La historia de Natalia. El amor que salvó a Raimundo de la oscuridad. Cap XLVI Secuestro
#0
29/11/2011 10:38

Hace tiempo que quería escribir la historia de mi magnífica tocaya. Una mujer que se entregó sabiendo que Raimundo amaba a otra pero que aún así permaneció a su lado y consiguió salvarle del alcoholismo. Una mujer que le dio dos hijos (también cuento a Emilia ya que ella la crió aunque no sea su hija biológica). La fiel compañera que consiguió hacerle mejor persona y que Raimundo quiso con un amor puro y hermoso aunque Francisca siempre estuviera en su mente. Según él "... con ella pasé los mejores años de mi vida."
Esta es una historia imaginada con lo cual no sé si concordarán las fechas o los acontecimientos con como los han citado en la serie. Simplemente la he escrito para darle mi pequeño homenaje a esta mujer en este hilo. Espero que la historia os guste.
Al estilo de otros post por este subforo aquí os presento a los personajes principales.
ÁLVARO (José Coronado)
Padre de Natalia. Hombre bueno, bondadoso y amante de la literatura. Siempre con una sonrisa en el rostro y con una palabra de ánimo para sus semejantes. Hombre muy adelantado a su tiempo que siente un profundo amor por su familia.
MARÍA (Lola Marceli)
Madre de Natalia. Se enamoró de Álvaro desde el primer momento. Mujer religiosa pero partidaria siempre de utilizarlo como método de acercamiento entre las personas. Considera que la vida solamente tiene pleno sentido cuando la das a alguien que amas. Mujer sincera, fuerte, trabajadora y valiente que no dudará en enfrentarse con cualquiera que se meta con su familia. Es dueña, junto con Álvaro, de la taberna del pueblo.
NATALIA (Amaia Salamanca)
Hija de Álvaro y María. Desde siempre mostró las virtudes de su madre en lo que respecta a la fortaleza, el trabajo, el valor y la visión de la religión. Tiene muy claro lo que no quiere tener en su vida y no duda en enfrentarse con cualquiera que insulte a su familia o amigos. Siempre dispuesta a escuchar a los demás, apoyarles y aconsejarles.
JULIO (Yon González)
El mejor amigo de Natalia. Huérfano de nacimiento, desde pequeños siempre admiró su capacidad de pelear por las cosas que quería. Será el gran apoyo de Natalia durante su vida aunque será el quién más necesite el apoyo de Natalia por su carácter impulsivo y su formas a la hora de decir lo que piensa a los demás. El no pensar en las consecuencias de sus palabras le traerá algún que otro problema.
ADOLFO (Lluis Omar)
Terrateniente del pueblo. Hombre oscuro y machista con negocios oscuros por los cuales ha acumulado su fortuna. Enamorado de María desde joven se enfrentará a Álvaro en más de una ocasión ya que para él, María era suya y Álvaro se la arrebató. Hombre posesivo y con un amor enfermizo buscará cualquier estratagema para que María caiga rendida a sus pies pidiendo su perdón.
GERMÁN (Pep Munné)
Cura del pueblo. Es el consejero y confidente de María y el de Natalia a las que tiene en alta estima. Gran amigo de la pareja, tiene su misma visión del cristianismo y les ayudará en muchos momentos a plantar cara a Adolfo.
RAIMUNDO ULLOA (Félix Gómez)
Nuevo vecino que enseguida se le conocerá como el borracho del pueblo. Hombre que llega huyendo de un pasado que le tortura y que poco a poco saldrá a la luz.
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#21
13/12/2011 22:57
Una noche, Natalia venía de la Puebla tras hacer unas gestiones para la parroquia cuando, al llegar al puente que cruzaba el río, vio algo que le paró la respiración. Un hombre sollozaba mientras se tambaleaba en medio del puente y con una botella en la mano. Natalia se acercó despacio para identificarle. Era él. Raimundo. Al acercarse pudo oír sus lamentos:
- Mi pequeña… mi vida… yo… lo siento… soy un cobarde… no merezco vivir… - decía sin dejar de llorar ni de beber.
Raimundo se acercó lentamente al borde del puente y se apoyó. Allí lloró amargamente sin dejar de maldecir y sin que Natalia pudiera oír a quién. Se conmovió enormemente. Algo tan noble, con una mirada tan limpia, no merecía acabar así. Sintió un deseo irrefrenable de ir y hacer lo que fuera por consolarle… lo que fuera.
De repente se asustó sobremanera cuando vio que Raimundo se subía al borde del puente dispuesto a tirarse.
- Mi pequeña… mi vida… yo… lo siento… soy un cobarde… no merezco vivir… - decía sin dejar de llorar ni de beber.
Raimundo se acercó lentamente al borde del puente y se apoyó. Allí lloró amargamente sin dejar de maldecir y sin que Natalia pudiera oír a quién. Se conmovió enormemente. Algo tan noble, con una mirada tan limpia, no merecía acabar así. Sintió un deseo irrefrenable de ir y hacer lo que fuera por consolarle… lo que fuera.
De repente se asustó sobremanera cuando vio que Raimundo se subía al borde del puente dispuesto a tirarse.
#22
14/12/2011 20:04
CAPÍTULO XIII RAIMUNDO INTENTA SUICIDARSE
Una noche, Natalia venía de la Puebla tras hacer unas gestiones para la parroquia cuando, al llegar al puente que cruzaba el río, vio algo que le paró la respiración. Un hombre sollozaba mientras se tambaleaba en medio del puente y con una botella en la mano. Natalia se acercó despacio para identificarle. Era él. Raimundo. Al acercarse pudo oír sus lamentos:
- Mi pequeña… mi vida… yo… lo siento… soy un cobarde… no merezco vivir… - decía sin dejar de llorar ni de beber.
Raimundo se acercó lentamente al borde del puente y se apoyó. Allí lloró amargamente sin dejar de maldecir y sin que Natalia pudiera oír a quién. Se conmovió enormemente. Algo tan noble, con una mirada tan limpia, no merecía acabar así. Sintió un deseo irrefrenable de ir y hacer lo que fuera por consolarle… lo que fuera.
De repente se asustó sobremanera cuando vio que Raimundo se subía al borde del puente dispuesto a tirarse. Natalia se temió lo peor. Tenía que hacer algo.
- Raimundo. – dijo ella. Él se giró bruscamente.
- ¡Vete! ¡No te acerques! – gritó él sin dejar de llorar.
- Raimundo… soy yo. Tu ángel del otro día. – dijo ella.
Él se giró tímidamente.
- ¡Déjame! ¡No necesito a nadie y menos a ángeles! ¡Si Dios fuera tan justo como dicen no me habría hecho esto! Mi pequeña… - dijo Raimundo entre gritos y sollozos.
- Raimundo… sea lo que sea… seguro que hablando lo podemos solucionar… - dijo ella acercándose con pasos cortos.
- No… - dijo con una risa nerviosa – esto no puede arreglarse. Mi pequeña me odia… Mi familia me abandona… Mi amor sufre… está sufriendo mucho…y – dijo Raimundo mirando al agua y con lágrimas en los ojos – no puedo… hacer… nada. Lo que más quiero en la vida… - dijo mirando a Natalia – lo que más quiero está viviendo un infierno y no puedo hacer nada… y todo por… el maldito dinero… por el nombre… no me dejaron ser feliz. ¡Maldito mundo! ¡Maldito Castro! ¡¡¡¡MALDITO SEAS!!!! – gritó con fuerza.
- Raimundo… yo estoy aquí… No voy a dejarte. Y si es por amor sé que nunca se deja de amar si es amor verdadero. – dijo Natalia con lágrimas en los ojos sin dejar de acercarse.
- No… ella me odia… me odia porque cree que… la abandoné. Pero ¡no es cierto maldita sea! – dijo Raimundo mirándola.
- Lo sé, lo sé. Te creo. Mis padres dicen que soy buena describiendo a la gente. Y sé que eres noble de corazón y que actúas siempre impulsado por él, por lo que crees. – dijo Natalia avanzando hacia él. – ¡Raimundo mírame! Piensa que si terminas con tu vida, esa persona que está haciendo de su vida un infierno habrá ganado. Ella no tendrá una nueva oportunidad de vivir. Si terminas con tu vida ella nunca sabrá tus motivos. – dijo mientras que él seguía mirando al agua – ¡Raimundo mírame! – gritó desesperada. Él obedeció. – Si vives y aprendes de ello volverás más fuerte y podrás enfrentarle, ella sabrá tus motivos y podrás luchar por ella. No está todo perdido. Cuando estamos desesperados así lo creemos pero no es verdad.
Él callaba y escuchaba mientras que las lágrimas se deslizaban por el rostro sin parar. Cerró los ojos por el dolor.
- Todo por él… mi propio padre… amenazó con hacerle daño si no la dejaba… - dijo mirándola. - Tuve que hacerlo… tuve que hacerlo… - sollozó Raimundo.
- Por eso si mueres todas esas personas habrán ganado. ¡¿Cómo crees que se sentirá si se entera de tu muerte?! ¡Se hundirá y la terminarás de condenar a una vida de dolor! Si te mantienes… algún día podrás salvarla Raimundo. – dijo Natalia con lágrimas en los ojos.
- No puedo… no tengo fuerzas… - dijo Raimundo con un hilo de voz.
- Si puedes Raimundo… Yo sé que puedes. Creo en ti. Yo estaré contigo. No volverás a estar solo. Piensa en ella, en salvarla, en los hijos que algún día tendréis. – Raimundo soltó una tímida sonrisa ante esa mención.
- Ven conmigo Raimundo. – añadió Natalia ofreciéndole la mano. – Pasaremos juntos por esto. No voy a dejarte solo.
Una noche, Natalia venía de la Puebla tras hacer unas gestiones para la parroquia cuando, al llegar al puente que cruzaba el río, vio algo que le paró la respiración. Un hombre sollozaba mientras se tambaleaba en medio del puente y con una botella en la mano. Natalia se acercó despacio para identificarle. Era él. Raimundo. Al acercarse pudo oír sus lamentos:
- Mi pequeña… mi vida… yo… lo siento… soy un cobarde… no merezco vivir… - decía sin dejar de llorar ni de beber.
Raimundo se acercó lentamente al borde del puente y se apoyó. Allí lloró amargamente sin dejar de maldecir y sin que Natalia pudiera oír a quién. Se conmovió enormemente. Algo tan noble, con una mirada tan limpia, no merecía acabar así. Sintió un deseo irrefrenable de ir y hacer lo que fuera por consolarle… lo que fuera.
De repente se asustó sobremanera cuando vio que Raimundo se subía al borde del puente dispuesto a tirarse. Natalia se temió lo peor. Tenía que hacer algo.
- Raimundo. – dijo ella. Él se giró bruscamente.
- ¡Vete! ¡No te acerques! – gritó él sin dejar de llorar.
- Raimundo… soy yo. Tu ángel del otro día. – dijo ella.
Él se giró tímidamente.
- ¡Déjame! ¡No necesito a nadie y menos a ángeles! ¡Si Dios fuera tan justo como dicen no me habría hecho esto! Mi pequeña… - dijo Raimundo entre gritos y sollozos.
- Raimundo… sea lo que sea… seguro que hablando lo podemos solucionar… - dijo ella acercándose con pasos cortos.
- No… - dijo con una risa nerviosa – esto no puede arreglarse. Mi pequeña me odia… Mi familia me abandona… Mi amor sufre… está sufriendo mucho…y – dijo Raimundo mirando al agua y con lágrimas en los ojos – no puedo… hacer… nada. Lo que más quiero en la vida… - dijo mirando a Natalia – lo que más quiero está viviendo un infierno y no puedo hacer nada… y todo por… el maldito dinero… por el nombre… no me dejaron ser feliz. ¡Maldito mundo! ¡Maldito Castro! ¡¡¡¡MALDITO SEAS!!!! – gritó con fuerza.
- Raimundo… yo estoy aquí… No voy a dejarte. Y si es por amor sé que nunca se deja de amar si es amor verdadero. – dijo Natalia con lágrimas en los ojos sin dejar de acercarse.
- No… ella me odia… me odia porque cree que… la abandoné. Pero ¡no es cierto maldita sea! – dijo Raimundo mirándola.
- Lo sé, lo sé. Te creo. Mis padres dicen que soy buena describiendo a la gente. Y sé que eres noble de corazón y que actúas siempre impulsado por él, por lo que crees. – dijo Natalia avanzando hacia él. – ¡Raimundo mírame! Piensa que si terminas con tu vida, esa persona que está haciendo de su vida un infierno habrá ganado. Ella no tendrá una nueva oportunidad de vivir. Si terminas con tu vida ella nunca sabrá tus motivos. – dijo mientras que él seguía mirando al agua – ¡Raimundo mírame! – gritó desesperada. Él obedeció. – Si vives y aprendes de ello volverás más fuerte y podrás enfrentarle, ella sabrá tus motivos y podrás luchar por ella. No está todo perdido. Cuando estamos desesperados así lo creemos pero no es verdad.
Él callaba y escuchaba mientras que las lágrimas se deslizaban por el rostro sin parar. Cerró los ojos por el dolor.
- Todo por él… mi propio padre… amenazó con hacerle daño si no la dejaba… - dijo mirándola. - Tuve que hacerlo… tuve que hacerlo… - sollozó Raimundo.
- Por eso si mueres todas esas personas habrán ganado. ¡¿Cómo crees que se sentirá si se entera de tu muerte?! ¡Se hundirá y la terminarás de condenar a una vida de dolor! Si te mantienes… algún día podrás salvarla Raimundo. – dijo Natalia con lágrimas en los ojos.
- No puedo… no tengo fuerzas… - dijo Raimundo con un hilo de voz.
- Si puedes Raimundo… Yo sé que puedes. Creo en ti. Yo estaré contigo. No volverás a estar solo. Piensa en ella, en salvarla, en los hijos que algún día tendréis. – Raimundo soltó una tímida sonrisa ante esa mención.
- Ven conmigo Raimundo. – añadió Natalia ofreciéndole la mano. – Pasaremos juntos por esto. No voy a dejarte solo.
#23
14/12/2011 20:06
Raimundo la miró. En verdad esa mujer había aparecido en los momentos en los que parecía más enfermo. Era como un ángel. Su mano se acercó tímidamente a la suya pero al intentar bajar se resbaló y cayó. Menos mal que Natalia había conseguido agarrarle.
- ¡NO! ¡RAIMUNDO! – gritó Natalia asustada.
- ¡No me sueltes! – gritó Raimundo desesperado.
- ¡Tranquilo! ¡No voy a soltarte! ¡Agárrate fuerte! – dijo Natalia cogiéndole la muñeca con la otra mano. - ¡Agárrate e intenta subir!
- ¡No puedo! – dijo Raimundo intentando apoyarse con los pies en el puente.
- ¡Si puedes Raimundo! – dijo Natalia - ¡Yo sé que puedes! ¡No te soltaré!
Con mucha dificultad Raimundo hizo fuerza para subir. Natalia hacía todo lo que podía. Poco a poco Raimundo alcanzó el borde del puente. Consiguió aferrarse a él con ambas manos. Natalia seguía haciendo fuerza intentando cogerle de la cintura. Después de tanto esfuerzo Natalia consiguió salvar a Raimundo. Rendidos por el esfuerzo acabaron en el suelo. Raimundo comenzó a sollozar. Natalia se acercó a él y le abrazó recostándole en su corazón.
- Ya está. Ya está… - intentaba tranquilizarle Natalia abrazándole fuerte. – Ven… ya es tarde… conozco un sitio donde podrás dormir.
Raimundo obedeció sin oponer resistencia. Natalia pensó en llevarle a casa pero enseguida se lo pensó ya que siempre iba con una botella. Además… no estaba segura de si su familia consentiría que se quedara en casa. Fue a la posada. No quería que nadie lo viera así. Sabría que de la vergüenza se iría y no podía permitirlo. Tenía que hacer algo por él.
Al llegar, llamó como una desesperada.
- ¡¿Quién es a estas horas?! – dijo la posadera.
- Mil perdones señora pero necesito una habitación para este hombre. Urgentemente. – dijo Natalia.
- Primer pasillo, tercera puerta a la derecha. 1 peseta la noche. – dijo la posadera a regañadientes sin dejar de examinar al hombre.
- Sin problema. – dijo Natalia pasando de largo – ¿Sería tan amable de dejarme un paño y un poco de agua? Gracias.
Los dos caminaron hasta la habitación. Ella cerró la puerta y le depositó enseguida sobre la cama. De pronto vio que tenía heridas en el cuerpo. La posadera entró, unos minutos después, seria con un barreño con agua y varios paños.
- Gracias. – dijo ella.
- No debería de perder el tiempo con él señora. – dijo la posadera. – No merece la pena esforzarse por un simple borracho.
- Creo que puedo decidir por mí misma con quién gastar mi tiempo gracias. – dijo Natalia.
La posadera le dirigió una mirada seria y cerró fuertemente la puerta. Natalia buscó como loca el botiquín. Fue hasta la cama y le quitó con sumo cuidado la camisa dejándola sin respiración. Su cuerpo estaba lleno de heridas y moratones. Estaba claro que había sido maltratado. Raimundo había conseguido tranquilizarse y se encontraba con los ojos cerrados intentando controlar su respiración. Permanecía en silencio. Natalia sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas. Quien fuera el culpable de esto era un salvaje. Mojó uno de los paños con agua, lo escurrió y lo pasó con dulzura por el pecho malherido de Raimundo para limpiar en primer lugar las heridas con agua. Él soltó varios gemidos de dolor. Después cogió otro paño y tras hacer el mismo procedimiento se lo puso en la frente a Raimundo que soltó un gemido de alivio.
Ella cogió el alcohol y comenzó a curar sus heridas.
- ¿Quién te ha hecho esto? – susurró Natalia con amor y con los ojos anegados en lágrimas.
En ese momento vio como dos lágrimas se deslizaban por el rostro de Raimundo. El dolor que había en su corazón era demasiado intenso.
- ¡NO! ¡RAIMUNDO! – gritó Natalia asustada.
- ¡No me sueltes! – gritó Raimundo desesperado.
- ¡Tranquilo! ¡No voy a soltarte! ¡Agárrate fuerte! – dijo Natalia cogiéndole la muñeca con la otra mano. - ¡Agárrate e intenta subir!
- ¡No puedo! – dijo Raimundo intentando apoyarse con los pies en el puente.
- ¡Si puedes Raimundo! – dijo Natalia - ¡Yo sé que puedes! ¡No te soltaré!
Con mucha dificultad Raimundo hizo fuerza para subir. Natalia hacía todo lo que podía. Poco a poco Raimundo alcanzó el borde del puente. Consiguió aferrarse a él con ambas manos. Natalia seguía haciendo fuerza intentando cogerle de la cintura. Después de tanto esfuerzo Natalia consiguió salvar a Raimundo. Rendidos por el esfuerzo acabaron en el suelo. Raimundo comenzó a sollozar. Natalia se acercó a él y le abrazó recostándole en su corazón.
- Ya está. Ya está… - intentaba tranquilizarle Natalia abrazándole fuerte. – Ven… ya es tarde… conozco un sitio donde podrás dormir.
Raimundo obedeció sin oponer resistencia. Natalia pensó en llevarle a casa pero enseguida se lo pensó ya que siempre iba con una botella. Además… no estaba segura de si su familia consentiría que se quedara en casa. Fue a la posada. No quería que nadie lo viera así. Sabría que de la vergüenza se iría y no podía permitirlo. Tenía que hacer algo por él.
Al llegar, llamó como una desesperada.
- ¡¿Quién es a estas horas?! – dijo la posadera.
- Mil perdones señora pero necesito una habitación para este hombre. Urgentemente. – dijo Natalia.
- Primer pasillo, tercera puerta a la derecha. 1 peseta la noche. – dijo la posadera a regañadientes sin dejar de examinar al hombre.
- Sin problema. – dijo Natalia pasando de largo – ¿Sería tan amable de dejarme un paño y un poco de agua? Gracias.
Los dos caminaron hasta la habitación. Ella cerró la puerta y le depositó enseguida sobre la cama. De pronto vio que tenía heridas en el cuerpo. La posadera entró, unos minutos después, seria con un barreño con agua y varios paños.
- Gracias. – dijo ella.
- No debería de perder el tiempo con él señora. – dijo la posadera. – No merece la pena esforzarse por un simple borracho.
- Creo que puedo decidir por mí misma con quién gastar mi tiempo gracias. – dijo Natalia.
La posadera le dirigió una mirada seria y cerró fuertemente la puerta. Natalia buscó como loca el botiquín. Fue hasta la cama y le quitó con sumo cuidado la camisa dejándola sin respiración. Su cuerpo estaba lleno de heridas y moratones. Estaba claro que había sido maltratado. Raimundo había conseguido tranquilizarse y se encontraba con los ojos cerrados intentando controlar su respiración. Permanecía en silencio. Natalia sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas. Quien fuera el culpable de esto era un salvaje. Mojó uno de los paños con agua, lo escurrió y lo pasó con dulzura por el pecho malherido de Raimundo para limpiar en primer lugar las heridas con agua. Él soltó varios gemidos de dolor. Después cogió otro paño y tras hacer el mismo procedimiento se lo puso en la frente a Raimundo que soltó un gemido de alivio.
Ella cogió el alcohol y comenzó a curar sus heridas.
- ¿Quién te ha hecho esto? – susurró Natalia con amor y con los ojos anegados en lágrimas.
En ese momento vio como dos lágrimas se deslizaban por el rostro de Raimundo. El dolor que había en su corazón era demasiado intenso.
#24
14/12/2011 20:08
CAPÍTULO XIV EL DÍA EN QUE TODO ACABÓ
Raimundo se encontraba inquieto en su casa. Todavía no había asimilado lo ocurrido. Francisca se había casado con otro. Y para más inri con Salvador Castro, el hombre más cruel de la tierra. Varias veces intentó hablar con ella pero resultó imposible.
No podía entrar al cuarto de su padre porque sabía que no podría contenerse. Le odiaba más que nunca. Y lo que más dolor le causaba es que iba a morirse sin poder él decirle nada ya que se encontraba en las últimas por un cáncer. Menos mal que tenía a su tío Esteban… o al menos eso creía.
Raimundo intentaba cenar junto a su tío pero era imposible. No sólo el recuerdo de Francisca se lo impedía sino la noticia de que su tío tendría que partir mañana a filas. Se quedaría solo. Pero el destino le tenía reservado otra sorpresa.
De pronto llamó a su capataz. Había sido recién nombrado al saber la marcha de su tío.
- Confío en que traigas noticias. – dijo Raimundo.
El capataz empezó a temblar por los nervios. No sabía cómo decirlo. Raimundo se percató y se acercó a él para tranquilizarle.
- Tranquilo… No te preocupes… No voy a hacerte daño. – dijo Raimundo intentando parecer más tranquilo y medio sonriendo. – Puedes contármelo ¿sabes algo nuevo de Francisca?
- Ss… ssí… señor. – dijo el capataz que no acertaba a articular palabra.
- ¿Y bien? ¿Vio mi nota? ¿Vendrá?
- La señora no va a venir… - dijo el capataz.
Raimundo cerró los ojos por el dolor. Estaban miró al jornalero al que le temblaban las manos todavía más si cabe.
- ¿Hay algo más que debamos saber? – dijo Esteban.
- Ccreo que sí… aunque no estoy seguro. – dijo el jornalero. Raimundo enseguida se giró para mirarle. – Cuando bajé al pueblo vi a doña Francisca y a don Salvador. Ella nunca sonreía señor y me fijé en que llevaba… un pañuelo.
Raimundo y Esteban se miraron. Francisca era muy calurosa y no estaba haciendo frío. Sólo lo podía explicar que quisiera… ocultar algo. Raimundo comenzó a encenderse por la rabia y salió escopeteado de la casa.
- ¡Raimundo espera! – gritó Esteban.
Raimundo cogió su caballo y salió disparado a la Casona.
………
Salvador cenaba tranquilamente disfrutando de la buena vida que la fortuna le había brindado cuando de repente vio que un hombre entraba como una exhalación en la casa.
- ¡¿Qué le has hecho malnacido?! – gritó.
A Salvador no le costó nada inmovilizarle.
- Jajajaja… ¡Menos humos lobito borracho! – dijo soltándole con una patada.
Raimundo trastabilló hasta caer al suelo. Unos jornaleros entraron en ese momento y levantaron a Raimundo sujetándole por los brazos.
- Me parece que voy a tener que enseñarte cómo se entra en las casas ajenas Ulloa.
Seguidamente le propinó un puñetazo con todas sus fuerzas en el estómago. Raimundo dio un grito ahogado por el dolor.
- Mírate… pobre diablo… ¿de verdad pensaste que podías ganarme? – dijo Salvador con sorna.
- Eres un cobarde… - pudo decir finalmente Raimundo. - ¿Te sientes más hombre pegando a una mujer malnacido?
- ¡Ah! ¿Ya lo sabes? En verdad me lo estoy pasando realmente bien con Francisca. – dijo Salvador antes de propinarle otro puñetazo. Se acercó lentamente a Raimundo. – De hecho nunca pensé que me lo pudiera pasar tan bien.
- ¡Cobarde! – gritó Raimundo antes de sufrir un puñetazo en la boca por parte de Salvador.
- No me hagas tener que lavarte esa boca Ulloa. – dijo Salvador. – Acabarías sufriendo mucho. Aunque por otro lado… también podría divertirme contigo. Al fin y al cabo sólo eres un borracho que abandonó a mi mujer. Si te pegara… estaría defendiendo su honor ¿no?
Los jornaleros asintieron con ganas. Una voz de mujer les interrumpió.
- ¿Se puede saber qué pasa? – dijo con voz suave.
Raimundo se quedó paralizado al ver a Francisca sin el maquillaje. Tenía morados por la cara y el cuello tenía algunas marcas. Para colmo de males parecía que estaba más gorda de lo normal. ¿Estaría embarazada?
- Francisca… - dijo Raimundo.
Ella se quería morir. Salvador estaba dándole una paliza a Raimundo. Ella intentó adquirir una pose digna y orgullosa pero le costó horrores.
- Siento haberte despertado cariño. Vuelve a tu cuarto… necesitas descansar… Bueno… necesitáis descansar. – añadió con dulzura fingida mientras ponía una mano en el vientre de Francisca adrede para que Raimundo lo viera.
Raimundo tenía el corazón destrozado.
- Francisca…
- Para usted soy doña Francisca. – dijo ella con aire severo. – No vuelva a tratarme de otro modo Ulloa.
- Francisca… tienes que escucharme… por favor…
- ¡¿No has oído a mi mujer?! – gritó Salvador antes de darle una patada en la boca. Eso hizo que el labio le sangrara todavía más.
- ¡Y ahora escúcheme usted a mí señor Ulloa! – gritó Francisca con toda la rabia que había en su interior y acercándose a él. - ¡No quiero volver a verle, no quiero saber nada de usted, no vuelva a acercarse a mí ni vuelva a intentar hablar conmigo porque usted y yo no tenemos nada de qué hablar! ¡No le debo nada! ¡Usted no es nada para mí! – dijo Francisca luchando porque las lágrimas no aparecieran en sus ojos.
Raimundo la escuchaba con los ojos anegados en lágrimas. Intentó incorporarse y avanzar un paso.
- No… por favor… Francisca… - suplicó él.
Los jornaleros volvieron a sujetarle con fuerza.
- Ya has oído a mi mujer Ulloa. Llevadle fuera y haced que esas palabras… le entren en la cabeza. Mi mujer necesita descansar. – dijo Salvador con aire victorioso.
Los jornaleros asintieron y le llevaron fuera. Mientras, Raimundo no paraba de decir:
- Francisca… no por favor… espera… Francisca… - dijo él antes de salir por la puerta.
Ella, que ya se encontraba subiendo las escaleras, cerró los ojos dejando que las lágrimas aparecieran mientras sentía que su corazón se rompía en mil pedazos.
Los jornaleros le llevaron fuera y empezaron a pegarle sin piedad. Raimundo no podía hacer nada ya que ellos eran más. Después de esas palabras de Francisca, no opuso resistencia. Tras unos minutos que se hicieron eternos los jornaleros le dejaron tirado lejos de las tierras de los Montenegro.
…
Esteban vio de lejos un cuerpo y se estremeció.
- ¡Dios mío! ¡Raimundo! – dijo corriendo hasta él.
Cuando llegó no podía creerlo. Raimundo se encontraba tirado en el suelo con restos de sangre en su camisa y en su rostro. Por no hablar de los moratones que tenía. Era claro que había sido apaleado.
- Raimundo… - dijo Esteban con aire triste. Dio orden a los jornaleros que le acompañaban para cargarle con delicadeza en la calesa y llevarle a casa.
Al día siguiente Raimundo había recuperado la consciencia pero no su espíritu. A causa de sus heridas no pudo despedir a su tío que se fue triste y dolido por lo que había ocurrido.
Por la tarde Raimundo salió de la casa botella en mano. Y no volvió.
Raimundo se encontraba inquieto en su casa. Todavía no había asimilado lo ocurrido. Francisca se había casado con otro. Y para más inri con Salvador Castro, el hombre más cruel de la tierra. Varias veces intentó hablar con ella pero resultó imposible.
No podía entrar al cuarto de su padre porque sabía que no podría contenerse. Le odiaba más que nunca. Y lo que más dolor le causaba es que iba a morirse sin poder él decirle nada ya que se encontraba en las últimas por un cáncer. Menos mal que tenía a su tío Esteban… o al menos eso creía.
Raimundo intentaba cenar junto a su tío pero era imposible. No sólo el recuerdo de Francisca se lo impedía sino la noticia de que su tío tendría que partir mañana a filas. Se quedaría solo. Pero el destino le tenía reservado otra sorpresa.
De pronto llamó a su capataz. Había sido recién nombrado al saber la marcha de su tío.
- Confío en que traigas noticias. – dijo Raimundo.
El capataz empezó a temblar por los nervios. No sabía cómo decirlo. Raimundo se percató y se acercó a él para tranquilizarle.
- Tranquilo… No te preocupes… No voy a hacerte daño. – dijo Raimundo intentando parecer más tranquilo y medio sonriendo. – Puedes contármelo ¿sabes algo nuevo de Francisca?
- Ss… ssí… señor. – dijo el capataz que no acertaba a articular palabra.
- ¿Y bien? ¿Vio mi nota? ¿Vendrá?
- La señora no va a venir… - dijo el capataz.
Raimundo cerró los ojos por el dolor. Estaban miró al jornalero al que le temblaban las manos todavía más si cabe.
- ¿Hay algo más que debamos saber? – dijo Esteban.
- Ccreo que sí… aunque no estoy seguro. – dijo el jornalero. Raimundo enseguida se giró para mirarle. – Cuando bajé al pueblo vi a doña Francisca y a don Salvador. Ella nunca sonreía señor y me fijé en que llevaba… un pañuelo.
Raimundo y Esteban se miraron. Francisca era muy calurosa y no estaba haciendo frío. Sólo lo podía explicar que quisiera… ocultar algo. Raimundo comenzó a encenderse por la rabia y salió escopeteado de la casa.
- ¡Raimundo espera! – gritó Esteban.
Raimundo cogió su caballo y salió disparado a la Casona.
………
Salvador cenaba tranquilamente disfrutando de la buena vida que la fortuna le había brindado cuando de repente vio que un hombre entraba como una exhalación en la casa.
- ¡¿Qué le has hecho malnacido?! – gritó.
A Salvador no le costó nada inmovilizarle.
- Jajajaja… ¡Menos humos lobito borracho! – dijo soltándole con una patada.
Raimundo trastabilló hasta caer al suelo. Unos jornaleros entraron en ese momento y levantaron a Raimundo sujetándole por los brazos.
- Me parece que voy a tener que enseñarte cómo se entra en las casas ajenas Ulloa.
Seguidamente le propinó un puñetazo con todas sus fuerzas en el estómago. Raimundo dio un grito ahogado por el dolor.
- Mírate… pobre diablo… ¿de verdad pensaste que podías ganarme? – dijo Salvador con sorna.
- Eres un cobarde… - pudo decir finalmente Raimundo. - ¿Te sientes más hombre pegando a una mujer malnacido?
- ¡Ah! ¿Ya lo sabes? En verdad me lo estoy pasando realmente bien con Francisca. – dijo Salvador antes de propinarle otro puñetazo. Se acercó lentamente a Raimundo. – De hecho nunca pensé que me lo pudiera pasar tan bien.
- ¡Cobarde! – gritó Raimundo antes de sufrir un puñetazo en la boca por parte de Salvador.
- No me hagas tener que lavarte esa boca Ulloa. – dijo Salvador. – Acabarías sufriendo mucho. Aunque por otro lado… también podría divertirme contigo. Al fin y al cabo sólo eres un borracho que abandonó a mi mujer. Si te pegara… estaría defendiendo su honor ¿no?
Los jornaleros asintieron con ganas. Una voz de mujer les interrumpió.
- ¿Se puede saber qué pasa? – dijo con voz suave.
Raimundo se quedó paralizado al ver a Francisca sin el maquillaje. Tenía morados por la cara y el cuello tenía algunas marcas. Para colmo de males parecía que estaba más gorda de lo normal. ¿Estaría embarazada?
- Francisca… - dijo Raimundo.
Ella se quería morir. Salvador estaba dándole una paliza a Raimundo. Ella intentó adquirir una pose digna y orgullosa pero le costó horrores.
- Siento haberte despertado cariño. Vuelve a tu cuarto… necesitas descansar… Bueno… necesitáis descansar. – añadió con dulzura fingida mientras ponía una mano en el vientre de Francisca adrede para que Raimundo lo viera.
Raimundo tenía el corazón destrozado.
- Francisca…
- Para usted soy doña Francisca. – dijo ella con aire severo. – No vuelva a tratarme de otro modo Ulloa.
- Francisca… tienes que escucharme… por favor…
- ¡¿No has oído a mi mujer?! – gritó Salvador antes de darle una patada en la boca. Eso hizo que el labio le sangrara todavía más.
- ¡Y ahora escúcheme usted a mí señor Ulloa! – gritó Francisca con toda la rabia que había en su interior y acercándose a él. - ¡No quiero volver a verle, no quiero saber nada de usted, no vuelva a acercarse a mí ni vuelva a intentar hablar conmigo porque usted y yo no tenemos nada de qué hablar! ¡No le debo nada! ¡Usted no es nada para mí! – dijo Francisca luchando porque las lágrimas no aparecieran en sus ojos.
Raimundo la escuchaba con los ojos anegados en lágrimas. Intentó incorporarse y avanzar un paso.
- No… por favor… Francisca… - suplicó él.
Los jornaleros volvieron a sujetarle con fuerza.
- Ya has oído a mi mujer Ulloa. Llevadle fuera y haced que esas palabras… le entren en la cabeza. Mi mujer necesita descansar. – dijo Salvador con aire victorioso.
Los jornaleros asintieron y le llevaron fuera. Mientras, Raimundo no paraba de decir:
- Francisca… no por favor… espera… Francisca… - dijo él antes de salir por la puerta.
Ella, que ya se encontraba subiendo las escaleras, cerró los ojos dejando que las lágrimas aparecieran mientras sentía que su corazón se rompía en mil pedazos.
Los jornaleros le llevaron fuera y empezaron a pegarle sin piedad. Raimundo no podía hacer nada ya que ellos eran más. Después de esas palabras de Francisca, no opuso resistencia. Tras unos minutos que se hicieron eternos los jornaleros le dejaron tirado lejos de las tierras de los Montenegro.
…
Esteban vio de lejos un cuerpo y se estremeció.
- ¡Dios mío! ¡Raimundo! – dijo corriendo hasta él.
Cuando llegó no podía creerlo. Raimundo se encontraba tirado en el suelo con restos de sangre en su camisa y en su rostro. Por no hablar de los moratones que tenía. Era claro que había sido apaleado.
- Raimundo… - dijo Esteban con aire triste. Dio orden a los jornaleros que le acompañaban para cargarle con delicadeza en la calesa y llevarle a casa.
Al día siguiente Raimundo había recuperado la consciencia pero no su espíritu. A causa de sus heridas no pudo despedir a su tío que se fue triste y dolido por lo que había ocurrido.
Por la tarde Raimundo salió de la casa botella en mano. Y no volvió.
#25
14/12/2011 23:45
Uff Natalia, y eso que has avisado de que iba a ser duro! es realmente estremecedor! Sin Natalia Paca y Rai no tendrían hoy la oportunidad que tienen. si es que de veras que es un angel!!
#26
18/12/2011 20:45
CAPÍTULO XV GERMÁN ENCUENTRA A NATALIA
Germán se encontraba algo inquieto. Hacía tiempo que esperaba las noticias de Natalia y estaba preocupado. Caminaba por la plaza a ver si tenía noticias de Natalia cuando de repente vio a Julio llegar preocupado.
- Padre necesito que venga un momento. Parece que hay un problema con algunos jornaleros. Álvaro intenta poner paz pero resulta difícil. – dijo Julio.
- De acuerdo hijo. Ahora mismo voy. – dijo Germán.
- ¿Ocurre algo padre?
- Es Natalia hijo. Quedé aquí con ella para que me trajera noticias de La Puebla y nada que regresa. Empiezo a estar preocupado.
- No se preocupe padre. Seguro que está bien. Se habrá entretenido con alguien. – dijo Julio intentando tranquilizarle.
- Sí hijo. Seguro que es eso. Pero me da miedo que vaya sola por esos caminos. – dijo Germán.
- ¿Álvaro y María lo saben? – dijo Julio.
- No de momento no. Me parece que vamos a tener que ir hijo. – dijo Germán.
- Vamos padre. – dijo Julio.
En ese momento vieron a Natalia llegar con rostro serio y con claros síntomas de haber llorado. Germán y Julio acudieron enseguida.
- Natalia por el amor de Dios ¿dónde te habías metido? Estaba muy preocupa… - dijo Germán que interrumpió su frase al ver que Natalia comenzaba a llorar. - ¿Qué ha pasado hija?
Natalia les contó lo ocurrido a los dos que se quedaron con la boca abierta. Julio la abrazó contra su pecho.
- Cuando se durmió profundamente vine para avisar al médico para que alguien estuviera con él. No quiero que tengáis que soportar habladurías ni que él tenga que hacerlo… Bastante dolor tiene. – dijo Natalia
- Claro hija claro. No te preocupes. No diremos nada. Hablaré con la posadera para que sea discreta. Y avisaré al médico.
- Gracias padre. – dijo Natalia sonriente.
- Te acompañaré a casa. – dijo Julio. – Con Dios padre.
- Con Dios hijo. Que descanses Natalia. – dijo Germán.
- Igualmente padre.
Germán se encontraba algo inquieto. Hacía tiempo que esperaba las noticias de Natalia y estaba preocupado. Caminaba por la plaza a ver si tenía noticias de Natalia cuando de repente vio a Julio llegar preocupado.
- Padre necesito que venga un momento. Parece que hay un problema con algunos jornaleros. Álvaro intenta poner paz pero resulta difícil. – dijo Julio.
- De acuerdo hijo. Ahora mismo voy. – dijo Germán.
- ¿Ocurre algo padre?
- Es Natalia hijo. Quedé aquí con ella para que me trajera noticias de La Puebla y nada que regresa. Empiezo a estar preocupado.
- No se preocupe padre. Seguro que está bien. Se habrá entretenido con alguien. – dijo Julio intentando tranquilizarle.
- Sí hijo. Seguro que es eso. Pero me da miedo que vaya sola por esos caminos. – dijo Germán.
- ¿Álvaro y María lo saben? – dijo Julio.
- No de momento no. Me parece que vamos a tener que ir hijo. – dijo Germán.
- Vamos padre. – dijo Julio.
En ese momento vieron a Natalia llegar con rostro serio y con claros síntomas de haber llorado. Germán y Julio acudieron enseguida.
- Natalia por el amor de Dios ¿dónde te habías metido? Estaba muy preocupa… - dijo Germán que interrumpió su frase al ver que Natalia comenzaba a llorar. - ¿Qué ha pasado hija?
Natalia les contó lo ocurrido a los dos que se quedaron con la boca abierta. Julio la abrazó contra su pecho.
- Cuando se durmió profundamente vine para avisar al médico para que alguien estuviera con él. No quiero que tengáis que soportar habladurías ni que él tenga que hacerlo… Bastante dolor tiene. – dijo Natalia
- Claro hija claro. No te preocupes. No diremos nada. Hablaré con la posadera para que sea discreta. Y avisaré al médico.
- Gracias padre. – dijo Natalia sonriente.
- Te acompañaré a casa. – dijo Julio. – Con Dios padre.
- Con Dios hijo. Que descanses Natalia. – dijo Germán.
- Igualmente padre.
#27
18/12/2011 20:48
CAPÍTULO XVI NATALIA EN PUENTE VIEJO
Al día siguiente Natalia se levantó igual de preocupada. Intentó disimular pero su madre lo notaba. Sabía que aquel hombre le había descolocado. Cuando tuvo un momento libre fue hasta la posada para ver a Raimundo pero, como ya ocurriera la anterior vez, se había ido.
…
En el caserón de Germán las cosas fluían con normalidad. Álvaro se había convertido en su más fiel consejero y Julio en su más leal capataz. Además las condiciones de trabajo eran inmejorables. Germán intentó varias veces que Álvaro y María vivieran con él pero ellos siempre renunciaban. Su hogar era la taberna, era lo que habían construido juntos. Era donde se sentían más felices y no lo cambiaban por nada.
Unos días después llegó a la casa un telegrama con un emblema que no habían visto todavía. Germán leyó intrigado. Álvaro le preguntó:
- ¿De qué se trata?
- Parece ser que los nuevos tortolitos, Salvador Castro y Francisca Montenegro nos quieren invitar a una fiesta en su casa “para hacernos partícipes de su felicidad por la llegada de nuestro primogénito Tristán Castro Montenegro”– leyó Germán.
- ¿Piensas ir? – dijo Álvaro.
- No sabes el fastidio que me causa ir a estos actos. Ver a tantos ricos oteando el horizonte viendo a quiénes pueden devorar fácilmente. Las personas así son como hienas hambrientas.
- Vaya. Según lo que he oído Salvador parece un buen hombre.
- Tú lo has dicho. Lo parece. Nunca te fíes del todo Álvaro. No es oro todo lo que reluce. – dijo Germán.
- ¿Y qué piensas hacer? – dijo Álvaro.
- Yo no puedo ir a esos actos. Me despedazarían. Necesito a alguien que provoque buena imagen. – y añadió pensativo - ¿Qué tal Julio y Natalia? Hacen buena pareja.
- Seguro que a mi hija le encantaría. De pequeña soñaba muchas veces con ser una princesa por un día. – dijo Álvaro.
- Pues no se hable más. – dijo Germán.
Al día siguiente Natalia se levantó igual de preocupada. Intentó disimular pero su madre lo notaba. Sabía que aquel hombre le había descolocado. Cuando tuvo un momento libre fue hasta la posada para ver a Raimundo pero, como ya ocurriera la anterior vez, se había ido.
…
En el caserón de Germán las cosas fluían con normalidad. Álvaro se había convertido en su más fiel consejero y Julio en su más leal capataz. Además las condiciones de trabajo eran inmejorables. Germán intentó varias veces que Álvaro y María vivieran con él pero ellos siempre renunciaban. Su hogar era la taberna, era lo que habían construido juntos. Era donde se sentían más felices y no lo cambiaban por nada.
Unos días después llegó a la casa un telegrama con un emblema que no habían visto todavía. Germán leyó intrigado. Álvaro le preguntó:
- ¿De qué se trata?
- Parece ser que los nuevos tortolitos, Salvador Castro y Francisca Montenegro nos quieren invitar a una fiesta en su casa “para hacernos partícipes de su felicidad por la llegada de nuestro primogénito Tristán Castro Montenegro”– leyó Germán.
- ¿Piensas ir? – dijo Álvaro.
- No sabes el fastidio que me causa ir a estos actos. Ver a tantos ricos oteando el horizonte viendo a quiénes pueden devorar fácilmente. Las personas así son como hienas hambrientas.
- Vaya. Según lo que he oído Salvador parece un buen hombre.
- Tú lo has dicho. Lo parece. Nunca te fíes del todo Álvaro. No es oro todo lo que reluce. – dijo Germán.
- ¿Y qué piensas hacer? – dijo Álvaro.
- Yo no puedo ir a esos actos. Me despedazarían. Necesito a alguien que provoque buena imagen. – y añadió pensativo - ¿Qué tal Julio y Natalia? Hacen buena pareja.
- Seguro que a mi hija le encantaría. De pequeña soñaba muchas veces con ser una princesa por un día. – dijo Álvaro.
- Pues no se hable más. – dijo Germán.
#28
19/12/2011 19:59
CAPÍTULO XVII LA FIESTA
Natalia no podía estar más nerviosa. Se aferraba a la mano de Julio como si le fuera la vida en ello. En un principio no quería ir al oír el nombre Castro y recordar lo que dijo Raimundo pero luego accedió. Quizás podría descubrir más cosas sobre él.
- Tranquila Natalia. Lo vas a hacer bien. – dijo Julio tiernamente.
En el día anterior aprendieron lo básico para sobrevivir a esa fiesta: cómo saludar, mantener una copa y fórmulas de despedida. En un principio pensaron que pasarían desapercibidos... o al menos eso creía Natalia.
Bajaron de la calesa como si de dos personas ricas de siempre se tratara. Natalia sabía que tendría que contenerse ya que era muy natural… demasiado. Al igual que Julio. Los dos estaban radiantes. Julio de smoking y Natalia con vestido de noche con lentejuelas precioso. Cuando bajaron y contemplaron la Casona se quedaron boquiabiertos. Era una casa magnífica. Cierto es que no tenía nada que envidiar a la casa de Germán pero aún así sus ojos no llegaban a acostumbrarse a tanto lujo.
Caminaron con cierta solemnidad tal y como habían aprendido y saludaron educadamente a todos los presentes que les dedicaban ciertas miradas de agrado o al menos eso querían pensar. Pero en verdad eran una pareja espléndida. Natalia se había dejado el pelo suelto y eso junto con sus ojos azules hicieron el resto para deslumbrar a los presentes. Cuando entraron vieron a una señora que se encargaba de recibir junto con una sirvienta a todos los invitados.
- Vaya… nunca pensé encontrar a una pareja tan joven y tan bonita en un acto así. – dijo una voz poco después de entrar ellos. – ¿De dónde venís?
- De Villafranca señora. – dijo Julio con una sonrisa. – Pero permítame que me presente. – y añadió cogiéndole la mano a la señora para besar la palma tal y como había aprendido – Me llamo Julio y ella es mi acompañante Natalia.
- Encantada señora.
- Lo mismo digo. Yo soy Elena… Elena Montenegro.
- En ese caso permítame darle la enhorabuena por su nieto. – dijo Julio. – Seguro que son días muy felices.
- Lo son créame. Pero díganme ¿no recuerdo sus nombres en las invitaciones que enviamos? – dijo Elena plena de felicidad.
- Lo sabemos. En realidad venimos en representación de Germán. Lamenta mucho no haber podido venir pero se encuentra indispuesto en estos momentos.
- Espero que no sea nada grave. – dijo Elena aparentando preocupación.
- No tranquila, estoy seguro de que se recuperará en breve. – dijo Julio sin perder su voz dulce y su sonrisa educada.
- En ese caso me deja más tranquila. Me hubiera gustado conocerle. – dijo Elena.- Pasen, pasen sean bienvenidos. Mi hija y su marido se encuentran en el salón.
- Muchísimas gracias señora. – dijo Julio despidiéndose.
Cuando se alejaron un poco Natalia le susurró.
- Has estado increíble.
- Gracias. Pero esto aún no ha acabado.
Natalia le sonrió y soltó una risa floja que a Julio le sonó como música celestial.
- ¿Te he dicho ya que estás preciosa? – le susurró Julio discretamente mientras esperaban poder felicitar a los afortunados padres.
- ¡No me seas zalamero anda que sabes que me tengo que contener! – dijo Natalia y mirando a su alrededor añadió. – Germán tenía algo de razón ¿sabes? Me gustaría saber cuánta gente ha venido aquí para felicitar a la pareja y no por aparentar.
- Si hiciéramos esa pregunta se tendrían que ir todos de esta casa. – dijo Julio.
- Seguramente. – dijo Natalia.
Los dos caminaron lentamente hasta el salón donde se encontraba la aparentemente feliz pareja. A causa de la multitud tuvieron que esperar un tiempo hasta que al fin pudieron conocerles. Durante ese tiempo Julio y Natalia atendieron las numerosas muestras de sorpresa ante la pareja que formaban. En un momento dado Natalia lanzó una mirada discreta a la pareja y ahí pudo ver a Francisca Montenegro.
Natalia pensó que nunca había visto una pareja con tantas diferencias como aquella. Salvador se veía como un hombre atractivo pero a la vez arrogante. Natalia sentía que en cada movimiento se esforzaba por mostrar que era el rey. Pero además de eso había algo que la tiró para atrás, algo que no le gustaba aunque no sabía qué era. En cambio Francisca no podía ser más distinta. Era sin duda una mujer con clase, alta, morena y muy hermosa pero se le notaba a la legua que no quería estar ahí o al menos eso le parecía a Natalia. De hecho, en un momento en el que Salvador se dirigió a ella y le puso la mano en la espalda, creyó percibir un rasgo de temor. Parecía que Francisca no era feliz con él y cuando se acercaron a Julio y a ella lo confirmó.
- Me alegra ver que contamos con una pareja joven entre nosotros. - dijo Salvador y dirigiéndose a Natalia tomándole la mano para besarle la palma – Encantado de conocerle bella dama. Soy Salvador…Salvador Castro. Ella es mi mujer Francisca Montenegro.
- Yo soy Julio y ella es mi querida hermana Natalia. Es un auténtico placer estar aquí para tan memorable acontecimiento. Mi más sincera enhorabuena por su primogénito. – dijo Julio.
- Agradecido. ¿Y dígame lo están pasando bien? – dijo Salvador mirando fijamente a Natalia.
- Estupendamente gracias. Permítanme decir que su casa es esplendorosa. Digna de tan honorable familia. A la legua se ve que tienen un gusto exquisito. – dijo Natalia intentando que su tono de voz pareciera educado cuando su interior le pedía algo bien distinto viendo la mirada de Salvador.
- Agradecido querida dama pero… ahora que recuerdo ¿no tendría que haber venido Germán?
- Sí es cierto pero por problemas físicos le ha sido imposible. Venimos en representación suya. Espero que no les incomode. – dijo Julio.
- En absoluto. Disfruten de la velada. Señora. – dijo Salvador despidiéndose.
- Muchísimas gracias. – dijo Julio. – Ha sido un placer señora. – añadió besando la palma de la mano de Francisca.
Cuando se fueron, Natalia dijo a Julio.
- No me gusta nada Salvador. – dijo Natalia. – Ni la mirada de ella.
- ¿Qué quieres decir? – dijo Julio intrigado.
- Es exactamente la misma mirada de socorro que vi en Raimundo. – dijo Natalia con rostro triste al recordarlo – Y él… el tipo de personas que una preferiría tener lejos. ¿Has visto cómo me miraba?
- Sí. Y créeme que a mí no me ha gustado nada tampoco. Parecía que fuera a lanzarse sobre ti y eso que está casado. Ese tío no me gusta nada. – dijo Julio con cara seria. - ¿Quieres que nos vayamos?
- No todavía no. Quiero averiguar algo. – dijo Natalia.
- ¿Sobre Raimundo?
- Sí. Sólo quiero saber por qué llegó al estado en el que está ahora. El día en que se quería suicidar dijo “¡Maldito Castro!”. Tendrías que haberle visto.
- ¿Crees que se trata de él? – dijo Julio intrigado.
- Estoy segura que sí.
- ¿Y a quién quieres preguntar? – dijo Julio mirando a su alrededor discretamente.
- No lo sé. – dijo Natalia haciendo lo mismo. – En realidad no estoy tan segura de que preguntar sea una buena idea. Quizás acabaría a oídos de la pareja y podrían intuir que Raimundo ha estado en el pueblo. No quiero hacerle más daño.
- ¿Entonces? ¿Qué quieres hacer? – preguntó Julio.
- Demos una vuelta. A lo mejor podríamos hablar con alguien del servicio. Estoy segura de que alguien podrá decirnos algo.
Natalia no podía estar más nerviosa. Se aferraba a la mano de Julio como si le fuera la vida en ello. En un principio no quería ir al oír el nombre Castro y recordar lo que dijo Raimundo pero luego accedió. Quizás podría descubrir más cosas sobre él.
- Tranquila Natalia. Lo vas a hacer bien. – dijo Julio tiernamente.
En el día anterior aprendieron lo básico para sobrevivir a esa fiesta: cómo saludar, mantener una copa y fórmulas de despedida. En un principio pensaron que pasarían desapercibidos... o al menos eso creía Natalia.
Bajaron de la calesa como si de dos personas ricas de siempre se tratara. Natalia sabía que tendría que contenerse ya que era muy natural… demasiado. Al igual que Julio. Los dos estaban radiantes. Julio de smoking y Natalia con vestido de noche con lentejuelas precioso. Cuando bajaron y contemplaron la Casona se quedaron boquiabiertos. Era una casa magnífica. Cierto es que no tenía nada que envidiar a la casa de Germán pero aún así sus ojos no llegaban a acostumbrarse a tanto lujo.
Caminaron con cierta solemnidad tal y como habían aprendido y saludaron educadamente a todos los presentes que les dedicaban ciertas miradas de agrado o al menos eso querían pensar. Pero en verdad eran una pareja espléndida. Natalia se había dejado el pelo suelto y eso junto con sus ojos azules hicieron el resto para deslumbrar a los presentes. Cuando entraron vieron a una señora que se encargaba de recibir junto con una sirvienta a todos los invitados.
- Vaya… nunca pensé encontrar a una pareja tan joven y tan bonita en un acto así. – dijo una voz poco después de entrar ellos. – ¿De dónde venís?
- De Villafranca señora. – dijo Julio con una sonrisa. – Pero permítame que me presente. – y añadió cogiéndole la mano a la señora para besar la palma tal y como había aprendido – Me llamo Julio y ella es mi acompañante Natalia.
- Encantada señora.
- Lo mismo digo. Yo soy Elena… Elena Montenegro.
- En ese caso permítame darle la enhorabuena por su nieto. – dijo Julio. – Seguro que son días muy felices.
- Lo son créame. Pero díganme ¿no recuerdo sus nombres en las invitaciones que enviamos? – dijo Elena plena de felicidad.
- Lo sabemos. En realidad venimos en representación de Germán. Lamenta mucho no haber podido venir pero se encuentra indispuesto en estos momentos.
- Espero que no sea nada grave. – dijo Elena aparentando preocupación.
- No tranquila, estoy seguro de que se recuperará en breve. – dijo Julio sin perder su voz dulce y su sonrisa educada.
- En ese caso me deja más tranquila. Me hubiera gustado conocerle. – dijo Elena.- Pasen, pasen sean bienvenidos. Mi hija y su marido se encuentran en el salón.
- Muchísimas gracias señora. – dijo Julio despidiéndose.
Cuando se alejaron un poco Natalia le susurró.
- Has estado increíble.
- Gracias. Pero esto aún no ha acabado.
Natalia le sonrió y soltó una risa floja que a Julio le sonó como música celestial.
- ¿Te he dicho ya que estás preciosa? – le susurró Julio discretamente mientras esperaban poder felicitar a los afortunados padres.
- ¡No me seas zalamero anda que sabes que me tengo que contener! – dijo Natalia y mirando a su alrededor añadió. – Germán tenía algo de razón ¿sabes? Me gustaría saber cuánta gente ha venido aquí para felicitar a la pareja y no por aparentar.
- Si hiciéramos esa pregunta se tendrían que ir todos de esta casa. – dijo Julio.
- Seguramente. – dijo Natalia.
Los dos caminaron lentamente hasta el salón donde se encontraba la aparentemente feliz pareja. A causa de la multitud tuvieron que esperar un tiempo hasta que al fin pudieron conocerles. Durante ese tiempo Julio y Natalia atendieron las numerosas muestras de sorpresa ante la pareja que formaban. En un momento dado Natalia lanzó una mirada discreta a la pareja y ahí pudo ver a Francisca Montenegro.
Natalia pensó que nunca había visto una pareja con tantas diferencias como aquella. Salvador se veía como un hombre atractivo pero a la vez arrogante. Natalia sentía que en cada movimiento se esforzaba por mostrar que era el rey. Pero además de eso había algo que la tiró para atrás, algo que no le gustaba aunque no sabía qué era. En cambio Francisca no podía ser más distinta. Era sin duda una mujer con clase, alta, morena y muy hermosa pero se le notaba a la legua que no quería estar ahí o al menos eso le parecía a Natalia. De hecho, en un momento en el que Salvador se dirigió a ella y le puso la mano en la espalda, creyó percibir un rasgo de temor. Parecía que Francisca no era feliz con él y cuando se acercaron a Julio y a ella lo confirmó.
- Me alegra ver que contamos con una pareja joven entre nosotros. - dijo Salvador y dirigiéndose a Natalia tomándole la mano para besarle la palma – Encantado de conocerle bella dama. Soy Salvador…Salvador Castro. Ella es mi mujer Francisca Montenegro.
- Yo soy Julio y ella es mi querida hermana Natalia. Es un auténtico placer estar aquí para tan memorable acontecimiento. Mi más sincera enhorabuena por su primogénito. – dijo Julio.
- Agradecido. ¿Y dígame lo están pasando bien? – dijo Salvador mirando fijamente a Natalia.
- Estupendamente gracias. Permítanme decir que su casa es esplendorosa. Digna de tan honorable familia. A la legua se ve que tienen un gusto exquisito. – dijo Natalia intentando que su tono de voz pareciera educado cuando su interior le pedía algo bien distinto viendo la mirada de Salvador.
- Agradecido querida dama pero… ahora que recuerdo ¿no tendría que haber venido Germán?
- Sí es cierto pero por problemas físicos le ha sido imposible. Venimos en representación suya. Espero que no les incomode. – dijo Julio.
- En absoluto. Disfruten de la velada. Señora. – dijo Salvador despidiéndose.
- Muchísimas gracias. – dijo Julio. – Ha sido un placer señora. – añadió besando la palma de la mano de Francisca.
Cuando se fueron, Natalia dijo a Julio.
- No me gusta nada Salvador. – dijo Natalia. – Ni la mirada de ella.
- ¿Qué quieres decir? – dijo Julio intrigado.
- Es exactamente la misma mirada de socorro que vi en Raimundo. – dijo Natalia con rostro triste al recordarlo – Y él… el tipo de personas que una preferiría tener lejos. ¿Has visto cómo me miraba?
- Sí. Y créeme que a mí no me ha gustado nada tampoco. Parecía que fuera a lanzarse sobre ti y eso que está casado. Ese tío no me gusta nada. – dijo Julio con cara seria. - ¿Quieres que nos vayamos?
- No todavía no. Quiero averiguar algo. – dijo Natalia.
- ¿Sobre Raimundo?
- Sí. Sólo quiero saber por qué llegó al estado en el que está ahora. El día en que se quería suicidar dijo “¡Maldito Castro!”. Tendrías que haberle visto.
- ¿Crees que se trata de él? – dijo Julio intrigado.
- Estoy segura que sí.
- ¿Y a quién quieres preguntar? – dijo Julio mirando a su alrededor discretamente.
- No lo sé. – dijo Natalia haciendo lo mismo. – En realidad no estoy tan segura de que preguntar sea una buena idea. Quizás acabaría a oídos de la pareja y podrían intuir que Raimundo ha estado en el pueblo. No quiero hacerle más daño.
- ¿Entonces? ¿Qué quieres hacer? – preguntó Julio.
- Demos una vuelta. A lo mejor podríamos hablar con alguien del servicio. Estoy segura de que alguien podrá decirnos algo.
#29
19/12/2011 20:02
CAPÍTULO XVIII EL ENGAÑO DE SALVADOR
Y así lo hicieron. Salieron educadamente de la velada y dieron un paseo por los alrededores de la finca que contaba con algunas parejas charlando lejos de la multitud siendo servidos por algunas doncellas. Pronto Natalia reparó en una de ellas especialmente. Estaba recibiendo instrucciones de la tal Elena Montenegro que se encontraba cerca de Francisca. La doncella parecía escuchar atentamente pero en realidad miraba a Francisca con lo que a Natalia le pareció preocupación. Quizás ella notara lo mismo que había notado ella: para Francisca no era un día feliz.
Natalia vio como la doncella se dirigía al cuarto del servicio con rapidez. Sin pensarlo dos veces y sintiendo a su vez que todas las parejas les dirigían miradas curiosas, se echó un poco de vino en el vestido simulando un tropiezo con Julio.
- ¡Oh! ¡Vaya! – dijo Natalia simulando tristeza
- Tranquila. No es una mancha muy grande.
- Ya pero el vino es muy complicado de quitar. Lo sé por mi madre. Iré donde el servicio. A lo mejor pueden recomendarme algo. ¿Me acompañas?
Julio enseguida comprendió por la mirada de Natalia así que se pusieron en camino. Llamaron a la puerta del servicio y se encontraron con la doncella a la que Natalia quería interrogar.
- ¿Puedo ayudarles en algo? – dijo la doncella.
- Verá… soy una auténtica torpe y me he manchado con un poco de vino. Venía a saber qué me recomienda para un traje así. Es la primera vez que me visto de punta en blanco como quien dice. – dijo Natalia sonriendo y en un tono amable.
- Vengan siéntese. Veré lo que puedo hacer. Claudia, trae un poco de champú discretamente por favor. – dijo la doncella.
- Enseguida Leonor. – dijo Claudia.
Mientras se acomodaban Julio empezó a hablar primero.
- Es una casa realmente preciosa. – dijo intentando romper el hielo.
- Sí… realmente lo es. – dijo Leonor.
- Perdone la intromisión pero ¿Francisca se encuentra bien?
Leonor se sobresaltó un poco ante la pregunta.
- ¿Por qué lo dice?
- Cuando la vimos tuvimos la impresión de que no le gustaba estar ahí. Parecía que pedía socorro con la mirada. – dijo Natalia.
- Le ruego que no pregunte más señora. – dijo Leonor casi suplicante y con los ojos a punto de llorar.
Claudia interrumpió ese momento trayendo el champú y algunos paños. Leonor enseguida llenó un cuenco de agua, puso un poco de champú y se sentó enfrente de Natalia para quitarle la mancha.
- Champú del pelo… ya decía mi madre que los remedios tradicionales siempre triunfan. – dijo Natalia intentando quitarle hierro a la situación.
Leonor mostró una tímida sonrisa ante el comentario. Julio cambió de estrategia y le preguntó abiertamente.
- ¿Conoce a un tal Raimundo?
Ante la pregunta Leonor paró y miró a Julio con cara de temor.
- Shhhhh, calle por favor. Ese nombre está prohibido en esta casa.
- ¿Por qué? – dijo Natalia.
- Le ruego que no pregunte señorita o me buscará un problema.
- Leonor. – dijo Natalia cogiéndole las manos entre las suyas. – Si le pregunto es porque queremos ayudarle.
- Pero es que nadie puede ayudarles señorita… - dijo Leonor con los ojos rojos anegados en lágrimas. -… nadie puede ayudarles.
- Leonor escúcheme. – dijo Natalia. – Nosotros no pertenecemos a este mundo. Yo soy hija de taberneros y él es un capataz. No vamos a hacerle daño ni causarle ningún problema. Pero se ve a la legua que usted se preocupa más por Francisca que su propia madre y que ese Salvador no es tan noble como todos creen.
- ¡Pero es que no pueden hacer nada señorita! ¡Raimundo está desaparecido! ¡Nadie sabe nada de él! – dijo Leonor.
- Nosotros sí. – dijo Julio.
Natalia empezó a narrar a Leonor sus encuentros con Raimundo. Ésta los escuchaba con la boca tapada por las manos, horrorizada y sollozando.
- Dios mío… Raimundo… - susurró Leonor.
- Por eso necesito saber qué pasó para poder ayudarle, el por qué de ese odio hacia Salvador y por qué decía que su pequeña sufría. ¿Acaso… le pega?
- Mucho más que eso señorita. La humilla, la menosprecia. Ahora con la llegada de Tristán todo está en calma pero… Francisca vive en un temor constante. ¡Dios… si supiera que…! – dijo Leonor llorando. – Un día Raimundo vino enfrentándose a él por pegar a Francisca. Pero él le recibió con golpes y luego ella… - le costaba continuar – le despreció… Le dijo que ya no era nada para él, que no quería volver a saber nada de él. Salvador después mandó a sus hombres que le dieran una paliza. Después, velando por su familia – añadió con ironía – puso una demanda contra Raimundo por pegar a su mujer. Alegó que él llegó borracho y muy alterado, que le pegó estando embarazada de Tristán y que por eso tuvo que llamar a jornaleros para reducirle. En el juicio tenía todo de su parte ya que Raimundo no fue sino que mandó a un representante y la fama de borracho empezaba a extenderse. Quiso como indemnización todas las tierras de los Ulloa salvo unas pocas hectáreas, como limosna. Claro está que las tierras que les dejó son las menos fértiles. Acabó quedándose con la casa, las mejores tierras… Destrozó a la familia.
Natalia escuchó esta declaración atónita.
- Maldito cerdo… - susurró Julio.
- ¡Dios mío! – dijo Natalia con lágrimas en los ojos y con una mano tapándose la boca.
- Un amor tan puro… tan bello como el suyo. Roto por los deseos de sus padres, padres que no se preocupan en absoluto por ella sino por el apellido, y después el orgullo inquebrantable de Francisca. – dijo Leonor con los ojos cerrados por el dolor. – Quiere un consejo señorita. Marchen de aquí y no vuelvan. Salvador no le hace ascos a ninguna mujer y si se fija demasiado en usted puede correr peligro. Y si ven a Raimundo de nuevo. – añadió acercándose más a ella y cogiéndole la mano libre entre las suyas. – Díganle que sea fuerte, que le echo mucho de menos y… que para mí siempre será el caballero ideal para Francisca.
- Lo haremos. No se preocupe. – dijo Julio.
- Gracias Leonor. – dijo Natalia.
- No hija gracias a usted por hacer lo que ha hecho. Dios se lo pague. Seguro que Francisca, si no fuera tan terca, le daría las gracias infinitamente. – dijo Leonor antes de besarle la mano a Natalia.
- Con Dios. – dijo Julio
- Vayan con Dios hijos. – dijo Leonor.
Y así lo hicieron. Salieron educadamente de la velada y dieron un paseo por los alrededores de la finca que contaba con algunas parejas charlando lejos de la multitud siendo servidos por algunas doncellas. Pronto Natalia reparó en una de ellas especialmente. Estaba recibiendo instrucciones de la tal Elena Montenegro que se encontraba cerca de Francisca. La doncella parecía escuchar atentamente pero en realidad miraba a Francisca con lo que a Natalia le pareció preocupación. Quizás ella notara lo mismo que había notado ella: para Francisca no era un día feliz.
Natalia vio como la doncella se dirigía al cuarto del servicio con rapidez. Sin pensarlo dos veces y sintiendo a su vez que todas las parejas les dirigían miradas curiosas, se echó un poco de vino en el vestido simulando un tropiezo con Julio.
- ¡Oh! ¡Vaya! – dijo Natalia simulando tristeza
- Tranquila. No es una mancha muy grande.
- Ya pero el vino es muy complicado de quitar. Lo sé por mi madre. Iré donde el servicio. A lo mejor pueden recomendarme algo. ¿Me acompañas?
Julio enseguida comprendió por la mirada de Natalia así que se pusieron en camino. Llamaron a la puerta del servicio y se encontraron con la doncella a la que Natalia quería interrogar.
- ¿Puedo ayudarles en algo? – dijo la doncella.
- Verá… soy una auténtica torpe y me he manchado con un poco de vino. Venía a saber qué me recomienda para un traje así. Es la primera vez que me visto de punta en blanco como quien dice. – dijo Natalia sonriendo y en un tono amable.
- Vengan siéntese. Veré lo que puedo hacer. Claudia, trae un poco de champú discretamente por favor. – dijo la doncella.
- Enseguida Leonor. – dijo Claudia.
Mientras se acomodaban Julio empezó a hablar primero.
- Es una casa realmente preciosa. – dijo intentando romper el hielo.
- Sí… realmente lo es. – dijo Leonor.
- Perdone la intromisión pero ¿Francisca se encuentra bien?
Leonor se sobresaltó un poco ante la pregunta.
- ¿Por qué lo dice?
- Cuando la vimos tuvimos la impresión de que no le gustaba estar ahí. Parecía que pedía socorro con la mirada. – dijo Natalia.
- Le ruego que no pregunte más señora. – dijo Leonor casi suplicante y con los ojos a punto de llorar.
Claudia interrumpió ese momento trayendo el champú y algunos paños. Leonor enseguida llenó un cuenco de agua, puso un poco de champú y se sentó enfrente de Natalia para quitarle la mancha.
- Champú del pelo… ya decía mi madre que los remedios tradicionales siempre triunfan. – dijo Natalia intentando quitarle hierro a la situación.
Leonor mostró una tímida sonrisa ante el comentario. Julio cambió de estrategia y le preguntó abiertamente.
- ¿Conoce a un tal Raimundo?
Ante la pregunta Leonor paró y miró a Julio con cara de temor.
- Shhhhh, calle por favor. Ese nombre está prohibido en esta casa.
- ¿Por qué? – dijo Natalia.
- Le ruego que no pregunte señorita o me buscará un problema.
- Leonor. – dijo Natalia cogiéndole las manos entre las suyas. – Si le pregunto es porque queremos ayudarle.
- Pero es que nadie puede ayudarles señorita… - dijo Leonor con los ojos rojos anegados en lágrimas. -… nadie puede ayudarles.
- Leonor escúcheme. – dijo Natalia. – Nosotros no pertenecemos a este mundo. Yo soy hija de taberneros y él es un capataz. No vamos a hacerle daño ni causarle ningún problema. Pero se ve a la legua que usted se preocupa más por Francisca que su propia madre y que ese Salvador no es tan noble como todos creen.
- ¡Pero es que no pueden hacer nada señorita! ¡Raimundo está desaparecido! ¡Nadie sabe nada de él! – dijo Leonor.
- Nosotros sí. – dijo Julio.
Natalia empezó a narrar a Leonor sus encuentros con Raimundo. Ésta los escuchaba con la boca tapada por las manos, horrorizada y sollozando.
- Dios mío… Raimundo… - susurró Leonor.
- Por eso necesito saber qué pasó para poder ayudarle, el por qué de ese odio hacia Salvador y por qué decía que su pequeña sufría. ¿Acaso… le pega?
- Mucho más que eso señorita. La humilla, la menosprecia. Ahora con la llegada de Tristán todo está en calma pero… Francisca vive en un temor constante. ¡Dios… si supiera que…! – dijo Leonor llorando. – Un día Raimundo vino enfrentándose a él por pegar a Francisca. Pero él le recibió con golpes y luego ella… - le costaba continuar – le despreció… Le dijo que ya no era nada para él, que no quería volver a saber nada de él. Salvador después mandó a sus hombres que le dieran una paliza. Después, velando por su familia – añadió con ironía – puso una demanda contra Raimundo por pegar a su mujer. Alegó que él llegó borracho y muy alterado, que le pegó estando embarazada de Tristán y que por eso tuvo que llamar a jornaleros para reducirle. En el juicio tenía todo de su parte ya que Raimundo no fue sino que mandó a un representante y la fama de borracho empezaba a extenderse. Quiso como indemnización todas las tierras de los Ulloa salvo unas pocas hectáreas, como limosna. Claro está que las tierras que les dejó son las menos fértiles. Acabó quedándose con la casa, las mejores tierras… Destrozó a la familia.
Natalia escuchó esta declaración atónita.
- Maldito cerdo… - susurró Julio.
- ¡Dios mío! – dijo Natalia con lágrimas en los ojos y con una mano tapándose la boca.
- Un amor tan puro… tan bello como el suyo. Roto por los deseos de sus padres, padres que no se preocupan en absoluto por ella sino por el apellido, y después el orgullo inquebrantable de Francisca. – dijo Leonor con los ojos cerrados por el dolor. – Quiere un consejo señorita. Marchen de aquí y no vuelvan. Salvador no le hace ascos a ninguna mujer y si se fija demasiado en usted puede correr peligro. Y si ven a Raimundo de nuevo. – añadió acercándose más a ella y cogiéndole la mano libre entre las suyas. – Díganle que sea fuerte, que le echo mucho de menos y… que para mí siempre será el caballero ideal para Francisca.
- Lo haremos. No se preocupe. – dijo Julio.
- Gracias Leonor. – dijo Natalia.
- No hija gracias a usted por hacer lo que ha hecho. Dios se lo pague. Seguro que Francisca, si no fuera tan terca, le daría las gracias infinitamente. – dijo Leonor antes de besarle la mano a Natalia.
- Con Dios. – dijo Julio
- Vayan con Dios hijos. – dijo Leonor.
#30
19/12/2011 23:16
Tremendo Salvador.....es ponerse una mujer hermosa delante y querer que sea suya, que asco me da!!!! Lo que tuvo que pasar Francisca junto a ese monstruo.
Natalia, sigue....a mí me encanta. Suerte con tu examen!!!!
Natalia, sigue....a mí me encanta. Suerte con tu examen!!!!
#31
21/12/2011 20:38
Fue la explicación que se me ocurrió a lo del posible engaño. Pero no sé yo si me ha quedado demasiado creíble.
#32
27/12/2011 21:49
CAPÍTULO XIX NATALIA SE ENFRENTA A SALVADOR
Julio y Natalia fueron directos a donde se encontraban Elena Montenegro para despedirse de ella.
- ¡Mis queridos invitados! ¿Están pasándolo bien? – dijo una exultante Elena.
- Sí señora. Ha sido una fiesta estupenda. Pero lamentablemente tenemos que retirarnos. – dijo Julio.
- ¿No me diga que ya se van? – dijo Elena.
- Sí. Debemos marchar para Villafranca irremediablemente. Tenemos asuntos que atender allí sin demora. Pero antes que nada queríamos despedirnos de la pareja.
- Desgraciadamente no va a poder ser. Mi hija no se encontraba del todo bien y ha tenido que retirarse. Salvador está con ella.
- En ese caso le rogaría que nos despidiera de ellos. Han sido ustedes unos grandes anfitriones y ojalá podamos vernos en otra ocasión. – dijo Julio.
- Eso espero. Con Dios muchachos. – dijo Elena mientras Julio le besaba la mano.
- Quede con Dios señora. – dijo Natalia.
Ya en la puerta y habiéndose despedido de todos Julio se dirigió a Natalia.
- Avisaré al cochero que venga. Espérame aquí ¿vale?
- De acuerdo… Pero no tardes. – dijo Natalia.
De pronto una voz la sobresaltó.
- ¿Te marchas ya preciosa? – esa voz era inconfundible pero no lo podía creer. ¡Estaba casado por el amor de Dios! Natalia se giró de inmediato quedando de cara a él. Efectivamente, era Salvador.
- Sí… vuelvo a casa. Y empieza a hacerse tarde.
- Una mujer como tú no debería ir a estas horas de la noche de viaje. Podría ocurrir… alguna desgracia. – dijo acercándose a ella casi susurrando y levantando una mano para acariciarla.
- ¡Cómo se atreve!
- ¡No te hagas ahora la inocente conmigo! – dijo tras cogerla del brazo y acercarla a él – Sé perfectamente que me mirabas con deseo.
- Le miraba con desprecio. A leguas se ve su verdadera personalidad… Y ahora me lo está confirmando. – dijo Natalia aguantándose las ganas de partirle la cara a ese Castro.
- Menos palabrerías lobita. No serías capaz de rechazar a alguien como yo. Me deseas. – dijo mientras intentaba acorralarla contra la pared y empezaba a intentar subirle el vestido.
Entonces Natalia, haciendo acopio de todas sus fuerzas, le cogió de los hombros y dándole una patada en la rodilla, gritó:
- ¡He dicho que no!
- ¿Se puede saber qué pasa? – dijo Julio acercándose a ellos enseguida. – Natalia, sube, el cochero ya está preparado. Natalia obedeció rápidamente no sin antes dirigir una última mirada de odio a Salvador. Julio hizo lo propio también.
- Hasta luego señor. Felicidades por su hijo. Aunque no creo que se lo merezca. – dijo Julio.
Ambos se alejaron de ese lugar dejando a Salvador gimiendo de dolor por su rodilla. Al día siguiente contaron tranquilamente todo lo ocurrido a María, Álvaro y Germán. Álvaro montó en cólera pero Natalia le tranquilizó, Salvador era capaz de muchos engaños para conseguir lo que se proponga así que era mejor no meterse con él. A regañadientes todos quedaron en no tomar represalias.
Julio y Natalia fueron directos a donde se encontraban Elena Montenegro para despedirse de ella.
- ¡Mis queridos invitados! ¿Están pasándolo bien? – dijo una exultante Elena.
- Sí señora. Ha sido una fiesta estupenda. Pero lamentablemente tenemos que retirarnos. – dijo Julio.
- ¿No me diga que ya se van? – dijo Elena.
- Sí. Debemos marchar para Villafranca irremediablemente. Tenemos asuntos que atender allí sin demora. Pero antes que nada queríamos despedirnos de la pareja.
- Desgraciadamente no va a poder ser. Mi hija no se encontraba del todo bien y ha tenido que retirarse. Salvador está con ella.
- En ese caso le rogaría que nos despidiera de ellos. Han sido ustedes unos grandes anfitriones y ojalá podamos vernos en otra ocasión. – dijo Julio.
- Eso espero. Con Dios muchachos. – dijo Elena mientras Julio le besaba la mano.
- Quede con Dios señora. – dijo Natalia.
Ya en la puerta y habiéndose despedido de todos Julio se dirigió a Natalia.
- Avisaré al cochero que venga. Espérame aquí ¿vale?
- De acuerdo… Pero no tardes. – dijo Natalia.
De pronto una voz la sobresaltó.
- ¿Te marchas ya preciosa? – esa voz era inconfundible pero no lo podía creer. ¡Estaba casado por el amor de Dios! Natalia se giró de inmediato quedando de cara a él. Efectivamente, era Salvador.
- Sí… vuelvo a casa. Y empieza a hacerse tarde.
- Una mujer como tú no debería ir a estas horas de la noche de viaje. Podría ocurrir… alguna desgracia. – dijo acercándose a ella casi susurrando y levantando una mano para acariciarla.
- ¡Cómo se atreve!
- ¡No te hagas ahora la inocente conmigo! – dijo tras cogerla del brazo y acercarla a él – Sé perfectamente que me mirabas con deseo.
- Le miraba con desprecio. A leguas se ve su verdadera personalidad… Y ahora me lo está confirmando. – dijo Natalia aguantándose las ganas de partirle la cara a ese Castro.
- Menos palabrerías lobita. No serías capaz de rechazar a alguien como yo. Me deseas. – dijo mientras intentaba acorralarla contra la pared y empezaba a intentar subirle el vestido.
Entonces Natalia, haciendo acopio de todas sus fuerzas, le cogió de los hombros y dándole una patada en la rodilla, gritó:
- ¡He dicho que no!
- ¿Se puede saber qué pasa? – dijo Julio acercándose a ellos enseguida. – Natalia, sube, el cochero ya está preparado. Natalia obedeció rápidamente no sin antes dirigir una última mirada de odio a Salvador. Julio hizo lo propio también.
- Hasta luego señor. Felicidades por su hijo. Aunque no creo que se lo merezca. – dijo Julio.
Ambos se alejaron de ese lugar dejando a Salvador gimiendo de dolor por su rodilla. Al día siguiente contaron tranquilamente todo lo ocurrido a María, Álvaro y Germán. Álvaro montó en cólera pero Natalia le tranquilizó, Salvador era capaz de muchos engaños para conseguir lo que se proponga así que era mejor no meterse con él. A regañadientes todos quedaron en no tomar represalias.
#33
27/12/2011 21:51
CAPÍTULO XX RAIMUNDO APALEADO
Natalia se encontraba en la taberna con su madre preparando la comida cuando empezó a oír un griterío considerable en la calle.
- ¿Qué pasará ahí fuera? – dijo María intrigada.
Natalia salió con un mal presentimiento en el cuerpo. Cuando llegó donde estaba la pelea se encontró a un hombre pegando a alguien sujetado de los brazos por otros dos. Apenas podía sostenerse en pie. Natalia se puso en medio para parar la pelea.
- ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Ya vale! ¿Se puede saber a qué viene esto? – miró al verdugo y después a los que sujetaban a la víctima que tenía la nariz y una ceja rotas. Cuando quiso reconocer a la víctima se estremeció. Era Raimundo.
- ¡Apártate! ¡No es asunto tuyo!
- ¡Te equivocas! Lo que le pase a él es asunto mío. ¿Se puede saber qué ha hecho?
- Lo encontré borracho encima de mi hija. ¿Te vale?
- Ya le he dicho que se tropezó. – dijo una voz de chica con los ojos llorosos. – Además me pidió perdón.
- ¡Cállate! A los borrachos hay que darles mano dura.
- Pues este ya ha recibido suficiente así que ¡largo! – dijo Natalia firmemente.
- ¡No! – dijo con un hilo de voz el apaleado que levantó la mirada dejando ver sus heridas y con una mirada suplicante. – Máteme… se lo suplico…
Natalia no pudo evitar que unas lágrimas descendieran por su rostro.
- Ya le has oído Natalia. ¡Apártate! – dijo el hombre.
- Vas a tener que pegarme a mí también si quieres hacerlo. – dijo Natalia decidida.
El hombre dudó durante unos segundos pero luego, a regañadientes, decidió marcharse. Los dos que sujetaban a Raimundo le soltaron dejándole en el suelo. Natalia enseguida le ayudó a incorporarse y, cogiéndolo de la cintura y deslizando el brazo izquierdo por el cuello de ella, caminaron hasta la consulta del doctor. Durante el camino Raimundo la miró y le susurró:
- Gracias mi ángel.
Natalia, pasmada ante estas palabras, le miró y le sonrió:
- De nada… mortal. – dijo divertida. Raimundo mostró una leve sonrisa ante la contestación.
Cuando llegaron al consultorio el doctor, con la ayuda de Natalia, le quitó la camiseta para curarle los moratones y demás heridas Natalia se quedó sin aliento. Era lo más hermoso que había visto nunca.
Tras oír del doctor que podía irse y tras ayudar a Raimundo a vestirse. Natalia no lo pensó dos veces.
- Ven, en casa podrás comer algo.
- Gracias pero…
- Shhh. Es una orden de ángel. No admito un no. – dijo ella con voz dulce y finalizando con una sonrisa que desarmó a Raimundo.
En verdad, no había comido decentemente en unos cuantos días. Finalmente, y con otra sonrisa dijo:
- Está bien.
De camino a casa pensó en la bebida. Su casa no era un buen lugar para él. Gracias al cielo que vio a su padre antes de llegar.
- Hija ¿qué…?
- Padre, le presento a Raimundo. – dijo ella interrumpiéndole. – Está un poco convaleciente así que le he invitado a comer. ¿Podría avisar a madre por favor?
Álvaro enseguida comprendió el tono de la última frase.
- Claro hija. Ahora mismo voy.
….
Cuando llegaron vieron que María había escondido las jarras para que no estuvieran visibles y, cogiendo del otro lado a Raimundo para que así viera la menor cantidad de gente bebiendo posible, le condujo hasta la casa. Madre e hija le depositaron en la cama de matrimonio y después María se fue a por un vaso de agua y a terminar de preparar la comida mientras que Álvaro se encargaba de los clientes. Después de quitarle los zapatos Natalia vio que Raimundo se había quedado dormido en una expresión tan dulce que le arrancó una sonrisa a Natalia. Fue a por una manta y, tras cubrirle bien, le dejó dormir.
Natalia se encontraba en la taberna con su madre preparando la comida cuando empezó a oír un griterío considerable en la calle.
- ¿Qué pasará ahí fuera? – dijo María intrigada.
Natalia salió con un mal presentimiento en el cuerpo. Cuando llegó donde estaba la pelea se encontró a un hombre pegando a alguien sujetado de los brazos por otros dos. Apenas podía sostenerse en pie. Natalia se puso en medio para parar la pelea.
- ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Ya vale! ¿Se puede saber a qué viene esto? – miró al verdugo y después a los que sujetaban a la víctima que tenía la nariz y una ceja rotas. Cuando quiso reconocer a la víctima se estremeció. Era Raimundo.
- ¡Apártate! ¡No es asunto tuyo!
- ¡Te equivocas! Lo que le pase a él es asunto mío. ¿Se puede saber qué ha hecho?
- Lo encontré borracho encima de mi hija. ¿Te vale?
- Ya le he dicho que se tropezó. – dijo una voz de chica con los ojos llorosos. – Además me pidió perdón.
- ¡Cállate! A los borrachos hay que darles mano dura.
- Pues este ya ha recibido suficiente así que ¡largo! – dijo Natalia firmemente.
- ¡No! – dijo con un hilo de voz el apaleado que levantó la mirada dejando ver sus heridas y con una mirada suplicante. – Máteme… se lo suplico…
Natalia no pudo evitar que unas lágrimas descendieran por su rostro.
- Ya le has oído Natalia. ¡Apártate! – dijo el hombre.
- Vas a tener que pegarme a mí también si quieres hacerlo. – dijo Natalia decidida.
El hombre dudó durante unos segundos pero luego, a regañadientes, decidió marcharse. Los dos que sujetaban a Raimundo le soltaron dejándole en el suelo. Natalia enseguida le ayudó a incorporarse y, cogiéndolo de la cintura y deslizando el brazo izquierdo por el cuello de ella, caminaron hasta la consulta del doctor. Durante el camino Raimundo la miró y le susurró:
- Gracias mi ángel.
Natalia, pasmada ante estas palabras, le miró y le sonrió:
- De nada… mortal. – dijo divertida. Raimundo mostró una leve sonrisa ante la contestación.
Cuando llegaron al consultorio el doctor, con la ayuda de Natalia, le quitó la camiseta para curarle los moratones y demás heridas Natalia se quedó sin aliento. Era lo más hermoso que había visto nunca.
Tras oír del doctor que podía irse y tras ayudar a Raimundo a vestirse. Natalia no lo pensó dos veces.
- Ven, en casa podrás comer algo.
- Gracias pero…
- Shhh. Es una orden de ángel. No admito un no. – dijo ella con voz dulce y finalizando con una sonrisa que desarmó a Raimundo.
En verdad, no había comido decentemente en unos cuantos días. Finalmente, y con otra sonrisa dijo:
- Está bien.
De camino a casa pensó en la bebida. Su casa no era un buen lugar para él. Gracias al cielo que vio a su padre antes de llegar.
- Hija ¿qué…?
- Padre, le presento a Raimundo. – dijo ella interrumpiéndole. – Está un poco convaleciente así que le he invitado a comer. ¿Podría avisar a madre por favor?
Álvaro enseguida comprendió el tono de la última frase.
- Claro hija. Ahora mismo voy.
….
Cuando llegaron vieron que María había escondido las jarras para que no estuvieran visibles y, cogiendo del otro lado a Raimundo para que así viera la menor cantidad de gente bebiendo posible, le condujo hasta la casa. Madre e hija le depositaron en la cama de matrimonio y después María se fue a por un vaso de agua y a terminar de preparar la comida mientras que Álvaro se encargaba de los clientes. Después de quitarle los zapatos Natalia vio que Raimundo se había quedado dormido en una expresión tan dulce que le arrancó una sonrisa a Natalia. Fue a por una manta y, tras cubrirle bien, le dejó dormir.
#34
28/12/2011 14:16
A quien esté siguiendo esta historia prometo que la continuaré intentando que Raimundo remonte poco a poco. Que ya sé que sufrís viéndole así.
#35
28/12/2011 14:23
Ya... A mí también me molestó que llamara "ángel" a Águeda. Primero no nos dan escenas y después me usurpan ese nombre
Pero en fin... lo tendremos que cambiar.
Pero en fin... lo tendremos que cambiar.
#36
28/12/2011 15:46
Pobre Raimundo....no quiere sino dejarse morir para que el dolor de perder a su amada desaparezca. Menos mal que apareció Natalia en su vida y lo salvará.
Q atrevido y asqueroso el Salvador!!!!! pobre Francisca tener que estar a su lado
Sigue guapa....q te está quedando muy bien!!!!
Q atrevido y asqueroso el Salvador!!!!! pobre Francisca tener que estar a su lado
Sigue guapa....q te está quedando muy bien!!!!
#37
02/01/2012 20:43
Va a costar mucho hacer que remonte. Veréis momentos todavía un pelín duros pero salir del alcoholismo es lo que tiene: bastantes recaídas. Pero ahí estará Natalia, no os preocupéis.
#38
02/01/2012 20:45
CAPÍTULO XXI RAIMUNDO Y NATALIA HABLAN POR PRIMERA VEZ
Cuando despertó Raimundo sintió un ya familiar dolor de cabeza. La bebida le estaba pasando factura pero sabía que era la única manera que tenía de dormir. Paseó su mirada por la estancia y se sobresaltó al no reconocerla. ¿Qué habría hecho esta vez? Se asomó por la ventana y vio que era de noche. ¡Cielos santo! Por lo menos no parecía que se hubiera violado a nadie ya que estaba vestido. Cuando oyó que llamaban a la puerta de la habitación se sobresaltó pero enseguida se relajó al ver a Natalia con una bandeja con comida.
- ¿Se puede? – dijo Natalia con voz dulce.
- Oh, hola. – dijo Raimundo casi susurrando. – Claro, pasa.
- Traigo un remedio casero contra la resaca y un poco de comida. Te sentará bien. – dijo Natalia dejando la bandeja en la mesa de la habitación. – Ven tranquilo que no muerdo. – añadió con una sonrisa.
Raimundo se acercó un tanto temeroso.
- ¿Qué es? – dijo Raimundo.
- Zumo de piña y eso caldo de alcachofas. Remedios antiguos que me enseñó mi madre. – y añadió al ver la cara de disgusto de Raimundo. - Lo de alcachofas sabe mejor de cómo suena créeme sobre todo con un poco de azúcar. Y también algunas tostadas con aceite y un poco de queso.
Una parte de él no quería aceptar pero por otro lado ella le había salvado varias veces y no había comido nada decente en mucho tiempo. Se sentó y bebió del caldo de alcachofas.
- ¿Para qué sirve? – dijo Raimundo.
- Las alcachofas y la piña limpian el hígado. Puedes quedarte, tranquilo. Mis padres lo saben y no te van a hacer nada. – dijo intentando bromear. – Tienes en el armario algo de ropa por si quieres cambiarte.
- Gracias… Pero espera… Creo que no he tenido ocasión de presentarme. – dijo extendiéndole la mano. – Me llamo Raimundo… Raimundo Ulloa.
- Natalia. – dijo ella dándole la mano. Él, como el caballero de clase que una vez fue, le besó la palma.
- Al fin nos conocemos formalmente. – dijo él con tono divertido y manteniendo la mano de Natalia entre la suya. – Gracias de verdad.
- De nada. – dijo ella sonriente. – Bueno… te dejo intimidad. Si necesitas cualquier cosa estaré fuera. – añadió mientras cerraba la puerta.
Raimundo asintió y se dispuso a comer. Cuando terminó de comer y asearse se sintió más aliviado. Después, exploró un poco la habitación. Era curioso la ropa de caballero que vio: entre la ropa informal vio algún traje distinguido. ¿Qué clase de familia sería esa? Tranquilamente paseó su mirada por la mesa de la habitación y reparó en una carta. Cuando la examinó palideció, el sobre tenía el escudo de los Montenegro. ¿Y si eran amigos de Salvador? ¿Y si le estaban informando de dónde estaba? Cogió la carta lleno de rabia y salió fuera a encararse con quien fuera. Encontró a Natalia fregándolos platos
- ¿Quiénes sois? ¿Qué significa esto? – dijo Raimundo en tono serio.
- ¿De qué estás hablando? – dijo Natalia.
Natalia enseguida reconoció la carta. ¿Cómo había podido ser tan torpe? Ese día Álvaro había pedido que le llevaran el correo a casa ya que se había quedado a ayudar en la taberna. Era la carta de contestación de los Montenegro a la que habían enviado disculpando formalmente la ausencia de Germán en la fiesta.
- Es el sello de los Montenegro. ¿Acaso sois sus amigos? – dijo Raimundo llevado por la rabia.
- No Raimundo espera podemos explicarlo. – dijo Natalia.
- No si la culpa es mía por ser tan… imbécil. ¿Dónde está mi ropa? – dijo Raimundo yendo hacia Natalia.
- Raimundo no somos sus amigos. ¡Escúchame!
- ¡No quiero oír más mentiras! – dijo Raimundo desesperado y a punto de llorar.
- Sabemos lo que él te hizo. – dijo Natalia
Esas palabras actuaron como un tranquilizante en Raimundo que le miró intrigado.
- ¿Cómo?
- Mi hermano Julio y yo fuimos a una fiesta que dieron en representación de Germán. El cacique del pueblo que es amigo nuestro. – explicó Natalia. – Allí nos enteramos de todo por boca de Leonor.
Raimundo se dejó caer en la silla de la impresión.
- Nos pidió que te dijéramos que… que fueras fuerte y que para ella siempre serás el caballero ideal… para Francisca. – añadió Natalia.
Oír el nombre de Francisca fue como si una daga le atravesara el corazón… otra vez. Cerró los ojos por el dolor y unas lágrimas se deslizaron por su rostro a la vez que apretaba la carta con rabia en su puño. Natalia se acercó a él y le tomó las manos para relajarle.
- Sabemos que es un cerdo, incluso intentó sobrepasarse conmigo. Sabemos lo que le está haciendo. Puedes estar tranquilo. Con nosotros no tienes nada que temer. – dijo Natalia con voz dulce. – Tienes mi palabra. Seguro que esa carta es la contestación a la que envió mi padre disculpando la ausencia de Germán. Nada más.
Raimundo estaba destrozado pero aún así pudo articular algunas palabras que deseaba decir.
- ¿La visteis?
Natalia asintió.
- Seguro que ese cerdo estaría celebrando la destrucción de mi familia.
Natalia se quedó pensativa. Tarde o temprano se enteraría y le dolería de todas maneras. No habría un buen momento para la noticia que tenían que decirle. Tenía que contárselo ella para ganarse su confianza, para que Raimundo viera que nadie quiere hacerle daño.
- No… no fue por eso. – dijo Natalia. – La fiesta era por el… nacimiento de su primer hijo. Lo han llamado Tristán.
Raimundo no sabía cómo llamar a lo que estaba sintiendo. Lo único que supo hacer fue abrazar a Natalia… y llorar. Álvaro y María entraron en ese momento. Raimundo enseguida paró al verles.
- Madre, padre. Ya conocen a Raimundo.
- Al fin tenemos el gusto. – dijo María sonriente y acercándose a él extendiendo la mano. No quería abrazarle para no hacerle sentir incómodo.
- Encantado Raimundo. – dijo Álvaro. – Al fin un hombre con experiencia dentro de esta familia.
- ¿No se estará burlando de Julio? – dijo Natalia
- Oh… quien se pica ajos come. – bromeó Álvaro. Raimundo sonrió ante la escena. – Ten cuidado con ese flacucho Raimundo. Le encanta dárselas de listo.
- ¿Por qué se mete siempre con él? – dijo Natalia cruzando los brazos en un gesto cómico.
- Pues porque se dejas… - dijo Álvaro sonriendo y guiñándole el ojo a Raimundo.
- Bueno, te voy a preparar un remedio para dormir que es mano de santo. Ya verás. – dijo María viendo las ojeras de Raimundo.
- No… no se moleste. – dijo Raimundo
- No es molestia tranquilo. – dijo María guiñándole un ojo. – Te va a saber a gloria.
- Pensé que Julio vendría con usted. – dijo Natalia extrañada.
- Se ha quedado en el cortijo hija. – dijo Álvaro. – Dijo que tenía mucho trabajo y prefería quedarse ahí.
- Bueno, ya le conocerás. – dijo Natalia mirando a Raimundo que estaba sonriente viendo la alegría de esa casa.
Después de unos minutos María llegó con una taza de leche caliente con miel y un poco de menta.
- Gracias. – dijo Raimundo tomando la mano de María y dándole un beso.
- De nada. – dijo ella correspondiéndole tomando la mano de Raimundo con la que tenía libre y dándole un beso en la mejilla.
Raimundo bebió tranquilo. Sin duda se sentía más aliviado.
Cuando despertó Raimundo sintió un ya familiar dolor de cabeza. La bebida le estaba pasando factura pero sabía que era la única manera que tenía de dormir. Paseó su mirada por la estancia y se sobresaltó al no reconocerla. ¿Qué habría hecho esta vez? Se asomó por la ventana y vio que era de noche. ¡Cielos santo! Por lo menos no parecía que se hubiera violado a nadie ya que estaba vestido. Cuando oyó que llamaban a la puerta de la habitación se sobresaltó pero enseguida se relajó al ver a Natalia con una bandeja con comida.
- ¿Se puede? – dijo Natalia con voz dulce.
- Oh, hola. – dijo Raimundo casi susurrando. – Claro, pasa.
- Traigo un remedio casero contra la resaca y un poco de comida. Te sentará bien. – dijo Natalia dejando la bandeja en la mesa de la habitación. – Ven tranquilo que no muerdo. – añadió con una sonrisa.
Raimundo se acercó un tanto temeroso.
- ¿Qué es? – dijo Raimundo.
- Zumo de piña y eso caldo de alcachofas. Remedios antiguos que me enseñó mi madre. – y añadió al ver la cara de disgusto de Raimundo. - Lo de alcachofas sabe mejor de cómo suena créeme sobre todo con un poco de azúcar. Y también algunas tostadas con aceite y un poco de queso.
Una parte de él no quería aceptar pero por otro lado ella le había salvado varias veces y no había comido nada decente en mucho tiempo. Se sentó y bebió del caldo de alcachofas.
- ¿Para qué sirve? – dijo Raimundo.
- Las alcachofas y la piña limpian el hígado. Puedes quedarte, tranquilo. Mis padres lo saben y no te van a hacer nada. – dijo intentando bromear. – Tienes en el armario algo de ropa por si quieres cambiarte.
- Gracias… Pero espera… Creo que no he tenido ocasión de presentarme. – dijo extendiéndole la mano. – Me llamo Raimundo… Raimundo Ulloa.
- Natalia. – dijo ella dándole la mano. Él, como el caballero de clase que una vez fue, le besó la palma.
- Al fin nos conocemos formalmente. – dijo él con tono divertido y manteniendo la mano de Natalia entre la suya. – Gracias de verdad.
- De nada. – dijo ella sonriente. – Bueno… te dejo intimidad. Si necesitas cualquier cosa estaré fuera. – añadió mientras cerraba la puerta.
Raimundo asintió y se dispuso a comer. Cuando terminó de comer y asearse se sintió más aliviado. Después, exploró un poco la habitación. Era curioso la ropa de caballero que vio: entre la ropa informal vio algún traje distinguido. ¿Qué clase de familia sería esa? Tranquilamente paseó su mirada por la mesa de la habitación y reparó en una carta. Cuando la examinó palideció, el sobre tenía el escudo de los Montenegro. ¿Y si eran amigos de Salvador? ¿Y si le estaban informando de dónde estaba? Cogió la carta lleno de rabia y salió fuera a encararse con quien fuera. Encontró a Natalia fregándolos platos
- ¿Quiénes sois? ¿Qué significa esto? – dijo Raimundo en tono serio.
- ¿De qué estás hablando? – dijo Natalia.
Natalia enseguida reconoció la carta. ¿Cómo había podido ser tan torpe? Ese día Álvaro había pedido que le llevaran el correo a casa ya que se había quedado a ayudar en la taberna. Era la carta de contestación de los Montenegro a la que habían enviado disculpando formalmente la ausencia de Germán en la fiesta.
- Es el sello de los Montenegro. ¿Acaso sois sus amigos? – dijo Raimundo llevado por la rabia.
- No Raimundo espera podemos explicarlo. – dijo Natalia.
- No si la culpa es mía por ser tan… imbécil. ¿Dónde está mi ropa? – dijo Raimundo yendo hacia Natalia.
- Raimundo no somos sus amigos. ¡Escúchame!
- ¡No quiero oír más mentiras! – dijo Raimundo desesperado y a punto de llorar.
- Sabemos lo que él te hizo. – dijo Natalia
Esas palabras actuaron como un tranquilizante en Raimundo que le miró intrigado.
- ¿Cómo?
- Mi hermano Julio y yo fuimos a una fiesta que dieron en representación de Germán. El cacique del pueblo que es amigo nuestro. – explicó Natalia. – Allí nos enteramos de todo por boca de Leonor.
Raimundo se dejó caer en la silla de la impresión.
- Nos pidió que te dijéramos que… que fueras fuerte y que para ella siempre serás el caballero ideal… para Francisca. – añadió Natalia.
Oír el nombre de Francisca fue como si una daga le atravesara el corazón… otra vez. Cerró los ojos por el dolor y unas lágrimas se deslizaron por su rostro a la vez que apretaba la carta con rabia en su puño. Natalia se acercó a él y le tomó las manos para relajarle.
- Sabemos que es un cerdo, incluso intentó sobrepasarse conmigo. Sabemos lo que le está haciendo. Puedes estar tranquilo. Con nosotros no tienes nada que temer. – dijo Natalia con voz dulce. – Tienes mi palabra. Seguro que esa carta es la contestación a la que envió mi padre disculpando la ausencia de Germán. Nada más.
Raimundo estaba destrozado pero aún así pudo articular algunas palabras que deseaba decir.
- ¿La visteis?
Natalia asintió.
- Seguro que ese cerdo estaría celebrando la destrucción de mi familia.
Natalia se quedó pensativa. Tarde o temprano se enteraría y le dolería de todas maneras. No habría un buen momento para la noticia que tenían que decirle. Tenía que contárselo ella para ganarse su confianza, para que Raimundo viera que nadie quiere hacerle daño.
- No… no fue por eso. – dijo Natalia. – La fiesta era por el… nacimiento de su primer hijo. Lo han llamado Tristán.
Raimundo no sabía cómo llamar a lo que estaba sintiendo. Lo único que supo hacer fue abrazar a Natalia… y llorar. Álvaro y María entraron en ese momento. Raimundo enseguida paró al verles.
- Madre, padre. Ya conocen a Raimundo.
- Al fin tenemos el gusto. – dijo María sonriente y acercándose a él extendiendo la mano. No quería abrazarle para no hacerle sentir incómodo.
- Encantado Raimundo. – dijo Álvaro. – Al fin un hombre con experiencia dentro de esta familia.
- ¿No se estará burlando de Julio? – dijo Natalia
- Oh… quien se pica ajos come. – bromeó Álvaro. Raimundo sonrió ante la escena. – Ten cuidado con ese flacucho Raimundo. Le encanta dárselas de listo.
- ¿Por qué se mete siempre con él? – dijo Natalia cruzando los brazos en un gesto cómico.
- Pues porque se dejas… - dijo Álvaro sonriendo y guiñándole el ojo a Raimundo.
- Bueno, te voy a preparar un remedio para dormir que es mano de santo. Ya verás. – dijo María viendo las ojeras de Raimundo.
- No… no se moleste. – dijo Raimundo
- No es molestia tranquilo. – dijo María guiñándole un ojo. – Te va a saber a gloria.
- Pensé que Julio vendría con usted. – dijo Natalia extrañada.
- Se ha quedado en el cortijo hija. – dijo Álvaro. – Dijo que tenía mucho trabajo y prefería quedarse ahí.
- Bueno, ya le conocerás. – dijo Natalia mirando a Raimundo que estaba sonriente viendo la alegría de esa casa.
Después de unos minutos María llegó con una taza de leche caliente con miel y un poco de menta.
- Gracias. – dijo Raimundo tomando la mano de María y dándole un beso.
- De nada. – dijo ella correspondiéndole tomando la mano de Raimundo con la que tenía libre y dándole un beso en la mejilla.
Raimundo bebió tranquilo. Sin duda se sentía más aliviado.
#39
08/01/2012 21:16
CAPÍTULO XXII RAIMUNDO SE CONFIESA ANTE NATALIA
Después de unos minutos Álvaro y María se retiraron a descansar. Esa noche Raimundo dormiría en la cama de Julio. Aparentemente era una noche tranquila… aparentemente. Natalia cogió el sueño rápidamente pero Raimundo no. Después de dar varias vueltas en la cama decidió salir fuera. Otra noche más sin dormir.
Se sentó en el sillón y apoyó la cabeza mirando al techo. Otra noche más torturado. Creía que lo que le había preparado María le ayudaría y así fue durante unos breves instantes pero la tortura siempre volvía. Él, que no creía en la existencia del infierno, pensó que vivía en uno desde hacía tiempo. Bueno… más bien desde que su padre le arruinó la vida. Pero lo peor no era eso. Lo peor era pensar que pudo haber tomado otro camino y que él no lo vio, pensar que había adoptado el camino fácil, pensar que quizás se habría comportado como un cobarde. Se torturaba con esos pensamientos pero la realidad era que no podría haber soportado a Francisca como mendiga. Los Montenegro le habría odiado toda la vida por haber sido el causante de su ruina. Y Francisca quizás también.
- Hice lo que tenía que hacer… - dijo para sí mismo.
Tras estos pensamientos llegó la verdadera tortura: el sufrimiento de Francisca. Él sabía que sufría muchísimo y se moría sabiendo que no podía hacer nada. Era consciente de que tendría que estar haciendo algo… pero ¿el qué? Francisca le odiaba. No quería escucharle. Necesitaba apagar esa tortura si quería dormir y sólo una cosa funcionaba…
Miró de reojo las habitaciones y vio que todo estaba en calma así que aprovechó y fue hasta la puerta. Estaba cerrada con llave. Maldijo entre dientes por no poder bajar a la taberna a la vez que inspeccionaba la cocina por si encontraba alguna botella. Encontró un par de ellas en la cocina. María guardaba siempre algo del mejor vino para celebraciones.
- No deberías hacerlo Raimundo. – dijo de repente una voz en su espalda a la vez que una mano le tomaba la que sujetaba la botella. Era Natalia. Cogió la botella y añadió - Esto nunca resuelve los problemas.
- Tú no lo entiendes. – dijo Raimundo meneando la cabeza. – Es lo único que…
- ¿Qué te ayuda? Si es lo que ibas a decir te engañas a ti mismo. Soy hija de taberneros y he visto a unos cuantos borrachos en mi vida y créeme, lo que necesitas de verdad es hablar. – dijo Natalia y dejando la botella en la mesa cogió a Raimundo de la mano y le llevó al salón. Cuando ambos se sentaron Raimundo empezó a sollozar.
- ¿Qué quieres saber? – dijo Raimundo.
- Sé que vuestro amor fue grande y hermoso. – dijo Natalia cogiéndole una mano y estrechándola entre las suyas. - ¿Qué pasó para terminar así?
Raimundo cerró los ojos y abundantes lágrimas se deslizaron por su rostro. Natalia le estrechó la mano más fuertemente animándole a hablar.
- Los Ulloa y los Montenegro no nos llevábamos muy bien. Pero eso no supuso ningún problema para nosotros. – comenzó a narrar Raimundo con dificultad.- El problema es que su madre… no me soportaba y mucho menos nuestra relación al igual que le pasaba a mi padre. Siempre decían que era un juego de niños y a Francisca… que tenía que buscarse a alguien mejor... Un día mi padre amenazó con destruirles si yo no me casaba con… una heredera de la capital. Teníamos en ese momento medios para conseguirlo. Pero yo no podía soportar cargar con la culpa de convertirles en mendigos. No podía… Entonces… yo… -Raimundo paró para aguantar las ganas de llorar que tenía en ese momento.
- Tuviste que romper con ella. – dijo Natalia emocionada con lo que oía. Raimundo asintió.
- Es…lo más doloroso que he tenido que hacer. Pero tuve que hacerlo… Por ella… - dijo Raimundo mirando a Natalia con los ojos anegados en lágrimas. – Pero mi prometida murió antes de la boda así que pude volver con Francisca pero ella… No estaba…
- Fue cuando se casó con... – Natalia no sabía si decir o no su nombre. – él ¿verdad?
Raimundo volvió a asentir. Natalia entonces se acercó a él y le abrazó fuerte. Cuando se separaron él siguió diciendo:
- Desde entonces vivo en una tortura constante. Ella me odia. No quiere escucharme. Encima sé que está sufriendo muchísimo cuando…
- Sé lo que pasó. No hace falta que lo narres si no quieres. – interrumpió Natalia.
- El caso es que cuando estoy sobrio no dejo de pensar en que debería de hacer algo, de buscar la forma de mostrarle mis motivos pero luego sé que… que no existe ninguna forma. – dijo Raimundo llorando y mirando a Natalia. – Cuando cierro los ojos puedo… - añadió cerrando los ojos. – puedo oírla llorar… suplicar que… que no la pegue y yo no puedo hacer nada… Mi pequeña… - volvió a sollozar. – El alcohol es… - dijo mirando la cocina. – lo único que me ayuda a dormir.
Natalia se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
- Pero… ¿qué haces por aquí solo? ¿No tienes más familia?
Raimundo negó con la cabeza.
- Mi madre murió hace mucho tiempo y mi padre hace unos días por un cáncer. Murió odiándome. Decía que no era un hombre y que me merecía lo que había pasado, que me había comportado como un cobarde. Mi tío lo llamaron al servicio militar hace unos días y mi prima Alicia también dejó la ciudad creyendo lo peor de mí. Sin saber lo que había pasado en verdad. No tengo más familia.
- Ahora sí. – dijo Natalia intentando hacerle sonreír. – Aquí tienes a tu familia ¿de acuerdo?
Raimundo la miró como un niño necesitado. Natalia pensó que si seguía mirándola acabaría por desfallecer. Esos ojos tenían un poder sobre ella que no había sentido nunca. Raimundo le tomó el mentón y le besó la mejilla.
- Gracias pero no saldrías muy bien parada. Ante los ojos de los demás soy un borracho y un cobarde.
- Suerte que a nosotros nos dé igual lo que digan los demás. Y a mí también. Por lo de borracho mi madre siempre decía que un borracho es aquel que bebe porque sí. Los demás son personas necesitadas. Y en cuanto a lo de cobarde yo no veo ninguno. Yo solo veo a una persona abrumada por las normas sociales. Veo a un humano que necesitó apoyos cuando todos se la negaron no a un cobarde. No es más valiente aquel que es capaz de engañar y de ser como ese Castro. Es valiente aquel que se sacrifica por el bien de su amor, aquel que admite sus errores. Eso es lo que veo yo. – dijo Natalia con una voz tan dulce que a Raimundo le supuso un alivio. Él le tomó la mano y la besó con fuerza.
- ¿De verdad lo crees? – dijo Raimundo. Natalia asintió con una sonrisa cautivadora. - ¿Cómo podré pagártelo?
- Quedándote conmigo. Aquí hay sitio para uno más. Y no volverás a estar solo. Te lo prometo.
Después de mirarla unos segundos respiró hondo para coger fuerzas. Al final dijo:
- Natalia, tengo que pedirte algo.
- Dime. – dijo Natalia enseguida.
- Por haber perdido el… juicio contra… él. Tengo que desalojar mi casa. Sólo lo imprescindible. Pero no puedo volver solo. ¿Vendrás conmigo?
Natalia le volvió a dar un beso en la mejilla y después asintió.
- Iremos juntos Raimundo. No te dejaré solo.
Después de unos minutos Álvaro y María se retiraron a descansar. Esa noche Raimundo dormiría en la cama de Julio. Aparentemente era una noche tranquila… aparentemente. Natalia cogió el sueño rápidamente pero Raimundo no. Después de dar varias vueltas en la cama decidió salir fuera. Otra noche más sin dormir.
Se sentó en el sillón y apoyó la cabeza mirando al techo. Otra noche más torturado. Creía que lo que le había preparado María le ayudaría y así fue durante unos breves instantes pero la tortura siempre volvía. Él, que no creía en la existencia del infierno, pensó que vivía en uno desde hacía tiempo. Bueno… más bien desde que su padre le arruinó la vida. Pero lo peor no era eso. Lo peor era pensar que pudo haber tomado otro camino y que él no lo vio, pensar que había adoptado el camino fácil, pensar que quizás se habría comportado como un cobarde. Se torturaba con esos pensamientos pero la realidad era que no podría haber soportado a Francisca como mendiga. Los Montenegro le habría odiado toda la vida por haber sido el causante de su ruina. Y Francisca quizás también.
- Hice lo que tenía que hacer… - dijo para sí mismo.
Tras estos pensamientos llegó la verdadera tortura: el sufrimiento de Francisca. Él sabía que sufría muchísimo y se moría sabiendo que no podía hacer nada. Era consciente de que tendría que estar haciendo algo… pero ¿el qué? Francisca le odiaba. No quería escucharle. Necesitaba apagar esa tortura si quería dormir y sólo una cosa funcionaba…
Miró de reojo las habitaciones y vio que todo estaba en calma así que aprovechó y fue hasta la puerta. Estaba cerrada con llave. Maldijo entre dientes por no poder bajar a la taberna a la vez que inspeccionaba la cocina por si encontraba alguna botella. Encontró un par de ellas en la cocina. María guardaba siempre algo del mejor vino para celebraciones.
- No deberías hacerlo Raimundo. – dijo de repente una voz en su espalda a la vez que una mano le tomaba la que sujetaba la botella. Era Natalia. Cogió la botella y añadió - Esto nunca resuelve los problemas.
- Tú no lo entiendes. – dijo Raimundo meneando la cabeza. – Es lo único que…
- ¿Qué te ayuda? Si es lo que ibas a decir te engañas a ti mismo. Soy hija de taberneros y he visto a unos cuantos borrachos en mi vida y créeme, lo que necesitas de verdad es hablar. – dijo Natalia y dejando la botella en la mesa cogió a Raimundo de la mano y le llevó al salón. Cuando ambos se sentaron Raimundo empezó a sollozar.
- ¿Qué quieres saber? – dijo Raimundo.
- Sé que vuestro amor fue grande y hermoso. – dijo Natalia cogiéndole una mano y estrechándola entre las suyas. - ¿Qué pasó para terminar así?
Raimundo cerró los ojos y abundantes lágrimas se deslizaron por su rostro. Natalia le estrechó la mano más fuertemente animándole a hablar.
- Los Ulloa y los Montenegro no nos llevábamos muy bien. Pero eso no supuso ningún problema para nosotros. – comenzó a narrar Raimundo con dificultad.- El problema es que su madre… no me soportaba y mucho menos nuestra relación al igual que le pasaba a mi padre. Siempre decían que era un juego de niños y a Francisca… que tenía que buscarse a alguien mejor... Un día mi padre amenazó con destruirles si yo no me casaba con… una heredera de la capital. Teníamos en ese momento medios para conseguirlo. Pero yo no podía soportar cargar con la culpa de convertirles en mendigos. No podía… Entonces… yo… -Raimundo paró para aguantar las ganas de llorar que tenía en ese momento.
- Tuviste que romper con ella. – dijo Natalia emocionada con lo que oía. Raimundo asintió.
- Es…lo más doloroso que he tenido que hacer. Pero tuve que hacerlo… Por ella… - dijo Raimundo mirando a Natalia con los ojos anegados en lágrimas. – Pero mi prometida murió antes de la boda así que pude volver con Francisca pero ella… No estaba…
- Fue cuando se casó con... – Natalia no sabía si decir o no su nombre. – él ¿verdad?
Raimundo volvió a asentir. Natalia entonces se acercó a él y le abrazó fuerte. Cuando se separaron él siguió diciendo:
- Desde entonces vivo en una tortura constante. Ella me odia. No quiere escucharme. Encima sé que está sufriendo muchísimo cuando…
- Sé lo que pasó. No hace falta que lo narres si no quieres. – interrumpió Natalia.
- El caso es que cuando estoy sobrio no dejo de pensar en que debería de hacer algo, de buscar la forma de mostrarle mis motivos pero luego sé que… que no existe ninguna forma. – dijo Raimundo llorando y mirando a Natalia. – Cuando cierro los ojos puedo… - añadió cerrando los ojos. – puedo oírla llorar… suplicar que… que no la pegue y yo no puedo hacer nada… Mi pequeña… - volvió a sollozar. – El alcohol es… - dijo mirando la cocina. – lo único que me ayuda a dormir.
Natalia se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
- Pero… ¿qué haces por aquí solo? ¿No tienes más familia?
Raimundo negó con la cabeza.
- Mi madre murió hace mucho tiempo y mi padre hace unos días por un cáncer. Murió odiándome. Decía que no era un hombre y que me merecía lo que había pasado, que me había comportado como un cobarde. Mi tío lo llamaron al servicio militar hace unos días y mi prima Alicia también dejó la ciudad creyendo lo peor de mí. Sin saber lo que había pasado en verdad. No tengo más familia.
- Ahora sí. – dijo Natalia intentando hacerle sonreír. – Aquí tienes a tu familia ¿de acuerdo?
Raimundo la miró como un niño necesitado. Natalia pensó que si seguía mirándola acabaría por desfallecer. Esos ojos tenían un poder sobre ella que no había sentido nunca. Raimundo le tomó el mentón y le besó la mejilla.
- Gracias pero no saldrías muy bien parada. Ante los ojos de los demás soy un borracho y un cobarde.
- Suerte que a nosotros nos dé igual lo que digan los demás. Y a mí también. Por lo de borracho mi madre siempre decía que un borracho es aquel que bebe porque sí. Los demás son personas necesitadas. Y en cuanto a lo de cobarde yo no veo ninguno. Yo solo veo a una persona abrumada por las normas sociales. Veo a un humano que necesitó apoyos cuando todos se la negaron no a un cobarde. No es más valiente aquel que es capaz de engañar y de ser como ese Castro. Es valiente aquel que se sacrifica por el bien de su amor, aquel que admite sus errores. Eso es lo que veo yo. – dijo Natalia con una voz tan dulce que a Raimundo le supuso un alivio. Él le tomó la mano y la besó con fuerza.
- ¿De verdad lo crees? – dijo Raimundo. Natalia asintió con una sonrisa cautivadora. - ¿Cómo podré pagártelo?
- Quedándote conmigo. Aquí hay sitio para uno más. Y no volverás a estar solo. Te lo prometo.
Después de mirarla unos segundos respiró hondo para coger fuerzas. Al final dijo:
- Natalia, tengo que pedirte algo.
- Dime. – dijo Natalia enseguida.
- Por haber perdido el… juicio contra… él. Tengo que desalojar mi casa. Sólo lo imprescindible. Pero no puedo volver solo. ¿Vendrás conmigo?
Natalia le volvió a dar un beso en la mejilla y después asintió.
- Iremos juntos Raimundo. No te dejaré solo.
#40
09/01/2012 21:13
CAPÍTULO XXIII EL TRASLADO (PARTE I)
Al día siguiente Natalia, Julio, Raimundo y Álvaro pusieron rumbo a Puente Viejo. Natalia insistió a su padre que no se verían con Salvador pero él no estaba tranquilo así que les acompañó.
Cuando divisaron el caserón de los Ulloa, Natalia se quedó con la boca abierta. Inspiraba una majestuosidad con la que no contaba la Casona. Se notaba que los Ulloa tenían poder... pero eso pasaba a ser algo del pasado. Raimundo no dejaba de mirar la casa con nostalgia… esa ya no era su casa.
Entraron en el vestíbulo con aires de funeral tanto es así que a Raimundo le costaba no echarse a llorar. Tantos recuerdos, tantos sueños… pero sobretodo… tanto amor vivido. Echó un vistazo a toda la casa con dolor. Ese era el último día que pasaría en esta casa. Mañana todo sería propiedad de Salvador Castro.
- Sólo me llevaré lo indispensable. Lo que podamos llevar con nosotros. No sacaremos ningún mueble. – pudo decir Raimundo con resignación. - Podéis… echar un vistazo a lo que queráis. Empezaremos por… mi dormitorio… - añadió cogiendo un saco de tela de los que habían traído y subiendo tristemente las escaleras.
- ¿Quieres que vaya contigo? – dijo Natalia cogiéndole la mano libre.
- Por favor. – dijo Raimundo.
- Id tranquilos. Nosotros nos quedaremos por aquí por si viene alguien. – dijo Álvaro.
- Si necesitáis algo… - se apresuró a decir Julio.
Raimundo sonrió a Julio a la vez que le daba una palmada en el hombro. Después, Raimundo y Natalia subieron las escaleras hacia las habitaciones.
Entraron primeramente en el cuarto de su padre. Realmente se notaba que era la habitación de un hombre: instrumentos de caza, una silla de montar, escopetas,… Natalia puso un gesto de asombro.
- Vaya. A tu padre debía de gustarle mucho la caza.
- Así es. – dijo Raimundo suspirando hondo – Era la pasión del gran don Fernando Ulloa.
- ¿Quieres llevarte algo de todo esto? – preguntó Natalia abiertamente.
- No. Esta fue su pasión, no la mía. Sólo he entrado por un par de cosas. – dijo Raimundo cogiendo una foto que había en un cajón de la mesita de noche. Natalia se acercó a él y la vio. Había una mujer muy hermosa y un niño pequeño.
- ¿Es… tu madre? – preguntó Natalia. – Era muy hermosa. – Raimundo asintió.
- La mujer más bella del mundo y la más buena. Ojalá estuviera aquí… - dijo Raimundo mientras acariciaba la foto. Después miró la cómoda y comenzó a abrir los cajones echando en la cama la ropa que allí había. – Deberíamos recoger la ropa y darla a la caridad. No quiero que ese cerdo se quede con nada que no sea lo justo. Natalia asintió y cogió uno de los sacos para guardar ahí la ropa.
Una vez que terminó sólo quedó una cosa por sacar. Una caja que se encontraba en uno de los últimos cajones. Cuando Raimundo la abrió, Natalia se quedó deslumbrada. La caja estaba llena de joyas maravillosas.
- ¿Eran… de tu madre? – preguntó Natalia viendo la cara de Raimundo. Éste, asintió. - Las guardaremos aquí para que nadie las vea si quieres. – añadió haciendo referencia a la cartera que ella llevaba consigo. – La he traído para cosas como esta. – dijo a la vez que guardaba la caja.
- Vamos, salgamos de aquí. No puedo más en esta habitación. – pidió Raimundo.
- Voy a llevarle esto a mi padre para que lo vaya llevando a la calesa. Enseguida subo. – dijo Natalia.
Mientras Natalia bajaba, Raimundo se fue a su dormitorio y cuando entró se dirigió a su baúl, sacó unas cuantas prendas que allí guardaba y después, con sumo cuidado, una caja. Se sentó en la cama, la abrió y sonó una canción de navidad: “Adeste fideles” En su interior había un pequeño nacimiento con un buey y una mula y la estrella de Oriente. Pero el valor de la caja no era por eso. Era la canción preferida de su madre. Cerró los ojos por un momento y recordó cuando era niño y su madre se la cantaba para dormir. ¡Dios, cuánto añoraba a su madre! Cerró la caja y siguió sacando cuidadosamente cada uno de los recuerdos que atesoraba en ese baúl.
En su interior guardaba libros que para él significaban mucho, como “Cuento de Navidad”, el cuento preferido de su infancia, su querido “Veinte mil leguas de viaje submarino”, y algunos más que guardaban muchos recuerdos de su vida. Lo peor fue cuando sacó el libro y encontró algo muy doloroso: las cartas que le dedicó a Francisca. Las reconocería en cualquier parte. Al cogerlas sentía como le quemaba la mano. Como diría el poeta: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Las cogió y se fue hasta la mesa que tenía en su cuarto cerca de la ventana y se puso a leerlas. Tantos recuerdos vividos… Cuando acabó de leer una de ellas se levantó con los ojos llorosos y se dirigió hacia la ventana. Leerlas era un suplicio.
Mientras tanto, Natalia había subido. Al no encontrarle en el cuarto del padre empezó a explorar hasta que dio con él. Raimundo, al oír sus pasos, se limpió las lágrimas y se giró encarándose con ella.
- ¿Quieres que guarde esto? – dijo Natalia señalando a la ropa y a la caja de música y los libros que había sobre la cama. Raimundo asintió y volvió a mirar el horizonte apoyando una mano en el marco de la ventana
Cuando acabó de meterlo todo, Natalia advirtió las cartas que había sobre la mesa. Se acercó sigilosamente y vio que eran cartas de Francisca. Eran cartas hermosísimas.
- ¿Quieres guardarlas? – dijo Natalia todo lo suavemente que pudo pero no pudo evitar que Raimundo dejara caer unas lágrimas ante esas palabras. Finalmente, asintió. Natalia las recogió cuidadosamente y después se acercó a Raimundo poniendo su mano en el hombro. Raimundo la miró y después la abrazó. Desgraciadamente ninguno pensó que unos ojos que se acercaban al caserón, anegados en lágrimas por lo que veían, les estaban observando.
Al día siguiente Natalia, Julio, Raimundo y Álvaro pusieron rumbo a Puente Viejo. Natalia insistió a su padre que no se verían con Salvador pero él no estaba tranquilo así que les acompañó.
Cuando divisaron el caserón de los Ulloa, Natalia se quedó con la boca abierta. Inspiraba una majestuosidad con la que no contaba la Casona. Se notaba que los Ulloa tenían poder... pero eso pasaba a ser algo del pasado. Raimundo no dejaba de mirar la casa con nostalgia… esa ya no era su casa.
Entraron en el vestíbulo con aires de funeral tanto es así que a Raimundo le costaba no echarse a llorar. Tantos recuerdos, tantos sueños… pero sobretodo… tanto amor vivido. Echó un vistazo a toda la casa con dolor. Ese era el último día que pasaría en esta casa. Mañana todo sería propiedad de Salvador Castro.
- Sólo me llevaré lo indispensable. Lo que podamos llevar con nosotros. No sacaremos ningún mueble. – pudo decir Raimundo con resignación. - Podéis… echar un vistazo a lo que queráis. Empezaremos por… mi dormitorio… - añadió cogiendo un saco de tela de los que habían traído y subiendo tristemente las escaleras.
- ¿Quieres que vaya contigo? – dijo Natalia cogiéndole la mano libre.
- Por favor. – dijo Raimundo.
- Id tranquilos. Nosotros nos quedaremos por aquí por si viene alguien. – dijo Álvaro.
- Si necesitáis algo… - se apresuró a decir Julio.
Raimundo sonrió a Julio a la vez que le daba una palmada en el hombro. Después, Raimundo y Natalia subieron las escaleras hacia las habitaciones.
Entraron primeramente en el cuarto de su padre. Realmente se notaba que era la habitación de un hombre: instrumentos de caza, una silla de montar, escopetas,… Natalia puso un gesto de asombro.
- Vaya. A tu padre debía de gustarle mucho la caza.
- Así es. – dijo Raimundo suspirando hondo – Era la pasión del gran don Fernando Ulloa.
- ¿Quieres llevarte algo de todo esto? – preguntó Natalia abiertamente.
- No. Esta fue su pasión, no la mía. Sólo he entrado por un par de cosas. – dijo Raimundo cogiendo una foto que había en un cajón de la mesita de noche. Natalia se acercó a él y la vio. Había una mujer muy hermosa y un niño pequeño.
- ¿Es… tu madre? – preguntó Natalia. – Era muy hermosa. – Raimundo asintió.
- La mujer más bella del mundo y la más buena. Ojalá estuviera aquí… - dijo Raimundo mientras acariciaba la foto. Después miró la cómoda y comenzó a abrir los cajones echando en la cama la ropa que allí había. – Deberíamos recoger la ropa y darla a la caridad. No quiero que ese cerdo se quede con nada que no sea lo justo. Natalia asintió y cogió uno de los sacos para guardar ahí la ropa.
Una vez que terminó sólo quedó una cosa por sacar. Una caja que se encontraba en uno de los últimos cajones. Cuando Raimundo la abrió, Natalia se quedó deslumbrada. La caja estaba llena de joyas maravillosas.
- ¿Eran… de tu madre? – preguntó Natalia viendo la cara de Raimundo. Éste, asintió. - Las guardaremos aquí para que nadie las vea si quieres. – añadió haciendo referencia a la cartera que ella llevaba consigo. – La he traído para cosas como esta. – dijo a la vez que guardaba la caja.
- Vamos, salgamos de aquí. No puedo más en esta habitación. – pidió Raimundo.
- Voy a llevarle esto a mi padre para que lo vaya llevando a la calesa. Enseguida subo. – dijo Natalia.
Mientras Natalia bajaba, Raimundo se fue a su dormitorio y cuando entró se dirigió a su baúl, sacó unas cuantas prendas que allí guardaba y después, con sumo cuidado, una caja. Se sentó en la cama, la abrió y sonó una canción de navidad: “Adeste fideles” En su interior había un pequeño nacimiento con un buey y una mula y la estrella de Oriente. Pero el valor de la caja no era por eso. Era la canción preferida de su madre. Cerró los ojos por un momento y recordó cuando era niño y su madre se la cantaba para dormir. ¡Dios, cuánto añoraba a su madre! Cerró la caja y siguió sacando cuidadosamente cada uno de los recuerdos que atesoraba en ese baúl.
En su interior guardaba libros que para él significaban mucho, como “Cuento de Navidad”, el cuento preferido de su infancia, su querido “Veinte mil leguas de viaje submarino”, y algunos más que guardaban muchos recuerdos de su vida. Lo peor fue cuando sacó el libro y encontró algo muy doloroso: las cartas que le dedicó a Francisca. Las reconocería en cualquier parte. Al cogerlas sentía como le quemaba la mano. Como diría el poeta: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Las cogió y se fue hasta la mesa que tenía en su cuarto cerca de la ventana y se puso a leerlas. Tantos recuerdos vividos… Cuando acabó de leer una de ellas se levantó con los ojos llorosos y se dirigió hacia la ventana. Leerlas era un suplicio.
Mientras tanto, Natalia había subido. Al no encontrarle en el cuarto del padre empezó a explorar hasta que dio con él. Raimundo, al oír sus pasos, se limpió las lágrimas y se giró encarándose con ella.
- ¿Quieres que guarde esto? – dijo Natalia señalando a la ropa y a la caja de música y los libros que había sobre la cama. Raimundo asintió y volvió a mirar el horizonte apoyando una mano en el marco de la ventana
Cuando acabó de meterlo todo, Natalia advirtió las cartas que había sobre la mesa. Se acercó sigilosamente y vio que eran cartas de Francisca. Eran cartas hermosísimas.
- ¿Quieres guardarlas? – dijo Natalia todo lo suavemente que pudo pero no pudo evitar que Raimundo dejara caer unas lágrimas ante esas palabras. Finalmente, asintió. Natalia las recogió cuidadosamente y después se acercó a Raimundo poniendo su mano en el hombro. Raimundo la miró y después la abrazó. Desgraciadamente ninguno pensó que unos ojos que se acercaban al caserón, anegados en lágrimas por lo que veían, les estaban observando.