estaba de vuelta. Juntos, con Martín y Alba. Nos levantamos ilusionados, pues un nuevo día nos bridaba la posibilidad de vivirle.
Además se celebraba el bautizo de Natalia y de Alejandro. Nos vestimos adecuadamente para la ocasión. Alba estrenaba un bonito vestido turquesa, cada vez estaba más grande. Nos tenía ganados a todos, sobre todo a su padre desde que pronunció su primeras palabras. No dirigimos sin mas demora a la Iglesia,los cuatro juntos, como lo que eramos, una familia feliz.
Además se celebraba el bautizo de Natalia y de Alejandro. Nos vestimos adecuadamente para la ocasión. Alba estrenaba un bonito vestido turquesa, cada vez estaba más grande. Nos tenía ganados a todos, sobre todo a su padre desde que pronunció su primeras palabras. No dirigimos sin mas demora a la Iglesia,los cuatro juntos, como lo que eramos, una familia feliz.
#2843
15/08/2012 12:49
Raimundo entro en la cocina sonriente,estaba guapisimo vestido con un elegante traje,me pidio que le preparara un par de biberones.
-Enseguida los tendrá listos-sonreí.
cuando estuvieron a punto se los entregue,Raimundo me dio las gracias y subió al salón a reunirse con los demás que ya partían hacia la iglesia.
-Creo que nosotras también deberíamos irnos-dije mirando a Mariana.
-Madre vaya yendo usted,yo esperare a Alejandro-dijo algo nerviosa por la que podría ser mi respuesta.
-Esta bien-acaricie su rostro mostrandole una sonrisa-allí nos vemos entonces.
Ella me sonrió y me encamine hacia la iglesia,al llegar salude a don Anselmo y divise a José en uno de los bancos y me senté a su lado.
-Estas muy guapo-le susurre.
-Tu también-me dijo sonriente-¿Y Mariana no venia contigo?-me pregunto mirando a su alrededor.
-Enseguida viene con Alejandro un amigo de Sebastian-le dije para tranquilizarlo.
-Me gustaría conocerlo-dijo mirándome.
-No te preocupes, es un buen muchacho-en ese momento llego Mariana del brazo de Alejandro y se sentó a nuestro lado.Yo les sonreí.
Mariana miro a su padre esperando su reacción,el le sonrio y la muchacha suspiro aliviada.
-Ya llegan-dije girándome hacia la puerta de la iglesia,viendo como entraban la señora y Raimundo con los niños en brazos seguidos de los padrinos.
-Enseguida los tendrá listos-sonreí.
cuando estuvieron a punto se los entregue,Raimundo me dio las gracias y subió al salón a reunirse con los demás que ya partían hacia la iglesia.
-Creo que nosotras también deberíamos irnos-dije mirando a Mariana.
-Madre vaya yendo usted,yo esperare a Alejandro-dijo algo nerviosa por la que podría ser mi respuesta.
-Esta bien-acaricie su rostro mostrandole una sonrisa-allí nos vemos entonces.
Ella me sonrió y me encamine hacia la iglesia,al llegar salude a don Anselmo y divise a José en uno de los bancos y me senté a su lado.
-Estas muy guapo-le susurre.
-Tu también-me dijo sonriente-¿Y Mariana no venia contigo?-me pregunto mirando a su alrededor.
-Enseguida viene con Alejandro un amigo de Sebastian-le dije para tranquilizarlo.
-Me gustaría conocerlo-dijo mirándome.
-No te preocupes, es un buen muchacho-en ese momento llego Mariana del brazo de Alejandro y se sentó a nuestro lado.Yo les sonreí.
Mariana miro a su padre esperando su reacción,el le sonrio y la muchacha suspiro aliviada.
-Ya llegan-dije girándome hacia la puerta de la iglesia,viendo como entraban la señora y Raimundo con los niños en brazos seguidos de los padrinos.
#2844
21/08/2012 16:42
Por fin había llegado el momento que llevaba días esperando. Tras noches enteras soportando el frío de la noche, tras las impestuosas horas que pasé vigilando cada uno de sus movimientos, encontré mi oportunidad. El bautizo, la iglesia sería el lugar perfecto para acabar con todo de una vez y para siempre.
Me perdí entre las sombras observando desde lejos sus sonrisas, sus miradas, cada gesto de felicidad mientras aquel farsante también conocido como "Hombre de Dios" libraba a aquellos mocosos de algún pecado que ni siquiera habían tenido tiempo de cometer. Sinceramente no recordaba mi bautizo, claro, pero una parte de mí pensaba que si llegaba a tocar ese agua bendita me derretiría cual demonio y quizás no estaba muy equivocado.
Esperé una vez más a que la iglesia se vaciara. Por un momento contemplé la posibilidad de encerrarlos a todos allí, al fin y al cabo, Rosario me había vuelto a abandonar por su legítimo esposo y ya no tenía ninguna razón para contener mis ansias de sangre, aún así tuve la compasión que ellos no tendrían conmigo y dejé qeu se marcharan ignorantes del peligro que habían corrido. Conocía todas las salidas posibles del templo y mientras se oficiaba la misa no me costó demasiado tapiarlas una por una hasta que solo qeudó la puerta principal que se cerró tras de mí en el momento preciso. Raimundo, Francisca y el cura me miraron aterrados. Había llegado la hora.
- Hola... Vaya siento comuinicaros que mi invitación debió perderse por el camino. Pero no os preocupéis porque la fiesta - dije sacando mi pistola- No ha hecho más que empezar. Antes de qeu me deis la bienvenida os aviso que ya he prendido fuego a esta casucha, ya empiezo a notar el penetrante aroma del humo, y las llamas no tardarán en alcanzarnos.
Como si quisieran secundar mis palabras una oleada de lengüetas de fuego comenzaron a aparecer por los distintos recovecos del templo, rodeándonos.
Me perdí entre las sombras observando desde lejos sus sonrisas, sus miradas, cada gesto de felicidad mientras aquel farsante también conocido como "Hombre de Dios" libraba a aquellos mocosos de algún pecado que ni siquiera habían tenido tiempo de cometer. Sinceramente no recordaba mi bautizo, claro, pero una parte de mí pensaba que si llegaba a tocar ese agua bendita me derretiría cual demonio y quizás no estaba muy equivocado.
Esperé una vez más a que la iglesia se vaciara. Por un momento contemplé la posibilidad de encerrarlos a todos allí, al fin y al cabo, Rosario me había vuelto a abandonar por su legítimo esposo y ya no tenía ninguna razón para contener mis ansias de sangre, aún así tuve la compasión que ellos no tendrían conmigo y dejé qeu se marcharan ignorantes del peligro que habían corrido. Conocía todas las salidas posibles del templo y mientras se oficiaba la misa no me costó demasiado tapiarlas una por una hasta que solo qeudó la puerta principal que se cerró tras de mí en el momento preciso. Raimundo, Francisca y el cura me miraron aterrados. Había llegado la hora.
- Hola... Vaya siento comuinicaros que mi invitación debió perderse por el camino. Pero no os preocupéis porque la fiesta - dije sacando mi pistola- No ha hecho más que empezar. Antes de qeu me deis la bienvenida os aviso que ya he prendido fuego a esta casucha, ya empiezo a notar el penetrante aroma del humo, y las llamas no tardarán en alcanzarnos.
Como si quisieran secundar mis palabras una oleada de lengüetas de fuego comenzaron a aparecer por los distintos recovecos del templo, rodeándonos.
#2845
21/08/2012 17:43
Aferré con fuerza la mano que Raimundo acababa de entrelazar a la mía, al tiempo que el oxígeno quedó atascado en mis pulmones. Frente a nosotros Salvador. Y cerrada a cal y canto la puerta de salida.
Habló. Nos acababa de encerrar en aquel santo lugar, buscando nuestra muerte. Cerré los ojos tratando de encontrar calma en la oscuridad. Tratando de escapar de algún modo de una pesadilla que ya duraba demasiado. Salvador. ¿Es que no se marcharía nunca? ¿No le era suficiente el daño que ya había causado?... No. No lo era. Porfiaba en continuar amargando nuestra existencia y lo peor, al sentir el calor del fuego rodeándonos, dí por finalizada la misma. Nos tenía justo donde había planeado tenernos y ni siquiera para él podría haber una salida.
-Eres un...- los calificativos siempre habían sido demasiado suaves para él. Vi el placer en su rostro, que contrastaba con el horror que se palpaba en Don Anselmo. Éste, no solo por la situación, sino por ver el sacrilegio cometido. -¡Has perdido el juicio!- le espeté a Salvador. -Suelta ese arma y déjanos salir.- le pedí bajando un poco el tono, pues antes lo había elevado demasiado. Levanté mi brazo, reafirmandome con la mano para que lo hiciera. Pero nada conseguí. -¿¡No te cansas de hacer daño!?-pregunté alterada. -No es conmigo con quien has de pagar tu ruin existencia,- pronuncié -y menos con Raimundo o con...- me interrumpió. Haciéndome callar al encañonarme directamente con el arma.
Habló. Nos acababa de encerrar en aquel santo lugar, buscando nuestra muerte. Cerré los ojos tratando de encontrar calma en la oscuridad. Tratando de escapar de algún modo de una pesadilla que ya duraba demasiado. Salvador. ¿Es que no se marcharía nunca? ¿No le era suficiente el daño que ya había causado?... No. No lo era. Porfiaba en continuar amargando nuestra existencia y lo peor, al sentir el calor del fuego rodeándonos, dí por finalizada la misma. Nos tenía justo donde había planeado tenernos y ni siquiera para él podría haber una salida.
-Eres un...- los calificativos siempre habían sido demasiado suaves para él. Vi el placer en su rostro, que contrastaba con el horror que se palpaba en Don Anselmo. Éste, no solo por la situación, sino por ver el sacrilegio cometido. -¡Has perdido el juicio!- le espeté a Salvador. -Suelta ese arma y déjanos salir.- le pedí bajando un poco el tono, pues antes lo había elevado demasiado. Levanté mi brazo, reafirmandome con la mano para que lo hiciera. Pero nada conseguí. -¿¡No te cansas de hacer daño!?-pregunté alterada. -No es conmigo con quien has de pagar tu ruin existencia,- pronuncié -y menos con Raimundo o con...- me interrumpió. Haciéndome callar al encañonarme directamente con el arma.
#2846
22/08/2012 00:27
Sus palabras ya no podían herirme, no hacían mella en mi maltrecho ser. Yo ya había aceptado mi final, porqeu sabía que aquel día, en aquel lugar iba a morir, pero también sabía que ellos morirían conmigo y que ni todo su "amor" ni toda esa palabrería de folleto barato lograría salvar sus vidas.
Cuando Raimundo me retó al principio sentí risa, era divertido pensar que un enclenque como él se atreviera a desafiarme, pero después pensé que si iba a morir de una forma u otra no pasaría nada por arrebatarle la vida con mis propias manos. sí que me deshice del arma, de poco servía ahora que ya podía notar el calor de las llamas en mi rostro, y me lancé a por él.
Raimundo tardó un tiempo en reaccionar antes de comenzar a protegerse de mis golpes o de tratar de asestarme alguno. Había perdido fuerza desde que me dispararan pero aún así seguía estando mucho más acostumbrado a la lucha que él. Rodamos por el suelo, acercándonos peligrosamente al fuego para después alejarnos en un baile frenético y sin sentido hasta que conseguí inmovilizarle con el peso de mi cuerpo y cernir mis manos sobre su garganta. Apretando, apretando con todas mis fuerzas y la rabia acumulada tras tanto tiempo. Creí oír algo, súplicas, gritos, quizás amenazas. No lo sé, estaba tan concentrado en matarlo, en acabar con todo, que perdí la noción del tiempo y la realidad, y solo sentía como pataleaba sin sentido hasta perder lentamente las fuerzas.
Y sin embargo, cuando comenzaba a alcanzar el éxtasis a la par que mi víctima llegaba a su fin ocurrió algo. Sentí un profundo dolor en mi pecho que se abría paso por todo mi cuerpo mientras una cálida mancha roja se extendía por mis ropajes. Aflojé las manos de mi víctima mientras mi mente comprendía lo que estaba pasando. Por fin lo entendí: era mi fin.
Cuando Raimundo me retó al principio sentí risa, era divertido pensar que un enclenque como él se atreviera a desafiarme, pero después pensé que si iba a morir de una forma u otra no pasaría nada por arrebatarle la vida con mis propias manos. sí que me deshice del arma, de poco servía ahora que ya podía notar el calor de las llamas en mi rostro, y me lancé a por él.
Raimundo tardó un tiempo en reaccionar antes de comenzar a protegerse de mis golpes o de tratar de asestarme alguno. Había perdido fuerza desde que me dispararan pero aún así seguía estando mucho más acostumbrado a la lucha que él. Rodamos por el suelo, acercándonos peligrosamente al fuego para después alejarnos en un baile frenético y sin sentido hasta que conseguí inmovilizarle con el peso de mi cuerpo y cernir mis manos sobre su garganta. Apretando, apretando con todas mis fuerzas y la rabia acumulada tras tanto tiempo. Creí oír algo, súplicas, gritos, quizás amenazas. No lo sé, estaba tan concentrado en matarlo, en acabar con todo, que perdí la noción del tiempo y la realidad, y solo sentía como pataleaba sin sentido hasta perder lentamente las fuerzas.
Y sin embargo, cuando comenzaba a alcanzar el éxtasis a la par que mi víctima llegaba a su fin ocurrió algo. Sentí un profundo dolor en mi pecho que se abría paso por todo mi cuerpo mientras una cálida mancha roja se extendía por mis ropajes. Aflojé las manos de mi víctima mientras mi mente comprendía lo que estaba pasando. Por fin lo entendí: era mi fin.
#2847
22/08/2012 01:30
-¡No lo hagas!- susurré queriendo que Raimundo escuchase mi suplica. Pero fue en vano. Y mi corazón sintió morir al primer golpe. Salvador se abalanzó sobre él, y éste aunque intentó responder a los golpes del Castro, terminó vencido. Las lágrimas acudieron a mis ojos al ver a mi amor removerse y tratar de zafarse del agarre de aquel monstruo.
Jamás había sentido dolor parecido. El corazón latía aprisa, buscando bombear el oxígeno que a mis pulmones no llegaba, mientras lo notaba desfallecer y palpaba en mi cuello las garras con las que Salvador estaba apunto de arrebatar la vida de Raimundo.
Dí un paso hacia ellos, queriendo abalanzarme sobre aquel al que años atrás había llamado esposo sin sentirlo como tal, pero Don Anselmo me agarró por los hombros. Queriendo, supuse, protegerme. Aunque mayor tortura supuso el obligarme a quedarme inmóvil sin poder hacer nada por el hombre de mi vida. Solo esperar a que Salvador se arrepintiese en el último instante y lo soltase sin más.
No. No lo haría.
Las lágrimas terminaron por rodar sobre mis mejillas. Y al llegar a mis labios las sentí amargas. No podía quedarme parada esperando que Raimundo espirase su último aliento.
Me deshice del agarre del cura, avanzando hacia ambos, con la intención de apartar a Salvador de Raimundo, aunque solo unos segundos fueran. Pero mis ojos se cruzaron con el objeto que el Castro había soltado minutos antes, y tras tragar saliva me armé del valor suficiente como para encañonar la pistola. Me situé lo suficientemente bien, como para que no notase de mis actos, pero la bala pudiese llegar al sitio idóneo. Nunca había disparado a nadie. Nunca pensé llegar a hacerlo y un subito temblor acudió a mis manos.
Tragué mis lágrimas y el llanto, cerré los ojos un instante y apunté.
Una mancha roja cerca del pecho me hizo saber que, por suerte y sin entender cómo, le había dado. Me miró, y aparté la mirada rápidamente de él para dirigirla hacia mi amor. Al que noté ensanchar sus pulmones con nuevo aire. No solté la pistola. No podía permitirme el lujo de que volviese a tomar el arma.
-Se acabó.- susurré. Un par de lágrimas cayeron. -No podía permitir que... tras años soportando tus malos tratos... acabases también con la vida del hombre al que amo.- continué hablándole. -Tomate ésto como un pago a tus deudas.- terminé con la mirada perdida. Habló. Lo dejé pronunciar un par de frases antes de que cayese al suelo inerte. Y entonces, solo entonces, la pistola cayó a mis pies. Sentí mi cuerpo derrumbarse ante la presión sometida. Matar a alguien no era fácil. Cómo tampoco lo era sentir la muerte de alguien amado en tus carnes. Y aun lo era más, notar el calor del fuego rodeándonos. Condenándonos a muerte y saber, que al otro lado de aquellas paredes, dos inocentes criaturas lloraban por la ausencia de sus padres.
Jamás había sentido dolor parecido. El corazón latía aprisa, buscando bombear el oxígeno que a mis pulmones no llegaba, mientras lo notaba desfallecer y palpaba en mi cuello las garras con las que Salvador estaba apunto de arrebatar la vida de Raimundo.
Dí un paso hacia ellos, queriendo abalanzarme sobre aquel al que años atrás había llamado esposo sin sentirlo como tal, pero Don Anselmo me agarró por los hombros. Queriendo, supuse, protegerme. Aunque mayor tortura supuso el obligarme a quedarme inmóvil sin poder hacer nada por el hombre de mi vida. Solo esperar a que Salvador se arrepintiese en el último instante y lo soltase sin más.
No. No lo haría.
Las lágrimas terminaron por rodar sobre mis mejillas. Y al llegar a mis labios las sentí amargas. No podía quedarme parada esperando que Raimundo espirase su último aliento.
Me deshice del agarre del cura, avanzando hacia ambos, con la intención de apartar a Salvador de Raimundo, aunque solo unos segundos fueran. Pero mis ojos se cruzaron con el objeto que el Castro había soltado minutos antes, y tras tragar saliva me armé del valor suficiente como para encañonar la pistola. Me situé lo suficientemente bien, como para que no notase de mis actos, pero la bala pudiese llegar al sitio idóneo. Nunca había disparado a nadie. Nunca pensé llegar a hacerlo y un subito temblor acudió a mis manos.
Tragué mis lágrimas y el llanto, cerré los ojos un instante y apunté.
Una mancha roja cerca del pecho me hizo saber que, por suerte y sin entender cómo, le había dado. Me miró, y aparté la mirada rápidamente de él para dirigirla hacia mi amor. Al que noté ensanchar sus pulmones con nuevo aire. No solté la pistola. No podía permitirme el lujo de que volviese a tomar el arma.
-Se acabó.- susurré. Un par de lágrimas cayeron. -No podía permitir que... tras años soportando tus malos tratos... acabases también con la vida del hombre al que amo.- continué hablándole. -Tomate ésto como un pago a tus deudas.- terminé con la mirada perdida. Habló. Lo dejé pronunciar un par de frases antes de que cayese al suelo inerte. Y entonces, solo entonces, la pistola cayó a mis pies. Sentí mi cuerpo derrumbarse ante la presión sometida. Matar a alguien no era fácil. Cómo tampoco lo era sentir la muerte de alguien amado en tus carnes. Y aun lo era más, notar el calor del fuego rodeándonos. Condenándonos a muerte y saber, que al otro lado de aquellas paredes, dos inocentes criaturas lloraban por la ausencia de sus padres.
#2848
22/08/2012 12:13
El bautizo transcurrió con normalidad.Los pequeños no se movieron un ápice en el momento en que l agua rozó sus cabecitas.
Salimos de la Iglesia tras despedirnos de algunos invitados. Tristán llevaba a Alba en brazos y yo a Martín de la mano. De pronto comenzamos a notar un extraño olor a quemado, proveniente de la Iglesia.
Allí quedaban Raimundo, Francisca y D. Anselmo. El fuego comenzaba a hacerse ver. Corrimos hacia allí.
Tristán me dio a Alba y dejo a Martín junto a mí, mientras junto con Sebastián y algunos hombres más, intentaba abrir las puertas del lugar sagrado.
Al final acabaron cediendo y entraron. Esperé fuera junto a los niños tal y como Tristán me dijo, no sin antes pedirle que tuviera mucho cuidado.
Salimos de la Iglesia tras despedirnos de algunos invitados. Tristán llevaba a Alba en brazos y yo a Martín de la mano. De pronto comenzamos a notar un extraño olor a quemado, proveniente de la Iglesia.
Allí quedaban Raimundo, Francisca y D. Anselmo. El fuego comenzaba a hacerse ver. Corrimos hacia allí.
Tristán me dio a Alba y dejo a Martín junto a mí, mientras junto con Sebastián y algunos hombres más, intentaba abrir las puertas del lugar sagrado.
Al final acabaron cediendo y entraron. Esperé fuera junto a los niños tal y como Tristán me dijo, no sin antes pedirle que tuviera mucho cuidado.
#2849
22/08/2012 15:55
Tardé unos segundos en darme cuenta aunque en realidad siempre lo supe, siempre supe que aquel sería mi final, mi destino, era el acto final y mi vida tocaba a su fin. Sentí el fuego de la bala atravesando mi pecho y después... nada. Mi vista se tornó borrosa, escuchaba vagamente los gritos, los llantos.
Sentía que las fuerzas me abandonaban y sabía que iba a morir y aún así no sentí miedo, ni dolor... solo frío. En realidad sabía que aquello era lo mejor. Rosario, la única mujer a la que entregué mi corazón, había encontrado el amor lejos de mis brazos; mis hijos, Pepa, tenían su vida, eran felices o podían llegar a serlo y yo solo sería una carga para ellos, una sombra que poblaba sus pesadillas. Mientras yacía allí aguardando a que mi corazón se rindiera a la evidencia, esperaba que las llamas se cobrasen su tributo o quizás ya estuviese muerto y mi alma todavía no se hubiera dado cuenta, poco importaba. Pero en aquel momento mi vida pasó ante mis ojos como una pesadilla nocturna qeu se aviene a recordarnos antes del descanso eterno los pecados por los que seremos condenados. Y recordé
Recordé a mi madre, Flora, de la que nunca sabría si realmente me llegó a querer, la persona a la que más había odiado porqeu más había querido, la persona que marcó mi destino.
Recordé a mis hermanos, por los que hubiera dado mi vida, por los que vendí mi alma. Y lo único que quería era volver a verlos.
Después rostros desdibujados por el tiempo, gritos descoloridos, personas a las que no recordaba pero a las qeu sabía que había destrozado.
A Rosario, mi gran amor, la primera persona por la que estuve dispuesto a cambiar. Tardé demasiado tiempo en darme cuenta de qeu su vida, incluso si me amaba, sería más feliz sin el veneno de mi amor.
A Pepa, mi niña, mi pequeña a la qeu no había podido ver crecer pero en cuyos ojos veía a mi madre, a mis hermanos y me veía a mí. Y a pesar de no haber llegado nunca a ser su padre, siempre la sentí como una hija.
Incluso tuve un último pensamiento para Francisca, mi verdugo y a la vez mi salvadora. Ella me arrebató mi vida pero a cambio le daba la felicidad a las únicas personas a las que creí amar, si es que mi corazón era capaz tras tanto dolor.
Porque Francisca me mató, sí, y también me salvó. Tuve que hacer sufrir demasiado para darme cuenta de que no merecía la pena, de que nada tenía sentido, de que por más que porfiara en vengarme Salvador Castro nunca obtendría su venganza, porque no existía. Yo solo quería ser aquel chiquillo de pueblo qeu confiaba en la gente, que jugaba sin preocupaciones, que no se odiaba a sí mismo ni a los demás. Mas aunque yo quisiera dejar de ser lo qeu era la gente me seguiría viendo como un monstruo, no había redención posibles para mis pecados, ni perdón que pudiera serme concedido. Mi única redención sería la muerte. Si yo moría todos serían libres, incluyendo yo mismo.
Ya estaba. Las llamas me alcanzaron, sentía su calor en mi piel y a la vez, el frío de la muerte. Era mi hora y sonreí porque ya estaba preparado para descansar por fin. En la lejanía empecé a ver formas fugaces, difusas, niños... mis hermanos. Y me alcé, lejos de mi cuerpo, lejos de Salvador, como un niño corrí hacia ellos y me sumí en el eterno sueño de la nada.
Bueno, para las incrédulas/os esta muerte es definitiva, no vayáis a sacarme por ahí a menos que a algún personaje le dé por la necromancia. Os echaré mucho de menos y me ha dado pena matar a mi Salva
pero los malos tienen que morir es ley de vida, y a este le había llegado la hora. Muchas gracias a todas las qe leéis y a las que escribis. En especial a mi hija postiza del conjunto, Ruth, que lo hizo posible y me ha encantado ser tu papi y a mi peque por matarme y por estar ahí, a todas. Os seguiré leyendo
Muchisimos besos
Sentía que las fuerzas me abandonaban y sabía que iba a morir y aún así no sentí miedo, ni dolor... solo frío. En realidad sabía que aquello era lo mejor. Rosario, la única mujer a la que entregué mi corazón, había encontrado el amor lejos de mis brazos; mis hijos, Pepa, tenían su vida, eran felices o podían llegar a serlo y yo solo sería una carga para ellos, una sombra que poblaba sus pesadillas. Mientras yacía allí aguardando a que mi corazón se rindiera a la evidencia, esperaba que las llamas se cobrasen su tributo o quizás ya estuviese muerto y mi alma todavía no se hubiera dado cuenta, poco importaba. Pero en aquel momento mi vida pasó ante mis ojos como una pesadilla nocturna qeu se aviene a recordarnos antes del descanso eterno los pecados por los que seremos condenados. Y recordé
Recordé a mi madre, Flora, de la que nunca sabría si realmente me llegó a querer, la persona a la que más había odiado porqeu más había querido, la persona que marcó mi destino.
Recordé a mis hermanos, por los que hubiera dado mi vida, por los que vendí mi alma. Y lo único que quería era volver a verlos.
Después rostros desdibujados por el tiempo, gritos descoloridos, personas a las que no recordaba pero a las qeu sabía que había destrozado.
A Rosario, mi gran amor, la primera persona por la que estuve dispuesto a cambiar. Tardé demasiado tiempo en darme cuenta de qeu su vida, incluso si me amaba, sería más feliz sin el veneno de mi amor.
A Pepa, mi niña, mi pequeña a la qeu no había podido ver crecer pero en cuyos ojos veía a mi madre, a mis hermanos y me veía a mí. Y a pesar de no haber llegado nunca a ser su padre, siempre la sentí como una hija.
Incluso tuve un último pensamiento para Francisca, mi verdugo y a la vez mi salvadora. Ella me arrebató mi vida pero a cambio le daba la felicidad a las únicas personas a las que creí amar, si es que mi corazón era capaz tras tanto dolor.
Porque Francisca me mató, sí, y también me salvó. Tuve que hacer sufrir demasiado para darme cuenta de que no merecía la pena, de que nada tenía sentido, de que por más que porfiara en vengarme Salvador Castro nunca obtendría su venganza, porque no existía. Yo solo quería ser aquel chiquillo de pueblo qeu confiaba en la gente, que jugaba sin preocupaciones, que no se odiaba a sí mismo ni a los demás. Mas aunque yo quisiera dejar de ser lo qeu era la gente me seguiría viendo como un monstruo, no había redención posibles para mis pecados, ni perdón que pudiera serme concedido. Mi única redención sería la muerte. Si yo moría todos serían libres, incluyendo yo mismo.
Ya estaba. Las llamas me alcanzaron, sentía su calor en mi piel y a la vez, el frío de la muerte. Era mi hora y sonreí porque ya estaba preparado para descansar por fin. En la lejanía empecé a ver formas fugaces, difusas, niños... mis hermanos. Y me alcé, lejos de mi cuerpo, lejos de Salvador, como un niño corrí hacia ellos y me sumí en el eterno sueño de la nada.
Bueno, para las incrédulas/os esta muerte es definitiva, no vayáis a sacarme por ahí a menos que a algún personaje le dé por la necromancia. Os echaré mucho de menos y me ha dado pena matar a mi Salva
pero los malos tienen que morir es ley de vida, y a este le había llegado la hora. Muchas gracias a todas las qe leéis y a las que escribis. En especial a mi hija postiza del conjunto, Ruth, que lo hizo posible y me ha encantado ser tu papi y a mi peque por matarme y por estar ahí, a todas. Os seguiré leyendo
Muchisimos besos
#2850
23/08/2012 02:48
Todos salimos de la iglesia felices,cuando percibimos un intenso olor a quemado y vimos las puertas de la iglesia cerradas,atrapando en su interior a la señora a Raimundo y don Anselmo.
-Salvador-susurre segura de que el estaba detras de todo.
Tristan y Sebastian luchaban por abrir las puertas y liberar a sus padres y al parroco de aquella trampa mortal.José me sujetaba tratando de protegerme,algo en mi interior me decia que aquel seria el final de salvador,deseaba que la señora,Raimundo y don Anselmo estuvieran bien,pero no podia evitar sufrir por el.De pronto las puertas de la iglesia se abrieron y los tres salieron al exterior,en sus rostros se reflejaba el horror que habian sufrido.
-Gracias a Dios que estan a salvo-dije mientras mi mirada se perdia en el interior de la iglesia que era devorada por las llamas.
Me aparte un poco de los demas para poder llorar a solas hasta que senti que una mano tocaba mi hombro y al girarme vi el rostro de sebastian,me abraze a el con todas mis fuerzas sin dejar de llorar.El trato de consolarme con amables palabras pero sentia que algo en mi interior se habia ido con el.
-Salvador-susurre segura de que el estaba detras de todo.
Tristan y Sebastian luchaban por abrir las puertas y liberar a sus padres y al parroco de aquella trampa mortal.José me sujetaba tratando de protegerme,algo en mi interior me decia que aquel seria el final de salvador,deseaba que la señora,Raimundo y don Anselmo estuvieran bien,pero no podia evitar sufrir por el.De pronto las puertas de la iglesia se abrieron y los tres salieron al exterior,en sus rostros se reflejaba el horror que habian sufrido.
-Gracias a Dios que estan a salvo-dije mientras mi mirada se perdia en el interior de la iglesia que era devorada por las llamas.
Me aparte un poco de los demas para poder llorar a solas hasta que senti que una mano tocaba mi hombro y al girarme vi el rostro de sebastian,me abraze a el con todas mis fuerzas sin dejar de llorar.El trato de consolarme con amables palabras pero sentia que algo en mi interior se habia ido con el.
#2851
23/08/2012 17:25
Don Anselmo se santiguó nuevamente.
-El cadáver de su esposo se encontró, aunque lamentablemente calcinado por las llamas.- Ni siquiera con fuerzas me veía para corregir a la pareja de civiles. Suspiré y me recliné hacia atrás. Dejando caer mi cabeza sobre el hombro de Raimundo. Éste fue quien agradeció a los hombres las nuevas, y halagó el buen hacer de las gentes al extinguir el fuego.
Cerré los ojos ante la mención de las llamas. Aquellas que a punto estuvieron de cobrarse nuestras vidas. Nuevas palabras, ésta vez de aliento y consuelo hacia mi, fueron pronunciadas por boca de Raimundo.
-Estoy cansada.- pronuncié tras permanecer abrazara a mi amor largos segundos. Sintiendo que aún el alma me temblaba al temer por su vida.
Me levanté del sofá del salón y con gesto serio y alicaído me dispuse a subir las escaleras. Entré en la alcoba y le pedí a Mariana que se marchase, pues yo quedaría con los pequeños. Ella y los niños habían permanecido allí desde que regresamos a la Casona hacía ya largas horas. El ambiente del salón se hacían irrespirable debido al miedo que aun permanecía entre nosotros. Sobre todo en Don Anselmo, Raimundo y en mi misma... Sentir la muerte de cerca y tener que disparar a Salvador en tan crítica situación no había sido plato de buen gusto.
El bautizo de mis hijos se había visto empañado por la tragedia. Justamente lo que Salvador había planeado, aunque con la ligera diferencia de que habíamos conseguido escapar a las garras de la muerte.
Caminé hacia la cama y, tras dedicar una mirada a mis pequeños, me dejé caer sobre ella.
-El cadáver de su esposo se encontró, aunque lamentablemente calcinado por las llamas.- Ni siquiera con fuerzas me veía para corregir a la pareja de civiles. Suspiré y me recliné hacia atrás. Dejando caer mi cabeza sobre el hombro de Raimundo. Éste fue quien agradeció a los hombres las nuevas, y halagó el buen hacer de las gentes al extinguir el fuego.
Cerré los ojos ante la mención de las llamas. Aquellas que a punto estuvieron de cobrarse nuestras vidas. Nuevas palabras, ésta vez de aliento y consuelo hacia mi, fueron pronunciadas por boca de Raimundo.
-Estoy cansada.- pronuncié tras permanecer abrazara a mi amor largos segundos. Sintiendo que aún el alma me temblaba al temer por su vida.
Me levanté del sofá del salón y con gesto serio y alicaído me dispuse a subir las escaleras. Entré en la alcoba y le pedí a Mariana que se marchase, pues yo quedaría con los pequeños. Ella y los niños habían permanecido allí desde que regresamos a la Casona hacía ya largas horas. El ambiente del salón se hacían irrespirable debido al miedo que aun permanecía entre nosotros. Sobre todo en Don Anselmo, Raimundo y en mi misma... Sentir la muerte de cerca y tener que disparar a Salvador en tan crítica situación no había sido plato de buen gusto.
El bautizo de mis hijos se había visto empañado por la tragedia. Justamente lo que Salvador había planeado, aunque con la ligera diferencia de que habíamos conseguido escapar a las garras de la muerte.
Caminé hacia la cama y, tras dedicar una mirada a mis pequeños, me dejé caer sobre ella.
#2852
24/08/2012 00:11
Estaba sentada en la mesa de la cocina,aun no podía creer que jamas volvería a verlo,que todo se había terminado.La señora hizo lo único que se podía hacer para evitar una tragedia pero el vació que sentía era demasiado grande y nada podría llenarlo jamas.
-Madre-me llamo Mariana sacándome de mis pensamientos-creo que deberíamos volver ya a casa todos necesitamos descansar.
-Tienes razón-me levante de la silla y acaricie el bello rostro de mi hija-tu padre nos estará esperando.
Al llegar nos encontramos a José sentado en el pequeño banco que había junto a la puerta.
-Yo voy dentro a descansar-dijo Mariana tras darnos un beso a su padre y a mi.
Me sente al lado de José y apoye mi cabeza en su hombro buscando las fuerzas que me faltaban.
-Se lo mucho que significaba para ti-dijo mirándome fijamente a los ojos-y lo mucho que te duele su muerte,quiero que sepas que estaré a tu lado y que no pienso dejarte caer mi amor-enmarco mi rostro con sus manos secando mis lagrimas con ternura.
-Eres un hombre maravilloso-dije tomando sus manos-no merezco el amor que me tienes, yo..
El puso su dedo indice en mis labios-Lo mereces porque eres la mejor mujer que he conocido nunca y me siento afortunado solo con que me dejes estar a tu lado los años que me resten de vida.
Tras esas hermosas palabras lo abrace y apoye mi frente en la suya.
-Eres demasiado noble,siempre lo fuiste-dije sin despegar mi frente de la suya.
-Es simplemente que te amo mas que a nada en este mundo-beso mis labios con una ternura infinita-y ahora entremos que debes descansar¿me dejaras que cuide de ti?-pregunto tomando mi mano para que me levantara.
-Siempre lo has hecho-conteste aferrándome a su brazo y entrando en la casa.
-Madre-me llamo Mariana sacándome de mis pensamientos-creo que deberíamos volver ya a casa todos necesitamos descansar.
-Tienes razón-me levante de la silla y acaricie el bello rostro de mi hija-tu padre nos estará esperando.
Al llegar nos encontramos a José sentado en el pequeño banco que había junto a la puerta.
-Yo voy dentro a descansar-dijo Mariana tras darnos un beso a su padre y a mi.
Me sente al lado de José y apoye mi cabeza en su hombro buscando las fuerzas que me faltaban.
-Se lo mucho que significaba para ti-dijo mirándome fijamente a los ojos-y lo mucho que te duele su muerte,quiero que sepas que estaré a tu lado y que no pienso dejarte caer mi amor-enmarco mi rostro con sus manos secando mis lagrimas con ternura.
-Eres un hombre maravilloso-dije tomando sus manos-no merezco el amor que me tienes, yo..
El puso su dedo indice en mis labios-Lo mereces porque eres la mejor mujer que he conocido nunca y me siento afortunado solo con que me dejes estar a tu lado los años que me resten de vida.
Tras esas hermosas palabras lo abrace y apoye mi frente en la suya.
-Eres demasiado noble,siempre lo fuiste-dije sin despegar mi frente de la suya.
-Es simplemente que te amo mas que a nada en este mundo-beso mis labios con una ternura infinita-y ahora entremos que debes descansar¿me dejaras que cuide de ti?-pregunto tomando mi mano para que me levantara.
-Siempre lo has hecho-conteste aferrándome a su brazo y entrando en la casa.
#2853
24/08/2012 10:55
Salvador, mi padre, murió aquel día. Lo recuerdo y aún puedo notar como una lágrima, ágil, cae por mi mejila. Lo cierto es que nunca supe que sentir hacia él. Todo fue una continua contradicción de sentimientos cambiantes. Solo deseaba que allí dónde estuviera, recibiera su merecido por todo lo hecho en vida. Aún así no puedo evitar pensar, que las cosas podrían haber sido de otra forma. Aunque de nada me servían ya esas cavilaciones. Junto con Tristán y los niños, volvimos a nuestro hogar.
Ayyy Salva, (Laura) Que sepas que tanto de parte de Pepa como mía, ha sido un placer que participaras en esta historia y que te vamos a echar muchísimo de menos. A vosotros y a vuestras salvajadas
Un beso.
Ayyy Salva, (Laura) Que sepas que tanto de parte de Pepa como mía, ha sido un placer que participaras en esta historia y que te vamos a echar muchísimo de menos. A vosotros y a vuestras salvajadas
Un beso.
#2854
25/08/2012 15:02
Días después...
Rosario ya retiraba los platos de lo que había sido una maravillosa velada junto a nuestros hijos, que nos habían sorprendido con su presencia para celebrar nuestra inminente boda. Al fin llegaba, con 30 años de retraso y 6 tesoros a nuestras espaldas. Tanto habíamos batallado Raimundo y yo, que me parecía increíble que en pocas horas fuese a estar frente al altar, entregándome de por vida a él. Viendo al fin cumplido nuestro anhelado sueño.
Suspiré y miré a Raimundo que acababa de entrelazar su mano a la mía. Sonreí al ver en su mirada la misma ilusión que yo desbordaba. Y ambos tuvimos que volver rápidamente la vista hacia nuestro hijo el mayor, que se había levantado para proponer un brindis por nosotros. Reímos ante la elocuencia de sus palabras y brindamos entre las sonrisas y miradas cargadas de admiración que nuestros hijos nos regalaban.
Disfrutamos un poco más de su compañía, hablando de algunos rasgos generales de la boda e, incluso, Sebastián y Tristán se atrevieron a dar datos sobre lo bien que le sentaba el traje al novio. Momento en el cual, lancé unas significativas miradas a las chicas para que mantuvieran en absoluto secreto cualquier detalle referente a mi vestido. Sonrieron y cambiaron de tema sin mayor problema.
Rato después, Laura comenzó a removerse en brazos de su madre, mostrándose impertinente debido a su cansancio, y poco más tarde Martín empezó igualmente a bostezar.
Nos levantamos todos de la mesa y nos dirigimos hacia el recibidor para despedir a Emilia, Alfonso, Tristán, Pepa y los pequeños, que marchaban para sus respectivas casas. Tristán se acercó a nosotros, dedicándonos un par de palabras y miró acto seguido a Emilia, que sonrió de una manera un tanto extraña.
-Usted también se viene, padre.- pronunció firmemente sin apartar la sonrisa de su rostro. Y ante nuestro desconcierto, prosiguió. -Vamos... Ya tendrán tiempo de dormir bien abrazados a partir de mañana, pero hoy cada uno dormirá por separado.- Raimundo y yo nos miramos. Nada me apetecía menos que dormir sola aquella noche y por su mirada, a él tampoco le hacía mucha gracia la idea. -¡Vaamos...!- volvió a insistir. Tomando su mano, cual niño pequeño.
-Emilia...- traté de intentar convencerla, pero paré al ver la mirada de los jóvenes y miré suplicante a Raimundo para que él hiciese algo al respecto.
Rosario ya retiraba los platos de lo que había sido una maravillosa velada junto a nuestros hijos, que nos habían sorprendido con su presencia para celebrar nuestra inminente boda. Al fin llegaba, con 30 años de retraso y 6 tesoros a nuestras espaldas. Tanto habíamos batallado Raimundo y yo, que me parecía increíble que en pocas horas fuese a estar frente al altar, entregándome de por vida a él. Viendo al fin cumplido nuestro anhelado sueño.
Suspiré y miré a Raimundo que acababa de entrelazar su mano a la mía. Sonreí al ver en su mirada la misma ilusión que yo desbordaba. Y ambos tuvimos que volver rápidamente la vista hacia nuestro hijo el mayor, que se había levantado para proponer un brindis por nosotros. Reímos ante la elocuencia de sus palabras y brindamos entre las sonrisas y miradas cargadas de admiración que nuestros hijos nos regalaban.
Disfrutamos un poco más de su compañía, hablando de algunos rasgos generales de la boda e, incluso, Sebastián y Tristán se atrevieron a dar datos sobre lo bien que le sentaba el traje al novio. Momento en el cual, lancé unas significativas miradas a las chicas para que mantuvieran en absoluto secreto cualquier detalle referente a mi vestido. Sonrieron y cambiaron de tema sin mayor problema.
Rato después, Laura comenzó a removerse en brazos de su madre, mostrándose impertinente debido a su cansancio, y poco más tarde Martín empezó igualmente a bostezar.
Nos levantamos todos de la mesa y nos dirigimos hacia el recibidor para despedir a Emilia, Alfonso, Tristán, Pepa y los pequeños, que marchaban para sus respectivas casas. Tristán se acercó a nosotros, dedicándonos un par de palabras y miró acto seguido a Emilia, que sonrió de una manera un tanto extraña.
-Usted también se viene, padre.- pronunció firmemente sin apartar la sonrisa de su rostro. Y ante nuestro desconcierto, prosiguió. -Vamos... Ya tendrán tiempo de dormir bien abrazados a partir de mañana, pero hoy cada uno dormirá por separado.- Raimundo y yo nos miramos. Nada me apetecía menos que dormir sola aquella noche y por su mirada, a él tampoco le hacía mucha gracia la idea. -¡Vaamos...!- volvió a insistir. Tomando su mano, cual niño pequeño.
-Emilia...- traté de intentar convencerla, pero paré al ver la mirada de los jóvenes y miré suplicante a Raimundo para que él hiciese algo al respecto.
#2855
26/08/2012 02:11
-¡Habrase visto...!- musité tras ver las satisfechas sonrisas de Soledad y Sebastián. Cogí a Alejandro y Natalia de los brazos de los jóvenes y subí medio ofuscada hacia mi alcoba.
Dejé a los pequeños con cuidado sobre la cama, para así cambiar tranquilamente a uno y otro antes de dejarlo en su cunita dormir plácidamente. Aunque ninguno parecía tener demasiadas ganas de hacerlo.
Me deshice de la ropa y me coloqué en su lugar un cómodo camisón. Peinando después mi oscuro cabello y dirigiéndome hacia la cama, con un bostezo escapando de mis labios. Quedé sentada al borde de la misma, mirando la cunita en la que mis pequeños parecían descubrirse mutuamente, jugando con sus manos y haciendo chocar sus pies con los del otro. Los tres terminamos riendo ante sus juegos y una parte de mi buscó a Raimundo por la habitación para que no se perdiese aquel momento. Suspiré y por un momento me pareció que los niños habían notado la ausencia de su padre, cosa que no sería de extrañar.
Pellizqué la nariz de Alejandro y acaricié la mejilla de Natalia en un cariñoso gesto.
-A papá se lo han llevado vuestros hermanos...- les dije como si fuesen a entenderme. -Pero mañana en cuanto amanezca nos pondremos bien guapos y acudiremos a su encuentro.- sonreí al imaginar tal momento. Me parecía tan lejos y tan cerca a la vez el ansiado instante en el que ambos diésemos el sí quiero ante el altar, que ya no sabía si de veras era real, o mi cabeza se había inventado tal cosa en un simple sueño. -Buenas noches, tesoros míos.- les susurré desenvolviéndome en caricias. Una vez que ambos parecieron quedar medio dormidos, destapé la cama y me tumbé sobre ella. Esperando que los nervios me dejasen pasar la noche tranquila.
......................................................................
Me desperecé sin siquiera abrir los ojos... El sueño había podido conmigo ya a las tantas de la madrugada y no recordaba haberme desvelado ni una sola vez más. Por tanto, en cierta forma, había dormido bien. Entreabrí los ojos tratando de enfocarlo todo y mi mirada terminó por fijarse el techo.
-Al fin.- pronuncié. Apenas unas horas me separaban de poder llamar a Raimundo "esposo". Ni yo me terminaba de creer semejante cosa. 30 años esperando a colocar en mi dedo un anillo y ahora cada minuto hasta llegar el momento se me haría eterno.
Volví mis ojos hacia el lado de Raimundo. Me había terminado acostumbrando a sus besos y caricias al despertar y hoy me faltaba algo. Dejé que la oscuridad me inundara en un lento pestañear y acto seguido dirigí mi mirada hacia la cuna.
El corazón se paró de repente al verla vacía. Me incorporé rápidamente, levantándome de la cama. A mi cabeza volvió el desagradable recuerdo de las sabanas ensangrentadas y la nota de Salvador, y entonces volví a respirar. No por tan desagradable trago, sino por que a pesar de mis primeras sospechas, los niños estaban perfectamente atendidos por Pepa y Tristán.
No obstante, un mal palpito no me dejó volver a la tranquilidad y decidí bajar. Me vestí con un sencillo y habitual vestido. Seguramente los niños estuviesen con Rosario o con la misma Soledad, pero así me quitaría de la cabeza aquella voz que me decía que algo no iba bien.
Bajé las escaleras y a los pies de la misma vi a Rosario que cruzaba desde el salón a la cocina.
Saludó con alegría, preguntándome qué quería de desayunar.
-No tengo hambre Rosario.- le dije. La mujer fue a insistir, pero la dejé a mis espaldas para asomarme al salón.
-¡Buenos días, madre!- saludó Soledad que alegremente estaba conversando con Emilia. -No le voy a negar que hay tiempo de sobra pero, la hacia ya...
-¿Dónde están?- la interrumpí. En sus rostros vi el desconcierto y en el mio se dibujó el pavor. -Alejandro y Natalia.- apunté.
-¿Cómo que dónde están?- contestó mi hija. -Con usted, en su habitación, nadie los ha sacado de allí.- afirmó.
Hube de apoyarme en una de las columnas para no caer desplomada al suelo. Las fuerzas me flaquearon de pronto y temí caer, si no hubiese sido por que Rosario me agarró por la espalda.
Las tres preguntaron si me encontraba bien, y qué era lo que ocurría exactamente.
Meneé la cabeza, notando mi respiración erradica y sin fuerzas para contestar.
-No, no estoy bien.- contesté ante la reiteración de Emilia al preguntar cómo estaba. Mas, aunque ella me ofrecieron sentarme, me zafé de sus agarres y salí sin más por la puerta. Cruzándome en ese instante con Pepa y dirigiéndome sola hacia la casa de Tristán.
Éste abrió la puerta y frunció el ceño al verme allí, quizás sorprendido pues ya me esperaba vestida de novia y aguantando los últimos retoque en mi misma habitación. O quizás, extrañado por verme de esa forma, con el rostro bañado en lágrimas.
Raimundo salió a mi encuentro, y un sollozo mayor que cualquier anterior salió por mi garganta. Estiré los brazos pidiendo consuelo y él me lo dio sin entender por qué estaba allí y menos que era aquello que me había roto por dentro.
-Mis niños, Raimundo.- susurré entre llantos. Él me tomó en ese instante por los hombros, esperando que fuese más explicita, pues había levantado su preocupación. Negué con la cabeza sin detener las lágrimas. -No están.- Si aun no había terminado de romperme, en ese instante lo hice. Me abracé a Raimundo tanto como pude, pidiéndole consuelo que no sabía si podría darme al caer en la cuenta de lo que ocurría.
Cerré los ojos sin fuerzas. Sintiendo que el aire me faltaba y mis piernas me flaqueaban. Raimundo me ayudó a sentarme, enmarcando mi rostro entre sus manos y susurrándome palabras que no fui capaz de atender.
-No estaban, mi amor... Los niños no...- lloré de nuevo. Mis hijos no estaban en su cuna, y si aquel raro sentimiento que me había inundado al verla vacía no hubiese sido suficiente, el comprobar que ni Rosario, ni Emilia, ni Soledad, ni ninguna de las criadas los habían cogido para darle el biberón, o cualquier otra cosa, me había sacado de toda sospecha. Lo que no caía a pensar en quién habría podido llevárselos. Y sobre todo... ¿para qué?
Dejé a los pequeños con cuidado sobre la cama, para así cambiar tranquilamente a uno y otro antes de dejarlo en su cunita dormir plácidamente. Aunque ninguno parecía tener demasiadas ganas de hacerlo.
Me deshice de la ropa y me coloqué en su lugar un cómodo camisón. Peinando después mi oscuro cabello y dirigiéndome hacia la cama, con un bostezo escapando de mis labios. Quedé sentada al borde de la misma, mirando la cunita en la que mis pequeños parecían descubrirse mutuamente, jugando con sus manos y haciendo chocar sus pies con los del otro. Los tres terminamos riendo ante sus juegos y una parte de mi buscó a Raimundo por la habitación para que no se perdiese aquel momento. Suspiré y por un momento me pareció que los niños habían notado la ausencia de su padre, cosa que no sería de extrañar.
Pellizqué la nariz de Alejandro y acaricié la mejilla de Natalia en un cariñoso gesto.
-A papá se lo han llevado vuestros hermanos...- les dije como si fuesen a entenderme. -Pero mañana en cuanto amanezca nos pondremos bien guapos y acudiremos a su encuentro.- sonreí al imaginar tal momento. Me parecía tan lejos y tan cerca a la vez el ansiado instante en el que ambos diésemos el sí quiero ante el altar, que ya no sabía si de veras era real, o mi cabeza se había inventado tal cosa en un simple sueño. -Buenas noches, tesoros míos.- les susurré desenvolviéndome en caricias. Una vez que ambos parecieron quedar medio dormidos, destapé la cama y me tumbé sobre ella. Esperando que los nervios me dejasen pasar la noche tranquila.
......................................................................
Me desperecé sin siquiera abrir los ojos... El sueño había podido conmigo ya a las tantas de la madrugada y no recordaba haberme desvelado ni una sola vez más. Por tanto, en cierta forma, había dormido bien. Entreabrí los ojos tratando de enfocarlo todo y mi mirada terminó por fijarse el techo.
-Al fin.- pronuncié. Apenas unas horas me separaban de poder llamar a Raimundo "esposo". Ni yo me terminaba de creer semejante cosa. 30 años esperando a colocar en mi dedo un anillo y ahora cada minuto hasta llegar el momento se me haría eterno.
Volví mis ojos hacia el lado de Raimundo. Me había terminado acostumbrando a sus besos y caricias al despertar y hoy me faltaba algo. Dejé que la oscuridad me inundara en un lento pestañear y acto seguido dirigí mi mirada hacia la cuna.
El corazón se paró de repente al verla vacía. Me incorporé rápidamente, levantándome de la cama. A mi cabeza volvió el desagradable recuerdo de las sabanas ensangrentadas y la nota de Salvador, y entonces volví a respirar. No por tan desagradable trago, sino por que a pesar de mis primeras sospechas, los niños estaban perfectamente atendidos por Pepa y Tristán.
No obstante, un mal palpito no me dejó volver a la tranquilidad y decidí bajar. Me vestí con un sencillo y habitual vestido. Seguramente los niños estuviesen con Rosario o con la misma Soledad, pero así me quitaría de la cabeza aquella voz que me decía que algo no iba bien.
Bajé las escaleras y a los pies de la misma vi a Rosario que cruzaba desde el salón a la cocina.
Saludó con alegría, preguntándome qué quería de desayunar.
-No tengo hambre Rosario.- le dije. La mujer fue a insistir, pero la dejé a mis espaldas para asomarme al salón.
-¡Buenos días, madre!- saludó Soledad que alegremente estaba conversando con Emilia. -No le voy a negar que hay tiempo de sobra pero, la hacia ya...
-¿Dónde están?- la interrumpí. En sus rostros vi el desconcierto y en el mio se dibujó el pavor. -Alejandro y Natalia.- apunté.
-¿Cómo que dónde están?- contestó mi hija. -Con usted, en su habitación, nadie los ha sacado de allí.- afirmó.
Hube de apoyarme en una de las columnas para no caer desplomada al suelo. Las fuerzas me flaquearon de pronto y temí caer, si no hubiese sido por que Rosario me agarró por la espalda.
Las tres preguntaron si me encontraba bien, y qué era lo que ocurría exactamente.
Meneé la cabeza, notando mi respiración erradica y sin fuerzas para contestar.
-No, no estoy bien.- contesté ante la reiteración de Emilia al preguntar cómo estaba. Mas, aunque ella me ofrecieron sentarme, me zafé de sus agarres y salí sin más por la puerta. Cruzándome en ese instante con Pepa y dirigiéndome sola hacia la casa de Tristán.
Éste abrió la puerta y frunció el ceño al verme allí, quizás sorprendido pues ya me esperaba vestida de novia y aguantando los últimos retoque en mi misma habitación. O quizás, extrañado por verme de esa forma, con el rostro bañado en lágrimas.
Raimundo salió a mi encuentro, y un sollozo mayor que cualquier anterior salió por mi garganta. Estiré los brazos pidiendo consuelo y él me lo dio sin entender por qué estaba allí y menos que era aquello que me había roto por dentro.
-Mis niños, Raimundo.- susurré entre llantos. Él me tomó en ese instante por los hombros, esperando que fuese más explicita, pues había levantado su preocupación. Negué con la cabeza sin detener las lágrimas. -No están.- Si aun no había terminado de romperme, en ese instante lo hice. Me abracé a Raimundo tanto como pude, pidiéndole consuelo que no sabía si podría darme al caer en la cuenta de lo que ocurría.
Cerré los ojos sin fuerzas. Sintiendo que el aire me faltaba y mis piernas me flaqueaban. Raimundo me ayudó a sentarme, enmarcando mi rostro entre sus manos y susurrándome palabras que no fui capaz de atender.
-No estaban, mi amor... Los niños no...- lloré de nuevo. Mis hijos no estaban en su cuna, y si aquel raro sentimiento que me había inundado al verla vacía no hubiese sido suficiente, el comprobar que ni Rosario, ni Emilia, ni Soledad, ni ninguna de las criadas los habían cogido para darle el biberón, o cualquier otra cosa, me había sacado de toda sospecha. Lo que no caía a pensar en quién habría podido llevárselos. Y sobre todo... ¿para qué?
#2856
26/08/2012 18:12
Una nota. Habían dejado una nota en la cuna.
"Queridos Raimundo y Francisca, vuestros pequeños son una verdadera delicia. Espero que sepáis perdonarme pero, ¿cómo iba a permitir yo que el hombre al que amo se casase con una furcia? Y que Dios me perdone."
Ana. No me cabía ninguna duda de que se trataba de ella.
Mi mirada coincidió con la de Raimundo y ambos comprobamos que habíamos llegado a la misma conclusión. La interrogaciones de nuestros hijos nos hicieron mirarlos y ninguno de los dos fuimos capaces de responder a las preguntas sobre la identidad del remitente de la nota.
-Aqui parados no vamos ha encontrarlos... Será mejor que vaya al pueblo a preguntar si han visto a alguien con ellos o mandar a los civiles a peinar toda la zona.- se pronunció Tristán. Y un nuevo sollozo salió por mi garganta, atraje a Raimundo aun más hacia mi. Diciéndole sin palabras que por favor quedase a mi lado. Sebastián se ofreció a ir con su hermano y ambos partieron a prisa sin esperar siquiera el consentimiento de ninguno de los presentes.
Mis hijos estaban en manos de aquella mujer que siempre trató de arruinarme la infancia. De aquella que a cada segundo buscaba una escusa para hacerme daño. De aquella que me había metido semanas atrás para separarme de Raimundo... Y ahora me había quitado a mis pequeños.
Pepa se acercó a nosotros proponiéndonos que fuésemos hacia la Casona. Allí bien podría quedarse ella por si alguna noticia hubiera de los niños, aunque lo más factible sería que sí, la mujer que se los había llevado, anónima para la joven, quería ponerse en contacto con nosotros lo hiciese en nuestra casa.
Asentí tragándome las lágrimas y sin separarme un instante de Raimundo, nos dirigimos hacia la Casona.
Rosario preguntó en cuanto entramos y calló rápidamente al ver nuestros rostros deshechos. Él más entero que yo, y nuestras hijas más calmadas que ambos.
Sentados en el sofá del salón permanecimos casi toda la mañana. A esas horas ya se suponía que Don Anselmo estaría pronunciando un... "ya puedes besar a la novia", pero el cruel destino había decidido que no fuese así. Que estuviésemos con el alma hecha pedazos esperando cualquier noticia del paradero de Natalia y Alejandro.
El angustioso y amargo llanto había dado paso a uno silenciosos. Permanecía regalando caricias a Raimundo, de la misma forma que él lo hacia conmigo.
¿Cómo era posible? No podía entender el odio que Ana me procesaba. Aunque con aquella nota se había hecho notar ligeramente el porqué de él. Estaba enamorada de Raimundo. Meneé la cabeza. No podía creerlo. Mas, si hacía algo de memoria, si volvía de nuevo a mi juventud, las cosas podían encajar a perfección. Mi hermana siempre hizo lo posible para separarme de él, y aunque siempre creí que lo que había pretendido era alejarme de nuestro padre. Cómo aquella vez en la que...
-El chozo.- musité de repente. Raimundo me miró sin entender y titubeé un instante sobre la fiabilidad de aquel impulso. -El chozo,- repetí convencida. -está ahí.- aseguré. Allí era donde en varías ocasiones me había encontrado con Raimundo en mi juventud, y en una de ellas salí escaldada ante el descubrimiento de mi padre, en el que ahora no dudaba que había sido ella la responsable.
Raimundo entendió mis palabras y se levantó presto, dirigiéndose había la puerta.
-Espera.- lo paré. -No me dejes aquí.- le pedí en un susurró, tomando su mano y saliendo de la Casona.
"Queridos Raimundo y Francisca, vuestros pequeños son una verdadera delicia. Espero que sepáis perdonarme pero, ¿cómo iba a permitir yo que el hombre al que amo se casase con una furcia? Y que Dios me perdone."
Ana. No me cabía ninguna duda de que se trataba de ella.
Mi mirada coincidió con la de Raimundo y ambos comprobamos que habíamos llegado a la misma conclusión. La interrogaciones de nuestros hijos nos hicieron mirarlos y ninguno de los dos fuimos capaces de responder a las preguntas sobre la identidad del remitente de la nota.
-Aqui parados no vamos ha encontrarlos... Será mejor que vaya al pueblo a preguntar si han visto a alguien con ellos o mandar a los civiles a peinar toda la zona.- se pronunció Tristán. Y un nuevo sollozo salió por mi garganta, atraje a Raimundo aun más hacia mi. Diciéndole sin palabras que por favor quedase a mi lado. Sebastián se ofreció a ir con su hermano y ambos partieron a prisa sin esperar siquiera el consentimiento de ninguno de los presentes.
Mis hijos estaban en manos de aquella mujer que siempre trató de arruinarme la infancia. De aquella que a cada segundo buscaba una escusa para hacerme daño. De aquella que me había metido semanas atrás para separarme de Raimundo... Y ahora me había quitado a mis pequeños.
Pepa se acercó a nosotros proponiéndonos que fuésemos hacia la Casona. Allí bien podría quedarse ella por si alguna noticia hubiera de los niños, aunque lo más factible sería que sí, la mujer que se los había llevado, anónima para la joven, quería ponerse en contacto con nosotros lo hiciese en nuestra casa.
Asentí tragándome las lágrimas y sin separarme un instante de Raimundo, nos dirigimos hacia la Casona.
Rosario preguntó en cuanto entramos y calló rápidamente al ver nuestros rostros deshechos. Él más entero que yo, y nuestras hijas más calmadas que ambos.
Sentados en el sofá del salón permanecimos casi toda la mañana. A esas horas ya se suponía que Don Anselmo estaría pronunciando un... "ya puedes besar a la novia", pero el cruel destino había decidido que no fuese así. Que estuviésemos con el alma hecha pedazos esperando cualquier noticia del paradero de Natalia y Alejandro.
El angustioso y amargo llanto había dado paso a uno silenciosos. Permanecía regalando caricias a Raimundo, de la misma forma que él lo hacia conmigo.
¿Cómo era posible? No podía entender el odio que Ana me procesaba. Aunque con aquella nota se había hecho notar ligeramente el porqué de él. Estaba enamorada de Raimundo. Meneé la cabeza. No podía creerlo. Mas, si hacía algo de memoria, si volvía de nuevo a mi juventud, las cosas podían encajar a perfección. Mi hermana siempre hizo lo posible para separarme de él, y aunque siempre creí que lo que había pretendido era alejarme de nuestro padre. Cómo aquella vez en la que...
-El chozo.- musité de repente. Raimundo me miró sin entender y titubeé un instante sobre la fiabilidad de aquel impulso. -El chozo,- repetí convencida. -está ahí.- aseguré. Allí era donde en varías ocasiones me había encontrado con Raimundo en mi juventud, y en una de ellas salí escaldada ante el descubrimiento de mi padre, en el que ahora no dudaba que había sido ella la responsable.
Raimundo entendió mis palabras y se levantó presto, dirigiéndose había la puerta.
-Espera.- lo paré. -No me dejes aquí.- le pedí en un susurró, tomando su mano y saliendo de la Casona.
#2857
26/08/2012 21:13
-Mi niña.- susurré al escuchar el llanto de Natalia en aquel chozo. Aligeré el paso, corrí, dejando atrás a Raimundo. Abrí la puerta apresuradamente y allí estaba, llorando desesperadamente y removiéndose sobre lo más parecido a una cama que allí había, y que Raimundo y yo tan bien habíamos conocido. No hubo lugar para los recuerdo que el lugar encerraba entre sus paredes. Tomé a la niña entre mis brazos y la abracé. Sintiéndola junto a mi cuando creía haberla perdido. La acuné, calmando su llanto, besándola con ternura, sintiendo que me faltaban manos con las que acariciarla y asegurarme de que estaba conmigo, sana y salva.
-Mi niña...- le susurré. -Mi vida entera.- añadí sin dejar de mostrarle mi amor con los nerviosos gestos que el miedo que aun me recorría el cuerpo, me permitía procesarle.
Raimundo se acercó a nosotras, preguntando por su estado. Vi algunas lágrimas en su rostro y cerré los ojos con una pequeña sonrisa en los labios.
Al abrirlos, me percaté del nerviosismo y preocupación que de nuevo se había instalado en él y no tardé en unirme a sus temores. ¿Y Alejandro? No estaba allí. Maldije al destino y principalmente a Ana que por lo visto parecía disfrutar con ésto. Sabía que vendríamos hacia aquí. Que caeríamos dentro de su plan sin dudarlo, usando nuestra desesperación por tener a nuestros hijos en brazos... Mi respiración volvió a hacerse erradica.
"Si quieres que tu esposa abrace a vuestro niño preséntate tú solo en la Conservera a media noche. Por el bien de este angelito que tanto se parece a ti, amor mío."
Un súbito temblor me recorrió el cuerpo al escuchar las palabras de Raimundo. Y el silencio que las siguió me hizo estremecer por completo, pues sabía que aquella nota no terminaba ahí.
"Dicen que las máquinas son muy peligrosas."
Él me abrazó y sollocé de nuevo ante la amenaza. No, no podía atreverse a...
Otro sollozo.
Usé toda mi entereza para lograr que el llanto no fuese a más, pues la pequeña comenzaba a lloriquear debido a la situación. Raimundo besó mi frente y acarició mi mejilla en un intento de decirme algo a lo que no hubo de ponerle palabras.
-No. No.- me negué moviendo la cabeza de un lado a otro. -No voy a dejar que vayas solo.- pronuncié. -¿Y si te hace daño? ¿Y si intenta de todos modos procurarle algún mal a mi niño?- seguí hablando. Cerrada a cal y canto a cualquier tipo de razones. -No. Iremos los dos, mi bien. No voy a consentir que mi hermana trate de...- callé. Callé por no dar palabras a unos temores que me acechan más si cabe ante aquel "amor mio" que Ana le había dedicado.
Raimundo aprovechó ese momento para tratar de convencerme para que volviese a casa. Y ante la promesa de que volvería con Alejandro sano y salvo, no pude negarme. Abracé a Natalia de nuevo y antes de tomar rumbo hacia la casa de Pepa y Tristán, besé con desesperación los labios de Raimundo.
-Ten cuidado, mi amor.- le susurré pegando su frente a la mía.
Marché a la casa de mi hijo y allí todos me recibieron entre contentos y sorprendidos, esperando quizás que Raimundo apareciese tras de mi con el pequeño Alejandro en brazos.
-El... el secuestrador dejó a la niña en una cabaña en mitad del bosque... Raimundo ha ido a buscar por los alrededores...- les dije mostrándome tan entera como me era posible. Pepa cogió a la pequeña y comenzó a examinarla. -No apartéis vuestra atención de ella, por favor.- les supliqué. Girándome entonces y haciendo ademán de dirigirme hacia la habitación en la que Raimundo había pasado la noche.
Tristán me tomó del brazo antes de que consiguiese perderme, y pronunció un "madre..." no no hizo sino romperme. Me abracé a él con fuerza y tras unos largos minutos en los que el resto de los jóvenes nos lanzaron mirada de tristeza, me separé de él. Enmarcando su rostro entre mis manos.
-Cuídala.- le pedí refiriéndome a Natalia. -Yo... necesito estar sola y asimilar que todo ésta pesadilla está ocurriendo en realidad.- un par de lágrimas surcaron mi rostro. -Hoy me casaba con el hombre de mi vida, y he terminado penando por mis bienes más preciados.- susurré, rota de dolor. Él trató de retenerme, para consolarme, pero reculó en su intento ante una mirada de Pepa que no se me escapó.
Me perdí entre las habitaciones, encontrando aquella en la que había descubierto, esa misma mañana, a un Raimundo trajeado y preparado para una boda que no había llegado a celebrarse. Cerré los ojos y me dejé caer sobre la cama. Largos minutos pasaron, y tal angustia sentía al pensar que en poco mi amor habría de reunirse con la loca de mi hermana, que... Salí de la alcoba presurosa y con cuidado de no ser descubierta, abandoné la casa. Poniendo rumbo hacia la Conservera.
-Mi niña...- le susurré. -Mi vida entera.- añadí sin dejar de mostrarle mi amor con los nerviosos gestos que el miedo que aun me recorría el cuerpo, me permitía procesarle.
Raimundo se acercó a nosotras, preguntando por su estado. Vi algunas lágrimas en su rostro y cerré los ojos con una pequeña sonrisa en los labios.
Al abrirlos, me percaté del nerviosismo y preocupación que de nuevo se había instalado en él y no tardé en unirme a sus temores. ¿Y Alejandro? No estaba allí. Maldije al destino y principalmente a Ana que por lo visto parecía disfrutar con ésto. Sabía que vendríamos hacia aquí. Que caeríamos dentro de su plan sin dudarlo, usando nuestra desesperación por tener a nuestros hijos en brazos... Mi respiración volvió a hacerse erradica.
"Si quieres que tu esposa abrace a vuestro niño preséntate tú solo en la Conservera a media noche. Por el bien de este angelito que tanto se parece a ti, amor mío."
Un súbito temblor me recorrió el cuerpo al escuchar las palabras de Raimundo. Y el silencio que las siguió me hizo estremecer por completo, pues sabía que aquella nota no terminaba ahí.
"Dicen que las máquinas son muy peligrosas."
Él me abrazó y sollocé de nuevo ante la amenaza. No, no podía atreverse a...
Otro sollozo.
Usé toda mi entereza para lograr que el llanto no fuese a más, pues la pequeña comenzaba a lloriquear debido a la situación. Raimundo besó mi frente y acarició mi mejilla en un intento de decirme algo a lo que no hubo de ponerle palabras.
-No. No.- me negué moviendo la cabeza de un lado a otro. -No voy a dejar que vayas solo.- pronuncié. -¿Y si te hace daño? ¿Y si intenta de todos modos procurarle algún mal a mi niño?- seguí hablando. Cerrada a cal y canto a cualquier tipo de razones. -No. Iremos los dos, mi bien. No voy a consentir que mi hermana trate de...- callé. Callé por no dar palabras a unos temores que me acechan más si cabe ante aquel "amor mio" que Ana le había dedicado.
Raimundo aprovechó ese momento para tratar de convencerme para que volviese a casa. Y ante la promesa de que volvería con Alejandro sano y salvo, no pude negarme. Abracé a Natalia de nuevo y antes de tomar rumbo hacia la casa de Pepa y Tristán, besé con desesperación los labios de Raimundo.
-Ten cuidado, mi amor.- le susurré pegando su frente a la mía.
Marché a la casa de mi hijo y allí todos me recibieron entre contentos y sorprendidos, esperando quizás que Raimundo apareciese tras de mi con el pequeño Alejandro en brazos.
-El... el secuestrador dejó a la niña en una cabaña en mitad del bosque... Raimundo ha ido a buscar por los alrededores...- les dije mostrándome tan entera como me era posible. Pepa cogió a la pequeña y comenzó a examinarla. -No apartéis vuestra atención de ella, por favor.- les supliqué. Girándome entonces y haciendo ademán de dirigirme hacia la habitación en la que Raimundo había pasado la noche.
Tristán me tomó del brazo antes de que consiguiese perderme, y pronunció un "madre..." no no hizo sino romperme. Me abracé a él con fuerza y tras unos largos minutos en los que el resto de los jóvenes nos lanzaron mirada de tristeza, me separé de él. Enmarcando su rostro entre mis manos.
-Cuídala.- le pedí refiriéndome a Natalia. -Yo... necesito estar sola y asimilar que todo ésta pesadilla está ocurriendo en realidad.- un par de lágrimas surcaron mi rostro. -Hoy me casaba con el hombre de mi vida, y he terminado penando por mis bienes más preciados.- susurré, rota de dolor. Él trató de retenerme, para consolarme, pero reculó en su intento ante una mirada de Pepa que no se me escapó.
Me perdí entre las habitaciones, encontrando aquella en la que había descubierto, esa misma mañana, a un Raimundo trajeado y preparado para una boda que no había llegado a celebrarse. Cerré los ojos y me dejé caer sobre la cama. Largos minutos pasaron, y tal angustia sentía al pensar que en poco mi amor habría de reunirse con la loca de mi hermana, que... Salí de la alcoba presurosa y con cuidado de no ser descubierta, abandoné la casa. Poniendo rumbo hacia la Conservera.
#2858
26/08/2012 22:37
Iba en dirección a la cocina cuando vi a la señora que bajaba.
-Buenos días señora¿que quiere desayunar?-pregunte sonriente.
Ella me dijo que no tenia hambre y se asomo al salón preguntando a Soledad y Emilia por los pequeños.Su rostro se volvió pálido al comprobar que ninguna tenia a los niños, se apoyo en una de las columnas pero las fuerzas le fallaron y yo la agarre para evitar que cayera.
-Señora¿Se encuentra bien?-pregunte a un sin soltarla.
Soledad y Emilia se acercaron formulándole la misma pregunta,ella contesto que no estaba bien y zafándose de nuestro agarre salio por la puerta presa de la desesperación,Pepa que entraba en ese momento la observo preocupada.
-¿Que ocurre?-pregunto la muchacha.
Las tres le explicamos que los pequeños habían desaparecido,Entonces Pepa decidió ir a su casa segura de que la señora había ido hacia allí para contarle a Raimundo lo ocurrido y Soledad y Emilia la acompañaron.
..........................................................................................................................................
Habían pasado unas horas desde que la señora se había marchado y yo estababa bastante nerviosa,de pronto la puerta se abrió y apareció la señora en compañía de Raimundo.
-¿Se sabe algo de los pequeños?-pregunte angustiada.
caye al ver la tristeza y la desolación en sus rostros y marche a la cocina para dejarlos hablar a solas.
-Buenos días señora¿que quiere desayunar?-pregunte sonriente.
Ella me dijo que no tenia hambre y se asomo al salón preguntando a Soledad y Emilia por los pequeños.Su rostro se volvió pálido al comprobar que ninguna tenia a los niños, se apoyo en una de las columnas pero las fuerzas le fallaron y yo la agarre para evitar que cayera.
-Señora¿Se encuentra bien?-pregunte a un sin soltarla.
Soledad y Emilia se acercaron formulándole la misma pregunta,ella contesto que no estaba bien y zafándose de nuestro agarre salio por la puerta presa de la desesperación,Pepa que entraba en ese momento la observo preocupada.
-¿Que ocurre?-pregunto la muchacha.
Las tres le explicamos que los pequeños habían desaparecido,Entonces Pepa decidió ir a su casa segura de que la señora había ido hacia allí para contarle a Raimundo lo ocurrido y Soledad y Emilia la acompañaron.
..........................................................................................................................................
Habían pasado unas horas desde que la señora se había marchado y yo estababa bastante nerviosa,de pronto la puerta se abrió y apareció la señora en compañía de Raimundo.
-¿Se sabe algo de los pequeños?-pregunte angustiada.
caye al ver la tristeza y la desolación en sus rostros y marche a la cocina para dejarlos hablar a solas.
#2859
27/08/2012 14:15
Entorné los ojos para vislumbrar a Raimundo entre tanta oscuridad, me acerqué a él con sigilo para evitar que, si Ana estaba cerca, me descubriera, y alcé mi mano para apoyarla en su hombro y así conseguir detener su paso. Para mi sorpresa, se giró tratando de inmovilizarme al tomarme en brazos.
-Raimundo.- susurré en un intento de hacerle ver quien era. Él reaccionó entonces y me soltó tras hacerme ver con una exclamación que me había reconocido.
Me regañó a su manera por haberme presentado allí, y no estar con nuestra hija en casa. Sabía más que de sobra que, el que yo estuviese allí, nos ponía en peligro a los tres. Pero confiaba en que con cautela, nada les pasaría ni a Raimundo, ni al pequeño. Y si necesitaban cualquier cosa, yo podría estar al quite para protegerlos. Quizás no era una decisión acertada el estar allí, mas era la única que veía.
-La pequeña está con nuestros hijos, al llegar a casa de Tristán todos estaban allí y... Pepa no tardó en cogerla para cerciorarse de que todo estaba bien. En teoría tu estas peinando la zona en busca de pistas sobre el secuestrador y yo... Yo estoy en una habitación para descansar un poco.- le dije.
Él me echó en cara mi poca cabeza al presentarme allí cuando Ana había indicado que tenía que estar allí sin la compañía de nadie. Tomé su mano en una muda disculpa.
-Encerrada en esas cuatro paredes hubiese perdido el juicio, mi amor.- pronuncié. -No podía quedarme allí de brazos cruzados sabiéndoos a ambos en peligro. Ya creí hace días perderte y no voy a permitir que alguien más ponga en peligro tu vida. Menos la de nuestro hijo.- suspiré al ver que en cierta forma me comprendía. Besó mis labios con amor, prometiéndome de nuevo que nada les pasaría. -Tengo miedo de lo que Ana pueda sacar con todo ésto.- confesé. -A qué citarte de noche y tú solo...- formulé sin querer ninguna respuesta. -Y si trata de...- me abracé a él sin querer seguir hablando.
Mi hermana estaba "enamorada" de él, y con nuestro hijo a su merced no podía evitar pensar que era aquello que pudiese querer de Raimundo.
-Ve.- dije separándome de él. -Yo esperaré antes de entrar.- añadí. -Ten cuidado.
-Raimundo.- susurré en un intento de hacerle ver quien era. Él reaccionó entonces y me soltó tras hacerme ver con una exclamación que me había reconocido.
Me regañó a su manera por haberme presentado allí, y no estar con nuestra hija en casa. Sabía más que de sobra que, el que yo estuviese allí, nos ponía en peligro a los tres. Pero confiaba en que con cautela, nada les pasaría ni a Raimundo, ni al pequeño. Y si necesitaban cualquier cosa, yo podría estar al quite para protegerlos. Quizás no era una decisión acertada el estar allí, mas era la única que veía.
-La pequeña está con nuestros hijos, al llegar a casa de Tristán todos estaban allí y... Pepa no tardó en cogerla para cerciorarse de que todo estaba bien. En teoría tu estas peinando la zona en busca de pistas sobre el secuestrador y yo... Yo estoy en una habitación para descansar un poco.- le dije.
Él me echó en cara mi poca cabeza al presentarme allí cuando Ana había indicado que tenía que estar allí sin la compañía de nadie. Tomé su mano en una muda disculpa.
-Encerrada en esas cuatro paredes hubiese perdido el juicio, mi amor.- pronuncié. -No podía quedarme allí de brazos cruzados sabiéndoos a ambos en peligro. Ya creí hace días perderte y no voy a permitir que alguien más ponga en peligro tu vida. Menos la de nuestro hijo.- suspiré al ver que en cierta forma me comprendía. Besó mis labios con amor, prometiéndome de nuevo que nada les pasaría. -Tengo miedo de lo que Ana pueda sacar con todo ésto.- confesé. -A qué citarte de noche y tú solo...- formulé sin querer ninguna respuesta. -Y si trata de...- me abracé a él sin querer seguir hablando.
Mi hermana estaba "enamorada" de él, y con nuestro hijo a su merced no podía evitar pensar que era aquello que pudiese querer de Raimundo.
-Ve.- dije separándome de él. -Yo esperaré antes de entrar.- añadí. -Ten cuidado.
#2860
27/08/2012 17:02
Seguí a Raimundo con toda la cautela posible. Temblaba de miedo al pensar que Ana pudiese descubrirme, que me atacase a mi directamente me parecía el menor de los riesgos, pero no quería ni podía pensar en que algún daño le procurase a mis dos bienes más preciados. Lo vi entrar en la sala de máquinas y un pequeño sollozo amenazó con escapar de mi garganta al recordar las palabras de mi hermana. Había dejado atrás las lágrimas, en busca de una fortaleza que no sentía para poder ser todo lo útil que aquella situación requiriese.
No me atreví a entrar, pero pude escuchar el llanto de mi pequeño al agudizar un poco el oido. El ruido de las máquinas me alentó segundos después. Contuve la respiración sin saber que ocurría allí dentro. Permanecí atenta a cualquier nuevo nuevo sonido y logré oir la voz de Ana tras las palabras, que a mi llegaban como incomprensibles, de Raimundo.
Con cuidado y sigilo, abrí la puerta que separaba el pasillo en el que me encontraba con la sala en la que estaban mis dos amores y mi hermana.
Mi corazón se detuvo al ver, a través de la pequeña ranura que había dejado, a Ana encañonando a Raimundo y mi hijo sobre una de esas máquinas accionadas. No supe como reaccionar, ni que hacer en aquel momento, mas la suplica que él le lanzó a aquella desquiciada que se había propuesto arrebatarme lo más preciado, terminó por hacerme actuar.
Abrí la puerta un poco más, para poder pasar al interior de la estancia. Mi hermana permanecía de espaldas a mi, y de puntillas logré situarme tras ella sin llamar su atención. Suspiré, antes de tomarla de los brazos con fuerza tratando de inmovilizarla y hacer que el arma dejase de apuntar directamente a Raimundo.
Ella trató de zafarse, por lo que ambas hubimos de forcejear cuanto pudimos.
-Suéltame, mal nacida.- gritó. Ni siquiera hice caso a sus palabras, pues mi mirada se había dirigido instintivamente a Raimundo, que nos miraba sin siquiera pestañear.
-¡Coge a Alejandro!- le pedí desesperada sin poder evitar que el ruido que hacían las máquinas me hiciese estremecer. Ana aprovechó mi despiste para intentar liberarse, y al volver a centrar mi atención en ella, decidí hacer lo posible por quitarle el arma.
En aquel intento la pistola se disparó. No supe si había sido yo, o ella la que lo accionó, pero se me encogió el corazón en aquel instante. Logré arrebatársela de la mano y la lancé tan lejos como me fue posible.
Ana, cual animal que siente siente cazado, fue a atacarme y en su intento, ambas caímos al suelo.
-¡¿Es que no te cansas?!- preguntó al sentirme sobre ella. -Primero papá y después él.- pronunció.
Respiré con fuerza, cansada tras el forcejeo. E incluso dolida por las palabras de mi propia hermana. Pero si tanto daño me había procurado, a qué iba yo a compadecerme de ella.
-No te has parado a pensar que, quizás, lo tengamos merecido.- le dije. Refiriéndome a nuestra suerte, al afecto que ella no se ganó en mi padre, al amor que yo obtuve en Raimundo.
Me levanté. Dejándola en el suelo, reflexiva tras mis palabras.
-Mi niño.- susurré. Cogiéndolo en mis brazos. -Mi pequeño. Mi vida.- lo abracé y sonreí levemente a Raimundo, que no apartó la mano de la espalda de Alejandro. Pero no conseguí respuesta en sus labios. Su rostro empalideció rápidamente y el sonido de un nuevo disparo me hizo temerme lo peor.
No me atreví a entrar, pero pude escuchar el llanto de mi pequeño al agudizar un poco el oido. El ruido de las máquinas me alentó segundos después. Contuve la respiración sin saber que ocurría allí dentro. Permanecí atenta a cualquier nuevo nuevo sonido y logré oir la voz de Ana tras las palabras, que a mi llegaban como incomprensibles, de Raimundo.
Con cuidado y sigilo, abrí la puerta que separaba el pasillo en el que me encontraba con la sala en la que estaban mis dos amores y mi hermana.
Mi corazón se detuvo al ver, a través de la pequeña ranura que había dejado, a Ana encañonando a Raimundo y mi hijo sobre una de esas máquinas accionadas. No supe como reaccionar, ni que hacer en aquel momento, mas la suplica que él le lanzó a aquella desquiciada que se había propuesto arrebatarme lo más preciado, terminó por hacerme actuar.
Abrí la puerta un poco más, para poder pasar al interior de la estancia. Mi hermana permanecía de espaldas a mi, y de puntillas logré situarme tras ella sin llamar su atención. Suspiré, antes de tomarla de los brazos con fuerza tratando de inmovilizarla y hacer que el arma dejase de apuntar directamente a Raimundo.
Ella trató de zafarse, por lo que ambas hubimos de forcejear cuanto pudimos.
-Suéltame, mal nacida.- gritó. Ni siquiera hice caso a sus palabras, pues mi mirada se había dirigido instintivamente a Raimundo, que nos miraba sin siquiera pestañear.
-¡Coge a Alejandro!- le pedí desesperada sin poder evitar que el ruido que hacían las máquinas me hiciese estremecer. Ana aprovechó mi despiste para intentar liberarse, y al volver a centrar mi atención en ella, decidí hacer lo posible por quitarle el arma.
En aquel intento la pistola se disparó. No supe si había sido yo, o ella la que lo accionó, pero se me encogió el corazón en aquel instante. Logré arrebatársela de la mano y la lancé tan lejos como me fue posible.
Ana, cual animal que siente siente cazado, fue a atacarme y en su intento, ambas caímos al suelo.
-¡¿Es que no te cansas?!- preguntó al sentirme sobre ella. -Primero papá y después él.- pronunció.
Respiré con fuerza, cansada tras el forcejeo. E incluso dolida por las palabras de mi propia hermana. Pero si tanto daño me había procurado, a qué iba yo a compadecerme de ella.
-No te has parado a pensar que, quizás, lo tengamos merecido.- le dije. Refiriéndome a nuestra suerte, al afecto que ella no se ganó en mi padre, al amor que yo obtuve en Raimundo.
Me levanté. Dejándola en el suelo, reflexiva tras mis palabras.
-Mi niño.- susurré. Cogiéndolo en mis brazos. -Mi pequeño. Mi vida.- lo abracé y sonreí levemente a Raimundo, que no apartó la mano de la espalda de Alejandro. Pero no conseguí respuesta en sus labios. Su rostro empalideció rápidamente y el sonido de un nuevo disparo me hizo temerme lo peor.