El rincón de Nhgsa. Historias alternativas de Francisca y Raimundo.
#0
24/09/2011 12:55
AQUÍ DEJARÉ MIS HISTORIAS ALTERNATIVAS
1ª: Raimundo, Francisca y Carmen: un triángulo peligroso.
2º: Soledad
Aquí tenemos dos de sus momentos estelares:
Raimundo salva la vida de su pequeña
Raimundo se declara
1ª: Raimundo, Francisca y Carmen: un triángulo peligroso.
2º: Soledad
Aquí tenemos dos de sus momentos estelares:
Raimundo salva la vida de su pequeña
Raimundo se declara
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#21
24/10/2011 00:28
Francisca, haciendo un esfuerzo titánico con los ojos llorosos, se zafó de Raimundo.
- ¿Qué pasa Francisca?
- ¡¿Qué qué me pasa?! ¡¿Cómo puedes decirme eso después de haberte visto feliz con otra?! ¡¿De verdad piensas que voy a creerte después de haberme dejado a merced de…?! – dijo Francisca sin poder pronunciar ese maldito nombre que tanto daño le había hecho.
- Tiene gracia que me acuses de eso cuando estás haciendo lo mismo con tus hijos. – Francisca le fulminó con la mirada.- Sí, Francisca. Estás haciendo con tus hijos lo mismo que nuestros padres hicieron con nosotros. Imponer los criterios de la sociedad independientemente de su felicidad. ¿O acaso no es eso lo que haces con Tristán y Pepa?
- ¡¿Te atreves a escudarte en eso maldito cobarde?! – dijo Francisca.
- Sí, me atrevo porque así podrás saber cómo me sentía. No te imaginas lo que fue para mí ver que el amor de mi vida, aquella persona a la que le entregué mi alma y mi corazón ni siquiera me daba una oportunidad. En lugar de eso creíste a tu madre. Esa mujer que siempre fue en contra de nosotros. ¡¿Cómo crees que me sentí ante eso?! Me hundí cada vez más en el alcohol por saber que el amor de mi vida sufría como nadie con ese hombre y yo no podía hacer nada. ¡Nada! Volviste fría y con todo el odio del mundo. Nunca me dejaste… acercarme a ti. – dijo Raimundo con lágrimas en los ojos.
- Cuando llegó Natalia me sentía destrozado, abandonado por todos.- dijo Raimundo mirando por la ventana sin dejar de llorar.- Me dejaron a merced de mi padre. Me sentí el más desgraciado de todos. A nadie le importaba mi felicidad. Natalia me liberó pero siempre supo que yo no la amaría. Ella me ayudó a salir del alcohol y me dio dos hijos. La quise, sí. Pero nunca la amé. Nunca dejé de pensar en ti… En todo lo que vivimos. Pero se acabó. Tengo que acabar con esto.
- ¿Qué pasa Francisca?
- ¡¿Qué qué me pasa?! ¡¿Cómo puedes decirme eso después de haberte visto feliz con otra?! ¡¿De verdad piensas que voy a creerte después de haberme dejado a merced de…?! – dijo Francisca sin poder pronunciar ese maldito nombre que tanto daño le había hecho.
- Tiene gracia que me acuses de eso cuando estás haciendo lo mismo con tus hijos. – Francisca le fulminó con la mirada.- Sí, Francisca. Estás haciendo con tus hijos lo mismo que nuestros padres hicieron con nosotros. Imponer los criterios de la sociedad independientemente de su felicidad. ¿O acaso no es eso lo que haces con Tristán y Pepa?
- ¡¿Te atreves a escudarte en eso maldito cobarde?! – dijo Francisca.
- Sí, me atrevo porque así podrás saber cómo me sentía. No te imaginas lo que fue para mí ver que el amor de mi vida, aquella persona a la que le entregué mi alma y mi corazón ni siquiera me daba una oportunidad. En lugar de eso creíste a tu madre. Esa mujer que siempre fue en contra de nosotros. ¡¿Cómo crees que me sentí ante eso?! Me hundí cada vez más en el alcohol por saber que el amor de mi vida sufría como nadie con ese hombre y yo no podía hacer nada. ¡Nada! Volviste fría y con todo el odio del mundo. Nunca me dejaste… acercarme a ti. – dijo Raimundo con lágrimas en los ojos.
- Cuando llegó Natalia me sentía destrozado, abandonado por todos.- dijo Raimundo mirando por la ventana sin dejar de llorar.- Me dejaron a merced de mi padre. Me sentí el más desgraciado de todos. A nadie le importaba mi felicidad. Natalia me liberó pero siempre supo que yo no la amaría. Ella me ayudó a salir del alcohol y me dio dos hijos. La quise, sí. Pero nunca la amé. Nunca dejé de pensar en ti… En todo lo que vivimos. Pero se acabó. Tengo que acabar con esto.
#22
24/10/2011 00:29
Cuando Raimundo se giró vio a Francisca sentada en la cama llorando. No soportó verla así y se acercó rápido a ella. Le cogió la mano y la atrajo hasta él. Le cogió el mentón hasta que se miraron mutuamente.
- Raimundo… - dijo Francisca.- Siempre fuiste el hombre de mi vida. Cuando me enteré de que te casabas yo… Iba a decirte que… estaba embarazada.
Raimundo se quedó paralizado ante semejante noticia.
- No te odiaba a ti. Me odiaba a mí misma por no haber sido fuerte y defender a ese hijo. Era lo único que me quedaba de ti. Salvador no fue mi mayor infierno con sus maltratos… En uno de esos días me quedé embarazada de Soledad – Raimundo reaccionó con un gesto de odio hacia Salvador - . En realidad mi mayor infierno fue el estar lejos de ti. Al menos con nuestras peleas… podía volver a estar cerca de ti. – añadió Francisca apoyando su frente en la de él, cerrando los ojos y aferrándose a su camisa.
Raimundo deslizó sus brazos por su cintura.
- Entonces… Tristán…
- Es tu hijo. – dijo Francisca.
En ese momento, Raimundo la miró con todo ese amor que guardaba para ella. Amor y admiración para su pequeña.
- Francisca… perdóname. – dijo Raimundo con lágrimas en los ojos.
Francisca pasó su mano por los labios de Raimundo en señal de que callara. Después le acarició el rostro y le atrajo hasta ella. Cuando sus labios quedaron a un centímetro de distancia Francisca susurró:
- Bésame.
- Raimundo… - dijo Francisca.- Siempre fuiste el hombre de mi vida. Cuando me enteré de que te casabas yo… Iba a decirte que… estaba embarazada.
Raimundo se quedó paralizado ante semejante noticia.
- No te odiaba a ti. Me odiaba a mí misma por no haber sido fuerte y defender a ese hijo. Era lo único que me quedaba de ti. Salvador no fue mi mayor infierno con sus maltratos… En uno de esos días me quedé embarazada de Soledad – Raimundo reaccionó con un gesto de odio hacia Salvador - . En realidad mi mayor infierno fue el estar lejos de ti. Al menos con nuestras peleas… podía volver a estar cerca de ti. – añadió Francisca apoyando su frente en la de él, cerrando los ojos y aferrándose a su camisa.
Raimundo deslizó sus brazos por su cintura.
- Entonces… Tristán…
- Es tu hijo. – dijo Francisca.
En ese momento, Raimundo la miró con todo ese amor que guardaba para ella. Amor y admiración para su pequeña.
- Francisca… perdóname. – dijo Raimundo con lágrimas en los ojos.
Francisca pasó su mano por los labios de Raimundo en señal de que callara. Después le acarició el rostro y le atrajo hasta ella. Cuando sus labios quedaron a un centímetro de distancia Francisca susurró:
- Bésame.
#23
24/10/2011 00:29
Y los dos se fundieron en un beso abrasador. Un beso que les hizo renacer. Las lágrimas brotaban de sus ojos en una mezcla de dolor y felicidad. Dolor por tanto rencor y odio acumulado y felicidad porque volvían a estar juntos. La pasión prendió en sus corazones sin que pudieran evitarlo. Raimundo la abrazó con fuerza y la acorraló contra la pared pegando totalmente su cuerpo al de Francisca. Ella sólo podía aferrarse a él y devolverle sus besos con toda esa pasión contenida. Sus manos adquirieron vida propia y empezó a acariciarle el pecho y a desabrocharle la camisa mientras que Raimundo atacaba su cuello. Él, con desesperación y con pasión desmedida, empezó a desabrochar el vestido de Francisca sin dejar de besarla. Raimundo paró un momento para ver cómo el vestido de Francisca se deslizaba por su cuerpo hasta acabar en el suelo. Los dos jadeaban por la pasión. Francisca invirtió los papeles y acorraló a Raimundo contra la pared y, deslizando las manos por el pecho de Raimundo, empezó a quitarle el pantalón mientras atacaba su cuello. Raimundo creyó enloquecer:
- Francisca… - susurró Raimundo quitando la poca ropa que le quedaba a Francisca.
Cuando los dos estuvieron desnudos Raimundo la cogió en brazos y la llevó hasta la cama. Francisca sintió que su corazón y su alma estallaban de felicidad al volver a tener el amor de su vida entre sus brazos. Francisca miró a Raimundo con los ojos velados por el amor y le susurró al oído:
- Ámame Raimundo….
Raimundo entonces reaccionó llenando de besos y caricias el cuerpo de Francisca. Se sentía sediento de ella, hambriento. Francisca cerró los ojos y se aferró a él luchando por resistir. Sentía que con cada caricia se desvanecía el dolor de su corazón. Ya no había dolor ni odio, sólo quedaba Raimundo. Sentía que cada centímetro de su piel se estremecía al contacto con su cuerpo, con sus labios. Los dos sentían como el fuego de la pasión empezaba a consumirles.
Y sin más preámbulos, Raimundo la hizo suya sin dejar de acariciarla. Deseaba poseerla y hacer que olvidara todo el dolor. Deslizó su mano derecha por el brazo de Francisca hasta alcanzar su mano que cogió con fuerza. Nada volvería a separarles. La pasión y los jadeos invadieron el lugar.
- Francisca… - susurró Raimundo quitando la poca ropa que le quedaba a Francisca.
Cuando los dos estuvieron desnudos Raimundo la cogió en brazos y la llevó hasta la cama. Francisca sintió que su corazón y su alma estallaban de felicidad al volver a tener el amor de su vida entre sus brazos. Francisca miró a Raimundo con los ojos velados por el amor y le susurró al oído:
- Ámame Raimundo….
Raimundo entonces reaccionó llenando de besos y caricias el cuerpo de Francisca. Se sentía sediento de ella, hambriento. Francisca cerró los ojos y se aferró a él luchando por resistir. Sentía que con cada caricia se desvanecía el dolor de su corazón. Ya no había dolor ni odio, sólo quedaba Raimundo. Sentía que cada centímetro de su piel se estremecía al contacto con su cuerpo, con sus labios. Los dos sentían como el fuego de la pasión empezaba a consumirles.
Y sin más preámbulos, Raimundo la hizo suya sin dejar de acariciarla. Deseaba poseerla y hacer que olvidara todo el dolor. Deslizó su mano derecha por el brazo de Francisca hasta alcanzar su mano que cogió con fuerza. Nada volvería a separarles. La pasión y los jadeos invadieron el lugar.
#24
24/10/2011 00:29
- Raimundo… - casi gritó ella.
Raimundo la silenció con un beso demoledor. El éxtasis finalmente les llevó a cotas insospechadas.
- Te amo mi pequeña. Siempre te he amado.
- Te amo Raimundo. Nunca he dejado de ser tuya.
Y ambos se rindieron en brazos del otro. Raimundo se dejó caer sobre Francisca acomodándose en su pecho. Francisca le abrazó con ternura. Después de tanto tiempo la paz invadió sus almas ya que por fin estaban donde tenían que estar… en brazos del otro.
Raimundo la silenció con un beso demoledor. El éxtasis finalmente les llevó a cotas insospechadas.
- Te amo mi pequeña. Siempre te he amado.
- Te amo Raimundo. Nunca he dejado de ser tuya.
Y ambos se rindieron en brazos del otro. Raimundo se dejó caer sobre Francisca acomodándose en su pecho. Francisca le abrazó con ternura. Después de tanto tiempo la paz invadió sus almas ya que por fin estaban donde tenían que estar… en brazos del otro.
#25
24/10/2011 00:30
Francisca se despertó pensando que era la mañana más hermosa del mundo. Raimundo se encontraba durmiendo plácidamente sobre su corazón. Unas lágrimas de felicidad se deslizaron por su rostro. No podía creerlo. Otra vez volvía a sentir la felicidad de antaño cuando eran jóvenes. Cerró los ojos y recordó lo vivido esa noche. “Definitivamente ha sido mágico.” – pensó.
Deslizó sus manos por la espalda de Raimundo y por su pelo lo que hizo que Raimundo despertara lentamente y que deslizara sus manos por todo el cuerpo de Francisca. Siguió besando su pecho y su cuello. Francisca cerró los ojos por el placer. Aquello tenía que ser el Paraíso. Raimundo, finalmente se incorporó y miró a Francisca con una sonrisa mientras le acariciaba el rostro:
- Buenos días pequeña.
- Buenos días.
- ¿Has dormido bien con un condenado tabernero encima? – dijo Raimundo con aire burlón.
- Como nunca. – dijo Francisca atrayendo a Raimundo hasta ella y besándole con amor. Cuando se separaron, no sin dificultad, Francisca añadió. – Raimundo… tenemos que volver…
- ¡Ah, no! ¿Crees que te vas a librar de mí tan fácilmente? – le susurró Raimundo al oído mientras atacaba su cuello y revolucionaba toda su piel con sus caricias. – De eso nada… querida socia de la conservera… pienso cobrarme… todas y cada una de las peleas… de estos 30 años…
- Haz de mí lo que quieras… - susurró Francisca.
Con eso Raimundo enloqueció. Se aferró con fuerza a la almohada con una mano y con la otra se aferró a ella mientras la poseía. Sus cuerpos y sus almas se necesitaban tanto… Volvieron a moverse al compás de la pasión que invadía sus corazones. Los jadeos y las embestidas subieron de intensidad. No dejaban de besarse, cegados por el amor y el deseo reprimidos.
- Raimundo… - gimió Francisca
- Mi pequeña… - contestó Raimundo.
El placer les consumió de nuevo llenándolos de paz. Francisca definitivamente pensó que estaba en el cielo.
Deslizó sus manos por la espalda de Raimundo y por su pelo lo que hizo que Raimundo despertara lentamente y que deslizara sus manos por todo el cuerpo de Francisca. Siguió besando su pecho y su cuello. Francisca cerró los ojos por el placer. Aquello tenía que ser el Paraíso. Raimundo, finalmente se incorporó y miró a Francisca con una sonrisa mientras le acariciaba el rostro:
- Buenos días pequeña.
- Buenos días.
- ¿Has dormido bien con un condenado tabernero encima? – dijo Raimundo con aire burlón.
- Como nunca. – dijo Francisca atrayendo a Raimundo hasta ella y besándole con amor. Cuando se separaron, no sin dificultad, Francisca añadió. – Raimundo… tenemos que volver…
- ¡Ah, no! ¿Crees que te vas a librar de mí tan fácilmente? – le susurró Raimundo al oído mientras atacaba su cuello y revolucionaba toda su piel con sus caricias. – De eso nada… querida socia de la conservera… pienso cobrarme… todas y cada una de las peleas… de estos 30 años…
- Haz de mí lo que quieras… - susurró Francisca.
Con eso Raimundo enloqueció. Se aferró con fuerza a la almohada con una mano y con la otra se aferró a ella mientras la poseía. Sus cuerpos y sus almas se necesitaban tanto… Volvieron a moverse al compás de la pasión que invadía sus corazones. Los jadeos y las embestidas subieron de intensidad. No dejaban de besarse, cegados por el amor y el deseo reprimidos.
- Raimundo… - gimió Francisca
- Mi pequeña… - contestó Raimundo.
El placer les consumió de nuevo llenándolos de paz. Francisca definitivamente pensó que estaba en el cielo.
#26
24/10/2011 00:30
Carmen se levantó cegada por las lágrimas. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. Otra vez había vuelto a ocurrir. Otra cacique le había quitado a su hombre. En aquella ocasión ella se propuso arrebatárselo como fuera por simple capricho. Y lo consiguió. Y ahora que se había vuelto a enamorar, le había ocurrido de nuevo. “¿Por qué?” – se dijo a sí misma. “Yo podía haberle hecho feliz. Para ella, él es sólo un tabernero. ¿Es que no se da cuenta? Le humillará, le hará daño. Estoy segura.”
- No. Esto no va a quedar así. No dejaré que el dinero vuelva a arrebatarme a mi hombre. Raimundo acabará en mis brazos. Tengo que salvarle de ella. Tengo que hacerlo. Tengo que hacerle ver que sólo es un capricho como pasó con Adelina. Sí, eso es.
Y así estuvo varios minutos, convenciéndose de lo que tenía que hacer.
- No. Esto no va a quedar así. No dejaré que el dinero vuelva a arrebatarme a mi hombre. Raimundo acabará en mis brazos. Tengo que salvarle de ella. Tengo que hacerlo. Tengo que hacerle ver que sólo es un capricho como pasó con Adelina. Sí, eso es.
Y así estuvo varios minutos, convenciéndose de lo que tenía que hacer.
#27
24/10/2011 00:31
Francisca y Raimundo no querían separarse el uno del otro, había pasado demasiado tiempo. Ella recorrió suavemente el pecho de Raimundo con sus manos provocando en él miles de escalofríos. Él le cogió el mentón hasta que ambos se miraron amándose. “Bien dicen que no hay mejor silencio que entre dos personas que se aman.” – pensó Raimundo. Los dos se besaron con ternura, con amor. Finalmente Francisca dijo con tono de resignación.
- Tenemos que irnos Raimundo. Emilia te estará echando de menos. Y no la culpo en absoluto.- dijo Francisca besándole de nuevo.
- No sabes cómo odio que tengas razón, Francisca.- dijo Raimundo.
Ella atrajo su rostro con intención de besarle pero en el último momento se apartó dejando a Raimundo un tanto alelado. Francisca se echó a reír, levantándose para coger su ropa. Raimundo en ese momento la cogió del brazo obligándola a girarse y la acorraló contra la pared.
- No vuelvas a hacer eso Francisca. – susurró Raimundo.
Y la besó como si quisiera absorber su alma. Sus brazos se deslizaron por su cuerpo apretándola contra su cuerpo. Francisca le devolvía el beso intentando sobrevivir. Se separaron para poder respirar.
- Si… va a pasar esto siempre… no esperes que deje de… hacerte rabiar. – dijo Francisca.
Esta vez fue ella la que contraatacó aferrándose a él.
- A este paso me temo que en la Casona van a echarte de menos… - dijo Raimundo intentando conservar la cordura.
- ¿Tantas ganas tienes de deshacerte de mí tabernero? – dijo Francisca en tono burlón.
Raimundo sentía que volvía a arder interiormente. ¿Cómo era capaz Francisca de provocar tal pasión en él?
- Francisca… te aseguro que no deseo otra cosa que estar contigo… pero creo que deberíamos irnos…
Y ambos comenzaron a vestirse sin dejar de dirigirse miradas cómplices. Se sentían como dos niños cuando estuvieron ahí por primera vez. Él intentando controlarse y ella creyendo que era porque no le amaba. ¡Qué estúpida! Claro que le amaba. Le amaba con toda su alma igual que ella a él. Francisca le miraba adorándole ¿Cómo diablos podía estar tan loca por él? Antes de que él se pusiera la camisa Francisca se fijó en la cicatriz que tenía en el abdomen y soltó una carcajada. Raimundo se acercó a ella.
- ¿De qué te ríes condenada cacique? – dijo Raimundo.
- De esa cicatriz. Nunca olvidaré la cara de mi padre y de tu tío cuando nos pillaron.
- Ni yo. Tu padre casi me mata. – dijo Raimundo sonriente.
- Porque estaba tu tío. Si no llega a estar te aseguro que lo hubiera hecho. – dijo Francisca.
- Ah. ¿Y te hubiera gustado que lo hiciera?- dijo Raimundo atrayéndola por la cintura.
- Claro que no estúpido. Antes hubiera muerto yo.- dijo Francisca
Y ambos se fundieron en un beso dulce y tierno. Sin prisas. Volvían a estar juntos.
- Tenemos que irnos Raimundo. Emilia te estará echando de menos. Y no la culpo en absoluto.- dijo Francisca besándole de nuevo.
- No sabes cómo odio que tengas razón, Francisca.- dijo Raimundo.
Ella atrajo su rostro con intención de besarle pero en el último momento se apartó dejando a Raimundo un tanto alelado. Francisca se echó a reír, levantándose para coger su ropa. Raimundo en ese momento la cogió del brazo obligándola a girarse y la acorraló contra la pared.
- No vuelvas a hacer eso Francisca. – susurró Raimundo.
Y la besó como si quisiera absorber su alma. Sus brazos se deslizaron por su cuerpo apretándola contra su cuerpo. Francisca le devolvía el beso intentando sobrevivir. Se separaron para poder respirar.
- Si… va a pasar esto siempre… no esperes que deje de… hacerte rabiar. – dijo Francisca.
Esta vez fue ella la que contraatacó aferrándose a él.
- A este paso me temo que en la Casona van a echarte de menos… - dijo Raimundo intentando conservar la cordura.
- ¿Tantas ganas tienes de deshacerte de mí tabernero? – dijo Francisca en tono burlón.
Raimundo sentía que volvía a arder interiormente. ¿Cómo era capaz Francisca de provocar tal pasión en él?
- Francisca… te aseguro que no deseo otra cosa que estar contigo… pero creo que deberíamos irnos…
Y ambos comenzaron a vestirse sin dejar de dirigirse miradas cómplices. Se sentían como dos niños cuando estuvieron ahí por primera vez. Él intentando controlarse y ella creyendo que era porque no le amaba. ¡Qué estúpida! Claro que le amaba. Le amaba con toda su alma igual que ella a él. Francisca le miraba adorándole ¿Cómo diablos podía estar tan loca por él? Antes de que él se pusiera la camisa Francisca se fijó en la cicatriz que tenía en el abdomen y soltó una carcajada. Raimundo se acercó a ella.
- ¿De qué te ríes condenada cacique? – dijo Raimundo.
- De esa cicatriz. Nunca olvidaré la cara de mi padre y de tu tío cuando nos pillaron.
- Ni yo. Tu padre casi me mata. – dijo Raimundo sonriente.
- Porque estaba tu tío. Si no llega a estar te aseguro que lo hubiera hecho. – dijo Francisca.
- Ah. ¿Y te hubiera gustado que lo hiciera?- dijo Raimundo atrayéndola por la cintura.
- Claro que no estúpido. Antes hubiera muerto yo.- dijo Francisca
Y ambos se fundieron en un beso dulce y tierno. Sin prisas. Volvían a estar juntos.
#28
24/10/2011 00:32
Sebastián se encontraba en la casa de comidas charlando con Emilia tranquilamente cuando un hombre alto, erguido y elegante hizo su aparición.
- Muy buenos días. Buscaba al señor Raimundo Ulloa si es tan amable.
- Yo soy su hijo Sebastián. ¿Qué desea?
- Entonces hablaré con usted. Verá, me llamo Olmo Mesía y soy el misterioso comprador de Puente Viejo.
Sebastián se quedó con la boca abierta.
- V… vaya… - no sabía cómo hablarle a ese hombre – s… siéntese señor Mesía. Luego hablamos Emilia. ¿Puedo preguntarle qué le trae por Puente Viejo?
- Puede pero no le contestaría. No se lo tome a mal pero soy un hombre que va de frente y tengo entendido que su socia ha vertido ciertas acusaciones sobre mí.
Sebastián se quedó helado ante tal contestación.
- No se preocupe. Sé de buena tinta que es usted un buen trabajador y que es de otra calaña.
Sebastián respiró un poco.
- Perdone pero ¿es que acaso nos conocemos de antes?
- No, pero tengo amigos en muchos sitios y le aseguro que me han hablado muy bien de usted. – dijo Olmo Mesía con una tranquilidad aplastante.
- Bueno pues ¿qué le trae por esta conservera?
- Quería conocerla. Me han hablado de ella y quisiera conocer qué resultados estaba obteniendo. – dijo Olmo Mesía mostrando interés.
- Pues como aquí ve, nuestros productos tienen mucha popularidad en la región. Pronto deseábamos expandir nuestros horizontes a tierras más lejanas. – dijo Sebastián mostrándole los libros de cuentas.
- ¿Deseábamos?
- Sí, verá, al comprar usted esas tierras el abastecimiento de la conservera empieza a peligrar así que me alegro que haya tenido la bondad de venir. De esa forma quizás podríamos llegar a un acuerdo.
- Sin duda. Tengo entendido que la conservera está a nombre de su padre y de la señora Francisca Montenegro ¿cierto?
Sebastián se quedó helado. ¿Hasta qué punto ese hombre conocía todo lo acontecido?
- S… sí, ciertamente. Las decisiones diarias las tomo yo, las importantes las toma ella.
- Pero usted es el que está normalmente aquí trabajando ¿cierto?
- Cierto.
- Entonces, si usted es el que está en esto diariamente. ¿Por qué tiene que ser ella la que tome las grandes decisiones?
- Ella puso el dinero y las instalaciones.
- Entiendo… Seré franco con usted señor Ulloa. Sé lo que su familia ha sufrido por culpa de los Montenegro. ¿No le gustaría tener también voz y voto en las grandes decisiones de la empresa? Al fin y al cabo usted tiene estudios y eso es más de lo que la doña posee. – dijo Olmo con su ya clásica tranquilidad.
- ¿A dónde quiere ir a parar señor Mesía?
- Usted es un hombre inteligente señor Ulloa, seguro que ya se lo imagina. Me he enterado también de que estuvo en la cárcel gracias al testimonio de la doña. Medite si ella puede ofrecerle más que yo.
- ¿Y qué me ofrecería usted?
- La tranquilidad de tener al lado a alguien que puede hacer que doña Francisca pague por todo el daño que le ha hecho. Sabe que se lo merece. – dijo Olmo acercándose a él. – Piénselo. Volveremos a hablar. – Se levantó, se puso el sombrero y se fue.
Sebastián todavía estaba reponiéndose cuando de repente un vaso se rompió y le hizo volver en sí. Lo que no sabía ninguno de los dos es que Carmen estaba vendiendo sus cerámicas en la calle y lo había oído todo.
En cuanto Olmo Mesía salió, Carmen corrió hasta él.
- Perdone, me llamo Carmen y no he podido evitar escuchar la conversación que tenía con el joven Ulloa y creo que puedo ayudarle.
- ¿Cómo dice?
- Si quiere poner contra las cuerdas a la Montenegro le vendrá bien escucharme, créame.
- Muy buenos días. Buscaba al señor Raimundo Ulloa si es tan amable.
- Yo soy su hijo Sebastián. ¿Qué desea?
- Entonces hablaré con usted. Verá, me llamo Olmo Mesía y soy el misterioso comprador de Puente Viejo.
Sebastián se quedó con la boca abierta.
- V… vaya… - no sabía cómo hablarle a ese hombre – s… siéntese señor Mesía. Luego hablamos Emilia. ¿Puedo preguntarle qué le trae por Puente Viejo?
- Puede pero no le contestaría. No se lo tome a mal pero soy un hombre que va de frente y tengo entendido que su socia ha vertido ciertas acusaciones sobre mí.
Sebastián se quedó helado ante tal contestación.
- No se preocupe. Sé de buena tinta que es usted un buen trabajador y que es de otra calaña.
Sebastián respiró un poco.
- Perdone pero ¿es que acaso nos conocemos de antes?
- No, pero tengo amigos en muchos sitios y le aseguro que me han hablado muy bien de usted. – dijo Olmo Mesía con una tranquilidad aplastante.
- Bueno pues ¿qué le trae por esta conservera?
- Quería conocerla. Me han hablado de ella y quisiera conocer qué resultados estaba obteniendo. – dijo Olmo Mesía mostrando interés.
- Pues como aquí ve, nuestros productos tienen mucha popularidad en la región. Pronto deseábamos expandir nuestros horizontes a tierras más lejanas. – dijo Sebastián mostrándole los libros de cuentas.
- ¿Deseábamos?
- Sí, verá, al comprar usted esas tierras el abastecimiento de la conservera empieza a peligrar así que me alegro que haya tenido la bondad de venir. De esa forma quizás podríamos llegar a un acuerdo.
- Sin duda. Tengo entendido que la conservera está a nombre de su padre y de la señora Francisca Montenegro ¿cierto?
Sebastián se quedó helado. ¿Hasta qué punto ese hombre conocía todo lo acontecido?
- S… sí, ciertamente. Las decisiones diarias las tomo yo, las importantes las toma ella.
- Pero usted es el que está normalmente aquí trabajando ¿cierto?
- Cierto.
- Entonces, si usted es el que está en esto diariamente. ¿Por qué tiene que ser ella la que tome las grandes decisiones?
- Ella puso el dinero y las instalaciones.
- Entiendo… Seré franco con usted señor Ulloa. Sé lo que su familia ha sufrido por culpa de los Montenegro. ¿No le gustaría tener también voz y voto en las grandes decisiones de la empresa? Al fin y al cabo usted tiene estudios y eso es más de lo que la doña posee. – dijo Olmo con su ya clásica tranquilidad.
- ¿A dónde quiere ir a parar señor Mesía?
- Usted es un hombre inteligente señor Ulloa, seguro que ya se lo imagina. Me he enterado también de que estuvo en la cárcel gracias al testimonio de la doña. Medite si ella puede ofrecerle más que yo.
- ¿Y qué me ofrecería usted?
- La tranquilidad de tener al lado a alguien que puede hacer que doña Francisca pague por todo el daño que le ha hecho. Sabe que se lo merece. – dijo Olmo acercándose a él. – Piénselo. Volveremos a hablar. – Se levantó, se puso el sombrero y se fue.
Sebastián todavía estaba reponiéndose cuando de repente un vaso se rompió y le hizo volver en sí. Lo que no sabía ninguno de los dos es que Carmen estaba vendiendo sus cerámicas en la calle y lo había oído todo.
En cuanto Olmo Mesía salió, Carmen corrió hasta él.
- Perdone, me llamo Carmen y no he podido evitar escuchar la conversación que tenía con el joven Ulloa y creo que puedo ayudarle.
- ¿Cómo dice?
- Si quiere poner contra las cuerdas a la Montenegro le vendrá bien escucharme, créame.
#29
24/10/2011 00:32
- ¿Cómo ha dicho que se llama? – dijo Olmo que le cogió la mano y la besó caballerosamente. Comenzaba a sentirse intrigado.
- Carmen. Estoy en Puente Viejo desde hace unos días. Pero aquí no podemos hablar, esto es territorio de doña Francisca y cualquiera podría decirle que hemos hablado. Si de verdad le interesa esa información que tengo tendríamos que vernos en un sitio más… privado.
- Si esa información es de negocios, creo que no la voy a necesitar señora. – dijo Olmo sin perder la sonrisa.
- No, no es de negocios pero es igual de valiosa. Si quiere derrotarla tendrá que conocer su punto más débil. Y con esto no dudo de su capacidad empresarial caballero.
Olmo le dirigió una mirada con cierta curiosidad. La verdad es que le pareció una mujer muy hermosa.
- De acuerdo. Hay una casa en las afueras que estoy reformando. ¿La conoce?
- Sí, la he visto en alguna ocasión cogiendo la diligencia.
- La recibiré encantado cuando guste señora. – dijo Olmo con una sonrisa y alejándose.
Carmen, volvió a sus quehaceres.
- Ya está cariño. Pronto te salvaré de sus garras, te lo prometo. – se dijo a sí misma.
……………………………………………………………………………………………………………………………………………….....
Francisca, entretanto, volvía más sonriente que nunca a la Casona. Tristán y Soledad se dirigieron raudos a ella.
- Madre, ¿dónde diablos ha estado? Estábamos muy preocupados por usted al ver que no ha pasado aquí la noche.
- ¿Una noche fuera y ya la casa se hunde? Sólo estuve… - se quedó pensativa. No había preparado excusa. - … resolviendo unas gestiones. Siento no haber dejado aviso pero eran urgentes. – “No lo sabéis bien cuánto.” – pensó para sus adentros.
- No vuelva a hacernos esto madre. Estábamos muy preocupados. – dijo Soledad.
Francisca se dirigió a ellos y les dio un profundo beso en la frente a cada uno dejándoles anonadados.
- No sabéis lo afortunada que soy al teneros. Tranquilos que estoy bien. Si me necesitáis estaré en mi alcoba cambiándome.
Y subió tranquilamente las escaleras dejándoles boquiabiertos.
Cuando Francisca cerró la puerta de su alcoba sintió que estallaba de felicidad. A su mente no dejaban de venir imágenes de lo ocurrido con Raimundo. Corrió a su mesita de noche para coger el libro de Rosalía de Castro. Ese libro que le había acompañado en esos momentos de duda cuando pensaba que Carmen le iba a quitar a su hombre. Lo abrió y leyó la dedicatoria “Que estas líneas sean el principio de una pasión compartida. R.”. Se emocionó y apretó el libro contra su pecho y se acostó en su alcoba. Realmente se sentía como esa adolescente que fue antaño que se enamoró del hombre de sus sueños. Cerró los ojos y se llevó una mano a sus labios sin dejar de aferrarse al libro.
- Raimundo… amor mío… - susurró Francisca.
Suspiró lentamente y unas lágrimas de felicidad se deslizaron por su rostro. Otra vez volvía a ser feliz.
- Carmen. Estoy en Puente Viejo desde hace unos días. Pero aquí no podemos hablar, esto es territorio de doña Francisca y cualquiera podría decirle que hemos hablado. Si de verdad le interesa esa información que tengo tendríamos que vernos en un sitio más… privado.
- Si esa información es de negocios, creo que no la voy a necesitar señora. – dijo Olmo sin perder la sonrisa.
- No, no es de negocios pero es igual de valiosa. Si quiere derrotarla tendrá que conocer su punto más débil. Y con esto no dudo de su capacidad empresarial caballero.
Olmo le dirigió una mirada con cierta curiosidad. La verdad es que le pareció una mujer muy hermosa.
- De acuerdo. Hay una casa en las afueras que estoy reformando. ¿La conoce?
- Sí, la he visto en alguna ocasión cogiendo la diligencia.
- La recibiré encantado cuando guste señora. – dijo Olmo con una sonrisa y alejándose.
Carmen, volvió a sus quehaceres.
- Ya está cariño. Pronto te salvaré de sus garras, te lo prometo. – se dijo a sí misma.
……………………………………………………………………………………………………………………………………………….....
Francisca, entretanto, volvía más sonriente que nunca a la Casona. Tristán y Soledad se dirigieron raudos a ella.
- Madre, ¿dónde diablos ha estado? Estábamos muy preocupados por usted al ver que no ha pasado aquí la noche.
- ¿Una noche fuera y ya la casa se hunde? Sólo estuve… - se quedó pensativa. No había preparado excusa. - … resolviendo unas gestiones. Siento no haber dejado aviso pero eran urgentes. – “No lo sabéis bien cuánto.” – pensó para sus adentros.
- No vuelva a hacernos esto madre. Estábamos muy preocupados. – dijo Soledad.
Francisca se dirigió a ellos y les dio un profundo beso en la frente a cada uno dejándoles anonadados.
- No sabéis lo afortunada que soy al teneros. Tranquilos que estoy bien. Si me necesitáis estaré en mi alcoba cambiándome.
Y subió tranquilamente las escaleras dejándoles boquiabiertos.
Cuando Francisca cerró la puerta de su alcoba sintió que estallaba de felicidad. A su mente no dejaban de venir imágenes de lo ocurrido con Raimundo. Corrió a su mesita de noche para coger el libro de Rosalía de Castro. Ese libro que le había acompañado en esos momentos de duda cuando pensaba que Carmen le iba a quitar a su hombre. Lo abrió y leyó la dedicatoria “Que estas líneas sean el principio de una pasión compartida. R.”. Se emocionó y apretó el libro contra su pecho y se acostó en su alcoba. Realmente se sentía como esa adolescente que fue antaño que se enamoró del hombre de sus sueños. Cerró los ojos y se llevó una mano a sus labios sin dejar de aferrarse al libro.
- Raimundo… amor mío… - susurró Francisca.
Suspiró lentamente y unas lágrimas de felicidad se deslizaron por su rostro. Otra vez volvía a ser feliz.
#30
24/10/2011 00:32
Raimundo llegaba a la casa de comidas como un niño a quien le acaban de regalar su juguete preferido.
- ¡Hoy les invito a todos a un chato amigos! – dijo feliz.
Emilia le miraba asombrado.
- Padre, ¿usted que se cree? ¿qué puede venir a las tantas teniéndonos a todos preocupados y ahora estar como si tal cosa? ¿se puede saber dónde ha estado?
- Emilia… Emilia – dijo Raimundo intentando calmarla. – Te hice caso y he arreglado todas mis penas. He estado en el cielo. – dijo sin perder su mejor sonrisa.
- Padre no me venga con monsergas que…
- Emilia. Se acabaron las penas. Al fin vuelvo a ser feliz. – dijo Raimundo.
Emilia comprendió al fin y asintió.
- Anda que… menudo zalamero está usted hecho. – dijo Emilia cogiéndole el mentón y dándole un beso. – Ande y venga a ayudarme con esos chatos galán.
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………..
Sebastián no podía trabajar. Estaba tan inquieto que decidió tomarse un respiro y caminar por la ribera del río. La brisa le despejaba la mente.
- ¿Quién será este Olmo Mesía? No me suena a trigo limpio. Sus palabras eran de una persona que no trama nada bueno. Bien dice padre siempre dice que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer pero… por otra parte… tiene razón. En la conservera me asfixia doña Francisca. Yo tengo estudios y ella no ¿quién sabe qué es lo mejor para la conservera más que yo? Aunque ella está acostumbrada a estas cosas mientras que éste es mi primer trabajo serio… Ya he pecado una vez de confiado con Virtudes y ya ves… Virtudes… - unas lágrimas se deslizaron por su rostro - ¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por qué te dejaste convencer por Gerardo? ¿No viste que te iba a llevar a ese final? Pero en fin… supongo que ya lo sabías y lo aceptaste. Tú no hiciste nada por mí salvo herirme ¿por qué tendría que moverme yo ahora por ti? No. Mi padre se merece ser feliz después de lo que ha pasado. Al fin y al cabo ¿quién sabe lo que me espera en un futuro? Yo tengo una vida por delante Virtudes para conocer gente que me ame como tú nunca lo hiciste. No volveré a ser un pelele en manos de nadie.
Y con estos pensamientos Sebastián volvió al trabajo.
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………..
Carmen se arreglaba en su cuarto con una sonrisa en la cara. Iba a ser una gran visita. Además se puso su mejor ropa interior por si necesitaba demostrarle sus… buenas intenciones. “Todo sea por ti Raimundo.” – pensó para sí misma.
Cuando llegó a la casa de don Olmo Mesía se quedó asombrada. Don Olmo la esperaba con una sonrisa.
- Mi querida Carmen. Cuánto me alegro de verla de nuevo. – dijo Olmo cortésmente cogiéndole la mano y besándole la palma.
- El sentimiento es más que mutuo caballero. – dijo Carmen.
- Pase, pase al salón.
- Antes que nada le agradecería que esta visita quedara a ojos de los demás como profesional. No me gustaría que la gente pensara en otras intenciones.
- Descuide. Así lo haré. – dijo Olmo con una sonrisa. - ¿Le apetece tomar algo?
- No, no será necesario para lo que tengo que decirle.
- Y dígame. ¿Por qué quiere ayudarme a derrotar a los Montenegro?
- No soporto que se quieran quedar con todo a la fuerza. Viven como si el mundo entero les perteneciera, como si todos tuvieran que estar a su merced.
- Entiendo… Pero sigo sin comprender realmente qué información podría darme realmente.
- Trabajo en su casa reparando vasijas. – dijo maldiciendo entre dientes. – Le vendría bien tener a alguien en la casa que pueda conseguirle cualquier documento.
- Ya… ¿Y seguro que quiere dinero? – dijo Olmo.
- No me interesa su dinero. Usted haga lo que tenga que hacer con Francisca que mi premio será algo muy distinto. Salvar a alguien de sus garras diabólicas. Pero hablando de ese alguien… - dijo Carmen pensativa. Olmo la escuchaba intrigado. - Oí una vez que para derrotar a un guerrero hay que conocer su punto más débil.
- Está claro que para doña Francisca son sus hijos. – dijo Olmo
- Pero quizás se le puede hacer más daño obligándole a abandonarle de nuevo. Sí. – dijo Carmen sonriendo.
- ¿A qué se refiere?
- A Raimundo Ulloa. Se amaron pero algo, no me pregunte qué es, los separó. Ahora parece que se han reconciliado.
- Entiendo. ¿Y exactamente qué propone?
- Si no atiende a razones amenácele con la vida de Raimundo Ulloa. Así le obligará a abandonarle de nuevo y le hará mucho daño ahora que habían vuelto. Yo me encargaré de tomarle entre mis brazos. Ese será el pago por mis servicios señor Mesía.
Olmo la miró sorprendido y a la vez con cierta mirada de deseo. Aquella mujer le parecía explosiva. Ciertamente podía serle de utilidad pero su padre le había enseñado a desconfiar de todos. Quiso ponerla a prueba.
- Me deja usted asombrado señorita. Pero si le soy sincero no estoy demasiado seguro de sus intenciones ya que me enseñaron a desconfiar ¿Cómo sé que alguien como usted no pensará después en traicionarme?
- Pues… - dijo Carmen dirigiéndose sensualmente a él – dígame lo que necesita para creerme y lo haré.
- Dígame usted – dijo Olmo atrayéndola a él - ¿Qué estaría dispuesta a hacer por él?
- Pues… - dijo Carmen a un centímetro de él – yo podría hacerle los días – añadió desabrochándole la camisa – muy pero que muy… - dijo acariciándole el pecho y dirigiendo su mano hacia su masculinidad de Olmo - … agradables.
Sentir la mano de Carmen en semejante parte le hizo arrancar un jadeo de placer. Dios, aquella mujer le resultaba irresistible. Sin más preámbulos le arrancó el vestido y la hizo suya.
- ¡Hoy les invito a todos a un chato amigos! – dijo feliz.
Emilia le miraba asombrado.
- Padre, ¿usted que se cree? ¿qué puede venir a las tantas teniéndonos a todos preocupados y ahora estar como si tal cosa? ¿se puede saber dónde ha estado?
- Emilia… Emilia – dijo Raimundo intentando calmarla. – Te hice caso y he arreglado todas mis penas. He estado en el cielo. – dijo sin perder su mejor sonrisa.
- Padre no me venga con monsergas que…
- Emilia. Se acabaron las penas. Al fin vuelvo a ser feliz. – dijo Raimundo.
Emilia comprendió al fin y asintió.
- Anda que… menudo zalamero está usted hecho. – dijo Emilia cogiéndole el mentón y dándole un beso. – Ande y venga a ayudarme con esos chatos galán.
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Sebastián no podía trabajar. Estaba tan inquieto que decidió tomarse un respiro y caminar por la ribera del río. La brisa le despejaba la mente.
- ¿Quién será este Olmo Mesía? No me suena a trigo limpio. Sus palabras eran de una persona que no trama nada bueno. Bien dice padre siempre dice que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer pero… por otra parte… tiene razón. En la conservera me asfixia doña Francisca. Yo tengo estudios y ella no ¿quién sabe qué es lo mejor para la conservera más que yo? Aunque ella está acostumbrada a estas cosas mientras que éste es mi primer trabajo serio… Ya he pecado una vez de confiado con Virtudes y ya ves… Virtudes… - unas lágrimas se deslizaron por su rostro - ¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por qué te dejaste convencer por Gerardo? ¿No viste que te iba a llevar a ese final? Pero en fin… supongo que ya lo sabías y lo aceptaste. Tú no hiciste nada por mí salvo herirme ¿por qué tendría que moverme yo ahora por ti? No. Mi padre se merece ser feliz después de lo que ha pasado. Al fin y al cabo ¿quién sabe lo que me espera en un futuro? Yo tengo una vida por delante Virtudes para conocer gente que me ame como tú nunca lo hiciste. No volveré a ser un pelele en manos de nadie.
Y con estos pensamientos Sebastián volvió al trabajo.
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Carmen se arreglaba en su cuarto con una sonrisa en la cara. Iba a ser una gran visita. Además se puso su mejor ropa interior por si necesitaba demostrarle sus… buenas intenciones. “Todo sea por ti Raimundo.” – pensó para sí misma.
Cuando llegó a la casa de don Olmo Mesía se quedó asombrada. Don Olmo la esperaba con una sonrisa.
- Mi querida Carmen. Cuánto me alegro de verla de nuevo. – dijo Olmo cortésmente cogiéndole la mano y besándole la palma.
- El sentimiento es más que mutuo caballero. – dijo Carmen.
- Pase, pase al salón.
- Antes que nada le agradecería que esta visita quedara a ojos de los demás como profesional. No me gustaría que la gente pensara en otras intenciones.
- Descuide. Así lo haré. – dijo Olmo con una sonrisa. - ¿Le apetece tomar algo?
- No, no será necesario para lo que tengo que decirle.
- Y dígame. ¿Por qué quiere ayudarme a derrotar a los Montenegro?
- No soporto que se quieran quedar con todo a la fuerza. Viven como si el mundo entero les perteneciera, como si todos tuvieran que estar a su merced.
- Entiendo… Pero sigo sin comprender realmente qué información podría darme realmente.
- Trabajo en su casa reparando vasijas. – dijo maldiciendo entre dientes. – Le vendría bien tener a alguien en la casa que pueda conseguirle cualquier documento.
- Ya… ¿Y seguro que quiere dinero? – dijo Olmo.
- No me interesa su dinero. Usted haga lo que tenga que hacer con Francisca que mi premio será algo muy distinto. Salvar a alguien de sus garras diabólicas. Pero hablando de ese alguien… - dijo Carmen pensativa. Olmo la escuchaba intrigado. - Oí una vez que para derrotar a un guerrero hay que conocer su punto más débil.
- Está claro que para doña Francisca son sus hijos. – dijo Olmo
- Pero quizás se le puede hacer más daño obligándole a abandonarle de nuevo. Sí. – dijo Carmen sonriendo.
- ¿A qué se refiere?
- A Raimundo Ulloa. Se amaron pero algo, no me pregunte qué es, los separó. Ahora parece que se han reconciliado.
- Entiendo. ¿Y exactamente qué propone?
- Si no atiende a razones amenácele con la vida de Raimundo Ulloa. Así le obligará a abandonarle de nuevo y le hará mucho daño ahora que habían vuelto. Yo me encargaré de tomarle entre mis brazos. Ese será el pago por mis servicios señor Mesía.
Olmo la miró sorprendido y a la vez con cierta mirada de deseo. Aquella mujer le parecía explosiva. Ciertamente podía serle de utilidad pero su padre le había enseñado a desconfiar de todos. Quiso ponerla a prueba.
- Me deja usted asombrado señorita. Pero si le soy sincero no estoy demasiado seguro de sus intenciones ya que me enseñaron a desconfiar ¿Cómo sé que alguien como usted no pensará después en traicionarme?
- Pues… - dijo Carmen dirigiéndose sensualmente a él – dígame lo que necesita para creerme y lo haré.
- Dígame usted – dijo Olmo atrayéndola a él - ¿Qué estaría dispuesta a hacer por él?
- Pues… - dijo Carmen a un centímetro de él – yo podría hacerle los días – añadió desabrochándole la camisa – muy pero que muy… - dijo acariciándole el pecho y dirigiendo su mano hacia su masculinidad de Olmo - … agradables.
Sentir la mano de Carmen en semejante parte le hizo arrancar un jadeo de placer. Dios, aquella mujer le resultaba irresistible. Sin más preámbulos le arrancó el vestido y la hizo suya.
#31
24/10/2011 00:33
Emilia se encontraba levantando las sillas que quedaban mientras que Raimundo limpiaba la barra sin borrar la sonrisa de la cara.
- Padre, no sabe cuánto me alegra verle así de feliz.
- Y a mí sentirlo Emilia. – dijo Raimundo respirando hondo.
Carmen entró en ese momento en la casa de comidas.
- ¿Cómo está el tabernero más guapo del mundo?
- No te pases que no es para tanto. – dijo Raimundo un tanto sonrojado.- Bien gracias. ¿Cómo han ido las cosas?
- De maravilla. – dijo Carmen con una sonrisa. – Pero he acabado prácticamente rendida de lo mucho que he pateado hoy así que… una que se retira.
- Que descanses.
- Igualmente. – dijo Carmen y añadió acercándose a él – Y que sepas que esa sonrisa te sienta muy bien.
- Buenas noches Emilia.
- Buenas noches Carmen.
Y Carmen se fue a su habitación. Emilia se dirigió a su padre y le dijo:
- Hay que ver padre lo maja que es esta mujer. Se ha tomado lo de usted con una entereza increíble.
- Sí, es una buena mujer. Nunca pensé que pudiera ser amigo de una mujer. Pero ya ves… hay gente buena por el mundo.
- Bueno… ¿cómo fue todo con la doña?
Raimundo paró de limpiar y suspiró.
- Mejor que bien Emilia. Al fin vuelvo a sentir esa felicidad que sentía cuando era joven. Me siento… libre. Libre de tantas cosas…
- No sabe cuánto me alegro padre. Después de todos los sinsabores que han vivido ya les tocaba. – dijo Emilia cogiéndole la mano a Raimundo.
- Sí… ya iba siendo hora.
- Bueno padre yo me retiro también a descansar si no le importa. Ha sido un día largo el de hoy.
- Sí hija ve. Ve y descansa que te lo mereces. Y no estés celosa que a ti también te quiero. – dijo Raimundo con aire burlón.
Emilia le contestó con un golpe cariñoso en el hombro y una sonrisa. Después le dio un beso y se retiró.
Cuando Raimundo terminó de recoger se dirigió a su habitación pero no podía dormir. Se sentía como un zagal recién enamorado. Sí, se merecían otra oportunidad. Algo en su interior le impulsó a escribir.
Querida Francisca,
No sabes cuánto te echo de menos. Cada segundo que estoy sin ti es como una daga que se clava en el alma y que me recuerda que puedo perderte. Después de tanto tiempo no puedo estar ni un minuto sin ti, sin tus besos, sin tu piel. Contigo he podido respirar por primera vez en mucho tiempo. Me has liberado de mis miedos, de mis angustias y de tantas cosas que ahora temo recuperar si no estás a mi lado. Te amo, te amo con todo mi corazón, el mismo que no cesa de gritar tu nombre cuando no estás.
Te esperaré mañana por la noche en el chozo. No es un palacio pero lo prepararé para la ocasión. Necesitamos un sitio lejos de las miradas de todos.
Estaré esperándote con todo mi amor y mi corazón.
Raimundo
- Padre, no sabe cuánto me alegra verle así de feliz.
- Y a mí sentirlo Emilia. – dijo Raimundo respirando hondo.
Carmen entró en ese momento en la casa de comidas.
- ¿Cómo está el tabernero más guapo del mundo?
- No te pases que no es para tanto. – dijo Raimundo un tanto sonrojado.- Bien gracias. ¿Cómo han ido las cosas?
- De maravilla. – dijo Carmen con una sonrisa. – Pero he acabado prácticamente rendida de lo mucho que he pateado hoy así que… una que se retira.
- Que descanses.
- Igualmente. – dijo Carmen y añadió acercándose a él – Y que sepas que esa sonrisa te sienta muy bien.
- Buenas noches Emilia.
- Buenas noches Carmen.
Y Carmen se fue a su habitación. Emilia se dirigió a su padre y le dijo:
- Hay que ver padre lo maja que es esta mujer. Se ha tomado lo de usted con una entereza increíble.
- Sí, es una buena mujer. Nunca pensé que pudiera ser amigo de una mujer. Pero ya ves… hay gente buena por el mundo.
- Bueno… ¿cómo fue todo con la doña?
Raimundo paró de limpiar y suspiró.
- Mejor que bien Emilia. Al fin vuelvo a sentir esa felicidad que sentía cuando era joven. Me siento… libre. Libre de tantas cosas…
- No sabe cuánto me alegro padre. Después de todos los sinsabores que han vivido ya les tocaba. – dijo Emilia cogiéndole la mano a Raimundo.
- Sí… ya iba siendo hora.
- Bueno padre yo me retiro también a descansar si no le importa. Ha sido un día largo el de hoy.
- Sí hija ve. Ve y descansa que te lo mereces. Y no estés celosa que a ti también te quiero. – dijo Raimundo con aire burlón.
Emilia le contestó con un golpe cariñoso en el hombro y una sonrisa. Después le dio un beso y se retiró.
Cuando Raimundo terminó de recoger se dirigió a su habitación pero no podía dormir. Se sentía como un zagal recién enamorado. Sí, se merecían otra oportunidad. Algo en su interior le impulsó a escribir.
Querida Francisca,
No sabes cuánto te echo de menos. Cada segundo que estoy sin ti es como una daga que se clava en el alma y que me recuerda que puedo perderte. Después de tanto tiempo no puedo estar ni un minuto sin ti, sin tus besos, sin tu piel. Contigo he podido respirar por primera vez en mucho tiempo. Me has liberado de mis miedos, de mis angustias y de tantas cosas que ahora temo recuperar si no estás a mi lado. Te amo, te amo con todo mi corazón, el mismo que no cesa de gritar tu nombre cuando no estás.
Te esperaré mañana por la noche en el chozo. No es un palacio pero lo prepararé para la ocasión. Necesitamos un sitio lejos de las miradas de todos.
Estaré esperándote con todo mi amor y mi corazón.
Raimundo
#32
24/10/2011 00:34
Raimundo se levantó más despierto que de costumbre junto con Emilia para preparar la taberna. Se sentía como un chiquillo que iba a dar su primera carta de amor a su amada. Era algo increíble, como si el amor de Francisca le hubiera devuelto a la juventud. Terminó de desayunar con Emilia y se puso a bajar las sillas y prepararlo todo para abrir la taberna pero los nervios que tenían hacían que las piernas le temblaran de la emoción. “¿Cómo es posible que esté así?” – pensó Raimundo.
- Padre ¿se encuentra bien? – dijo Emilia.
- Sí, solo que estoy un poco nervioso. – dijo Raimundo.
- ¿Y por qué iba a estar nervioso padre? – dijo Emilia con curiosidad.
- He quedado con Francisca esta noche… yo…– dijo Raimundo poniéndose rojo como un tomate.
- Acabáramos – dijo Emilia con una sonrisa y cogiéndole la mano. – Padre marche tranquilo y no se preocupe por mí que por las noches me apaño yo sola.
- ¿De verdad? – dijo Raimundo casi con vergüenza. Parecía un zagal que pedía permiso a su madre.
- Pues claro padre. Usted necesita tener momentos para usted y dejarse la taberna. Necesita ser feliz de una vez. – dijo Emilia.
Raimundo la miró con orgullo y con amor. Adoraba a su hija. Le cogió el rostro con ambas manos y le besó la frente con amor. Después le dijo:
- Mi Emilia. ¿Qué habría sido de mi vida sin ti? – dijo Raimundo sin poder evitar las lágrimas.
Emilia le contestó con un tierno beso en la mejilla y ambos volvieron al trabajo. En ese momento Rosario entró en la casa de comidas.
- Rosario ¿qué haces aquí?
- Buenas…Raimundo. – hablaba con una vergüenza tremenda en la voz. – Verá… ayer me enteré de que Juan…
- Si es por lo que creo no te preocupes. Sé lo que estáis pasando. – dijo Raimundo. – Lo que si te pediría es un favor… personal.
- Lo que usted quiera Raimundo.
- ¿Podría darle esta carta a doña Francisca? – dijo Raimundo con la misma vergüenza que antes. Emilia tuvo que hacer grandes esfuerzos por no reírse.
- Cclaro Raimundo. En cuanto llegue. – dijo Rosario un poco desconcertada. – Hasta luego y gracias.
- No, gracias a usted Rosario. Y sabe que me tiene para lo que necesite. – dijo Raimundo sonriente.
- Igualmente. Hasta luego Emilia.
- Adiós Rosario.
Transcurrió el día con normalidad, sin ningún sobresalto. Los dos, Emilia y Raimundo, trabajaron a destajo aunque a Raimundo no se le iba del cuerpo el hormigueo que tenía. “Por lo que más quieras Raimundo que ya no eres un niño.” – se reprendió a sí mismo.
Al atardecer, viendo Emilia como estaba su padre le dijo:
- Padre, ¿por qué no va a cambiarse y… prepara el terreno? Que si el encuentro es donde yo creo va a necesitar fuerzas.
Raimundo no podía dejar de sentir cierta vergüenza. Dios santo, definitivamente parecía un chiquillo al lado de su hija.
- Definitivamente que esa mujer va a acabar conmigo. – dijo Raimundo.
- Bueno, bien dicen que morir por amor es lo más dulce. – dijo Emilia.
Y dicho esto Raimundo se puso su mejor traje y cogiendo su carro con algunas cosillas para… sorprender y un caballo prestado partió al chozo. Llevaba un trecho cuando de repente vio a alguien caminar tambaleándose. Parecía alguien bajo. Bajó del carro y se acercó a esa persona. A medida que se acercaba a él era más bajo… tan bajo como si fuera… Raimundo corrió a socorrer a la persona cuando de repente ésta cayó fulminada al suelo. Raimundo aceleró y se le paró la respiración.
- Cielos santo… ¡¡¡MARTÍN!!!
- Padre ¿se encuentra bien? – dijo Emilia.
- Sí, solo que estoy un poco nervioso. – dijo Raimundo.
- ¿Y por qué iba a estar nervioso padre? – dijo Emilia con curiosidad.
- He quedado con Francisca esta noche… yo…– dijo Raimundo poniéndose rojo como un tomate.
- Acabáramos – dijo Emilia con una sonrisa y cogiéndole la mano. – Padre marche tranquilo y no se preocupe por mí que por las noches me apaño yo sola.
- ¿De verdad? – dijo Raimundo casi con vergüenza. Parecía un zagal que pedía permiso a su madre.
- Pues claro padre. Usted necesita tener momentos para usted y dejarse la taberna. Necesita ser feliz de una vez. – dijo Emilia.
Raimundo la miró con orgullo y con amor. Adoraba a su hija. Le cogió el rostro con ambas manos y le besó la frente con amor. Después le dijo:
- Mi Emilia. ¿Qué habría sido de mi vida sin ti? – dijo Raimundo sin poder evitar las lágrimas.
Emilia le contestó con un tierno beso en la mejilla y ambos volvieron al trabajo. En ese momento Rosario entró en la casa de comidas.
- Rosario ¿qué haces aquí?
- Buenas…Raimundo. – hablaba con una vergüenza tremenda en la voz. – Verá… ayer me enteré de que Juan…
- Si es por lo que creo no te preocupes. Sé lo que estáis pasando. – dijo Raimundo. – Lo que si te pediría es un favor… personal.
- Lo que usted quiera Raimundo.
- ¿Podría darle esta carta a doña Francisca? – dijo Raimundo con la misma vergüenza que antes. Emilia tuvo que hacer grandes esfuerzos por no reírse.
- Cclaro Raimundo. En cuanto llegue. – dijo Rosario un poco desconcertada. – Hasta luego y gracias.
- No, gracias a usted Rosario. Y sabe que me tiene para lo que necesite. – dijo Raimundo sonriente.
- Igualmente. Hasta luego Emilia.
- Adiós Rosario.
Transcurrió el día con normalidad, sin ningún sobresalto. Los dos, Emilia y Raimundo, trabajaron a destajo aunque a Raimundo no se le iba del cuerpo el hormigueo que tenía. “Por lo que más quieras Raimundo que ya no eres un niño.” – se reprendió a sí mismo.
Al atardecer, viendo Emilia como estaba su padre le dijo:
- Padre, ¿por qué no va a cambiarse y… prepara el terreno? Que si el encuentro es donde yo creo va a necesitar fuerzas.
Raimundo no podía dejar de sentir cierta vergüenza. Dios santo, definitivamente parecía un chiquillo al lado de su hija.
- Definitivamente que esa mujer va a acabar conmigo. – dijo Raimundo.
- Bueno, bien dicen que morir por amor es lo más dulce. – dijo Emilia.
Y dicho esto Raimundo se puso su mejor traje y cogiendo su carro con algunas cosillas para… sorprender y un caballo prestado partió al chozo. Llevaba un trecho cuando de repente vio a alguien caminar tambaleándose. Parecía alguien bajo. Bajó del carro y se acercó a esa persona. A medida que se acercaba a él era más bajo… tan bajo como si fuera… Raimundo corrió a socorrer a la persona cuando de repente ésta cayó fulminada al suelo. Raimundo aceleró y se le paró la respiración.
- Cielos santo… ¡¡¡MARTÍN!!!
#33
24/10/2011 00:34
Era Martín. Estaba sucio y parecía desnutrido. Raimundo intentó reanimarle y poco a poco Martín despertó.
- ¡Martín! ¡Martín! ¿Me oyes?
- Tío… Raimundo. – susurró Martín.
Raimundo le abrazó contra su pecho por la emoción. Enseguida le cogió en brazos, le acomodó en el carro y le llevó al pueblo.
Cuando llegó corrió a llamar a la doctora Casas.
- Doctora, tengo a Martín en el carro. Deprisa, parece deshidratado.
No tuvo que decirlo dos veces. La doctora salió a buscar a Martín y entre los dos lo llevaron a la consulta. Raimundo seguidamente corrió a la casa de comidas. Allí se encontró con Emilia, Pepa y Pedro Mirañar hablando.
- ¡Pepa! ¡Pepa! Tienes que ir corriendo al consultorio… Martín…
- ¿Qué pasa con Martín? – dijo Pepa alarmada
- Lo encontré. Estaba vagando por las tierras. Está en el consultorio. Parecía desnutrido pero está consciente.
Pepa salió de la casa de comidas como alma que lleva el diablo.
- Pedro, vaya a la Casona ¡rápido!
- S… sí… sí… claro – dijo Pedro faltándole el aire.
- Pero Emilia, corre con Pepa. Te necesita. Yo defenderé el fuerte. Vamos. – dijo Raimundo.
Emilia dejó el delantal, le dio un beso y se fue. Ya a la hora de cerrar, Raimundo estaba subiendo las sillas preocupado. “Espero que realmente esté bien.” – pensó.
- Siempre supe que eras un ángel. – susurró una voz cerca de él.
Esa voz era inconfundible. La emoción volvía a llenarle como un zagal. Se dio la vuelta y allí estaba Francisca. Con una mirada tierna y llena de amor. Le acarició la barba y le atrajo hasta ella lentamente. Unas lágrimas se deslizaron por su rostro.
- Mi ángel… - susurró a un centímetro de sus labios.
Raimundo deslizó las manos por su cintura y los dos se fundieron en un beso apasionado. Francisca se aferró con fuerza a él mientras que Raimundo atacaba su cuello. Se aferraban y besaban el uno al otro con una pasión desbordante. Se apartaron para poder respirar. Francisca sonrió pícara y, cogiéndole la mano, le condujo hasta las habitaciones.
Cuando llegaron al cuarto de Raimundo, éste cerró la puerta con pestillo y, de un movimiento rápido, la atrajo hacia sí y volvieron a fundirse en un beso demoledor.
Francisca intentaba sobrevivir a su ataque mientras él la llevaba a la locura. Ella enloqueció con él y le arrancó la camisa mientras él hacía lo propio con su vestido. Cuando cayó al suelo, Francisca empujó a Raimundo a la cama. Los dos se miraron llenos de deseo. Francisca deshizo su peinado y empezó a quitarse las enaguas. Raimundo creyó que moriría de deseo. Cuando ella se quitó la ropa, se colocó lentamente encima de él. Raimundo quiso besarla pero ella le puso la mano en la cara dejando a Raimundo paralizado y mirando al techo mientras ella le besaba el pecho y la quitaba el pantalón. Raimundo sólo pensaba en sobrevivir.
- Francisca… vas a volverme loco… - gimió Raimundo.
Ella le contestó con una sonrisa a la vez que sus cuerpos comenzaron a moverse por la pasión. Raimundo se dejó hacer mientras le acariciaba la espalda. Los jadeos y la pasión alcanzaron cotas insospechadas. El éxtasis se apoderó de ellos fundiéndolos, convirtiéndolos en un solo ser. Sin sospechar que unos ojos llenos de odio observaron su encuentro.
Carmen se alejó llena de rabia y desesperación. Mañana hablaría con Olmo.
- Acabaré contigo maldita bruja. – dijo Carmen para sí. – No le harás más daño. Lo juro por mi vida.
- ¡Martín! ¡Martín! ¿Me oyes?
- Tío… Raimundo. – susurró Martín.
Raimundo le abrazó contra su pecho por la emoción. Enseguida le cogió en brazos, le acomodó en el carro y le llevó al pueblo.
Cuando llegó corrió a llamar a la doctora Casas.
- Doctora, tengo a Martín en el carro. Deprisa, parece deshidratado.
No tuvo que decirlo dos veces. La doctora salió a buscar a Martín y entre los dos lo llevaron a la consulta. Raimundo seguidamente corrió a la casa de comidas. Allí se encontró con Emilia, Pepa y Pedro Mirañar hablando.
- ¡Pepa! ¡Pepa! Tienes que ir corriendo al consultorio… Martín…
- ¿Qué pasa con Martín? – dijo Pepa alarmada
- Lo encontré. Estaba vagando por las tierras. Está en el consultorio. Parecía desnutrido pero está consciente.
Pepa salió de la casa de comidas como alma que lleva el diablo.
- Pedro, vaya a la Casona ¡rápido!
- S… sí… sí… claro – dijo Pedro faltándole el aire.
- Pero Emilia, corre con Pepa. Te necesita. Yo defenderé el fuerte. Vamos. – dijo Raimundo.
Emilia dejó el delantal, le dio un beso y se fue. Ya a la hora de cerrar, Raimundo estaba subiendo las sillas preocupado. “Espero que realmente esté bien.” – pensó.
- Siempre supe que eras un ángel. – susurró una voz cerca de él.
Esa voz era inconfundible. La emoción volvía a llenarle como un zagal. Se dio la vuelta y allí estaba Francisca. Con una mirada tierna y llena de amor. Le acarició la barba y le atrajo hasta ella lentamente. Unas lágrimas se deslizaron por su rostro.
- Mi ángel… - susurró a un centímetro de sus labios.
Raimundo deslizó las manos por su cintura y los dos se fundieron en un beso apasionado. Francisca se aferró con fuerza a él mientras que Raimundo atacaba su cuello. Se aferraban y besaban el uno al otro con una pasión desbordante. Se apartaron para poder respirar. Francisca sonrió pícara y, cogiéndole la mano, le condujo hasta las habitaciones.
Cuando llegaron al cuarto de Raimundo, éste cerró la puerta con pestillo y, de un movimiento rápido, la atrajo hacia sí y volvieron a fundirse en un beso demoledor.
Francisca intentaba sobrevivir a su ataque mientras él la llevaba a la locura. Ella enloqueció con él y le arrancó la camisa mientras él hacía lo propio con su vestido. Cuando cayó al suelo, Francisca empujó a Raimundo a la cama. Los dos se miraron llenos de deseo. Francisca deshizo su peinado y empezó a quitarse las enaguas. Raimundo creyó que moriría de deseo. Cuando ella se quitó la ropa, se colocó lentamente encima de él. Raimundo quiso besarla pero ella le puso la mano en la cara dejando a Raimundo paralizado y mirando al techo mientras ella le besaba el pecho y la quitaba el pantalón. Raimundo sólo pensaba en sobrevivir.
- Francisca… vas a volverme loco… - gimió Raimundo.
Ella le contestó con una sonrisa a la vez que sus cuerpos comenzaron a moverse por la pasión. Raimundo se dejó hacer mientras le acariciaba la espalda. Los jadeos y la pasión alcanzaron cotas insospechadas. El éxtasis se apoderó de ellos fundiéndolos, convirtiéndolos en un solo ser. Sin sospechar que unos ojos llenos de odio observaron su encuentro.
Carmen se alejó llena de rabia y desesperación. Mañana hablaría con Olmo.
- Acabaré contigo maldita bruja. – dijo Carmen para sí. – No le harás más daño. Lo juro por mi vida.
#34
26/10/2011 11:30
Carmen y Olmo estaban acostados en la cama uno en brazos del otro. Olmo finalmente habló:
- Te noto con más fuerza que de costumbre, como si algo te estuviera envenenando.
- No pensé que fueras tan observador – dijo Carmen irónica.
Olmo contestó riéndose.
- Yo lo observo todo querida… ¿Y bien?
- No soporto más a Francisca Montenegro. Esa maldita bruja cree que todo el mundo debe rendirle honores.
- Paciencia querida, a cada cerdo le llega su san Martín. Aunque… bien mirado… estoy a punto de agradecerle que provoque en ti… tanta pasión. – dijo Olmo besándola.
- ¿Tú no estabas cortejando a Soledad?
- Sí… pero eso no quita que disfrute de los placeres de la vida.
- Lo que todavía no logro comprender es… el plan que tienes con ellos.
- La conservera… se viene abajo son mis cosechas… y el pueblo… cada vez tiene mejor imagen de mí… - dijo sin dejar de besarla y acariciarla y añadió - … me gusta que la agonía sea… lenta.
- ¿Y lo que hablamos no podía ayudar? – dijo Carmen anhelante.
- Me encanta cuando te pones así. Tranquila… lo utilizaré muy pronto.
- Te noto con más fuerza que de costumbre, como si algo te estuviera envenenando.
- No pensé que fueras tan observador – dijo Carmen irónica.
Olmo contestó riéndose.
- Yo lo observo todo querida… ¿Y bien?
- No soporto más a Francisca Montenegro. Esa maldita bruja cree que todo el mundo debe rendirle honores.
- Paciencia querida, a cada cerdo le llega su san Martín. Aunque… bien mirado… estoy a punto de agradecerle que provoque en ti… tanta pasión. – dijo Olmo besándola.
- ¿Tú no estabas cortejando a Soledad?
- Sí… pero eso no quita que disfrute de los placeres de la vida.
- Lo que todavía no logro comprender es… el plan que tienes con ellos.
- La conservera… se viene abajo son mis cosechas… y el pueblo… cada vez tiene mejor imagen de mí… - dijo sin dejar de besarla y acariciarla y añadió - … me gusta que la agonía sea… lenta.
- ¿Y lo que hablamos no podía ayudar? – dijo Carmen anhelante.
- Me encanta cuando te pones así. Tranquila… lo utilizaré muy pronto.
#35
26/10/2011 11:31
Sebastián se encontraba hablando con unos jornaleros cuando Olmo Mesía entró.
- Vaya, no le esperaba. – dijo Sebastián sorprendido.
- Lo imagino. No tiene importancia. – dijo Olmo con cortesía.
- Disculpe el desorden pero me gusta tener los papeles lo más a mano posible.
- Entiendo… Tranquilo, sólo vengo a hablar contigo sobre lo que dejamos en el aire…
Sebastián empezó a ponerse tenso. Finalmente contestó.
- Me temo que no va a ser posible señor Mesía. No voy a ir en contra de Francisca Montenegro.
- Lo imaginaba. Y por eso vengo a exponerte mi oferta.
- ¿Oferta?
- Van a venderme su parte y van a irse de Puente Viejo. Estoy cansado de estar mano sobre mano.
Sebastián se quedó anonadado.
- ¿Cómo dice?
- Verá… Mis contactos me han hecho llegar estos documentos que certifican que esta casa fue adquirida de forma ilegal. Doy por sentado que Francisca no va a querer un escándalo así que no creo que les apoye. Compraré su parte y se irán de Puente Viejo lo antes posible.
- ¿Y si no aceptamos?
- Tendría que sacar mi faceta más dura y puede que varias personas resulten heridas… como por ejemplo su padre.
- ¡¿Cómo se atreve a…?! ¡Lárguese de aquí! – dijo Sebastián levantándose dispuesto a encararse con él.
- Como quiera… - dijo Olmo yendo hacia la puerta y añadió – Quédese con los documentos. Seguro que Francisca los encuentra… reveladores. Yo guardaré los originales.
- Vaya, no le esperaba. – dijo Sebastián sorprendido.
- Lo imagino. No tiene importancia. – dijo Olmo con cortesía.
- Disculpe el desorden pero me gusta tener los papeles lo más a mano posible.
- Entiendo… Tranquilo, sólo vengo a hablar contigo sobre lo que dejamos en el aire…
Sebastián empezó a ponerse tenso. Finalmente contestó.
- Me temo que no va a ser posible señor Mesía. No voy a ir en contra de Francisca Montenegro.
- Lo imaginaba. Y por eso vengo a exponerte mi oferta.
- ¿Oferta?
- Van a venderme su parte y van a irse de Puente Viejo. Estoy cansado de estar mano sobre mano.
Sebastián se quedó anonadado.
- ¿Cómo dice?
- Verá… Mis contactos me han hecho llegar estos documentos que certifican que esta casa fue adquirida de forma ilegal. Doy por sentado que Francisca no va a querer un escándalo así que no creo que les apoye. Compraré su parte y se irán de Puente Viejo lo antes posible.
- ¿Y si no aceptamos?
- Tendría que sacar mi faceta más dura y puede que varias personas resulten heridas… como por ejemplo su padre.
- ¡¿Cómo se atreve a…?! ¡Lárguese de aquí! – dijo Sebastián levantándose dispuesto a encararse con él.
- Como quiera… - dijo Olmo yendo hacia la puerta y añadió – Quédese con los documentos. Seguro que Francisca los encuentra… reveladores. Yo guardaré los originales.
#36
26/10/2011 11:31
Francisca no podía sostenerse en pie tras lo que le acababa de confesar Sebastián. Su peor pesadilla se había hecho realidad. O Raimundo y Sebastián se iban u Olmo les haría daño. Ir a la policía sería revelar lo que hizo a los Ulloa y poner en peligro la vida del hombre que más amaba en el mundo. Lo primero no le importaba tanto como lo segundo. Tenía que hacer algo pero no quería hacerlo. Tenía que volver a separarse de él. Francisca intentaba arreglarse lo mejor posible y prepararse para la cita que tenía con Raimundo en la casa de comidas. Lo había concertado después de hablar con Sebastián.
Francisca se miraba al espejo y no podía dejar de llorar. Se le estaba partiendo el corazón en dos, como hace 30 años. Se volvió y fue hacia su mesilla a coger el libro de Rosalía de Castro. Lo abrió y miró la dedicatoria.
- ¿Por qué no podemos ser felices amor mío? ¿Por qué? – susurraba Francisca entre lágrimas.
Terminó de arreglarse y cerró los ojos. Apeló a todo su orgullo y su fuerza para adoptar su duro semblante y puso rumbo a la casa de comidas. Al bajar se encontró con Tristán y Pepa.
- Madre, no sabía que se fuera a ir.
- Sí hijo, tengo que resolver urgentemente un asunto. Volveré enseguida. – dijo Francisca duramente. Se le partía el alma nada más recordar lo que tenía que hacer pero no flaqueó.
- ¿Algo va mal madre?
- Lo de siempre hijo. Esta maldita casa que no da más que problemas. – dijo Francisca maldiciéndola en el fondo. Esa casa representaba todo lo que siempre le había separado de Raimundo. – Volveré enseguida no te preocupes.
- En ese caso la dejo marchar madre.
Francisca se miraba al espejo y no podía dejar de llorar. Se le estaba partiendo el corazón en dos, como hace 30 años. Se volvió y fue hacia su mesilla a coger el libro de Rosalía de Castro. Lo abrió y miró la dedicatoria.
- ¿Por qué no podemos ser felices amor mío? ¿Por qué? – susurraba Francisca entre lágrimas.
Terminó de arreglarse y cerró los ojos. Apeló a todo su orgullo y su fuerza para adoptar su duro semblante y puso rumbo a la casa de comidas. Al bajar se encontró con Tristán y Pepa.
- Madre, no sabía que se fuera a ir.
- Sí hijo, tengo que resolver urgentemente un asunto. Volveré enseguida. – dijo Francisca duramente. Se le partía el alma nada más recordar lo que tenía que hacer pero no flaqueó.
- ¿Algo va mal madre?
- Lo de siempre hijo. Esta maldita casa que no da más que problemas. – dijo Francisca maldiciéndola en el fondo. Esa casa representaba todo lo que siempre le había separado de Raimundo. – Volveré enseguida no te preocupes.
- En ese caso la dejo marchar madre.
#37
26/10/2011 11:32
Raimundo se encontraba feliz en la casa de comidas. Esa noche volvería a ver a Francisca. Por eso limpiaba la barra silbando de alegría. Se encontraba radiante.
Francisca titubeó antes de entrar. Por un momento pensó en contárselo todo, tal y como hubiera querido que él actuara en el pasado. Si se lo hubiera contado ella se hubiera lanzado a sus brazos y seguramente su padre le había apoyado. Hubiera seguido a Raimundo hasta el fin del mundo. Pero ahora lo que estaba en juego no era dinero sino su vida. No podía permitirse un momento de debilidad. Si se lo contaba corría el riesgo de que muriera.
Antes de entrar le miró por uno de los cristales y le pareció el hombre más bello del mundo. Raimundo limpiaba silbando y con una sonrisa de oreja a oreja. A Francisca le pareció que era un príncipe. Le quería, le amaba, haría cualquier cosa por él. Cerró los ojos, volvió a recomponerse y entró.
Raimundo en cuanto la vio entrar se dirigió rápido hacia ella por la emoción.
- Francisca. - dijo atrayéndola hacia él por la cintura y besándola con pasión. – Estás aquí.
Francisca creyó morir ante esas palabras y ante esa mirada de amor. No podría hacerlo, no podría volver a separarse de él. Pero pensó en que si él moría por no haber sido fuerte ella no podría vivir. Volvió a recomponerse y le dio un guantazo.
- ¡¿Cómo te atreves maldito tabernero?! – dijo Francisca intentando parecer enfadada. Esta era la única forma de conseguir que Raimundo se fuera de Puente Viejo.
- Francisca… que… - dijo Raimundo asombrado.
- ¡Qué! ¿Creías que no me enteraría? – dijo Francisca casi sin mirarle. Si lo hacía se rompería en mil pedazos. – Todo el pueblo anda diciendo que estás conmigo solamente para recuperar tus preciadas posesiones y que andas en realidad con esa maldita desarrapada… Os han visto juntos miles de veces. – añadió Francisca dándose la vuelta para irse. Tenía que hacerlo o acabaría derrumbándose.
- ¿Cómo puedes pensar eso de mí?... – dijo Raimundo que viendo como Francisca se iba le cogió del brazo – No… tiene que haber algo más… Esto no puede estar pasando… Otra vez no… - añadió susurrando.
- Suéltame… - dijo Francisca – Y no vuelvas a acercarte a mí en lo que te reste de vida maldito tabernero. No quiero volver a verte jamás. – Y dando media vuelta, se fue dejando a Raimundo sin respiración.
Francisca titubeó antes de entrar. Por un momento pensó en contárselo todo, tal y como hubiera querido que él actuara en el pasado. Si se lo hubiera contado ella se hubiera lanzado a sus brazos y seguramente su padre le había apoyado. Hubiera seguido a Raimundo hasta el fin del mundo. Pero ahora lo que estaba en juego no era dinero sino su vida. No podía permitirse un momento de debilidad. Si se lo contaba corría el riesgo de que muriera.
Antes de entrar le miró por uno de los cristales y le pareció el hombre más bello del mundo. Raimundo limpiaba silbando y con una sonrisa de oreja a oreja. A Francisca le pareció que era un príncipe. Le quería, le amaba, haría cualquier cosa por él. Cerró los ojos, volvió a recomponerse y entró.
Raimundo en cuanto la vio entrar se dirigió rápido hacia ella por la emoción.
- Francisca. - dijo atrayéndola hacia él por la cintura y besándola con pasión. – Estás aquí.
Francisca creyó morir ante esas palabras y ante esa mirada de amor. No podría hacerlo, no podría volver a separarse de él. Pero pensó en que si él moría por no haber sido fuerte ella no podría vivir. Volvió a recomponerse y le dio un guantazo.
- ¡¿Cómo te atreves maldito tabernero?! – dijo Francisca intentando parecer enfadada. Esta era la única forma de conseguir que Raimundo se fuera de Puente Viejo.
- Francisca… que… - dijo Raimundo asombrado.
- ¡Qué! ¿Creías que no me enteraría? – dijo Francisca casi sin mirarle. Si lo hacía se rompería en mil pedazos. – Todo el pueblo anda diciendo que estás conmigo solamente para recuperar tus preciadas posesiones y que andas en realidad con esa maldita desarrapada… Os han visto juntos miles de veces. – añadió Francisca dándose la vuelta para irse. Tenía que hacerlo o acabaría derrumbándose.
- ¿Cómo puedes pensar eso de mí?... – dijo Raimundo que viendo como Francisca se iba le cogió del brazo – No… tiene que haber algo más… Esto no puede estar pasando… Otra vez no… - añadió susurrando.
- Suéltame… - dijo Francisca – Y no vuelvas a acercarte a mí en lo que te reste de vida maldito tabernero. No quiero volver a verte jamás. – Y dando media vuelta, se fue dejando a Raimundo sin respiración.
#38
26/10/2011 11:32
Carmen estaba desvelada. No dejaba de pensar en si Olmo ya habría hecho algo con Francisca. Decidió salir de la habitación y estirar un poco las piernas. A ver si tomando el aire se tranquilizaba un poco. Al salir de la habitación oyó un sollozo. Se giró y vio a Raimundo sentado en una silla con la cara oculta entre las manos. No pudo evitar cierto dolor al verle así pero a la vez cierta alegría. Por fin Francisca se había alejado de él. Caminó lentamente hacia él.
- Raimundo ¿se encuentra bien?
- Carmen… lo siento si te… si te he despertado… yo…
- No te preocupes. Hoy estaba desvelada. Ha sido una casualidad encontrarte aquí.
- Lo siento no… no quería que nadie me viera así…
- Bueno… pero los amigos están para estos momentos ¿no? – dijo Carmen sentándose a su lado y dedicándole una sonrisa. - ¿Ha pasado algo grave? – añadió cogiéndole el brazo.
- Carmen… agradezco tu apoyo pero… necesito estar solo.
- Y yo creo que necesitas a alguien aquí Raimundo… No quiero que vuelvas a beber por alguien que no te merece. Ya te dije que éramos amigos… - dijo Carmen dedicándole una sonrisa y acercándose a él sin que Raimundo lo notara.
Raimundo la miró y sonrió. En verdad no pensó nunca en conocer a alguien como ella. Una mujer tan atractiva y comprensiva. Una mujer con la que podía comenzar de cero y que no era como Francisca. Siempre le había mostrado que era limpia y honesta.
- Gracias – susurró Raimundo y devolviéndole la sonrisa.
Raimundo la miró de cerca. Cuando estaba con ella se sentía tranquilo, en paz. Como cuando estaba con Natalia. Buscando esa paz se acercó a ella y la besó. Carmen se sintió más feliz que en toda su vida. Le devolvió el beso con ternura intentando darle la paz que él necesitaba. Raimundo la atrajo hacia sí y la besó con desesperación y con ansiedad. Quería encontrar en Carmen la manera de calmar el dolor que le había provocado Francisca. Raimundo la llevó hasta la barra sin dejar de besarla ni de acariciarla. Sus manos le acariciaban la espalda mientras que Carmen se aferraba a él. De repente, algo detuvo a Raimundo. No podía hacerlo. Tenía que contenerse pese a todo lo que Francisca le había dicho. Se dio cuenta de que se había dejado llevar y retrocedió. Se moría de vergüenza.
- Dios… yo… lo siento… No puedo hacerlo… no puedo… perdóname. – dijo Raimundo yéndose hacia su habitación sin dejar que Carmen hablara.
Carmen se quedó en la taberna sin respiración. Definitivamente Raimundo era suyo. Sonrió para sí misma y se dirigió con paso firme hacia su habitación. Ahora sí que podría dormir.
- Raimundo ¿se encuentra bien?
- Carmen… lo siento si te… si te he despertado… yo…
- No te preocupes. Hoy estaba desvelada. Ha sido una casualidad encontrarte aquí.
- Lo siento no… no quería que nadie me viera así…
- Bueno… pero los amigos están para estos momentos ¿no? – dijo Carmen sentándose a su lado y dedicándole una sonrisa. - ¿Ha pasado algo grave? – añadió cogiéndole el brazo.
- Carmen… agradezco tu apoyo pero… necesito estar solo.
- Y yo creo que necesitas a alguien aquí Raimundo… No quiero que vuelvas a beber por alguien que no te merece. Ya te dije que éramos amigos… - dijo Carmen dedicándole una sonrisa y acercándose a él sin que Raimundo lo notara.
Raimundo la miró y sonrió. En verdad no pensó nunca en conocer a alguien como ella. Una mujer tan atractiva y comprensiva. Una mujer con la que podía comenzar de cero y que no era como Francisca. Siempre le había mostrado que era limpia y honesta.
- Gracias – susurró Raimundo y devolviéndole la sonrisa.
Raimundo la miró de cerca. Cuando estaba con ella se sentía tranquilo, en paz. Como cuando estaba con Natalia. Buscando esa paz se acercó a ella y la besó. Carmen se sintió más feliz que en toda su vida. Le devolvió el beso con ternura intentando darle la paz que él necesitaba. Raimundo la atrajo hacia sí y la besó con desesperación y con ansiedad. Quería encontrar en Carmen la manera de calmar el dolor que le había provocado Francisca. Raimundo la llevó hasta la barra sin dejar de besarla ni de acariciarla. Sus manos le acariciaban la espalda mientras que Carmen se aferraba a él. De repente, algo detuvo a Raimundo. No podía hacerlo. Tenía que contenerse pese a todo lo que Francisca le había dicho. Se dio cuenta de que se había dejado llevar y retrocedió. Se moría de vergüenza.
- Dios… yo… lo siento… No puedo hacerlo… no puedo… perdóname. – dijo Raimundo yéndose hacia su habitación sin dejar que Carmen hablara.
Carmen se quedó en la taberna sin respiración. Definitivamente Raimundo era suyo. Sonrió para sí misma y se dirigió con paso firme hacia su habitación. Ahora sí que podría dormir.
#39
26/10/2011 11:32
Carmen se levantó llena de energía por lo ocurrido anoche. No dejaba de pensar en los besos de Raimundo y en cómo la acariciaba. Le amaba, le amaba desde el primer momento en que le vio. Pero el pobre Raimundo necesitaría tiempo y comprensión para poder olvidar a esa bruja de Francisca Montenegro. Se levantó dispuesta a aliviar como fuera el dolor de su hombre pero en lugar de a Raimundo vio a Emilia sola bajando las sillas.
- Espera muchacha que te ayudo. – dijo Carmen sonriente.
- No tranquila, no te preocupes. – dijo Emilia. – Por cierto, ¿sabes si pasó algo grave ayer?
- Creo que sí. Según dejó entrever tu padre había discutido con Francisca Montenegro. Y al parecer fue muy fuerte.
- Vaya. Si es que estos dos no acaban bien. – dijo Emilia.
- En fin, no estarán destinados después de todo. – dijo Carmen saboreando las palabras.
Al terminar Carmen se sentó a desayunar como una más y se puso a preparar sus cosas para trabajar. En ese momento entró Sebastián por la puerta con cara de pocos amigos.
- Vaya Sebastián, cualquiera diría que alguien se ha muerto. – dijo Emilia.
- No, pero casi Emilia. – dijo Sebastián con un tono triste.
- Sebastián no me asustes y dime qué pasa.
- Ayer vino Francisca Montenegro ¿verdad?
- ¿Cómo lo sabes?
- ¿Te acuerdas que se habla en el pueblo de un comprador llamado Olmo Mesía?
- Sí, ¿Por qué? – dijo Emilia intrigada.
- Nos ha amenazado con hacerle daño a padre, a ti o a los hijos de Francisca si no le vendemos nuestra parte del negocio y nos marchamos de Puente Viejo.
- ¡¡¡¡¡¿Qué?!!!!!
- Shhh Emilia, padre no puede saberlo. Ese hombre no se anda con chiquitas y puede cumplir esas amenazas perfectamente. – dijo Sebastián intentando que bajara la voz.
- Dios mío, por eso padre está tan destrozado. Todavía no ha salido de su habitación. En verdad Francisca lo ama.- dijo Emilia con tono triste.
- Sí, y eso es lo increíble. Que después de tanto tiempo se amen tanto.
- Pero por eso mismo tenemos que hacer algo Sebastián. No podemos dejar esto así sin más.
- Eso quisiera yo Emilia pero no sé qué podemos hacer. Si denunciamos dice que hará público las formas con las que consiguió sus propiedades y que hará daño a padre o a Tristán o a ti. Y eso no podría perdonármelo… ni padre tampoco.
- Dios santo…
- Espera muchacha que te ayudo. – dijo Carmen sonriente.
- No tranquila, no te preocupes. – dijo Emilia. – Por cierto, ¿sabes si pasó algo grave ayer?
- Creo que sí. Según dejó entrever tu padre había discutido con Francisca Montenegro. Y al parecer fue muy fuerte.
- Vaya. Si es que estos dos no acaban bien. – dijo Emilia.
- En fin, no estarán destinados después de todo. – dijo Carmen saboreando las palabras.
Al terminar Carmen se sentó a desayunar como una más y se puso a preparar sus cosas para trabajar. En ese momento entró Sebastián por la puerta con cara de pocos amigos.
- Vaya Sebastián, cualquiera diría que alguien se ha muerto. – dijo Emilia.
- No, pero casi Emilia. – dijo Sebastián con un tono triste.
- Sebastián no me asustes y dime qué pasa.
- Ayer vino Francisca Montenegro ¿verdad?
- ¿Cómo lo sabes?
- ¿Te acuerdas que se habla en el pueblo de un comprador llamado Olmo Mesía?
- Sí, ¿Por qué? – dijo Emilia intrigada.
- Nos ha amenazado con hacerle daño a padre, a ti o a los hijos de Francisca si no le vendemos nuestra parte del negocio y nos marchamos de Puente Viejo.
- ¡¡¡¡¡¿Qué?!!!!!
- Shhh Emilia, padre no puede saberlo. Ese hombre no se anda con chiquitas y puede cumplir esas amenazas perfectamente. – dijo Sebastián intentando que bajara la voz.
- Dios mío, por eso padre está tan destrozado. Todavía no ha salido de su habitación. En verdad Francisca lo ama.- dijo Emilia con tono triste.
- Sí, y eso es lo increíble. Que después de tanto tiempo se amen tanto.
- Pero por eso mismo tenemos que hacer algo Sebastián. No podemos dejar esto así sin más.
- Eso quisiera yo Emilia pero no sé qué podemos hacer. Si denunciamos dice que hará público las formas con las que consiguió sus propiedades y que hará daño a padre o a Tristán o a ti. Y eso no podría perdonármelo… ni padre tampoco.
- Dios santo…
#40
26/10/2011 11:33
Carmen se dirigía alegremente hacia la casa de Olmo después de hacer unos encargos suyos cuando vio a Pepa salir de la casa. Carmen la miró sorprendida.
- Pepa… no esperaba verte por aquí.
- Ni yo tampoco Carmen. Vengo a atender a una parturienta. No pensé que los Mesía le habían encargado trabajos.
- Ya ves. A la gente le gusta lo que hago. – dijo Carmen intentando no parecer nerviosa.
- Ya… imagino… Bueno… ya nos veremos por el pueblo.
- Sí… ya nos veremos. – dijo Carmen intentando ocultar el nerviosismo que empezaba a sentir.
Pepa pasó por su lado e hizo como que se iba hasta que Carmen entró en la casa. No sabía por qué pero el instinto de Pepa le indicaba que había gato encerrado. No era normal que alguien adinerado se fijara en alguien pobre por muy artesano que sea. Estaba claro que Francisca lo había hecho para vigilarla pero Águeda u Olmo ¿para qué? Decidió investigarlo.
En cuanto Carmen entró en la casa Pepa abrió discretamente la puerta un centímetro justo para oírles. Seguidamente Olmo se dirigió a ella:
- Cuánto me alegro de verte querida. – dijo Olmo sonriente.
- Y yo más créeme. – dijo Carmen mientras le cogía de las solapas de la chaqueta y le atraía hacia sí.
- ¿Ah sí? ¿Puedo preguntar por qué? – dijo Olmo dulcemente.
- Porque me gusta cuando se cumplen los tratos. – dijo Carmen antes de besarle apasionadamente. – Raimundo está a mi merced.
- Me alegro que tengas lo que quieres. Pero hablando de cumplir tratos creo que merezco… - dijo mientras comenzaba a besarle el hombro y a quitarle la chaqueta - una recompensa ¿no te parece?...
Carmen sonrió lo cogió de la chaqueta y lo llevó hasta el dormitorio. Pepa no se lo podía creer. Lo que Emilia le había contado de su padre era por culpa de ella. Tenía que ir al pueblo enseguida.
- Pepa… no esperaba verte por aquí.
- Ni yo tampoco Carmen. Vengo a atender a una parturienta. No pensé que los Mesía le habían encargado trabajos.
- Ya ves. A la gente le gusta lo que hago. – dijo Carmen intentando no parecer nerviosa.
- Ya… imagino… Bueno… ya nos veremos por el pueblo.
- Sí… ya nos veremos. – dijo Carmen intentando ocultar el nerviosismo que empezaba a sentir.
Pepa pasó por su lado e hizo como que se iba hasta que Carmen entró en la casa. No sabía por qué pero el instinto de Pepa le indicaba que había gato encerrado. No era normal que alguien adinerado se fijara en alguien pobre por muy artesano que sea. Estaba claro que Francisca lo había hecho para vigilarla pero Águeda u Olmo ¿para qué? Decidió investigarlo.
En cuanto Carmen entró en la casa Pepa abrió discretamente la puerta un centímetro justo para oírles. Seguidamente Olmo se dirigió a ella:
- Cuánto me alegro de verte querida. – dijo Olmo sonriente.
- Y yo más créeme. – dijo Carmen mientras le cogía de las solapas de la chaqueta y le atraía hacia sí.
- ¿Ah sí? ¿Puedo preguntar por qué? – dijo Olmo dulcemente.
- Porque me gusta cuando se cumplen los tratos. – dijo Carmen antes de besarle apasionadamente. – Raimundo está a mi merced.
- Me alegro que tengas lo que quieres. Pero hablando de cumplir tratos creo que merezco… - dijo mientras comenzaba a besarle el hombro y a quitarle la chaqueta - una recompensa ¿no te parece?...
Carmen sonrió lo cogió de la chaqueta y lo llevó hasta el dormitorio. Pepa no se lo podía creer. Lo que Emilia le había contado de su padre era por culpa de ella. Tenía que ir al pueblo enseguida.