El rincón de Nhgsa. Historias alternativas de Francisca y Raimundo.
#0
24/09/2011 12:55
AQUÍ DEJARÉ MIS HISTORIAS ALTERNATIVAS
1ª: Raimundo, Francisca y Carmen: un triángulo peligroso.
2º: Soledad
Aquí tenemos dos de sus momentos estelares:
Raimundo salva la vida de su pequeña
Raimundo se declara
1ª: Raimundo, Francisca y Carmen: un triángulo peligroso.
2º: Soledad
Aquí tenemos dos de sus momentos estelares:
Raimundo salva la vida de su pequeña
Raimundo se declara
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#81
22/01/2012 19:22
- ¡Mauricio! ¡Mauricio! – llamó enseguida Francisca. – Este capataz cada día es más lento.
El capataz entró raudo en la Casona.
- ¿Me mandó llamar señora?
- Sí. Prepara la calesa para esta misma tarde. He de salir.
- Sí señora.
Mientras se acomodaba en el despacho preparando lo que sería el viaje de su vida Mariana llegó anunciando una visita:
- ¿Quién es Mariana?
- Se trata de don Anselmo señora.
Francisca, ante ese nombre, volvió a adoptar su duro semblante. Tenía que hacerle pagar a ese cura del demonio lo que se había atrevido a hacer. Don Anselmo, feliz como unas castañuelas al comprobar por el estado de la casa y de las gentes que no se había cometido ningún crimen, se dirigió con paso tranquilo al despacho.
- ¡¿Cómo se atreve a presentarse en esta casa después de su osadía?!
- Muy buenos días a usted también doña Francisca. – dijo don Anselmo sin perder ni la tranquilidad ni la sonrisa. – Le noto muy mejorada. Si es que el amor es el mejor remedio.
- ¿Qué insinúa?
- Que no parece que se haya cometido el sangriento crimen de nuestro ilustre tabernero así que hago mis cábalas sobre lo que pudo suceder. Y la felicito por ello. – dijo don Anselmo disfrutando del momento. Ahora comprendía a Raimundo. Ver a Francisca rabiando no tenía precio. – Y tranquila… – añadió casi susurrando. –…que no se lo diré a nadie.
- No crea que no me encargaré de usted maldito… - se había quedado sin palabras. – su atrevimiento…
- “No quedará impune” ya lo supongo… - dijo don Anselmo interrumpiendo para restar importancia al asunto. – Señora, mi intención no es burlarme de usted aunque su orgullo así se lo haga creer. Lo único que quise fue conseguir que se diera cuenta de lo importante que es el amor. Es lo único que verdaderamente le consolará al final de su vida. Cuanto amó no cuanto acumuló…
Francisca se quedó sin palabras para rebatirle. Después de la noche pasada se había dado cuenta de ello con total claridad.
- Y ¿me va a decir ya a qué ha venido? – dijo Francisca sin quitar su cara de rabia.
- Pues primeramente a asegurarme de que no tengo que oficiar ningún funeral en breve por Raimundo. Y en segundo lugar para comunicarle que el pueblo quiere organizar una fiesta sorpresa en su honor. – dijo al ver la cara de Francisca la cual enseguida cambió al oír el nombre de Raimundo. – He pensado que usted querría participar.
- ¿Fiesta sorpresa? ¿Por qué? – dijo Francisca intrigada.
- Por su cumpleaños señora. ¿Acaso lo había olvidado? – dijo don Anselmo. – Es dentro de tres días.
Ni Francisca ni el propio Raimundo habían pensado en ello. Pero casi mejor. Así ella podría preparar su propia sorpresa al llegar a Aranjuez. Ese sería su regalo. Volver a estar juntos de nuevo.
- Diga al pueblo que participaré. – dijo ella sin perder su seriedad.
- Me alegro doña Francisca. – dijo el sacerdote. – Bueno… he de dejarla. Disfrute de su nueva vida. Con Dios.
- Vaya con Dios padre.
El capataz entró raudo en la Casona.
- ¿Me mandó llamar señora?
- Sí. Prepara la calesa para esta misma tarde. He de salir.
- Sí señora.
Mientras se acomodaba en el despacho preparando lo que sería el viaje de su vida Mariana llegó anunciando una visita:
- ¿Quién es Mariana?
- Se trata de don Anselmo señora.
Francisca, ante ese nombre, volvió a adoptar su duro semblante. Tenía que hacerle pagar a ese cura del demonio lo que se había atrevido a hacer. Don Anselmo, feliz como unas castañuelas al comprobar por el estado de la casa y de las gentes que no se había cometido ningún crimen, se dirigió con paso tranquilo al despacho.
- ¡¿Cómo se atreve a presentarse en esta casa después de su osadía?!
- Muy buenos días a usted también doña Francisca. – dijo don Anselmo sin perder ni la tranquilidad ni la sonrisa. – Le noto muy mejorada. Si es que el amor es el mejor remedio.
- ¿Qué insinúa?
- Que no parece que se haya cometido el sangriento crimen de nuestro ilustre tabernero así que hago mis cábalas sobre lo que pudo suceder. Y la felicito por ello. – dijo don Anselmo disfrutando del momento. Ahora comprendía a Raimundo. Ver a Francisca rabiando no tenía precio. – Y tranquila… – añadió casi susurrando. –…que no se lo diré a nadie.
- No crea que no me encargaré de usted maldito… - se había quedado sin palabras. – su atrevimiento…
- “No quedará impune” ya lo supongo… - dijo don Anselmo interrumpiendo para restar importancia al asunto. – Señora, mi intención no es burlarme de usted aunque su orgullo así se lo haga creer. Lo único que quise fue conseguir que se diera cuenta de lo importante que es el amor. Es lo único que verdaderamente le consolará al final de su vida. Cuanto amó no cuanto acumuló…
Francisca se quedó sin palabras para rebatirle. Después de la noche pasada se había dado cuenta de ello con total claridad.
- Y ¿me va a decir ya a qué ha venido? – dijo Francisca sin quitar su cara de rabia.
- Pues primeramente a asegurarme de que no tengo que oficiar ningún funeral en breve por Raimundo. Y en segundo lugar para comunicarle que el pueblo quiere organizar una fiesta sorpresa en su honor. – dijo al ver la cara de Francisca la cual enseguida cambió al oír el nombre de Raimundo. – He pensado que usted querría participar.
- ¿Fiesta sorpresa? ¿Por qué? – dijo Francisca intrigada.
- Por su cumpleaños señora. ¿Acaso lo había olvidado? – dijo don Anselmo. – Es dentro de tres días.
Ni Francisca ni el propio Raimundo habían pensado en ello. Pero casi mejor. Así ella podría preparar su propia sorpresa al llegar a Aranjuez. Ese sería su regalo. Volver a estar juntos de nuevo.
- Diga al pueblo que participaré. – dijo ella sin perder su seriedad.
- Me alegro doña Francisca. – dijo el sacerdote. – Bueno… he de dejarla. Disfrute de su nueva vida. Con Dios.
- Vaya con Dios padre.
#82
22/01/2012 19:22
Raimundo entró en la casa de comidas radiante. Parecía un niño con zapatos nuevos.
- ¡Padre! ¡Qué alegría verle! – dijo Emilia. – De no ser por don Anselmo ya me habría temido lo peor.
- ¡Ay don Anselmo! ¡Menudo celestino está hecho! – dijo Raimundo entre risas. – Es el mejor amigo que podría tener. Pero ¡ven aquí! – dijo abrazando a Emilia haciendo que los dos giraran. Después le dio un beso.
- ¡Padre! ¡Sí que ha venido contento!
- ¡Soy feliz Emilia! Después de tanto tiempo ¡soy feliz!
- Me alegro padre. Me alegro tanto…
- Pero espera que hay más…
Raimundo le contó a Emilia sus planes. Ella sonreía al ver a su padre tan ilusionado.
- Estoy tan feliz por usted padre. Realmente lo necesitan. Pero ¿para cuándo lo tienen pensado?
- Cuanto antes. Estamos deseando pasar un tiempo solos. Será increíble…
- Pero su cumpleaños lo celebrará aquí ¿no? Digo… por celebrarlo todos juntos y organizar aquí algo. – dijo Emilia intentando ocultar el nerviosismo por la posible respuesta.
- Tranquila hija. Que todavía tenemos cosas que preparar. – dijo Raimundo entre risas. – En mitad de una rabieta le he propuesto un reto a Francisca. Aunque no creo que ceda.
- ¿Qué reto? – dijo Emilia intrigada
- Que vayamos a una casa sin servicio y no a un hotel. Le dije que no aguantaría. – dijo Raimundo entre risas
Emilia soltó una carcajada. Ver a Francisca intentando cocinar tenía que ser un auténtico espectáculo.
- ¿Aceptó?
- Su orgullo no le dejó alternativa. Va a ser todo un aliciente… - dijo él sin dejar de sonreír.
…
Francisca no había perdido la sonrisa en todo el día. De hecho se sentía… diferente. Bajó hasta la cocina y vio a Rosario cocinando. Por un momento le pareció que ella era realmente la reina de la casa, el auténtico motor. No pudo evitar el impulso de preguntarle.
- Buenas noches Rosario.
- Buenas noches señora. – dijo Rosario un poco sobresaltada. – Enseguida está la cena.
- No te preocupes Rosario no vengo a regañarte. – dijo Francisca intentando mezclar la curiosidad que había nacido en ella con su pose seria. - ¿Qué estás preparando?
- Atún a las finas hierbas señora. – dijo Rosario.
Francisca asintió poniendo una sonrisa un tanto nerviosa. ¡Cielos santo! Preguntar esto iba a ser más complicado de lo que en un principio parecía. ¡Cuál dura resultaba ahora su coraza! Sí, le había ayudado a sobrevivir pero ahora todo había cambiado y sentía que ahora pesaba demasiado. ¡Condenado tabernero! Había puesto patas arriba su vida… otra vez. Estaba segura que Rosario iba a alucinar pero su orgullo no le dio tregua. Al final, intentando no pensar en la cara de Rosario, se atrevió a preguntar.
- Y… ¿cómo lo preparas?
Efectivamente, Rosario alucinó. Al segundo Francisca se arrepintió de haberle hecho la pregunta pero por otro lado sintió que se había quitado un peso de encima. Rosario se había quedado sin palabras.
- Eh… pues… - Rosario no sabía cómo empezar. “¿Para qué narices querrá saber eso la señora?” – pensó para sí.
- Habla mujer que no te he pedido nada del otro mundo. – empezó a impacientarse Francisca.
Rosario enseguida le explicó la receta paso a paso. “No parece difícil” – pensó enseguida Francisca.
- Gracias Rosario… Te dejo trabajar. – dijo con un tono tan dulce que volvió a descolocar a Rosario.
Francisca dio media vuelta victoriosa dejando a Rosario alucinando. Por un momento creyó ver a una Francisca que creyó muerta desde hace 30 años.
- ¡Padre! ¡Qué alegría verle! – dijo Emilia. – De no ser por don Anselmo ya me habría temido lo peor.
- ¡Ay don Anselmo! ¡Menudo celestino está hecho! – dijo Raimundo entre risas. – Es el mejor amigo que podría tener. Pero ¡ven aquí! – dijo abrazando a Emilia haciendo que los dos giraran. Después le dio un beso.
- ¡Padre! ¡Sí que ha venido contento!
- ¡Soy feliz Emilia! Después de tanto tiempo ¡soy feliz!
- Me alegro padre. Me alegro tanto…
- Pero espera que hay más…
Raimundo le contó a Emilia sus planes. Ella sonreía al ver a su padre tan ilusionado.
- Estoy tan feliz por usted padre. Realmente lo necesitan. Pero ¿para cuándo lo tienen pensado?
- Cuanto antes. Estamos deseando pasar un tiempo solos. Será increíble…
- Pero su cumpleaños lo celebrará aquí ¿no? Digo… por celebrarlo todos juntos y organizar aquí algo. – dijo Emilia intentando ocultar el nerviosismo por la posible respuesta.
- Tranquila hija. Que todavía tenemos cosas que preparar. – dijo Raimundo entre risas. – En mitad de una rabieta le he propuesto un reto a Francisca. Aunque no creo que ceda.
- ¿Qué reto? – dijo Emilia intrigada
- Que vayamos a una casa sin servicio y no a un hotel. Le dije que no aguantaría. – dijo Raimundo entre risas
Emilia soltó una carcajada. Ver a Francisca intentando cocinar tenía que ser un auténtico espectáculo.
- ¿Aceptó?
- Su orgullo no le dejó alternativa. Va a ser todo un aliciente… - dijo él sin dejar de sonreír.
…
Francisca no había perdido la sonrisa en todo el día. De hecho se sentía… diferente. Bajó hasta la cocina y vio a Rosario cocinando. Por un momento le pareció que ella era realmente la reina de la casa, el auténtico motor. No pudo evitar el impulso de preguntarle.
- Buenas noches Rosario.
- Buenas noches señora. – dijo Rosario un poco sobresaltada. – Enseguida está la cena.
- No te preocupes Rosario no vengo a regañarte. – dijo Francisca intentando mezclar la curiosidad que había nacido en ella con su pose seria. - ¿Qué estás preparando?
- Atún a las finas hierbas señora. – dijo Rosario.
Francisca asintió poniendo una sonrisa un tanto nerviosa. ¡Cielos santo! Preguntar esto iba a ser más complicado de lo que en un principio parecía. ¡Cuál dura resultaba ahora su coraza! Sí, le había ayudado a sobrevivir pero ahora todo había cambiado y sentía que ahora pesaba demasiado. ¡Condenado tabernero! Había puesto patas arriba su vida… otra vez. Estaba segura que Rosario iba a alucinar pero su orgullo no le dio tregua. Al final, intentando no pensar en la cara de Rosario, se atrevió a preguntar.
- Y… ¿cómo lo preparas?
Efectivamente, Rosario alucinó. Al segundo Francisca se arrepintió de haberle hecho la pregunta pero por otro lado sintió que se había quitado un peso de encima. Rosario se había quedado sin palabras.
- Eh… pues… - Rosario no sabía cómo empezar. “¿Para qué narices querrá saber eso la señora?” – pensó para sí.
- Habla mujer que no te he pedido nada del otro mundo. – empezó a impacientarse Francisca.
Rosario enseguida le explicó la receta paso a paso. “No parece difícil” – pensó enseguida Francisca.
- Gracias Rosario… Te dejo trabajar. – dijo con un tono tan dulce que volvió a descolocar a Rosario.
Francisca dio media vuelta victoriosa dejando a Rosario alucinando. Por un momento creyó ver a una Francisca que creyó muerta desde hace 30 años.
#83
22/01/2012 19:22
Esa noche ninguno de los dos podía dejar de pensar en el otro, en los besos ni en las caricias que habían compartido. Francisca no dejaba de pasarse los dedos por sus labios mientras, cerrando los ojos recordaba esa noche de pasión, esos ojos abrasándola,… Raimundo estaba eufórico. Se sentía una fiera desatada. Tenía unas ansias tremendas de entrar en la Casona aunque fuera por la fuerza y devorar a Francisca hasta que gritara su nombre llevada por el placer. Se esforzó por contenerse. Eso sería demasiado para ella ahora que sus vidas se habían unido. De pronto un rastro de temor ensombreció su eufórico corazón. ¿Aceptaría Francisca su relación ante el pueblo? Sólo el tiempo lo diría.
…
A la mañana siguiente Francisca amaneció radiante. Sintió que ese sería un buen día en mucho tiempo. Mauricio entró mientras desayunaba.
- Mandó llamar la señora.
- Sí Mauricio. Quiero que vayas a la Puebla y que mandes este telegrama urgente a Aranjuez. En cuanto tengas noticias me avisas ¿entendido?
- Sí señora.
- ¡Mariana! ¡Mariana!
- ¿Llamó la señora? – dijo Mariana un tanto temerosa.
- ¿Sabes algo de la fiesta que van a dar por Raimundo?
- ¿Señora? – dijo Mariana sorprendida.
- Mariana por el amor de Dios. Creo que me has entendido bastante. – dijo Francisca algo molesta.
- Sí señora. Emilia, Alfonso y Sebastián están organizándolo todo.
- Bien. Puedes retirarte.
Al caer la noche Mauricio entró en la Casona con noticias.
- ¿Qué quieres capataz?
- Traigo noticias de Aranjuez señora.
Tras esas palabras Francisca intentó disimular la ilusión que nació en su corazón como un auténtico volcán.
- En ese caso… dime capataz.
- Traigo buenas noticias. Parece ser que hay una hacendada que quiere vender su casa. Es pequeña pero tiene buenas referencias. Su propietaria se llama… Maria José.
- Bonito nombre. ¿Sabes por qué quiere vender?
- Parece ser que está en estado de buena esperanza y quiere mudarse a una casa más grande.
- Entiendo. ¿Ha especificado el precio?
- Sí señora.
Francisca vio la nota y su felicidad era inigualable. Su economía se estaba recuperando así que afrontar eso no sería ningún problema.
- Excelente… realmente excelente.
…
A la mañana siguiente Francisca amaneció radiante. Sintió que ese sería un buen día en mucho tiempo. Mauricio entró mientras desayunaba.
- Mandó llamar la señora.
- Sí Mauricio. Quiero que vayas a la Puebla y que mandes este telegrama urgente a Aranjuez. En cuanto tengas noticias me avisas ¿entendido?
- Sí señora.
- ¡Mariana! ¡Mariana!
- ¿Llamó la señora? – dijo Mariana un tanto temerosa.
- ¿Sabes algo de la fiesta que van a dar por Raimundo?
- ¿Señora? – dijo Mariana sorprendida.
- Mariana por el amor de Dios. Creo que me has entendido bastante. – dijo Francisca algo molesta.
- Sí señora. Emilia, Alfonso y Sebastián están organizándolo todo.
- Bien. Puedes retirarte.
Al caer la noche Mauricio entró en la Casona con noticias.
- ¿Qué quieres capataz?
- Traigo noticias de Aranjuez señora.
Tras esas palabras Francisca intentó disimular la ilusión que nació en su corazón como un auténtico volcán.
- En ese caso… dime capataz.
- Traigo buenas noticias. Parece ser que hay una hacendada que quiere vender su casa. Es pequeña pero tiene buenas referencias. Su propietaria se llama… Maria José.
- Bonito nombre. ¿Sabes por qué quiere vender?
- Parece ser que está en estado de buena esperanza y quiere mudarse a una casa más grande.
- Entiendo. ¿Ha especificado el precio?
- Sí señora.
Francisca vio la nota y su felicidad era inigualable. Su economía se estaba recuperando así que afrontar eso no sería ningún problema.
- Excelente… realmente excelente.
#84
22/01/2012 19:23
Soledad, mientras ocurría todo esto, salió por la mañana a dar un paseo. Estaba más inquieta de lo normal y no le gustaba. Desde que lo dejó con Juan y Olmo se sentía apagada. Pero todo había cambiado con Sebastián. Él conseguía hacerla sonreír como nadie, hacerle ver todo más fácil. Y lo que le parecía más raro: con él parecía sentirse en calma, tranquila, como si por fin hubiera encontrado su sitio en el mundo. Y eso le preocupaba ¿y si su madre le prohibía esa relación? Sentía que no tendría las fuerzas para luchar como lo hizo por Juan.
Por el camino vio a Sebastián que ponía rumbo a la conservera. Él también andaba algo alterado: la conservera, la fiesta de su padre y algo que no esperaba… Soledad. Sí, Soledad Castro Montenegro. Aquella mujer que le había arrebatado el pensamiento. ¿Por qué tenía que pasarle esto? Aunque en el fondo le alegraba. Soledad había conseguido hacerle ver el lado bueno de la vida. Siempre le escuchaba, le sonreía dedicándole la sonrisa más hermosa que había visto y le daba ánimos. No se parecía en nada a Virtudes. Los momentos con ella sin duda los vivía con gran intensidad, como si su corazón dormido volviera a latir.
Como si de una conexión espiritual se tratara vio a Soledad que caminaba delante de él sola. No le había visto. Sus pies en ese momento adquirieron vida propia y se dirigieron hasta ella que se había detenido para coger unas flores.
- Una flor tan hermosa no debería andar sola. – dijo Sebastián con voz dulce.
- Sebastián… me has asustado. – dijo Soledad un tanto sobresaltada. - ¿Qué haces aquí?
- Siempre cojo este camino para ir a la conservera. ¿Y tú? Pareces triste.
- No es nada. Sólo es que a veces siento que los muros de la Casona me asfixian. – dijo Soledad que no pudo evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla.
Como si de un acto reflejo se tratara Sebastián acercó su mano a su mejilla para atrapar esa lágrima. Soledad sintió de repente un escalofrío pero no cedió sino que miró a Sebastián con ojos anhelantes. Se sentía triste al ver que su hermano era feliz, que su madre parecía tremendamente feliz desde hacía unos días pero sin embargo ella… había fallado dos veces.
- Sebastián… - dijo ella casi susurrando como si lo que fuera a decir pudiera hacer retroceder a Sebastián. – no… el amor no está hecho para mí.
Él no sólo no la escuchó sino que tiró los papeles al suelo y, tomando su rostro con ambas manos, la besó. Soledad deslizó sus manos por la cintura y se perdió en esos labios que le devolvían la vida y las ganas de vivir. Así estuvieron unos largos minutos, sumergidos en un beso digno de la mejor película.
Por el camino vio a Sebastián que ponía rumbo a la conservera. Él también andaba algo alterado: la conservera, la fiesta de su padre y algo que no esperaba… Soledad. Sí, Soledad Castro Montenegro. Aquella mujer que le había arrebatado el pensamiento. ¿Por qué tenía que pasarle esto? Aunque en el fondo le alegraba. Soledad había conseguido hacerle ver el lado bueno de la vida. Siempre le escuchaba, le sonreía dedicándole la sonrisa más hermosa que había visto y le daba ánimos. No se parecía en nada a Virtudes. Los momentos con ella sin duda los vivía con gran intensidad, como si su corazón dormido volviera a latir.
Como si de una conexión espiritual se tratara vio a Soledad que caminaba delante de él sola. No le había visto. Sus pies en ese momento adquirieron vida propia y se dirigieron hasta ella que se había detenido para coger unas flores.
- Una flor tan hermosa no debería andar sola. – dijo Sebastián con voz dulce.
- Sebastián… me has asustado. – dijo Soledad un tanto sobresaltada. - ¿Qué haces aquí?
- Siempre cojo este camino para ir a la conservera. ¿Y tú? Pareces triste.
- No es nada. Sólo es que a veces siento que los muros de la Casona me asfixian. – dijo Soledad que no pudo evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla.
Como si de un acto reflejo se tratara Sebastián acercó su mano a su mejilla para atrapar esa lágrima. Soledad sintió de repente un escalofrío pero no cedió sino que miró a Sebastián con ojos anhelantes. Se sentía triste al ver que su hermano era feliz, que su madre parecía tremendamente feliz desde hacía unos días pero sin embargo ella… había fallado dos veces.
- Sebastián… - dijo ella casi susurrando como si lo que fuera a decir pudiera hacer retroceder a Sebastián. – no… el amor no está hecho para mí.
Él no sólo no la escuchó sino que tiró los papeles al suelo y, tomando su rostro con ambas manos, la besó. Soledad deslizó sus manos por la cintura y se perdió en esos labios que le devolvían la vida y las ganas de vivir. Así estuvieron unos largos minutos, sumergidos en un beso digno de la mejor película.
#85
22/01/2012 19:23
Durante todo el día nadie le dijo a Raimundo que era su cumpleaños cuando en realidad todo el pueblo lo sabía. Al caer la noche todo estaba preparado en los jardines de la Casona. Raimundo se encontraba batallando con la cuadrilla de parroquianos que siempre iba para cenar en esos momentos cuando Emilia entró con la cara un tanto preocupada. Cuando se acercó a la casa Raimundo le preguntó:
- Emilia hija ¿qué tienes?
- Padre… me he encontrado con Mauricio fuera y me ha dicho que la Doña quiere verle. – dijo Emilia.
- ¿Por eso traes esa cara? – dijo Raimundo extrañado.
- Padre perdone pero no me acostumbro a que la misma Doña de estos últimos años, la misma persona fría de antes, sea la que le busque. – dijo Emilia. – Me alegro por usted pero no puedo evitar verlo extraño.
- Te entiendo hija. A veces yo tampoco me lo creo.
Raimundo se quitó el delantal y se fue rápido a la Casona. Alfonso entró después y se dirigió sonriente a Emilia.
- Trae que te ayudo mujer. No te puedes perder la fiesta de tu padre.
…
Raimundo se dirigía a la Casona totalmente nervioso cuando de repente vio a todo el pueblo en el jardín.
- ¿Qué es todo esto?
- ¡¡¡¡¡¡¡¡SORPRESA!!!!!!!!!
Raimundo se quedó con la boca abierta cuando vio lo que tenía ante sus ojos. Dos mesas llenas de comida, música,… Pero lo que más le impresionó fue el cartel que colgaba encima de ellos: “Felicidades Raimundo” Unas lágrimas se deslizaron por su rostro de la emoción. De repente Hipólito salió de entre la multitud y comenzó a cantar con su guitarra:
- Cumpleaaaaños feliiiiz, cumpleaaaaños feliiiiz, te deseeeeaaaamos don Raimundooooo, cumpleaaaaaños feliiiiiz.
Todo el pueblo aplaudió tras la canción de Hipólito. Entre risas y alegría Raimundo comenzó a saludar a la gente que se había acercado a la fiesta dándoles las gracias pero en realidad estaba buscando a una persona. Pero no la encontraba. Después de unos minutos llegaron Emilia y Alfonso y se unieron a la fiesta.
- ¡Emilia hija! – gritó Raimundo con los brazos abiertos.
- Felicidades padre. ¿De verdad creía que no nos habíamos acordado?
- Llevamos preparando esto desde hacía días don Raimundo. – dijo Alfonso.
- Os estoy muy agradecido a todos. De verdad que no me lo esperaba. – dijo Raimundo emocionado.
- ¡Ah! Se me olvidaba. La Doña dijo que cuando llegara que fuera a la Casona. Quería hablar con usted… en privado. – dijo Emilia acentuando esas palabras.
La sonrisa de Raimundo no pudo ser más grande tras esas palabras.
- Pues… no la hagamos esperar. – dijo Raimundo pícaro.
- Vaya, vaya padre. – le instó Emilia.
…
Ya en la Casona, Francisca estaba radiante con un vestido nuevo negro de lentejuelas que marcaba sus curvas. Estaba preciosa. Era una de las muchas cosas que había encargado nuevas de la Puebla para su viaje. Estaba segura de que iba a ser inolvidable. También se había dejado el pelo suelto. Ahora lucía una melena que le caía por los hombros. Cuando Raimundo entró y la vio se quedó perplejo.
- Dios mío Francisca… Estás preciosa.
Francisca no dijo nada. Se limitó a avanzar hasta él, deslizar sus brazos por el cuello de Raimundo y atacar su boca con todo el amor que guardaba para él.
- Felicidades tabernero. – susurró Francisca rozando sus labios.
- Es el mejor cumpleaños de mi vida. – le susurró Raimundo deslizando sus manos por la cintura y la espalda de ella.
- ¿Ah sí? ¿Y eso por qué? – le contestó ella. Raimundo respondió con un beso apasionado introduciendo su lengua en su boca y abrazándola más fuerte.
- Porque vuelvo a estar a tu lado. – le dijo él apoyando su frente en la de ella.
- Estoy deseando fugarme contigo. – dijo ella cuando nunca pensó que las oiría de su boca. – Ya tengo todo listo. Solo necesito que venga Tristán.
- ¿Tienes noticias suyas?
- Sí. Esta mañana llegó una carta suya. Han decidido volver unos días antes. Dicen que tienen una noticia muy importante que darnos y que no pueden esperar. Llegarán dentro de dos días.
- No veo el momento de estar a solas contigo y perderme entre tus brazos. – dijo Raimundo antes de abatirla con otro beso.
- Tendremos todo el tiempo del mundo. Pero eso sí… - dijo con su sonrisa pícara y con su brillo maléfico. – será mejor que cojas fuerzas estos días Ulloa. Te aseguró que las necesitarás. – le susurró en su oído.
Raimundo la miró sorprendido.
- ¿Ah sí?
- Sí… Tengo muchas sorpresas para ti - dijo ella antes de morder sus labios en un gesto provocativo. – Pero ahora tenemos unos invitados que atender Ulloa. – dijo volviéndose de repente hasta la puerta dejando a Raimundo con la miel en los labios. La miró como avanzaba unos pasos. Francisca le dirigió una mirada pícara.
- ¿No vienes?
Raimundo se mordió el labio ante ese tono. ¿Cómo podía provocarle tanta pasión? Avanzó hasta ella, la obligó a girarse y la acorraló contra la pared. Ella sonreía al ver su expresión.
- Eso no se hace Francisca. – dijo ella antes de perderse en sus labios y acariciar su cuerpo con sus manos. Caricias que a Francisca le arrancaron unos intensos jadeos de placer sobre todo cuando pasaban por sus muslos y le subían el vestido. – Ahora sí. – dijo él separándose para poder respirar. Le ofreció el brazo y ella lo aceptó.
Salieron y ambos disfrutaron de la fiesta. Incluido Francisca entre miradas de asombro por su nuevo aspecto cosa que a ella no le importó en lo más mínimo. Era feliz y absolutamente nadie iba a manchar su felicidad.
- Emilia hija ¿qué tienes?
- Padre… me he encontrado con Mauricio fuera y me ha dicho que la Doña quiere verle. – dijo Emilia.
- ¿Por eso traes esa cara? – dijo Raimundo extrañado.
- Padre perdone pero no me acostumbro a que la misma Doña de estos últimos años, la misma persona fría de antes, sea la que le busque. – dijo Emilia. – Me alegro por usted pero no puedo evitar verlo extraño.
- Te entiendo hija. A veces yo tampoco me lo creo.
Raimundo se quitó el delantal y se fue rápido a la Casona. Alfonso entró después y se dirigió sonriente a Emilia.
- Trae que te ayudo mujer. No te puedes perder la fiesta de tu padre.
…
Raimundo se dirigía a la Casona totalmente nervioso cuando de repente vio a todo el pueblo en el jardín.
- ¿Qué es todo esto?
- ¡¡¡¡¡¡¡¡SORPRESA!!!!!!!!!
Raimundo se quedó con la boca abierta cuando vio lo que tenía ante sus ojos. Dos mesas llenas de comida, música,… Pero lo que más le impresionó fue el cartel que colgaba encima de ellos: “Felicidades Raimundo” Unas lágrimas se deslizaron por su rostro de la emoción. De repente Hipólito salió de entre la multitud y comenzó a cantar con su guitarra:
- Cumpleaaaaños feliiiiz, cumpleaaaaños feliiiiz, te deseeeeaaaamos don Raimundooooo, cumpleaaaaaños feliiiiiz.
Todo el pueblo aplaudió tras la canción de Hipólito. Entre risas y alegría Raimundo comenzó a saludar a la gente que se había acercado a la fiesta dándoles las gracias pero en realidad estaba buscando a una persona. Pero no la encontraba. Después de unos minutos llegaron Emilia y Alfonso y se unieron a la fiesta.
- ¡Emilia hija! – gritó Raimundo con los brazos abiertos.
- Felicidades padre. ¿De verdad creía que no nos habíamos acordado?
- Llevamos preparando esto desde hacía días don Raimundo. – dijo Alfonso.
- Os estoy muy agradecido a todos. De verdad que no me lo esperaba. – dijo Raimundo emocionado.
- ¡Ah! Se me olvidaba. La Doña dijo que cuando llegara que fuera a la Casona. Quería hablar con usted… en privado. – dijo Emilia acentuando esas palabras.
La sonrisa de Raimundo no pudo ser más grande tras esas palabras.
- Pues… no la hagamos esperar. – dijo Raimundo pícaro.
- Vaya, vaya padre. – le instó Emilia.
…
Ya en la Casona, Francisca estaba radiante con un vestido nuevo negro de lentejuelas que marcaba sus curvas. Estaba preciosa. Era una de las muchas cosas que había encargado nuevas de la Puebla para su viaje. Estaba segura de que iba a ser inolvidable. También se había dejado el pelo suelto. Ahora lucía una melena que le caía por los hombros. Cuando Raimundo entró y la vio se quedó perplejo.
- Dios mío Francisca… Estás preciosa.
Francisca no dijo nada. Se limitó a avanzar hasta él, deslizar sus brazos por el cuello de Raimundo y atacar su boca con todo el amor que guardaba para él.
- Felicidades tabernero. – susurró Francisca rozando sus labios.
- Es el mejor cumpleaños de mi vida. – le susurró Raimundo deslizando sus manos por la cintura y la espalda de ella.
- ¿Ah sí? ¿Y eso por qué? – le contestó ella. Raimundo respondió con un beso apasionado introduciendo su lengua en su boca y abrazándola más fuerte.
- Porque vuelvo a estar a tu lado. – le dijo él apoyando su frente en la de ella.
- Estoy deseando fugarme contigo. – dijo ella cuando nunca pensó que las oiría de su boca. – Ya tengo todo listo. Solo necesito que venga Tristán.
- ¿Tienes noticias suyas?
- Sí. Esta mañana llegó una carta suya. Han decidido volver unos días antes. Dicen que tienen una noticia muy importante que darnos y que no pueden esperar. Llegarán dentro de dos días.
- No veo el momento de estar a solas contigo y perderme entre tus brazos. – dijo Raimundo antes de abatirla con otro beso.
- Tendremos todo el tiempo del mundo. Pero eso sí… - dijo con su sonrisa pícara y con su brillo maléfico. – será mejor que cojas fuerzas estos días Ulloa. Te aseguró que las necesitarás. – le susurró en su oído.
Raimundo la miró sorprendido.
- ¿Ah sí?
- Sí… Tengo muchas sorpresas para ti - dijo ella antes de morder sus labios en un gesto provocativo. – Pero ahora tenemos unos invitados que atender Ulloa. – dijo volviéndose de repente hasta la puerta dejando a Raimundo con la miel en los labios. La miró como avanzaba unos pasos. Francisca le dirigió una mirada pícara.
- ¿No vienes?
Raimundo se mordió el labio ante ese tono. ¿Cómo podía provocarle tanta pasión? Avanzó hasta ella, la obligó a girarse y la acorraló contra la pared. Ella sonreía al ver su expresión.
- Eso no se hace Francisca. – dijo ella antes de perderse en sus labios y acariciar su cuerpo con sus manos. Caricias que a Francisca le arrancaron unos intensos jadeos de placer sobre todo cuando pasaban por sus muslos y le subían el vestido. – Ahora sí. – dijo él separándose para poder respirar. Le ofreció el brazo y ella lo aceptó.
Salieron y ambos disfrutaron de la fiesta. Incluido Francisca entre miradas de asombro por su nuevo aspecto cosa que a ella no le importó en lo más mínimo. Era feliz y absolutamente nadie iba a manchar su felicidad.
#86
22/01/2012 19:23
Francisca se despertó feliz. Después de la fiesta le había costado un mundo despedirse de Raimundo pero quería que guardara fuerzas para el viaje. Eso le recordó lo que quería hacer hoy. Había encargado algo que se encargaría de hacerle las noches interesantes. Rió sólo de imaginarse la cara de Raimundo cuando la viera. ¡Dios mío! Si la viera su madre o don Anselmo se santiguarían miles de veces con lo que estaba pensando… pero le daba igual. Se dirigió al tocador y se peinó mientras tarareaba una canción inventada. “En verdad es cierto que el amor transforma” – pensó para sí misma mirándose en el espejo.
En cuanto estuvo lista bajó a desayunar. Estaba tan emocionada que le costaba hasta respirar. Sentía que su cuerpo había renacido. Encontró a Soledad desayunando con un semblante preocupado.
- Buenos días madre.
- Buenos días hija. – dijo Francisca antes de darle un beso en la mejilla cosa que hizo que Soledad se sorprendiera. Su madre nunca la saludaba en ese tono ni dándole un beso. - ¿Ocurre algo hija?
- No madre no. Sólo que me sorprende verla de tan buen humor. Da gusto verla así. – dijo Soledad forzando una sonrisa.
- Gracias hija. Pero sospecho que tu rostro no es solamente por mi humor ¿me equivoco? – dijo Francisca mientras se partía una manzana.
Soledad no daba crédito a lo que veía ¿Francisca Montenegro haciendo algo que siempre se lo había encargado al servicio? Definitivamente esa no era su madre. Pero al margen de eso tenía razón. No había dejado de darle vueltas a la cabeza tras el beso de Sebastián. Se sentía como si algo dentro de ella estuviera volviendo a funcionar y eso la asustaba: después de Juan y Olmo no tenía fuerzas para otro fallo. No pudo evitar formular la pregunta del millón a su madre.
- Madre ¿puedo hacerle una pregunta?
- Claro hija. – dijo Francisca mientras untaba unas tostadas con mermelada. Soledad no dejaba de alucinar.
- ¿Usted qué opina de los Ulloa?
Francisca paró la mano con la que tenía el cuchillo y sonrió abiertamente. ¡Menuda pregunta! Si su hija supiera… Adoptando una expresión cómica simulando seriedad dijo:
- Pues… es una familia trabajadora sin duda. ¿Por qué lo preguntas?
- Porque no sé si debemos relacionarnos con ellos. Al fin y al cabo les arruinamos.
El recuerdo de ese detalle ensombreció la felicidad que sentía. Lo había olvidado. Y si quería solucionar las cosas con Raimundo era algo que tendría que solventar.
- Sí, es cierto hija. Tu padre no dejó títere con cabeza. Pero aún así siguen siendo personas nobles y comprensivos. Son gente de fiar.
- Entonces ¿no hay nada de malo en que también me relacione con ellos?
- Si te refieres a tu relación con Sebastián dilo abiertamente. No tengo nada en su contra. – dijo tranquilamente Francisca alternando la manzana con las tostadas de mermelada. – Mmmm ¿has probado a combinar esto con la manzana? Está delicioso…
Soledad sonrió a su madre abiertamente. Definitivamente su madre había cambiado.
- ¿Va a salir hoy madre?
- Sí hija. He de ir a la Puebla por un asunto… urgente. – dijo Francisca. – “Y tan urgente” – pensó para sus adentros. - ¿Y tú?
- Yo he quedado con Sebastián para que me ayude en algunas cosas del campo y para aprender más de la conservera. En verdad que resulta apasionante hablar con él. – dijo Soledad sin darse cuenta de lo que había dicho.
Francisca soltó una carcajada al ver la expresión seria de Soledad.
- No te preocupes hija que es normal que te sientas así. Sebastián es… un chico muy interesante. Aunque nunca lo será tanto como su padre. – dijo Francisca sonriendo.
Cuando terminaron de desayunar, Francisca llamó a Mauricio:
- ¿Quería verme señora?
- Mauricio, voy a darte unas instrucciones que necesito que cumplas a rajatabla.
- Dígame señora.
- Quiero que mandes preparar la calesa para esta tarde. Después quiero que llames al alcalde. Tengo un asunto burocrático urgente que tratar con él.
- Enseguida señora.
…
Después de unos minutos Pedro llegó con cara temerosa como de costumbre al tratar con ella. Francisca le recibió en el despacho mientras Soledad esperaba fuera a Sebastián.
- ¿Me mandó llamar doña Francisca?
- Siéntese alcalde. Hemos de tratar un asunto urgente.
El alcalde salió del despacho raudo hacia el Ayuntamiento. El encargo era urgente.
En cuanto estuvo lista bajó a desayunar. Estaba tan emocionada que le costaba hasta respirar. Sentía que su cuerpo había renacido. Encontró a Soledad desayunando con un semblante preocupado.
- Buenos días madre.
- Buenos días hija. – dijo Francisca antes de darle un beso en la mejilla cosa que hizo que Soledad se sorprendiera. Su madre nunca la saludaba en ese tono ni dándole un beso. - ¿Ocurre algo hija?
- No madre no. Sólo que me sorprende verla de tan buen humor. Da gusto verla así. – dijo Soledad forzando una sonrisa.
- Gracias hija. Pero sospecho que tu rostro no es solamente por mi humor ¿me equivoco? – dijo Francisca mientras se partía una manzana.
Soledad no daba crédito a lo que veía ¿Francisca Montenegro haciendo algo que siempre se lo había encargado al servicio? Definitivamente esa no era su madre. Pero al margen de eso tenía razón. No había dejado de darle vueltas a la cabeza tras el beso de Sebastián. Se sentía como si algo dentro de ella estuviera volviendo a funcionar y eso la asustaba: después de Juan y Olmo no tenía fuerzas para otro fallo. No pudo evitar formular la pregunta del millón a su madre.
- Madre ¿puedo hacerle una pregunta?
- Claro hija. – dijo Francisca mientras untaba unas tostadas con mermelada. Soledad no dejaba de alucinar.
- ¿Usted qué opina de los Ulloa?
Francisca paró la mano con la que tenía el cuchillo y sonrió abiertamente. ¡Menuda pregunta! Si su hija supiera… Adoptando una expresión cómica simulando seriedad dijo:
- Pues… es una familia trabajadora sin duda. ¿Por qué lo preguntas?
- Porque no sé si debemos relacionarnos con ellos. Al fin y al cabo les arruinamos.
El recuerdo de ese detalle ensombreció la felicidad que sentía. Lo había olvidado. Y si quería solucionar las cosas con Raimundo era algo que tendría que solventar.
- Sí, es cierto hija. Tu padre no dejó títere con cabeza. Pero aún así siguen siendo personas nobles y comprensivos. Son gente de fiar.
- Entonces ¿no hay nada de malo en que también me relacione con ellos?
- Si te refieres a tu relación con Sebastián dilo abiertamente. No tengo nada en su contra. – dijo tranquilamente Francisca alternando la manzana con las tostadas de mermelada. – Mmmm ¿has probado a combinar esto con la manzana? Está delicioso…
Soledad sonrió a su madre abiertamente. Definitivamente su madre había cambiado.
- ¿Va a salir hoy madre?
- Sí hija. He de ir a la Puebla por un asunto… urgente. – dijo Francisca. – “Y tan urgente” – pensó para sus adentros. - ¿Y tú?
- Yo he quedado con Sebastián para que me ayude en algunas cosas del campo y para aprender más de la conservera. En verdad que resulta apasionante hablar con él. – dijo Soledad sin darse cuenta de lo que había dicho.
Francisca soltó una carcajada al ver la expresión seria de Soledad.
- No te preocupes hija que es normal que te sientas así. Sebastián es… un chico muy interesante. Aunque nunca lo será tanto como su padre. – dijo Francisca sonriendo.
Cuando terminaron de desayunar, Francisca llamó a Mauricio:
- ¿Quería verme señora?
- Mauricio, voy a darte unas instrucciones que necesito que cumplas a rajatabla.
- Dígame señora.
- Quiero que mandes preparar la calesa para esta tarde. Después quiero que llames al alcalde. Tengo un asunto burocrático urgente que tratar con él.
- Enseguida señora.
…
Después de unos minutos Pedro llegó con cara temerosa como de costumbre al tratar con ella. Francisca le recibió en el despacho mientras Soledad esperaba fuera a Sebastián.
- ¿Me mandó llamar doña Francisca?
- Siéntese alcalde. Hemos de tratar un asunto urgente.
El alcalde salió del despacho raudo hacia el Ayuntamiento. El encargo era urgente.
#87
22/01/2012 19:24
Después de comer Francisca se montó en la calesa y puso rumbo a la Puebla a encontrar su preciada… sorpresa. Cuando volvió a casa con unas cuantas compras, al anochecer, se encontró a Pedro esperándola en el salón.
- Espero que me traiga buenas noticias Pedro.
- Y se las traigo señora, y se las traigo. Aquí tiene. – dijo Pedro tendiéndole una carpeta con unos documentos a Francisca.
- Perfecto. – dijo Francisca. – Espero que no le haya contado esto a nadie como ya le dije Pedro.
- A nadie señora a nadie. Se lo prometo. – dijo Pedro un tanto nervioso.
- Está bien. Gracias Pedro, puede irse.
- ¿Perdone? – dijo Pedro que pensó que no había oído bien ¿acababa de darle las gracias la mismísima Francisca? La pregunta de Pedro hizo reaccionar a Francisca que se había dado cuenta de lo que había dicho.
- He dicho que puede irse Pedro. – dijo Francisca con tono firme.
- Ah sí… claro. – dijo Pedro yendo hacia la puerta.
- Pedro – le llamó Francisca antes de irse.
- ¿Sí doña Francisca?
- Cuando llegue al pueblo dígale a Raimundo que necesito verle si es tan amable. – dijo Francisca con tono igual de firme.
Pedro volvió a alucinar. “Esta no es la doña de siempre” – pensó para sí mismo.
- Sí si claro. Lo que usted mande.
Después unos minutos un elegante Raimundo hizo su aparición en la Casona. Francisca le recibió con otro vestido nuevo y su melena suelta cayéndole por los hombros. Estaba sola. Soledad hacía rato que se había acostado.
- No sabes cuánto te he echado de menos. – dijo Raimundo antes de atraerla hacia sí y besarla con pasión.
- Ya será para menos… - dijo Francisca intentando provocarla.
- Vine por la tarde pero me dijeron que habías salido a una urgencia ¿va todo bien? – preguntó Raimundo intrigado.
Francisca soltó una risita floja y asintió.
- ¿De qué te ríes condenada cacique? – dijo Raimundo divertido
- Estoy deseando enseñarte lo que tengo preparado para ti. – le susurró Francisca en su oído.
- ¿Sí? – dijo Raimundo con voz ronca por el deseo.
- Va a ser la mejor noche de tu vida. – le susurró Francisca a unos milímetros de sus labios antes de besarle con toda la pasión que guardaba a la vez que le acariciaba el pecho a Raimundo y acababa aferrándose a su cuello. Se separaron para respirar y ella apoyó su frente en la de él a la vez que se ponía más seria. – Pero antes de eso… necesito solucionar algo.
Francisca se soltó de Raimundo y le entregó la carpeta con los documentos. Raimundo la miró intrigado y luego abrió la carpeta. No lo podía creer. En unos Francisca le devolvía a Raimundo las tierras y en otro le entregaba la conservera a Sebastián. Raimundo la miró sorprendido.
- Si queremos volver a empezar quiero que sea sin que haya nada entre nosotros que nos recuerde a Salvador. Quiero volver a empezar… entre tus brazos.
Raimundo no sabía qué decir. Parte de la recuperación de la economía de Francisca dependía de la conservera. La miró emocionado. Cogió el documento que hablaba de las tierras y le dijo.
- Voy a demostrarte qué es lo que más me importa en la vida. – dijo Raimundo.
La cogió de la mano y la llevó hasta el despacho. Después encendió una de las velas, quemó el documento y dejó que se consumiera en la papelera. Francisca le miraba emocionada. Raimundo se acercó a ella, le tomó el rostro con ambas manos y le dijo:
- ¿Crees de verdad que necesito tener esas tierras para quererte? Te quiero Francisca, con o sin esas tierras, te quiero. – dijo antes de besarla. – Nada me importa en esta vida, nada tiene sentido si no te tengo a mi lado.
Unas lágrimas de felicidad se deslizaron por el rostro de Francisca que Raimundo se encargó de enjugar acariciándola.
- Te quiero Raimundo. Te amo, te adoro mi vida. Seré tuya para siempre.
Se fundieron en un beso cargado de amor y de felicidad. Sin nada que le ensombreciera esta vez Francisca se sintió libre. Esa noche se amaron con dulzura y pasión. Salvador Castro ya no tenía poder sobre ellos.
- Espero que me traiga buenas noticias Pedro.
- Y se las traigo señora, y se las traigo. Aquí tiene. – dijo Pedro tendiéndole una carpeta con unos documentos a Francisca.
- Perfecto. – dijo Francisca. – Espero que no le haya contado esto a nadie como ya le dije Pedro.
- A nadie señora a nadie. Se lo prometo. – dijo Pedro un tanto nervioso.
- Está bien. Gracias Pedro, puede irse.
- ¿Perdone? – dijo Pedro que pensó que no había oído bien ¿acababa de darle las gracias la mismísima Francisca? La pregunta de Pedro hizo reaccionar a Francisca que se había dado cuenta de lo que había dicho.
- He dicho que puede irse Pedro. – dijo Francisca con tono firme.
- Ah sí… claro. – dijo Pedro yendo hacia la puerta.
- Pedro – le llamó Francisca antes de irse.
- ¿Sí doña Francisca?
- Cuando llegue al pueblo dígale a Raimundo que necesito verle si es tan amable. – dijo Francisca con tono igual de firme.
Pedro volvió a alucinar. “Esta no es la doña de siempre” – pensó para sí mismo.
- Sí si claro. Lo que usted mande.
Después unos minutos un elegante Raimundo hizo su aparición en la Casona. Francisca le recibió con otro vestido nuevo y su melena suelta cayéndole por los hombros. Estaba sola. Soledad hacía rato que se había acostado.
- No sabes cuánto te he echado de menos. – dijo Raimundo antes de atraerla hacia sí y besarla con pasión.
- Ya será para menos… - dijo Francisca intentando provocarla.
- Vine por la tarde pero me dijeron que habías salido a una urgencia ¿va todo bien? – preguntó Raimundo intrigado.
Francisca soltó una risita floja y asintió.
- ¿De qué te ríes condenada cacique? – dijo Raimundo divertido
- Estoy deseando enseñarte lo que tengo preparado para ti. – le susurró Francisca en su oído.
- ¿Sí? – dijo Raimundo con voz ronca por el deseo.
- Va a ser la mejor noche de tu vida. – le susurró Francisca a unos milímetros de sus labios antes de besarle con toda la pasión que guardaba a la vez que le acariciaba el pecho a Raimundo y acababa aferrándose a su cuello. Se separaron para respirar y ella apoyó su frente en la de él a la vez que se ponía más seria. – Pero antes de eso… necesito solucionar algo.
Francisca se soltó de Raimundo y le entregó la carpeta con los documentos. Raimundo la miró intrigado y luego abrió la carpeta. No lo podía creer. En unos Francisca le devolvía a Raimundo las tierras y en otro le entregaba la conservera a Sebastián. Raimundo la miró sorprendido.
- Si queremos volver a empezar quiero que sea sin que haya nada entre nosotros que nos recuerde a Salvador. Quiero volver a empezar… entre tus brazos.
Raimundo no sabía qué decir. Parte de la recuperación de la economía de Francisca dependía de la conservera. La miró emocionado. Cogió el documento que hablaba de las tierras y le dijo.
- Voy a demostrarte qué es lo que más me importa en la vida. – dijo Raimundo.
La cogió de la mano y la llevó hasta el despacho. Después encendió una de las velas, quemó el documento y dejó que se consumiera en la papelera. Francisca le miraba emocionada. Raimundo se acercó a ella, le tomó el rostro con ambas manos y le dijo:
- ¿Crees de verdad que necesito tener esas tierras para quererte? Te quiero Francisca, con o sin esas tierras, te quiero. – dijo antes de besarla. – Nada me importa en esta vida, nada tiene sentido si no te tengo a mi lado.
Unas lágrimas de felicidad se deslizaron por el rostro de Francisca que Raimundo se encargó de enjugar acariciándola.
- Te quiero Raimundo. Te amo, te adoro mi vida. Seré tuya para siempre.
Se fundieron en un beso cargado de amor y de felicidad. Sin nada que le ensombreciera esta vez Francisca se sintió libre. Esa noche se amaron con dulzura y pasión. Salvador Castro ya no tenía poder sobre ellos.
#88
22/01/2012 19:24
Tristán, Pepa y Martín hicieron su entrada triunfal en la Casona habiendo levantado toda expectación en el pueblo. Rosario enseguida se dirigió a ellos:
- ¡Hijos! ¡Qué alegría veros! – exclamó antes de abrazarles a los dos. - ¡Y a ti también me alegro de verte bribón! – añadió dirigiéndose a Martín.
- ¿Qué tal Rosario? ¿Cómo van las cosas por aquí? Mi madre me envió una carta diciendo que me necesitaba. – dijo Tristán.
- Eso será señor porque aquí están pasando cosas extrañas. – dijo Rosario.
- ¿A qué te refieres Rosario? – preguntó Pepa.
- Sin ir más lejos la Señora ahora se interesa por la cocina y eso no es todo… Hasta ha cambiado su aspecto. Ya la verán ya. Está más guapa que nunca. – dijo Rosario.
Tristán y Pepa se quedaron alucinados cosa que mantuvieron así cuando vieron a una irreconocible Francisca Montenegro bajar con un vestido beige nuevo y la melena suelta por los hombros.
- Perdonad hijos por la tardanza pero es que… - se apresuró a decir Francisca pero ¿qué diablos iba a decirles? - … se me ha ido el santo al cielo.
Tristán se quedó perplejo ¿esa era su madre? Martín se adelantó.
- ¡Qué guapa abuela! – dijo el pequeño Martín adelantándose para abrazarla.
- Gracias pequeño. – dijo Francisca tomándole el rostro y besándole en la mejilla.
Tristán se acercó a ella todavía anonadado.
- Madre está… radiante.
- Gracias hijo. Pero no hace falta que te pongas así al fin y al cabo soy la misma persona.
- Será que no estamos acostumbrados a verla así. – dijo Pepa.
- Pero sentémonos hijos que me muero de hambre. Últimamente estoy… demasiado hambrienta… - dijo con una sonrisa pícara pensando en el inquilino que había dejado en su cuarto vistiéndose.
Los tres se sentaron y empezaron a hablar del viaje mientras Martín desayunaba en la cocina. Francisca se mostró muy interesada en todo. Tristán finalmente dijo:
- Antes de que se nos olvide madre. Tenemos que darle una noticia.
- ¿Cuál hijo?
- Pronto tendrá otro nieto. – dijo Tristán cogiendo de la mano a Pepa.
Francisca no pudo evitar unas lágrimas por la emoción. Se levantó y abrió los brazos para abrazar a Tristán.
- Enhorabuena hijo.
- Gracias madre.
- Y enhorabuena a ti también. – dijo Francisca dirigiéndose a Pepa.
- Gracias señora.
- Pero dígame madre. En la carta me dio a entender que había problemas.
- No hijo. No son problemas. La cuestión es que necesito hacer un viaje y alguien tiene que quedarse en la Casona. – dijo Francisca.
- ¿Un viaje? ¿Dónde? – dijo Tristán.
- Eso… lo mantendré como secreto de momento… Sólo te diré que es importante para esta familia. – dijo Francisca.
- Pues entonces debería acompañarla. – se apresuró a decir Tristán.
- No será necesario hijo. Créeme. – dijo Francisca sonriente.
- Está bien… Entonces ¿cuándo parte? – dijo Tristán.
- Mañana mismo hijo. Es algo que no puedo demorar por más tiempo.
…
Después de desayunar tranquilamente Tristán se dirigió a la conservera a ver a Soledad y Pepa al pueblo para reencontrarse con Emilia. Francisca aprovechó para ir con ella al pueblo y ver a Raimundo que se había escapado a hurtadillas mientras desayunaban.
Raimundo sonrió abiertamente al verla y la llevó de la mano a su habitación de la posada. Raimundo cerró la puerta y la acorraló contra la pared perdiéndose en un beso infinitamente tierno y apasionado. Se separaron para respirar y él apoyó su frente en la de ella.
- Eres una auténtica diablesa… - dijo él.
- ¿Por qué lo dices?
- He oído lo de que escribiste una carta diciendo que le necesitabas aquí.
- ¿Y no es cierto?
- Francisca… era su luna de miel…
- Ellos tienen toda la vida para estar juntos. Mientras que nosotros tenemos una vida entera que recuperar. Creo que me entenderían. – dijo Francisca. Raimundo le tomó el rostro con las manos.
- Mi pequeña… - le susurró a un milímetro de sus labios. – te quiero…
Ella también tomó el rostro de Raimundo para atraerle más a ella antes de tantearle con sus labios. Raimundo acabó abatiendo su boca introduciendo su lengua para profundizar más el beso.
- La cuestión es que… - dijo Francisca al separarse. – podemos irnos cuando queramos… Yo le he dicho que mañana pero cuando quieras…
- Mañana es ideal… Yo tampoco puedo esperar más a tenerte entre mis brazos…
...
Esa noche ambos prepararon el equipaje con una ilusión imparable. Pero también había un atisbo de temor. Viajaban para esclarecer su pasado y así poder perdonarse. Por eso necesitaban estar a solas. Pero ¿y si el rencor volvía? Raimundo se esforzó en no pensar eso.
Por la mañana se despidió de Emilia y Sebastián con una felicidad inmensa.
- Que lo disfrute padre. Sea feliz que es lo importante. – le dijo Emilia.
Se fue hasta la carretera donde siempre pasaba la diligencia. Allí quedó con Francisca con tal de no provocar habladurías. Sólo tuvo que esperar apenas cinco minutos. Y vio a una calesa llegar de la que se bajó su pequeña. Estaba radiante.
- ¿Te llevo a algún sitio tabernero? – preguntó una divertida Francisca.
Raimundo la atrajo hacia sí por la cintura y bebió de su boca como un sediento.
- Estaba deseando verte. – dijo Raimundo.
- Ya veo ya… ¿subimos? – dijo Francisca. Raimundo asintió.
Cuando estuvo todo listo, partieron rumbo a Aranjuez. Francisca se acomodó en el pecho de Raimundo mientras que él perdía sus manos acariciando su rostro y su cuello. El viaje se les hizo cortísimo ya que sólo pensaban en ellos. Cuando pararon para estirar las piernas ellos se dedicaban a prodigarse besos y caricias sin ningún tipo de miedo. Alejados cada vez más de Puente Viejo se sentían más libres.
- ¡Hijos! ¡Qué alegría veros! – exclamó antes de abrazarles a los dos. - ¡Y a ti también me alegro de verte bribón! – añadió dirigiéndose a Martín.
- ¿Qué tal Rosario? ¿Cómo van las cosas por aquí? Mi madre me envió una carta diciendo que me necesitaba. – dijo Tristán.
- Eso será señor porque aquí están pasando cosas extrañas. – dijo Rosario.
- ¿A qué te refieres Rosario? – preguntó Pepa.
- Sin ir más lejos la Señora ahora se interesa por la cocina y eso no es todo… Hasta ha cambiado su aspecto. Ya la verán ya. Está más guapa que nunca. – dijo Rosario.
Tristán y Pepa se quedaron alucinados cosa que mantuvieron así cuando vieron a una irreconocible Francisca Montenegro bajar con un vestido beige nuevo y la melena suelta por los hombros.
- Perdonad hijos por la tardanza pero es que… - se apresuró a decir Francisca pero ¿qué diablos iba a decirles? - … se me ha ido el santo al cielo.
Tristán se quedó perplejo ¿esa era su madre? Martín se adelantó.
- ¡Qué guapa abuela! – dijo el pequeño Martín adelantándose para abrazarla.
- Gracias pequeño. – dijo Francisca tomándole el rostro y besándole en la mejilla.
Tristán se acercó a ella todavía anonadado.
- Madre está… radiante.
- Gracias hijo. Pero no hace falta que te pongas así al fin y al cabo soy la misma persona.
- Será que no estamos acostumbrados a verla así. – dijo Pepa.
- Pero sentémonos hijos que me muero de hambre. Últimamente estoy… demasiado hambrienta… - dijo con una sonrisa pícara pensando en el inquilino que había dejado en su cuarto vistiéndose.
Los tres se sentaron y empezaron a hablar del viaje mientras Martín desayunaba en la cocina. Francisca se mostró muy interesada en todo. Tristán finalmente dijo:
- Antes de que se nos olvide madre. Tenemos que darle una noticia.
- ¿Cuál hijo?
- Pronto tendrá otro nieto. – dijo Tristán cogiendo de la mano a Pepa.
Francisca no pudo evitar unas lágrimas por la emoción. Se levantó y abrió los brazos para abrazar a Tristán.
- Enhorabuena hijo.
- Gracias madre.
- Y enhorabuena a ti también. – dijo Francisca dirigiéndose a Pepa.
- Gracias señora.
- Pero dígame madre. En la carta me dio a entender que había problemas.
- No hijo. No son problemas. La cuestión es que necesito hacer un viaje y alguien tiene que quedarse en la Casona. – dijo Francisca.
- ¿Un viaje? ¿Dónde? – dijo Tristán.
- Eso… lo mantendré como secreto de momento… Sólo te diré que es importante para esta familia. – dijo Francisca.
- Pues entonces debería acompañarla. – se apresuró a decir Tristán.
- No será necesario hijo. Créeme. – dijo Francisca sonriente.
- Está bien… Entonces ¿cuándo parte? – dijo Tristán.
- Mañana mismo hijo. Es algo que no puedo demorar por más tiempo.
…
Después de desayunar tranquilamente Tristán se dirigió a la conservera a ver a Soledad y Pepa al pueblo para reencontrarse con Emilia. Francisca aprovechó para ir con ella al pueblo y ver a Raimundo que se había escapado a hurtadillas mientras desayunaban.
Raimundo sonrió abiertamente al verla y la llevó de la mano a su habitación de la posada. Raimundo cerró la puerta y la acorraló contra la pared perdiéndose en un beso infinitamente tierno y apasionado. Se separaron para respirar y él apoyó su frente en la de ella.
- Eres una auténtica diablesa… - dijo él.
- ¿Por qué lo dices?
- He oído lo de que escribiste una carta diciendo que le necesitabas aquí.
- ¿Y no es cierto?
- Francisca… era su luna de miel…
- Ellos tienen toda la vida para estar juntos. Mientras que nosotros tenemos una vida entera que recuperar. Creo que me entenderían. – dijo Francisca. Raimundo le tomó el rostro con las manos.
- Mi pequeña… - le susurró a un milímetro de sus labios. – te quiero…
Ella también tomó el rostro de Raimundo para atraerle más a ella antes de tantearle con sus labios. Raimundo acabó abatiendo su boca introduciendo su lengua para profundizar más el beso.
- La cuestión es que… - dijo Francisca al separarse. – podemos irnos cuando queramos… Yo le he dicho que mañana pero cuando quieras…
- Mañana es ideal… Yo tampoco puedo esperar más a tenerte entre mis brazos…
...
Esa noche ambos prepararon el equipaje con una ilusión imparable. Pero también había un atisbo de temor. Viajaban para esclarecer su pasado y así poder perdonarse. Por eso necesitaban estar a solas. Pero ¿y si el rencor volvía? Raimundo se esforzó en no pensar eso.
Por la mañana se despidió de Emilia y Sebastián con una felicidad inmensa.
- Que lo disfrute padre. Sea feliz que es lo importante. – le dijo Emilia.
Se fue hasta la carretera donde siempre pasaba la diligencia. Allí quedó con Francisca con tal de no provocar habladurías. Sólo tuvo que esperar apenas cinco minutos. Y vio a una calesa llegar de la que se bajó su pequeña. Estaba radiante.
- ¿Te llevo a algún sitio tabernero? – preguntó una divertida Francisca.
Raimundo la atrajo hacia sí por la cintura y bebió de su boca como un sediento.
- Estaba deseando verte. – dijo Raimundo.
- Ya veo ya… ¿subimos? – dijo Francisca. Raimundo asintió.
Cuando estuvo todo listo, partieron rumbo a Aranjuez. Francisca se acomodó en el pecho de Raimundo mientras que él perdía sus manos acariciando su rostro y su cuello. El viaje se les hizo cortísimo ya que sólo pensaban en ellos. Cuando pararon para estirar las piernas ellos se dedicaban a prodigarse besos y caricias sin ningún tipo de miedo. Alejados cada vez más de Puente Viejo se sentían más libres.
#89
22/01/2012 19:24
Cuando llegaron vieron cómo las referencias que tenían de la casa no eran en vano. Era preciosa. Pero lo mejor de todo es que era sólo para ellos.
Entraron y fueron directamente arriba a deshacer el equipaje cosa que a Francisca le costó un poco. Ahora empezaba a ver el valor del trabajo del servicio. Su orgullo quiso que rectificara pero enseguida acalló esa maldita voz. Ese viaje era sólo para ellos. De hecho ya pensaba en… la sorpresa que le tenía guardada a Raimundo. Sonreía interiormente.
Al llegar a la alcoba se quedaron con la boca abierta.
- Esto es mejor de lo que había soñado. – dijo Francisca con los ojos brillantes por la emoción. – Es mágico.
- Sí… es realmente hermosa. – dijo Raimundo dejando las maletas y quitándose la chaqueta.
Miró a Francisca que se había adelantado unos pasos sin dejar de explorar la habitación con la mirada. Se acercó a ella y deslizó sus brazos por la cintura apretándola contra su pecho.
- Es perfecto. – susurró Francisca.
Raimundo comenzó a besar tiernamente su cuello sin dejar de abrazarla por la cintura. Después sus manos comenzaron a quitarle el mantón que llevaba Francisca y después se acercaron peligrosamente a los botones de su vestido. Francisca quiso provocarle un poco más.
- Tenemos que deshacer las maletas Raimundo…
- Bueno… podríamos hacerlo luego. Después de un viaje hay que descansar.
Francisca sonrió abiertamente. Hacía tanto tiempo que no era tan feliz. Se giró y con un gesto cómico dijo:
- Pues lo siento tabernero pero aún vas a tener que esperar.
Raimundo se quedó perplejo.
- No me mires así. Créeme que la sorpresa que te tengo preparada. – dijo acercándose lentamente a sus labios. – Te va a gustar mucho.
Antes de que Raimundo pudiera besarle Francisca se apartó y comenzó a reírse. Antes de entrar en el servicio echó una mirada a un ardiente Raimundo antes de coger una bolsa y entrar. Raimundo se mordió el labio y le acompañó en la risa.
- ¡Demonio de mujer!
Raimundo vio la instancia y se sintió el hombre más afortunado del mundo. Se quitó la camisa, los pantalones y la ropa interior y se metió en la cama. Después de unos minutos dijo:
- Como no salgas pronto entro a por ti. – dijo Raimundo sonriente.
- La espera ayuda a apreciar las cosas tabernero. – dijo Francisca mientras se arreglaba. – Tú coge fuerzas que ahora veremos de qué pasta estás hecho.
Abrió la puerta y salió lentamente. La sonrisa de Raimundo se borró ante esa visión. Sus corazones empezaron a latir con fuerza. Francisca llevaba un corsé negro de encaje que realzaba sus curvas y sus senos. Dos medias negras cubrían sus piernas y una elegante bata de seda de seda fina y casi transparente hacían el resto junto con su melena suelta. Era una auténtica diosa. Raimundo se quedó sin habla. No podía creer lo que estaba viendo. Sólo podía seguirla embobado con la mirada mientras que la fiera que llevaba dentro comenzaba a rugir desesperada.
Francisca disfrutó viéndole así. Cogió un mechón de su pelo y comenzó a revolverlo entre sus dedos y, haciendo un puchero para intentar provocarle, dijo tímidamente.
- Vaya… pensé que te gustaría mi regalo. – dijo mientras avanzaba con una lentitud que resultó una tortura para Raimundo. – Supongo que después de tanto tiempo… – añadió llegando a su lado de la cama y siguiendo con el puchero a la vez que empezaba a contagiarse del estado de ansiedad de Raimundo. - … no sabía qué regalarte.
Raimundo se había cubierto lo justo para cubrir su intimidad pero su torso trabajado en el campo estaba completamente desnudo. Verlo no ayudaba al plan de Francisca ni contemplar su acelerada respiración.
Francisca apartó la sábana para acomodarse encima de él. Sintieron un latigazo de deseo pasar por sus columnas al sentir juntas sus intimidades. Ambos dejaron escapar un jadeo de placer. Pero Francisca quería más. Raimundo se aferró a la sábana con ambas manos en un intento por anclarse a la cordura.
- ¿Y bien? – dijo ella incorporada y volviendo al puchero. - ¿Te gusta mi regalo? – añadió volviendo a su mechón.
Raimundo, que al fin encontró las fuerzas necesarias para hablar, se acercó a ella lentamente llevando sus manos a los muslos de Francisca y dijo:
- Que si me gusta…– dijo con un hilo de voz - ¿De verdad… quieres saber… - añadió llegando al trasero de Francisca - … cuánto me gusta?
Francisca, volvió a su sonrisa pícara mientras Raimundo se acercaba a su boca. Cuando estuvieron a un centímetro ambos mandaron al cuerno a la cordura. Francisca se aferró a su cuello y Raimundo no aguantó más. Ambos se perdieron en un beso interminable a la vez que Raimundo intentaba arrancarle el corsé a Francisca sumido en un estado de ansiedad irrefrenable. Ninguno podía ya controlarse. Eran dos cuerpos que se reclamaban el uno al otro. Raimundo acabó poniendo a Francisca debajo de él y se paró un segundo para contemplarla.
- Eres tan hermosa… - dijo él antes de colocarse encima de ella.
El contacto de sus cuerpos desnudos y calientes la hizo jadear de placer. Raimundo empezó a recorrer el cuerpo de Francisca con sus labios. Ella se aferró a la sábana retorciéndose de placer. Raimundo hacía lo que quería de ella con cada roce de sus manos y de sus labios. Volvió a subir a la vez que Francisca abría las piernas para dejar paso al ardiente cuerpo de Raimundo que la embistió con ternura. El ritmo que marcaron fue suave pero pronto quisieron más. Ambos se miraron presos del deseo. Querían poseer al otro, llegar hasta el fondo de su ser. Los jadeos y los gemidos eran imparables mientras sus bocas no tenían tregua.
Raimundo tomó una mano de Francisca y la llevó por encima de su cabeza mientras que con la otra bajaba lentamente hasta llegar a su trasero donde se encontró con la de Francisca. Empezaron a sudar pero no importaba. El ritmo aumentó de intensidad. Francisca creyó que enloquecería por el inmenso placer que sentía unido a las palabras de amor que le dedicaba Raimundo. El clímax les hizo morir para luego renacer.
Ambos se miraron temblando de delirio.
- Te amo… - dijo antes de besarle. – Te deseo… te deseo… - otro beso – Mi amor… mi hombre…
- Mi pequeña… soy tuyo… todo mi ser es tuyo… siempre lo fue…
Se besaron con toda la dulzura que guardaban sus corazones. Después Raimundo acomodó a Francisca en su pecho sin dejar de prodigarse caricias… y se durmieron plácidamente.
Entraron y fueron directamente arriba a deshacer el equipaje cosa que a Francisca le costó un poco. Ahora empezaba a ver el valor del trabajo del servicio. Su orgullo quiso que rectificara pero enseguida acalló esa maldita voz. Ese viaje era sólo para ellos. De hecho ya pensaba en… la sorpresa que le tenía guardada a Raimundo. Sonreía interiormente.
Al llegar a la alcoba se quedaron con la boca abierta.
- Esto es mejor de lo que había soñado. – dijo Francisca con los ojos brillantes por la emoción. – Es mágico.
- Sí… es realmente hermosa. – dijo Raimundo dejando las maletas y quitándose la chaqueta.
Miró a Francisca que se había adelantado unos pasos sin dejar de explorar la habitación con la mirada. Se acercó a ella y deslizó sus brazos por la cintura apretándola contra su pecho.
- Es perfecto. – susurró Francisca.
Raimundo comenzó a besar tiernamente su cuello sin dejar de abrazarla por la cintura. Después sus manos comenzaron a quitarle el mantón que llevaba Francisca y después se acercaron peligrosamente a los botones de su vestido. Francisca quiso provocarle un poco más.
- Tenemos que deshacer las maletas Raimundo…
- Bueno… podríamos hacerlo luego. Después de un viaje hay que descansar.
Francisca sonrió abiertamente. Hacía tanto tiempo que no era tan feliz. Se giró y con un gesto cómico dijo:
- Pues lo siento tabernero pero aún vas a tener que esperar.
Raimundo se quedó perplejo.
- No me mires así. Créeme que la sorpresa que te tengo preparada. – dijo acercándose lentamente a sus labios. – Te va a gustar mucho.
Antes de que Raimundo pudiera besarle Francisca se apartó y comenzó a reírse. Antes de entrar en el servicio echó una mirada a un ardiente Raimundo antes de coger una bolsa y entrar. Raimundo se mordió el labio y le acompañó en la risa.
- ¡Demonio de mujer!
Raimundo vio la instancia y se sintió el hombre más afortunado del mundo. Se quitó la camisa, los pantalones y la ropa interior y se metió en la cama. Después de unos minutos dijo:
- Como no salgas pronto entro a por ti. – dijo Raimundo sonriente.
- La espera ayuda a apreciar las cosas tabernero. – dijo Francisca mientras se arreglaba. – Tú coge fuerzas que ahora veremos de qué pasta estás hecho.
Abrió la puerta y salió lentamente. La sonrisa de Raimundo se borró ante esa visión. Sus corazones empezaron a latir con fuerza. Francisca llevaba un corsé negro de encaje que realzaba sus curvas y sus senos. Dos medias negras cubrían sus piernas y una elegante bata de seda de seda fina y casi transparente hacían el resto junto con su melena suelta. Era una auténtica diosa. Raimundo se quedó sin habla. No podía creer lo que estaba viendo. Sólo podía seguirla embobado con la mirada mientras que la fiera que llevaba dentro comenzaba a rugir desesperada.
Francisca disfrutó viéndole así. Cogió un mechón de su pelo y comenzó a revolverlo entre sus dedos y, haciendo un puchero para intentar provocarle, dijo tímidamente.
- Vaya… pensé que te gustaría mi regalo. – dijo mientras avanzaba con una lentitud que resultó una tortura para Raimundo. – Supongo que después de tanto tiempo… – añadió llegando a su lado de la cama y siguiendo con el puchero a la vez que empezaba a contagiarse del estado de ansiedad de Raimundo. - … no sabía qué regalarte.
Raimundo se había cubierto lo justo para cubrir su intimidad pero su torso trabajado en el campo estaba completamente desnudo. Verlo no ayudaba al plan de Francisca ni contemplar su acelerada respiración.
Francisca apartó la sábana para acomodarse encima de él. Sintieron un latigazo de deseo pasar por sus columnas al sentir juntas sus intimidades. Ambos dejaron escapar un jadeo de placer. Pero Francisca quería más. Raimundo se aferró a la sábana con ambas manos en un intento por anclarse a la cordura.
- ¿Y bien? – dijo ella incorporada y volviendo al puchero. - ¿Te gusta mi regalo? – añadió volviendo a su mechón.
Raimundo, que al fin encontró las fuerzas necesarias para hablar, se acercó a ella lentamente llevando sus manos a los muslos de Francisca y dijo:
- Que si me gusta…– dijo con un hilo de voz - ¿De verdad… quieres saber… - añadió llegando al trasero de Francisca - … cuánto me gusta?
Francisca, volvió a su sonrisa pícara mientras Raimundo se acercaba a su boca. Cuando estuvieron a un centímetro ambos mandaron al cuerno a la cordura. Francisca se aferró a su cuello y Raimundo no aguantó más. Ambos se perdieron en un beso interminable a la vez que Raimundo intentaba arrancarle el corsé a Francisca sumido en un estado de ansiedad irrefrenable. Ninguno podía ya controlarse. Eran dos cuerpos que se reclamaban el uno al otro. Raimundo acabó poniendo a Francisca debajo de él y se paró un segundo para contemplarla.
- Eres tan hermosa… - dijo él antes de colocarse encima de ella.
El contacto de sus cuerpos desnudos y calientes la hizo jadear de placer. Raimundo empezó a recorrer el cuerpo de Francisca con sus labios. Ella se aferró a la sábana retorciéndose de placer. Raimundo hacía lo que quería de ella con cada roce de sus manos y de sus labios. Volvió a subir a la vez que Francisca abría las piernas para dejar paso al ardiente cuerpo de Raimundo que la embistió con ternura. El ritmo que marcaron fue suave pero pronto quisieron más. Ambos se miraron presos del deseo. Querían poseer al otro, llegar hasta el fondo de su ser. Los jadeos y los gemidos eran imparables mientras sus bocas no tenían tregua.
Raimundo tomó una mano de Francisca y la llevó por encima de su cabeza mientras que con la otra bajaba lentamente hasta llegar a su trasero donde se encontró con la de Francisca. Empezaron a sudar pero no importaba. El ritmo aumentó de intensidad. Francisca creyó que enloquecería por el inmenso placer que sentía unido a las palabras de amor que le dedicaba Raimundo. El clímax les hizo morir para luego renacer.
Ambos se miraron temblando de delirio.
- Te amo… - dijo antes de besarle. – Te deseo… te deseo… - otro beso – Mi amor… mi hombre…
- Mi pequeña… soy tuyo… todo mi ser es tuyo… siempre lo fue…
Se besaron con toda la dulzura que guardaban sus corazones. Después Raimundo acomodó a Francisca en su pecho sin dejar de prodigarse caricias… y se durmieron plácidamente.
#90
22/01/2012 19:25
Francisca se despertó lentamente. Al sentir la respiración acompasada de Raimundo sonrió como nunca. La noche pasada fue la más feliz en mucho tiempo. Le miró con los ojos velados por el amor. Raimundo dormía con una expresión de absoluta serenidad. Parecía un príncipe. Suspiró profundamente y paseó su mirada por Raimundo. Teniéndole a él… no importaba nada más. Le cubrió con la sábana y se volvió a poner el corsé y la bata. Le miró por última vez antes de dirigirse a la cocina dispuesta a preparar el desayuno. Era una mañana maravillosa. Los campos deslumbraban con su verdor y llegaba un olor increíble a jazmín. Era el paraíso.
Comprobó, para su alivio, que la cocina estaba equipada como pidió. Pero ahora la pregunta era ¿qué iba a hacer para desayunar? Buscó en la fresquera donde encontró mermelada y después buscó el pan. Afortunadamente todo estaba visible.
Raimundo se despertó lentamente y se giró para ver a Francisca… pero no estaba ¿dónde estaría ese demonio de mujer? Se puso los calzoncillos, los pantalones del pijama y salió a buscarla. Cuando la encontró sintió tanta felicidad en su pecho que pensó que explotaría. Francisca estaba cortando rebanadas de pan para el desayuno. Sonrió abiertamente. Esa era su pequeña.
Aprovechó que no se puso las zapatillas para avanzar sigilosamente hasta ella. De un movimiento la abrazó por la espalda a la vez que hundía el rostro en su cuello. Sentir el escalofrío que le recorrió a Francisca por el cuerpo encendió de nuevo la fiera que latía en su interior. Deseaba poseerla ahí mismo.
- Buenos días. – susurró Raimundo al oído.
- Buenos días dormilón. – susurró Francisca tierna mientras se dejaba querer. - ¿Tienes hambre?
- Mmmmm… no sabes tú cuánta. – decía mientras mordisqueaba la piel del cuello de Francisca.
Ella gimió de placer mientras que las manos de Raimundo acariciaban peligrosamente su cuerpo bajando por su vientre y sus muslos pegándola a su cuerpo.
- Eres un impaciente. Como sigas así no sé yo si desayunaremos.
- Bueno… no pasa nada. – susurró Raimundo con voz provocativa. – Yo me adapto a todo. Puedo desayunar… pan… leche… fruta… tu piel… tu cuello… tus labios… - susurraba mientras sus manos causaban estragos en Francisca. Ella ya había soltado los cuchillos y había tomado las manos de Raimundo entre las suyas.
Cerró los ojos mientras Raimundo la enloquecía de amor y de deseo. No podía abrirlos.
- Raimundo… estás loco…
- Es culpa tuya… te empeñas en provocarme con eso puesto. Al final… - dijo mientras recorría la espalda de Francisca con su boca y su vientre y sus pechos con las manos – voy a acabar cometiendo una locura… - añadió pegando totalmente el cuerpo de Francisca al suyo.
- Raimundo… - gimió Francisca. – Tómame…
Eso fue suficiente para dar rienda suelta a la pasión que sentían los dos. Raimundo la embistió con fuerza aferrándose a los pechos de Francisca mientras ella se inclinó hacia delante y se aferraba a los armarios que había delante de ella. Raimundo la llevaba a la locura.
- No pares Raimundo… - gimió Francisca – Tómame…
Raimundo se abrazó a ella más fuerte para recorrer los últimos segundos que les separaban de la culminación absoluta. El placer era tan intenso y desbordante que pensaron que enloquecerían. Raimundo la embestía con absoluta entrega mientras Francisca se retorcía de placer pidiendo más. El hecho de que estuvieran solos les hizo gemir y jadear sin miedo a ser escuchados.
Raimundo juntó sus manos con las de Francisca antes del éxtasis que les hizo gritar de placer.
- Mi pequeña… te quiero.
Francisca se giró en su abrazo y se aferró a él deslizando los brazos por su cuello. Apoyó su frente en la de él y, sintiendo las manos de Raimundo acariciando su espalda dijo:
- Y yo a ti… te quiero, te amo, te adoro mi vida. – dijo antes de besarle con ansiedad introduciendo su lengua y profundizando el beso – Soy y seré tuya para siempre.
Comprobó, para su alivio, que la cocina estaba equipada como pidió. Pero ahora la pregunta era ¿qué iba a hacer para desayunar? Buscó en la fresquera donde encontró mermelada y después buscó el pan. Afortunadamente todo estaba visible.
Raimundo se despertó lentamente y se giró para ver a Francisca… pero no estaba ¿dónde estaría ese demonio de mujer? Se puso los calzoncillos, los pantalones del pijama y salió a buscarla. Cuando la encontró sintió tanta felicidad en su pecho que pensó que explotaría. Francisca estaba cortando rebanadas de pan para el desayuno. Sonrió abiertamente. Esa era su pequeña.
Aprovechó que no se puso las zapatillas para avanzar sigilosamente hasta ella. De un movimiento la abrazó por la espalda a la vez que hundía el rostro en su cuello. Sentir el escalofrío que le recorrió a Francisca por el cuerpo encendió de nuevo la fiera que latía en su interior. Deseaba poseerla ahí mismo.
- Buenos días. – susurró Raimundo al oído.
- Buenos días dormilón. – susurró Francisca tierna mientras se dejaba querer. - ¿Tienes hambre?
- Mmmmm… no sabes tú cuánta. – decía mientras mordisqueaba la piel del cuello de Francisca.
Ella gimió de placer mientras que las manos de Raimundo acariciaban peligrosamente su cuerpo bajando por su vientre y sus muslos pegándola a su cuerpo.
- Eres un impaciente. Como sigas así no sé yo si desayunaremos.
- Bueno… no pasa nada. – susurró Raimundo con voz provocativa. – Yo me adapto a todo. Puedo desayunar… pan… leche… fruta… tu piel… tu cuello… tus labios… - susurraba mientras sus manos causaban estragos en Francisca. Ella ya había soltado los cuchillos y había tomado las manos de Raimundo entre las suyas.
Cerró los ojos mientras Raimundo la enloquecía de amor y de deseo. No podía abrirlos.
- Raimundo… estás loco…
- Es culpa tuya… te empeñas en provocarme con eso puesto. Al final… - dijo mientras recorría la espalda de Francisca con su boca y su vientre y sus pechos con las manos – voy a acabar cometiendo una locura… - añadió pegando totalmente el cuerpo de Francisca al suyo.
- Raimundo… - gimió Francisca. – Tómame…
Eso fue suficiente para dar rienda suelta a la pasión que sentían los dos. Raimundo la embistió con fuerza aferrándose a los pechos de Francisca mientras ella se inclinó hacia delante y se aferraba a los armarios que había delante de ella. Raimundo la llevaba a la locura.
- No pares Raimundo… - gimió Francisca – Tómame…
Raimundo se abrazó a ella más fuerte para recorrer los últimos segundos que les separaban de la culminación absoluta. El placer era tan intenso y desbordante que pensaron que enloquecerían. Raimundo la embestía con absoluta entrega mientras Francisca se retorcía de placer pidiendo más. El hecho de que estuvieran solos les hizo gemir y jadear sin miedo a ser escuchados.
Raimundo juntó sus manos con las de Francisca antes del éxtasis que les hizo gritar de placer.
- Mi pequeña… te quiero.
Francisca se giró en su abrazo y se aferró a él deslizando los brazos por su cuello. Apoyó su frente en la de él y, sintiendo las manos de Raimundo acariciando su espalda dijo:
- Y yo a ti… te quiero, te amo, te adoro mi vida. – dijo antes de besarle con ansiedad introduciendo su lengua y profundizando el beso – Soy y seré tuya para siempre.